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Autor: | Editorial:



La aclamación cristológica
La plegaria eucarística termina con una aclamación solemne: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. Después de pedir perdón a Dios por nuestras debilidades, después de ofrecerle nuestra vida, después de haberle agradecido en el prefacio todos los beneficios que durante la historia de la salvación ha otorgado a la humanidad, después de haber presenciado el milagro de Dios bajando al altar, después de pedirle por nuestras necesidades, reconocemos y aclamamos todos en este momento que el único que realmente merece toda la gloria, el único que realmente merece todo el honor, todo el mérito, es Dios nuestro Señor.
Pero también estamos afirmando que todos nosotros los hombres, sólo podemos expresar esa gloria, manifestar ese honor, a través de Jesucristo.

Dar Gloria a Dios.
“Por Cristo...”. El hombre no es capaz, por sí sólo, de dar completa gloria a Dios. Sólo Cristo, Dios hecho hombre, podía con su obediencia amorosa hasta la cruz tributar la alabanza y la gloria que Dios se merece. Nuestros actos, si son buenos, serán meritorios; pero ese mérito dará gloria a Dios si lo uno al único y eterno acto salvífico de Cristo. A través y gracias a la muerte y resurrección de Cristo todos nuestros actos pueden alcanzar la posibilidad de alabar y dar gloria a Dios. Mi obrar, mi fidelidad, mi oración y mi caridad, mis sacrificios y mis esfuerzos son agradables a Dios unidos al sacrificio de Cristo.

Acompañemos a Cristo.
“...con Él...”. No dejemos que Cristo se ofrezca solo al Padre cada día sino que realmente lo acompañemos diariamente con nuestra entrega, con nuestro ofrecimiento. Que cada jornada sea una misa que ofrecemos a Dios junto con la misa que Cristo ofrece al Padre. No dejemos solo a Cristo para reparar todas las faltas de la humanidad, colaboremos con Él, unámonos a Él. Recuerda que Cristo, desde que se encarnó, se vale de la colaboración libre y responsable de los hombres para realizar sus designios. Él desea dar gloria a su Padre a través de la humanidad. Él espera que nosotros nos ofrezcamos, nos prestamos, para uniéndose a nosotros tributar la gloria que se merece su Padre. Él es el único que da verdadera y completa gloria a Dios pero necesita de nuestra colaboración.

Cristo es el fin de la vida.
“...y en Él”. No solamente tiene que ser el amor a Cristo lo que nos mueva sino que todo lo que hagamos tiene que ser como si a Él se lo hiciéramos. La vivencia de la caridad y de todas las virtudes es meritoria sólo si Él es el fin del amor, del perdón, del servicio. Cuando amamos debemos buscar a Él y no a la persona a la que estamos expresando el amor. Yo amo a Cristo que está envuelto, que está revestido de esta persona; yo soy humilde con Cristo en esta persona en la cual se ha revestido; yo me esfuerzo y me sacrifico por Cristo en estos hijos, en este esposo en el cual Él se encuentra. Yo hago todo en Él, yo hago todo para Él. Él no solo es el motor, lo que me mueve sino que es el fin, todas mis acciones están encaminadas a acercarme más a Él, todo mi esfuerzo en la oración es para asemejarme a Él, toda mi lucha por crecer en las virtudes es para ser cada vez más imagen de Él. Cristo es también la meta, es también el fin de mi vida.

Esta aclamación centra todos los significados de las diversas partes de la misa recordándonos que nuestra gloria tiene que ser para Dios y que toda la gloria que nosotros le demos a Dios tiene que hacerse a través de Cristo. Y centra todo nuestro actuar recordándonos que Cristo es el principio, el camino y la meta de nuestra vida.

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