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Autor: | Editorial:



El pan nuestro de cada día

El Señor nos da la muestra. Nos narra San Juan en su Evangelio como, inmediatamente después de que Jesús se declara hijo de Dios, pasa al otro lado del mar de Galilea seguido de una gran muchedumbre, pues veían los milagros que hacía con los enfermos (Juan 5, 19 a 6,14), “y con los cinco panes de cebada y dos peces que llevaba un muchacho, alimentó el Señor a una multitud estimada en cinco mil sólo los varones. Comieron todos y sobraron doce cestos de comida”, y repite la hazaña cuando multiplica siete panes, en la llamada segunda multiplicación de los panes en Marcos 8,1. Otra hazaña similar es la primera pesca milagrosa (Lucas 5,5-6)
A mi juicio, estas escenas de la multiplicación de los panes y los peces han pasado algo inadvertidas y son piezas valiosas para entender algunos principios ecológicos que sin duda son afines al cristianismo.

La luz, creatura inicial en el tiempo, se convirtió en alimento de la planta verde, creatura que a su vez se correlaciona con las primeras manifestaciones de la vida. Antes de esto, el Creador da a la luz el alimento tiempo, pues con él, la luz crece estableciendo los bordes en expansión del espacio. ¿Qué haría la luz sin tiempo, sino desaparecer?

El alimento se convierte en una especie de “regla” en los actos de Dios, según se ve en las Escrituras. En el Génesis (1,29-30) nos dice: “He aquí que Yo os doy toda planta portadora de semilla sobre la superficie de toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto de árbol con semilla para que os sirvan de alimento. Y a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, que tiene en sí aliento de vida, les doy para alimento toda hierba verde. Vio Dios cuanto había hecho y le pareció muy bien”.

En los Evangelios vuelve a mencionar este aspecto de su creación con insistencia. Empieza su vida pública en un lugar en donde se ingiere alimento y su primer milagro consiste en hacer un alimento, el vino en las bodas de Caná.

Luego de la multiplicación de los panes, Jesús nos declama el discurso sobre el pan de vida, diciendo “Yo soy el pan de vida, quien viene a mi no tendrá más hambre...” (Juan 6,35) Y vuelve diciendo “Yo soy el pan de vida. Los padres vuestros comieron en el desierto el maná y murieron”... “el pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo...” (Juan 6,48)

En la última cena, Él mismo se convierte en alimento, para que, desde el primer día del hombre en la tierra, gracias al tiempo, luz, plantas y animales, y hasta el acercamiento al destino final, ya pasados los destinos de la Revelación y el bautismo, lleguemos a la Gloria con la ayuda imprescindible del pan de vida, del Dios hecho carne y pan, vino y gracia, que también alimenta el alma para que crezca hasta los bordes de la creación, para entrar en intenso contacto con Dios en la Gloria.

Sigue la secuencia. Jesús aparece, luego de muerto y ya resucitado, en las costas del mar de Tiberiades. Pide de comer a los apóstoles que ahí se encuentran. No traen nada los fatigados pescadores, después de tratar de obtener algo del mar durante la noche sin lograrlo. Les indica que echen las redes en cierto lugar. Se produce así una pesca enorme, llamada correctamente la “pesca milagrosa”. Luego se acercaron al conocer a Jesús y se encontraron ya un pez en las brazas. Les dio pan y el pescado que había en las brazas para que comieran (cfr. Juan 21,1-14)

¿Cómo escribir de la ecología cristiana sin poner en primer plano este aspecto de la supervivencia? Obviamente no se puede. Si Dios no alimentara a la creación de tiempo y espacio para que haya luz, si la luz no alimentara a los vegetales para que haya animales, si Dios no alimenta el alma con gracia y esta gracia no encuentra su respuesta en la oración y el sacramento, no habría Gloria a Dios en la creación según él mismo la diseño, con Su imagen infinitamente paterna como modelo, como causa ejemplar, que moldea y alimenta a la creación.

Sobre este aspecto tenemos mucho que decir.
Me llama la atención que en pocos lugares del santoral puedo encontrar un personaje cuya aportación primordial haya sido “labrar y cuidar el jardín” de la creación, en este aspecto físico tan bien señalado por Dios en la multiplicación de los panes o en las bodas de Caná, No así en la historia de las culturas no cristianas, en las que hay ejemplos notables, en donde acciones de hombres no cristianos, como los que hicieron y alimentaron a la Fundación Rockefeller, promovieron, financiaron y llevaron a muy feliz término la hazaña genética comúnmente llamada la “revolución verde”, en la que un grupo de científicos contratados y dirigidos por dicha fundación escalaron la cima de una multiplicación de panes (y muchas otras cosas) jamás antes vista. Millones de toneladas de trigo, arroz, maíz, verduras, etc. se vierten anualmente hoy en cosechas cuyo origen es este correcto manejo de ciertas variables de lo que debiera ser una ecología sensata.
Llevaron los genetistas este concepto a los animales y el milagro se dio en brutos de carne, leche, huevo y lana. En esencia era reconocer la ley natural de la supervivencia del más apto y atrapar la dirección del cambio evolutivo, convertir la selección natural en selección “artificial”, cambiar la ruta de la comúnmente conocida evolución a la diversidad, en una evolución al servicio del hombre, en donde el más apto será el hombre trabajador, el jardinero, el labrador, que a su vez puede glorificar con sus actos, al ser “ingerido” en santidad para formar parte del conjunto celular del Cuerpo Místico de Dios, santificando su actuar al cultivar la creación, santificando el trabajo que da gloria a Dios, según él mismo lo mostró espectacularmente cuando vino entre nosotros.

Claro que muchos católicos aportaron su tecnología en escala discreta, como cuando católicos llevaron la papa al viejo continente, el trigo y el ganado bovino a América. Pero, de nuevo, en el santoral, sólo santos cuyo actuar como productores de alimentos era una condición común, como la de casi todos los habitantes de la tierra. Sobresalen los apóstoles pescadores o algún santo labrador, pero dedicados a la producción de grandes cantidades de alimento, nada. En el Antiguo testamento, marcadamente benigna es la figura de José, quien aplicó el principio de regulación de precios en los granos para hacer de Egipto una gran potencia en producción de trigo.
Como que la primera obra de misericordia, “dar de comer al hambriento”, tal como la han entendido tradicionalmente muchos en la Iglesia, es más bien en pequeña escala. Esto, hay que recalcar, es ecología cuestionable, sobre todo si viene del grupo que reclama el crecimiento de la población, que pretende llevar el horizonte de los hombres a sobrepasar los seis mil millones de ahora y emprender la caminata hacia los diez mil millones, por decir alguna cifra... para empezar.

Es absurdo. Muchos no dan fe de la creencia en las obras de Cristo, en las que dar de comer al hambriento, multiplicar los alimentos y darse al fin Él como alimento, algo debiera decirnos. No cabe colocarse en el proyecto de vida y luego no poner los medios, mucho menos estorbar a los que los ponen. Es como tener un pie en la cultura de la vida y otro en la cultura de la muerte.

Y es que el “cuidar y labrar el jardín” ordenado por Dios según el Génesis, tiene mucho que ver con la acción que los hombres hacemos para obtener los insumos necesarios para nuestra vida. Recalco que esta acción de producir alimentos conlleva mucha más presencia de la ley del Creador de lo que a primera vista se aprecia. La acción ha sido en buena medida ignorada.

Creo que conviene imaginar un entorno en donde el principal recolector de cosechas materiales es el hombre. Los frutos de las zonas templadas, ya hace tiempo que en gran parte tienen al hombre como destino. El jardín está cultivado y sólo queda mejorar ese proceso. Pero en enormes fracciones del planeta, la dirección de la producción no va al hombre, el jardín no está labrado.
En las selvas tropicales, de la gran incidencia solar que reciben, casi todo termina en sostener miles de cadenas alimenticias ajenas a la existencia humana. La diversidad exuberante ocupa todos los nichos ecológicos, produciendo, no hay duda, un entorno de una belleza que deslumbra. No culpo a los que desean preservar semejante beldad. Pero ese no es el sentido del “labrar y cuidar el jardín”. Habrá que cambiar la pauta estética actual, con una más apropiada para la buena ecología ¿quién dice que los campos cultivados no tienen una enorme belleza?, ¿por qué no puede haber en lo labrado una gran diversidad?

En los desiertos, la incidencia solar se convierte en un calor tremendo y refleja al espacio buena parte de la energía que de otra manera pudieran las plantas absorber para comenzar las cadenas alimenticias... si hubiera ahí plantas. Cuan beneficioso es el hacer del hombre cuando arremete contra estas grandes extensiones secas y las convierte en granero, cuando irriga desiertos.

En los pantanos, igual que en la selva tropical, se dan fácilmente cadenas que no llevan al hombre. Falta dirigir el jardín. En los hielos eternos se antoja más difícil, pero el invernadero puede darnos modo de hacerlo, para así convertir en alimento lo que también remitimos hoy como reflejo al espacio sideral. La fotocelda solar puede ayudar a calentar áreas protegidas, por ejemplo.

El mar ocupa sin duda la mayor promesa para ser explotado cada vez más intensamente. Pero para ello importa entender un sencillo principio de la producción de la vida. Las cadenas pierden un porcentaje importante de su biomasa en cada paso, en cada secuencia. Para obtener un kilo de cerdo, hay que alimentar al animal con unos 10 kilos de grano. Para obtener un kilo de pollo, hay que alimentar al animal con unos ocho kilos de grano. Si partimos de un alimento muy húmedo, como pasto, se requerirán más kilos de verde por kilo de carne de bovino que en el caso del grano. Los peces, crustáceos, moluscos, etc. consumen menos alimento para crecer, pues son animales de sangre fría y no queman el alimento en producir calor. Por este motivo y otros, hay que aplicar la regla con flexibilidad.

Cuando hay una cadena larga, por ejemplo, de unos seis eslabones, como esta:
1°. Alga
2°. crustáceo planktónico pequeño,
3°. crustáceo planktónico grande,
4°. pez pequeño,
5°. pez grande,
6°. hombre,

la cadena de seis pasos indica que se requerirán unos 7 a la potencia 6 (o más) kilos de algas por cada kilo de ser humano que se produce, o sea aproximadamente 110,000 kg de alga por cada kilo de ser humano a desarrollar, cifra variable por la diversidad de algas y de organismos en las cadenas. Para cultivar el mar se requiere entonces utilizar organismos que recorten las cadenas alimenticias, como el ostión y la ballena. Ambos grupos se alimentan de pequeños organismos flotantes –plankton- y pueden ser ingeridos por el hombre, sin pasar por cadenas de tan numerosos eslabones. Con este principio se puede aumentar la producción del mar en escalas importantes.

Me refiere esto a una historia imaginaria, cuento que llamaré “El cuento del lobo y el delfín.”

Eran tres poblados humanos. Uno que perseguía a los lobos, pues comían sus rebaños, provocándoles gran daño. Este pueblo logró mantenerse, pues sus ovejas sobrevivieron al ataque del carnívoro.
Otra población no quiso enfrentar al lobo y estos animales, multiplicándose por su buena alimentación y entrados en confianza por la impunidad con que atacaban a lo que se les antojaba, acabaron comiendo no sólo los rebaños, también a los habitantes de aquel poblado, en donde sólo quedó huella de lobo.

Los terceros, tomaron del lobo su genética, y mediante un ejercicio de crianza, obtuvieron lobos domesticados que combatían al lobo mismo, cazaban con el hombre y cuidaban de la oveja, o sea, perros cazadores y pastores. Esta población logró hacer que sus hijos y nietos fueran los más numerosos, en función de la ley de los más aptos. Son los que a la fecha dominan.
¡Qué magnífica cátedra de ecología con tecnología de genética nos dan estos primitivos hombres! Al enemigo lo hicieron su aliado, al agresor, su guardián. Convirtieron los pastizales en huella de hombre. El lobo se convirtió en amigo, en animal simbiótico. Ambos, el lobo que aprendió a asociarse al hombre y el hombre que se asoció al perro, resultaron los ganadores, y por lo tanto crecieron sus poblaciones, se regaron por el mundo y ahora, hombres con perro (¿o perros con hombre?) los hay por doquier.

Miles de años después, ya fundada la “ecología” que se enseña en numerosas universidades, resulta que con los “avances” de las “ciencias”, resaltó un grupo de animales, los delfines, que compiten en el alimento con el atún. Al pescar el atún, alimento del hombre, mueren algunos delfines que quedan atrapados entre las redes atuneras, mientras que perseguían su alimento, a los peces pequeños como las sardinas, que también persiguen los atunes.
Los grupos ecológicos actuales, más buscadores del espectáculo que de cumplir las leyes naturales que predican, atacan al hombre y buscan reducir la pesca del atún, llegando a efectuar boicot al atún para que el hombre no lo consuma y el pescador de atunes desaparezca con su negocio atunero.
Comparemos:

En el caso de ecología sensata, los hombres protegen el alimento de su impronta, cuidan a los hombres y diseñan un organismo que los ayuda, a la vez que también hacen que este organismo sobreviva. Detienen el ataque del lobo y los toman para hacer de ellos perros que cuiden que los ayuden a cazar o que cuiden a sus ovejas.

Es un caso que podemos llamar de anti-ecología, el hombre ataca al hombre en defensa del animal y bloquea la alimentación de su impronta para favorecer una impronta que a su vez no deja alimento al hombre, una especie que es franca competencia con el alimento humano.

En el santoral cristiano sí existe un caso en que se aplica este principio de la doctrina cristiana en cuanto al orden de la creación. Es el pobre de Asís, el que bebe a su hermana agua, el que proclama al hermano sol, el mismo que desea intervenir entre el conflicto hombre-lobo y deja claro que el hombre es primero. Un santo como él, que viva en la actualidad, defenderá el alimento del hombre, a los pescadores del atún y tal vez abogaría para que los delfines aprendan a esquivar las redes atuneras, saltando como hacen en los parques, o aceptaría que muriesen. Es más, si se viera la misma audacia genética que se dio en el primitivo criador de lobos-perro, enseñarían al delfín a ayudar al pescador a lograr buena pesca de atún, tal como enseñaron al perro a lograr buen rendimiento del hato ovejero.

Gran escándalo serán estas palabras para los actuales mal llamados ecologistas, que no sufren cuando los delfines matan a las sardinas, o estas matan a los millones de organismos animales y vegetales que flotan en las aguas, pero se desgarran las ropas cuando los hombres matan a los delfines.
El espectáculo tiene mucho que ver. La televisión y el cine nos han hecho identificarnos con numerosos animales, pero el delfín, creo es campeón de esta huella en el hombre producto de la pantalla.
Termina aquí el cuento del lobo y el delfín, del perro y del boicot, de la sardina que murió alimentando al delfín, pero que a nadie le importa y del delfín que murió cuando el hombre se alimenta y muchos se desgañitan.

Mencionemos los ejemplos del ostión y la ballena.

El ostión se come al pequeño plancton que es llevado por las aguas generalmente marinas. Atrapa en sus filtros a estos pequeños habitantes del mar y se los come. Además de permitirnos obtener con facilidad el alimento de una cadena corta, resulta que en muchos casos (no en todos) destruye las substancias dañinas que contienen y permiten llevar a la boca humana exquisitos platillos.

Entiendo que en las granjas de ostiones que ya hay en numerosos lugares se obtienen producciones poco creíbles, en donde escucho que se dan más de 10 toneladas de pulpa comestible de ostión en una hectárea de área sembrada al año, aunque cuesta trabajo mantenerlas por los ataques de parásitos. En tierra, en un buen pastizal, en una hectárea, difícilmente podrán producirse una tonelada de pulpa animal al año.

Mi amiga la ballena hace lo mismo. Va y busca en las heladas aguas del océano antártico cantidades enormes de pequeños crustáceos que luego traerá en sus abultados cuerpos en forma de grasa comestible a nuestras aguas, en donde puede ser atrapada para consumo humano.
Criar ostión y criar a las ballenas que comen plancton para hacer de estas dos especies una fuente rica en alimentos para el hombre, es buena ecología. Proteger a las ballenas carnívoras, como las orcas, que se alimentan en la cúspide de una cadena larga, no será de valor para alimentario para nuestra la huella así se hagan mil programas para espectáculo televisado en donde delfines y orcas juegan con niños y hacen malabarismos en los estanques de centros de recreo.

Dar espectáculo produciendo escasez de comida muestra una manera de viciar la buena ciencia ecológica y definitivamente carece de sentido cristiano. En algo se parece al circo romano.

Otra manera de incrementar la capacidad de obtener alimento es adecuar vegetales para que se parezcan cada vez más a los alimentos animales, por su contenido proteínico, que es muy buen alimento. La ingeniería genética será en un futuro una herramienta insubstituible para lograr estos objetivos. En este renglón, lo que se puede hacer en una sola generación es importante. Por ejemplo, desarrollar variedades de grano con alto contenido de proteína que contenga los “ladrillos químicos” que normalmente tienen en abundancia los alimentos animales, los llamados aminoácidos esenciales, ayudaría más a mitigar la sub-alimentación de la población durante milenios, que todos los donativos caritativos en efectivo que se hagan en esa generación. Es el caso de la fecundidad de los actos de las poblaciones primitivas que lentamente adecuaron especies como el trigo, el arroz, el sorgo, la avena y el maíz desde sus formas ancestrales, apenas comestibles y de raquíticos rendimientos.

Sobre la espalda de estos cinco o más proyectos genéticos del hombre antiguo, que se efectuaron probablemente en forma casi inconsciente cuando la población no llegaba a los diez millones, ha soportado el peso de alimentar a toda la población humana durante milenios. El día de hoy nos sustentamos en gran medida en esas variedades seleccionadas por el hombre antiguo aunque sensible-mente modificadas por la revolución verde.

El trabajo que hay aquí para miles de hombres de ciencia es buscar entre el inmenso acervo de genética que existe en la diversidad de plantas y animales para llevar sistemáticamente todas las cadenas alimenticias al hombre. No se trata de guardar toda la diversidad, convirtiendo al acervo del hombre en un simple museo, producto de una “museoecología” delirante que niega el proceso del cambio e impide la evolución de los ecosistemas.

Tampoco se trata de barrer con toda la diversidad de vida en lugares como el amazonas y otras regiones similares para poder sembrar ahí las mismas variedades exitosas de zonas templadas que ya mencioné, solamente porque son las que ya están modificadas por y para el hombre. Tratar de hacer del Amazonas o el polo un trigal tipo los europeos que conocemos, sería un desastre. Se trata de analizar de entre todas las variedades que ahora viven ahí, pero no sirven al hombre, para obtener una docena de variedades que modificadas ayuden a llevar abundante alimento a la forma inteligente. Así hicieron los hombres primitivos al comenzar la agricultura, ¿por qué no habríamos de actuar igual nosotros?
No se trata sólo de hacer justo lo contrario de lo que dicen los museoecólogos, se trata de hacer algo inteligente y coherente con la ciencia de la vida y subsanar las necesidades de la impronta de quien cultiva el jardín, ayudando simultáneamente a obedecer el mandato bíblico de “creced y multiplicaos”, pues sin alimento tampoco habrá multiplicación de seres capaces de trascendencia y no se podrá obtener en paralelo cosecha de actos adecuados para construir el camino que lleva a la vida eterna.

Claro me queda que entre la acción de Cristo de multiplicar los panes por Su omnipotencia, y la acción de Borlaug -padre de la revolución verde- de multiplicar los panes por su conocimiento de genética, hay grandes diferencias. He aquí algunas.

1. No sabemos como hizo Cristo su hazaña, pues seguramente usó de modos sobrenaturales para lograr su multiplicación y únicamente dio alimento natural una vez a un puñado de miles. La acción de Borlaug participa en dar alimentación, actualmente, año con año, a miles de millones, pues usó modos naturales que podemos reproducir en cada rincón del mundo. Año con año.

Sin embargo como tanto lo natural como lo sobrenatural viene del mismo Dios, “Quien por su Verbo hizo todas las cosas”, se pueden encontrar similitudes. Pronto abordaremos el tema.

2. La acción de Cristo fue inmediata, no requirió de años de elaborada actividad. Borlaug necesitó de esfuerzo sostenido y un ejercicio de la ciencia e inteligencia durante años.

3. La acción de Cristo impactó a los presentes. La acción de Borlaug fue para muchos inadvertida en esos momentos.

4. La acción de Cristo sirve actualmente para la prédica y constituye elemento para alimentar el espíritu. La de Borlaug para la mesa. Ambos son alimentos necesarios para el primate con alma.

5. La multiplicación de los panes efectuada por Cristo es uno entre la inmensa variedad de actos que constituyen la obra compleja con abundantes frutos del orden trascendente. La acción de Borlaug no trasciende sin la acción de Cristo, que lleva al hombre a otros planos de integración y da sentido al alimento como un eslabón para que haya hombres que son parte muy importante del conjunto de los actos de la creación ordenada a la Gloria de Dios. Los hombres pueden, por la ciencia, el principio espiritual que los anima y el auxilio de la Gracia, conducir la cadena de eventos de la creación desde la luz hasta la participación de la Gloria. ¡Cultivar el Jardín de cabo a rabo!
Aún así, el Dios que quiere a los hombres, que sufre cuando los ve hambrientos y busca a un niño para con sus panes y peces mitigar la necesidad apremiante, no es distinto el Dios actual que quiere mitigar el hambre de las multitudes. Aquel apóstol que fue a buscar al niño que tiene los panes, actúa bajo el mando de un Cristo lleno de la caridad, honrando el mandato supremo, entendida en estas líneas la caridad como el “dar de comer al hambriento” y “enseñar al que no sabe”.

Lo mismo sucede con una obra de misericordia que por no suele mencionarse en el catecismo. “Curar al enfermo”, pues en la antigüedad se limitaban a visitarlos y rezar por ellos.
Cristo prodiga su amor y su omnipotencia en este cauce de acción. Cura y cura. La curación de dos ciegos (Mateo 20,29), la cura de la mujer que padecía flujo de sangre (Marcos 5,25), la cura del sordomudo en el territorio de Decápolis, según Marcos 7,32, da vista al ciego de Betsaida, al ciego de Jericó, sana a la suegra de Pedro, sana a muchos leprosos (Lucas 5,12), hace lo mismo con el paralítico (Lucas 5,22-25), retorna la vida a la mano seca (Lucas 6,10), sana a una mujer enferma, (Lucas 8,48), al niño epiléptico (Lucas9, 37), cura al hidrópico (Lucas 14,1), cura de nuevo a diez leprosos (Lucas 12,11), y la lista no parece tener fin, haciendo hazañas que ni los médicos actuales con sus imponentes hospitales logran, como la resurrección de Lázaro, de la hija de Jairo, etc.

Sin embargo estas manifestaciones del amor de Dios también han mostrado sus límites. Para empezar, no se repiten sistemáticamente en ausencia del Salvador, como cuando Él caminaba por Judea. No traspasan el tiempo plenamente, pues es común que curen en la actualidad en forma selectiva. Los imponentes hospitales y la bioquímica son ahora la salvación de la mayoría de los leprosos, la cura de los hidrópicos, la recuperación de los niños epilépticos. Sigue habiendo curaciones milagrosas, hay quien se cura aun sin la medicina actual, pero los números son elocuentes. Millones salvados por la medicina ahora y el año que entra, aquí y allá. Claro se ve que ante un cuadro de apendicitis hasta el más católico acude al cirujano, y en la mayoría de los casos, son curados. Cuando no había cirujano, no en vano se llamaba a esta aflicción el “cólico miserere”.

De nuevo salta a la vista el fenómeno que vimos con el alimento. Lo escrito en el Evangelio parece servir bien para la prédica y para llenar el alma de confianza en el Médico y Agricultor eterno, pero a la hora de la enfermedad y del hambre, los que pueden, van a ver al galeno y comen pan de trigo híbrido, aún los representantes de Cristo.

¿Por qué entre la prédica y la mesa, la prédica y la penicilina, existen abismos tan colosales?. ¿Qué no es el Señor quien hizo a Pasteur, a Borlaug, a Fleming y al niño que tenía cinco peces y al apóstol que fue a traerlos?

¿Cómo engranar lo que en este mundo es propio del Padre, “Creador del cielo y de la Tierra”, con la Palabra de Dios, que es propia del Hijo, pues “por el Verbo se hicieron todas las cosas”? Con gran naturalidad.

Escenas como aquella del conflicto entre el científico y del teólogo, en el caso Galileo, es en verdad vergonzoso para el teólogo. El Papa Juan Pablo II pidió una disculpa, pues bien entiende el gran daño que se produce cuando se trata de oponer la palabra de Dios a Su Creación, cuando se aplica la manipulación de la Escritura contra los hombres que observan y cultivan la Obra de Dios.

Sabe el pontífice que el haber alejado a numerosos miembros de la Iglesia de la investigación, como lo que hacían Copérnico o Galileo, ambos obligados a callar, se dejaron de producir miles de millones de toneladas de alimentos, millones de toneladas de medicinas, por la lucha estéril de la soberbia de quienes creen que todo saben, de los que creen que la Palabra de Dios, que ellos conocen, debe de oponerse a Su Obra, que desconocen. De los que insisten en oponer la teología (estudio de Dios) en contra la oikonomía (estudio de lo que no es Dios), pero que son ciencias que se complementan (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 236)

Si esto no se entiende, pocas posibilidades tiene la Iglesia de sobrevivir al ataque de los que ahora usan del conocimiento científico, no como hace sólo unas décadas –en el contexto de un proyecto de vida- sino dentro de un proyecto de muerte, como están haciéndolo en este fin de siglo organizaciones científicas y políticas, como la misma fundación Rockefeller o las Naciones Unidas ¿Y ahora quien dará de comer a los hijos de los católicos, sino los científicos que salgan de dentro de la catolicidad misma? Y para eso la agresión de muchos teólogos a las ciencias naturales, activada básicamente por una interpretación literal del Génesis, debe de cambiar, sobre todo cuando ya es una posición oficial de la iglesia que el Génesis está escrito en un lenguaje simbólico y que no debe ser interpretado literalmente (Catecismo de la Iglesia Católica 337 y 362).

“La creación tiene su bondad y su perfección propia, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada en estado de vía, hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamaremos Divina Providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su Creación hacia esta perfección.” Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (302) Y labrar y cuidar el jardín, mandato del Dios que nos indica para qué hizo al hombre, mucho tiene que ver con la tecnología y la oikonomía. ¿No usaba Cristo, carpintero y herrero, de las herramientas para su oficio, de la tecnología del manejo de los materiales de la Creación?, ¿No vivió años usando el martillo y el cincel, la sierra y la plomada, la madera y la piedra?
Los argumentos de la enseñanza de la Iglesia continúan: “Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y para el de sus prójimos”. (Catecismo 307) ¡Qué espléndido resumen de lo que es la buena ecología!

Y del lamentable caso de Copérnico y Galileo -en el cual la interpretación de las Escrituras se retorcieron contra la Obra del Creador como en aquellos fariseos que retorcieron la Ley en la Jerusalén en tiempos mesiánicos- “Sepulcros blanqueados” los llama el Señor. Usar la teología para atacar a la oikonomía, al estudio de la creación, eso sí que es pésima ecología. No en vano pide perdón Juan Pablo II.

Y con ganas de empezar a resumir lo que hemos visto hasta ahora, se me ocurre esta secuencia de actos creacionales que tienen que ver con el título de este capítulo:

Primera secuencia:
El Padre da el tiempo, alimento de la luz.
El Padre da la luz, alimento de las plantas.
El Padre da las plantas, alimento de animales.
El Padre da plantas y animales, alimento del cuerpo del hombre.

Segunda secuencia:
El Padre da el alma al cuerpo, como alimento que le permite escapar de las limitaciones materiales y le imprime vuelo de trascendencia y eternidad.
El Padre da la gracia y el sacramento, alimento del alma para santificarse y ser santo.
El Padre da el Sacrificio meritorio de Jesús, alimento del santo para llegar a la Gloria.
El Padre da a Su Hijo como alimento supremo, alimento que convierte al hombre en célula del Cuerpo Místico Triunfante, para hacer con la luz y las plantas, el cuerpo y el alma, la gracia, el sacramento, la santidad y el Sacrificio, un producto de la más fina repostería. Hizo el Verbo al Cuerpo Místico, para hacernos con Él y en Él, Su semejanza, para así Glorificarlo con la obtención de más paternidad para el Padre. Cristo equivale a un cromosoma que en un medio adecuado produce no sólo una copia de sí, sino un organismo de millones de células idénticas, organismo que el Padre toma en sus brazos y se siente complacido como los padres humanos nos sentimos con nuestra semejanza.
Y me parece que ir en contra de este bien delimitado y comprobado esquema resumido del Plan Providencial es ir realmente en contra del Creador. “Labrar y cuidar el jardín” se puede entender como ayudar en las obras de misericordia, aplicar ciencia en armonía con las enseñanzas del Creador, vivir una forma de santidad que no sólo eleva el trabajo del hombre a trabajo por y para Dios, sino que también dirige la creación al servicio del prójimo, a vivir y a enseñar a otros a vivir una sólida caridad en el entorno de la gracia, a permitir y estimular el crecimiento de la vida humana en cantidad y calidad material y espiritual.

Enriquecer el Cuerpo Místico de Cristo es el fruto de adecuar la ciencia del jardín, del entorno, ciencia ecológica a la enseñanza de Dios, unir oikonomía y teología. Vivir la santidad y hacer con nuestro trabajo un mundo en donde muchos miles de millones puedan vivir también la santidad -usando su trabajo y su herramienta- con la dirección que a su vez le darán a la creación y heredarán a futuras generaciones: pan y eucaristía.

Dar de comer al hambriento es una obra de misericordia especialmente visible en nuestro Padre Justo. Es marca de Dios que es Pan de Vida, del Padre Misericordioso que engendró a aquel hijo pródigo que llegó a pedir perdón con las manos vacías y volvió perdonado y con las manos llenas.
Repleta está la Obra del Padre Misericordioso de modos de alimentarnos.

El tiempo, antes que nada, es la forma más sencilla de alimento y sin el cual nada más podemos comer. En el tiempo camina la luz hasta las plantas, en el tiempo los animales herbívoros aprovechan ese escalón tercero (tiempo, energía, vegetal) para alimentarse, y así consecutivamente, como ya expliqué antes.

Volvamos al tiempo. En este recurso crece la luz en su camino radiante y se mueve la materia según las pautas de las fuerzas de interacción. Crece la planta y se mueve el animal buscando satisfacer sus necesidades. En el tiempo actúa la inteligencia y da frutos la voluntad. En él se da el estudio y la alegría, actúa la conciencia y la Gracia, el Sacrificio y se mueve el alma hasta su destino final. El tiempo es alimento de alimentos, requisito para todo lo creado. Es sustento de movimiento y crecimiento, camino de fracasos y de reconciliaciones, de oración y de santificación, cauce de amor y de trabajo. También se puede usar en contra de lo conveniente en función de la libertad del hombre, libertad que también se manifiesta en el tiempo.

Esta materia prima preciosa, en donde podemos obtener todos los bienes ofertados al hombre en la creación, debe de ser estudiada por la ecología con prioridad.

No “suspendiendo el tiempo” como los museoecólogos pretenden hacer, sino todo lo contrario, haciendo que el tiempo actúe con las demás leyes de la creación para lograr los fines de la misma. La ecología debe de ser dinámica, debe de buscar el cambio para el bien, debe de aprovechar el tiempo para que la vida se multiplique, dirigir la vida de la biota al hombre y dirigir al hombre hasta la trascendencia. Hay que reconocer que Cristo vino a cambiar al mundo y no a “congelarlo” tal como estaba cuando llegó, ayudará a considerar lo “cristiano” del punto de efectuar cambios en la creación dentro del orden de bondad.

¿Qué decir entonces de los elaborados planes de retiro que pretenden establecer las sociedades opulentas como un modo de premiar a los que han trabajado bien durante años? Conforme va aumentando la edad de promedio de vida y reduciéndose la edad del retiro, la proporción de lo consumido ante lo producido aumenta. Ya no alcanza lo acumulado en los fondos de retiro y por lo tanto hay que tomar de lo que aportan las nuevas generaciones.

En estos casos la ley del más apto cargará el precio de la factura de esta falta de productividad sobre el dorso de los más jóvenes, quienes tendrán que competir con los hijos de los que pretenden tirar el alimento, perdón, el tiempo.

Especialmente se dará el caso de que ancianos antinatalistas, que obstruyeron vida propia (sus hijos) y ajena, ahora descubran que requieren del apoyo de la juventud que paga impuestos. El joven que alienta al padre a retirarse muy joven tal vez se echa a cuestas cargas innecesarias que se manifestarán, entre otras cosas, en que el recurso que va al padre inmóvil se restará de los hijos reales o potenciales. No es simple coincidencia que en las civilizaciones en donde la jubilación se da con mayor incidencia, el control natal también. Cambiar niños por viejos digestores de recursos (cuando es el caso) es como cambiar fruto futuro por lastre.

Por otro lado, la sociedad educada al amor, a proteger la vida, al esfuerzo y al sacrificio, podrá aplicar esta norma con sensatez y bondad. ¡Qué justo es reducir las cargas a los que ya han bregado sobradamente y ayudarles a cosechar lo que han sembrado en sus hijos y humanos que los rodean! La norma de que “a los 65 años pasas a ya no hacer nada...” tal como se usa en la actualidad, debe de abrir paso a cambios sutiles que faciliten al anciano hacer algunos trabajos cada vez más fáciles, que le permitan la dignidad de sentirse útiles y que le reduzcan la carga para poder dirigir lo más posible hacia el infante.

Las Escrituras están llenas de anotaciones que se refieren a las personas mayores.

Vemos como Abraham engendra a edad avanzada y aún así sostiene a hijo y esposa, cuida de sus rebaños aún en esa condición, además de complacer a Dios en infinidad de actos de benevolencia, como la obediencia ante la orden del sacrificio de Isaac
Moisés sale de Egipto y camina sumando a su edad inicial 40 años en que día a día guía con fortaleza invencible al pueblo elegido por terrenos inhóspitos.

Encontramos pasajes en el Nuevo Testamento en que vemos como muchos dan testimonio confortador de cómo los años últimos pueden dar fruto. Isabel y Zacarías, padres del Bautista, eran de avanzada edad, el anciano Simeón en el Templo, Ana la viuda que acudía al Templo, Nicodemo notable del Senedrín, también peina canas pero acude con el señor a honrar Su Cuerpo con resinas preciosas para el embalsamamiento.

Espectacular ha sido el ejemplo del Papa Juan Pablo II, quien a su avanzada edad trabaja incansablemente y hace que imperios del mal tiemblen con la Palabra de Dios. ¿Qué decir de la madre Teresa de Calcuta, anciana que trabaja y ora más de diez y ocho horas diarias hasta el momento de su muerte?

En oposición, muchos modos se me ocurren de desperdiciar el alimento tiempo. Uno de alcances formidables es la complacencia en el espectáculo, como el ver asiduamente la televisión. Desconozco el monto de lo que significa para la civilización este desperdicio de alimento que se da cuando el tiempo que normalmente debe de dedicarse en esparcimiento activo, como el deporte, la actividad distractiva-constructiva del juego, de la atención que conlleva aprendizaje, del ejercicio del arte como dibujar, tocar algún instrumento, armar modelos de aparatos mecánicos, de vestidos, de labores manuales varias, de mantenimiento de objetos diversos, de aprendizaje de nuevas tecnologías, y sin duda, el estudio, etc.

La complacencia pasiva llevada a extremos inimaginables por los adictos a la “droga mata tiempo” que es la televisión, cuando ya se habla de tres, cuatro, seis, siete o más horas diarias de permanecer ante el aparato, el daño a la sociedad es inminente, pues no sólo se reduce la productividad, sino que aumenta el apetito para el consumo de artículos innecesarios de los que la imaginación se llena por la actividad publicitaria en los medios. Esta forma de destrucción de alimentos, al igual que los insectos que comen los cultivos o los roedores que merman los graneros, es una carga importante para los que desean mantener la vida de la especie.

La paternidad juega un papel importante en este proceso. Quien no aprecia esa semejanza con Dios, el que no está dispuesto a luchar por que su descendencia florezca, a que sus hijos y sus nietos reciban de Dios y de él ese ser y además la potencia de ser padres ellos mismos, no apreciarán estos argumentos. La profunda necesidad de la paternidad del Patriarca Abraham se manifiesta espléndida, realmente apreciada por el Padre eterno, quien promete a Abraham una gran descendencia como premio muy apetecible. ¿Por qué habíamos de dar de comer a los roedores el grano el pan de nuestros hijos? ¿Por qué habíamos de entregar a los insectos el fruto de nuestra agricultura? ¿Por qué habíamos de dar a los dueños de las cadenas televisivas el tiempo de nuestros hijos, para que hagan de ellos unos inútiles consumidores que saquen el dinero de nuestras bolsas para dárselo a ellos y a quienes se anuncian en esos medios?
Es necesario dar flujo al espectáculo, a la noticia, a la publicidad y a las aguas negras. Pero con respecto a las aguas negras, ya aprendimos a hacer que fluyan sin dañar, mientras que a algunos de los medios son ahora tan dañinos como lo fueron las aguas negras en los albores de las grandes ciudades, cuando estas corrían sin control por los espacios comunes como calles. Bien hicieron las autoridades sanitarias en entubarlas, filtrarlas y darles tratamiento para limpiarlas. Esto que se hizo con las aguas negras sí que es buena ecología, defender a la población humana del ataque de las bacterias.
El dejar que los medios manipulen a los individuos para hacerlos población de baja producción y alto consumo, es obviamente mala ecología, es contrario a la conveniencia de la vida humana, es similar al hecho de que las bacterias entéricas produzcan enfermos de diarrea que requieren medicina y aún así están postrados por la enfermedad (alto consumo y baja producción). Esta comparación de las bacterias patógenas con algunos medios masivos de comunicación y su efecto en el hombre no la menciono por simple casualidad.
Sin embargo, mala ecología también es comprar alimentos innecesarios a precios altos. Es el caso de los alimentos chatarra, producto también de la publicidad en los medios, que cambian el sentido a los bienes que usamos para los fines naturales de la creación.

Esto no es nuevo. Ya los romanos comían y luego vomitaban para volver a comer. Era una forma de viciar el fin del alimento. Actualmente pagamos lo doble por tomar un alimento sin calorías, con el único objeto de satisfacer el apetito de ingerir. No hay mucha diferencia entre el actual “comedor” dos veces sin engordar, que el antiguo “comedor” dos veces con vómito, y claro está que es una manera de dilapidar la riqueza en no-vida, en satisfacción ociosa e innecesaria. Este fenómeno de substitución se da frecuentemente en las naciones ricas, en donde muchos individuos que dicen no tener recursos para mantener a una familia, pero sí los tienen para comer artículos que no alimentan, adquirir bienes suntuosos e innecesarios. Patología de esterilidad por consumismo.

Hay muchos otros casos en que se destruye la capacidad alimenticia de la naturaleza. Un caso es el tabaco. Quemar el producto de la tierra a un costo elevado, en dinero y en salud, clama al cielo. El fumar una cajetilla de cigarros equivale a quemar unas diez piezas de pan, en medio de un mundo lleno de hambrientos. Cada hectárea sembrada de tabaco debería estar rebosante de frutas y legumbres, gramíneas o pastos. Hablando de caridad, he aquí un punto a considerar.

En el caso del tiempo, también se puede comprar a precios altos, lastrando con esto (como siempre) a las poblaciones jóvenes o a las potenciales. Es el caso de la geriatría extrema, la que pretende mantener a los ancianos con vida a un costo elevado (magnífico negocio para algunos médicos geriatras, por cierto), llevan a los extremos de producir una vida artificial y sostener a costo elevado una cuestionable vida de órganos artificiales al tiempo en que abortan la vida natural. ¿Ecología científica?... ¡Asesinato orquestado!

Esta muy común y novedosa forma de hacer mala ecología, hace que un anciano consuma hasta diez o veinte veces al dìa el monto necesario para sacar adelante la promesa de una vida joven. En este entorno que aparentemente protege al hombre, realmente se vuelve contra de él. La vida joven es mucho más importante que la del anciano, pues la primera es promesa, es fortalecer a quien mucho puede dar, es inversión, y no dar al que sólo necesitará de bienes sin retorno, gasto prácticamente inútil.
Hay también una cuestión de justicia que hay que reconocer. Muchos de los mayores han luchado tenazmente durante muchas décadas y han dejado producto abundante -como una buena familia- y merecen que en condiciones de impotencia se les cuide cariñosa-mente. Ya que las enfermedades comunes en la vejez como el Alzheimer actualmente resta al individuo de prácticamente toda posibilidad de actuar como depósito de la memoria colectiva, o les impida hacer hasta los más elementales actos para cuidarse ellos mismos, o diversas enfermedades dolorosas e incapacitantes afectan al individuo, la caridad que debe darse al enfermo se potencia al darse al anciano enfermo. Ya no cabe pedir productividad alguna, sino sólo cuidar.

¿Cómo explicar esto en términos de ecología? Me parece que estos actos de solidaridad con el enfermo y el anciano, en niño y el descarriado, fortalecen inmensamente la decisión de vivir y de servir a los individuos de la población. Considere el lector qué valioso es para su cuerpo que se “gaste” en autocurarse, que haya un sistema inmunológico, que se cierren sus heridas. Este sistema protege a células jóvenes y no tan jóvenes, pero sin duda es característica de especies vencedoras en la lucha por la vida.

En otro tema, el tiempo del prisionero penando culpas carcelarias es bastante absurdo, pues cuesta mucho más mantener a un reo en prisión que a un niño en la escuela. Y si además no trabaja, manteniendo su mente ocupada produciendo algo de lo que consume, la carga a la población se multiplica.

Suponiendo a un reo quien asesinó es sentenciado a cuarenta años de prisión y suponiendo la muy conservadora cifra de que mantener al reo cueste lo mismo que mantener a un niño, pues en cuarenta años de prisión habrá consumido lo suficiente para sacar adelante a dos niños con todo y universidad. Luego, en una sociedad en donde se está dando la costumbre de promover el aborto por la pobreza, habrá en este caso cuatro vidas cercenadas. La del asesinado, la del asesino que estuvo en cárcel toda su vida, y la de dos niños que fueron ejecutados real o potencialmente por falta de recursos. ¿No resulta impactante que el número mayor de muertes hayan sido la que provocaron las “autoridades” al impartir “justicia”, pues de hecho en este ejemplo -que se dará cada vez con mayor frecuencia- el asesino mató a una persona inocente pero la “justicia” mató a dos también inocentes?

Las penas de cárcel son muy mala ecología, pues producen un entorno dañino para toda la sociedad, sobretodo ahora que conllevan un altísimo riesgo de contraer una enfermedad mortal, como el SIDA, debido al alto riesgo de violación en los penales. Creo que cada vez más debemos volver a los modos de castigo corporal de poca duración, pues no requiere de altas inversiones ni conlleva severa mutilación de la libertad con los subsecuentes efectos económicos, físicos y psicológicos. Es también mejor en cuanto a las medidas sanitarias. El tiempo y la libertad son atributos del ser humano que se consideran en estos casos como poco valiosas comparadas con el dolor y la piel (cárcel contra fuete) El respeto al tiempo y la libertad se pueden corresponder dando penas corporales o promoviendo la reducción drástica del tiempo de cárcel a los que solos se mantengan trabajando y se preparen estudiando, para ser ciudadanos útiles. La obra de misericordia de “redimir al cautivo” cabe bien entre estas líneas. Es urgente.

Muy en particular a los jóvenes purgando penas leves, una docena de fuetazos (como se hace en países como Singapur con excelentes resultados) es mejor que una quincena de días de encierro, con los riesgos mortales que esto implica y los daños sociales causados por el equivalente a cursar un postgrado en criminalidad para el criminal novato e incipiente. De hecho no será raro encontrar que pagamos más por maestrías en crimen que por maestrías en profesiones honestas. ¡Qué forma de revertir contra el hombre sus propios recursos!

Creo que aquí se aplica la máxima de San Pablo, que los que no trabajan, no deben de comer y si así se hace, salvo casos francamente patológicos, los privados de la libertad estarán trabajando, aunque sea después de un breve ayuno.

Como consecuencia se deduce que los reos requieren estímulo intenso (positivo o negativo) para aprender a ser útiles, a usar su tiempo para producir y beneficiarse ellos y la sociedad y no volverse parásitos inducidos, protegidos y mantenidos por la “ley”, pues de otra manera, quienes violentamente dañaron a la sociedad cuando libres, pasivamente la dañan cuando cautivos.

Al tiempo bien aprovechado, trabajando con profesionalismo, reditúa. Por ello se le puede ver como un alimento de la libertad, pues el miserable difícilmente puede elegir sino postrarse a los pies del poderoso. La persona que tiene un ingreso digno o los hijos de padres educados y con recursos necesarios para la educación, se verán mucho más libres de actuar según su entender y no empujados y limitados por las circunstancias. En el concurso de “enseñar al que no sabe” es buscar que la libertad florezca dando luces al ignorante para poder sostener no sólo su cuerpo pero también sus inquietudes de desarrollo personal, su búsqueda de verdad y de satisfacción de las demandas de la ley de la conciencia que lo eleva a buscar fines trascendentes. La necesidad de alimento para sostener a la familia que buscará caminar en forma ascendente en las distintas etapas de la evolución de las creaturas, resulta ineludible.

La ecología, contrario a lo que opinan nuestros actuales museoecólogos, trasciende los límites de lo natural y se eleva a dar vida a los organismos que ya están en el cosmos segundo, en el mundo del espíritu. ¿Por qué habíamos de opinar que en una comunidad humana en donde se vive la caridad y en otra en la que no se vive esa virtud, la supervivencia será la misma? Lo que sabemos por experiencia propia es que ahí donde la bondad llevada al propio sacrificio por el Amor a Dios, en donde muchos están dispuestos a dar y a darse, el entorno del individuo resulta más favorable a la supervivencia. Es un entorno más apto en función de la ley de la selección natural.

Insisto en que sumar un nivel de evolución siempre favorece al conjunto de los seres. Si a las plantas sumamos a los animales, si a los animales sumamos a los humanos o si a los humanos sumamos lo trascendente del mundo con Verdad y con virtudes vividas por el Amor a Dios, la ecología se vuelve más coherente, tiene mayor capacidad de diversidad, de orden y de trascendencia. Sirve mejor al hombre y a Dios.

Claro que si la materia es candente como la lava, deja a su paso una estela de muerte vegetal. Si el hombre es destructivo, ajeno a labrar el jardín, dejará una esquela de muerte vegetal y animal (si pensamos en la erosión que el hombre descuidado puede producir, también tiene capacidad de destruir lo mineral.)

Los más de los ecologistas, en su limitada visión del hombre, repiten como pericos: “...nada más que una especie” difícilmente pueden apreciar la gran variedad en el “Reino” de los humanos, en donde la tecnología y la herramienta permiten que este grupo de seres vivos sean capaces de instalarse en infinidad de ecosistemas, haciendo con esto la gama de diversidad más importante de la biota.

Más que los insectos con sus diversas formas y comportamientos, están los hombres, con sus diversas herramientas físicas, tecnológicas y doctrinas.
¿Y las religiones también son herramientas?

Ya que modifican el comportamiento y resultado de los actos humanos y con ello definen capacidades de supervivencia, las religiones son formidables herramientas que debe estudiar y defender la ecología, y muy en particular a las religiones que defienden a la vida, ya sea por su ley cuidadosa de la limpieza de los alimentos (como la judía), defensora de la natalidad (como la mahometana), o defensora en muchos aspectos de la vida (no matarás, no robarás, no mentirás, amarás al prójimo como a ti mismo) de las creencias judeocristianas.

De aquí se deriva que pretendo proponer que la ecología que estudia el orden natural puede también elevarse a una ciencia que estudie el orden sobrenatural, la respuesta es que, como el autor de lo natural y el autor de lo sobrenatural es uno y el mismo Dios, no puede haber discontinuidad en la obra natural y en la sobrenatural. Es más, si lo que algún ecólogo dijera como aplicable al orden natural dañara la estructura del orden sobrenatural, estemos convencidos de que se equivoca, y viceversa.

En esta afirmación es importante notar que los teólogos llevan dos mil años estudiando. Los ecólogos son apenas principiantes, y sus numerosos yerros como el querer convertir a la biota en un conjunto estático o revertir en contra de su propia huella muchos de sus actos, muestran monumentales errores de comprensión de la ecología ordenada, dinámica, que interacciona.

Atacar a la propia huella, al género humano, o pretender que la vida se convierta en fósil antes de la muerte, son errores en ecología que difícilmente pueden ser más dramáticos. Imagínense que los ecólogos de entre las abejas decidieran que no había que polinizar a las flores, pues entonces las plantas con flores (angiospermas) aumentarían su presencia y se perdería el equilibrio ecológico. Bien haría la abeja reina en correr a semejante manada de bestias del panal.

En un tiempo próximo, si no es que ya actual, se aprecia el encuentro más bien agresivo de dos cuerpos, dos grupos humanos. El uno promueve la muerte del nonato real o potencial, junto con la promoción de la destrucción del tiempo y consecuentemente los alimentos (jubilación radical, televisión, consumismo irrestricto), todo esto bajo el nombre de “bienestar” y otro que defiende la vida, dispuesto a hacer que el alimento tiempo se convierta en ciencia por medio del estudio, en “bienser” vía la repetición de actos útiles a la comunidad, como ejercer la diligencia (en contra de la ociosidad, jubilación, televisión, etc), en fortalecer el carácter para afrontar empresas importantes, templar la voluntad para no ser vencido por las tendencias que destruyen la voluntad y la conciencia (droga, sexo irrestricto, etc.) y mil otros hábitos que hacen la diferencia del que es hombre capaz de sostener y aumentar la vida y el que es lastre para la vida de los demás.

El alimento de la buena doctrina religiosa se manifiesta si comparamos el destino de aquellos grupos humanos que han seguido doctrinas que no defienden la existencia humana. Esto si que es materia para alimentar al frenesí museoecologista. En ese museo podemos ilustrar a los seguidores de los dioses Baal, Marduk, Huichilopochtli, la diosa Cali y otros por el estilo que han pululado en la historia y de los cuales queda una inmutable muestra, pues no hay forma de que evolucionen culturas ya inexistentes o que se muevan los fósiles.

Estos hombres afectados por religiones en plena discordancia con la ley natural y la ley del segundo cosmos, poco tienen que hacer en el cauce de la civilización.

El museo de los que no pasaron a trascender en la vida ni en la Vida puede ser muy interesante, una verdadera rama de la paleontología. Se les puede dar una sección del museo en donde todos los promotores del bienestar y de la muerte deben de compartir con otras formas fosilizadas la pena impuesta por la acción contra la vida: la mineralización de osamentas y esperanzas.

Los caníbales y guerreros, abortistas y todo tipo de criminales, incluyendo muchos promotores y explotadores de estímulos destructores (la droga, la pornografía, la violencia, etc) que restan el tiempo y conllevan el impulso de destruir las fuentes de la vida, más pronto que tarde, terminaran en estos lugares de huella remota, de descendencia ausente, de antipaternidad.

¡Que distinta la creencia en un Dios cuya ley manifiesta armonía con la ley natural y sus mandatos defienden vida y dignidad del que la obedece! Ese conjunto de humanos será fecundo y su presencia cabalgará sobre la punta de la modernidad, hará suyos los más avanzados y trascendentes cambios evolutivos. Los alimentos que con tanta frecuencia menciona el Dios de los cristianos en su andar por la tierra sostendrán el cambio que requiere la sociedad actual para que su descendencia camine por tiempos futuros. Los que no busquen el alimento tal como se describió en este capítulo, no podrán dejar huella perdurable ni sumarán a la Gloria de Dios legión de seres felices de su descendencia.
Si alguien me pregunta que como creo serán los hombres en el cuarto milenio, contestaré que sólo veo dos posibilidades. O habrá muchos hombres con caridad o no habrá hombres.




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