Autor: | Editorial:
Cartas de José a su novia
I. Carta del descubrimiento
María:
Tal vez ni sepas quién soy. Bueno, seguro que no lo sabes. ¿Cómo vas a fijarte tú en José, el carpintero? Ese soy yo. Hijo de carpinteros, nieto de carpinteros. Si alguna vez tengo un hijo, será carpintero como yo. Trabajará en la madera. La carpintería (¿sabes?) huele como un bosque en primavera, con los troncos serrados y su savia al aire. Huele a resina y a flor de brezo.
Tengo mi pequeño taller en la calle de Samuel, el ciego. Cuando estaba el otro día martilleando, te vi pasar. Ibas con tu velo recogido sobre el rostro, tu andar pequeño, tus ojos recatados. A pesar del velo vi un momento tu rostro, cuando el viento ondeó la seda. ¡Hasta me di con el martillo en el dedo, así de extasiado quedé ante tu hermosura!
Salí a la puerta con el martillo en la mano todavía. Te vi alejarte hacia la fuente. Samuel, qué cosa, ¡si es ciego!, me dijo:
-Es María, la hija de Ana.
¿Cómo sabía él, si sus ojos están siempre en noche? Sentí que no eran la carne ni la sangre quienes hicieron saber a Samuel que tú eras tú.
Volví a mi tarea y ya estuve todo el día pensando en ti. Mi corazón me repetía siempre: -Ella es.
¿Quién eres tú? Ya sé. Aunque tengo algunos años más que tú, sé quién es Ana, tu madre, que en paz descanse. Y te he visto jugar con otras niñas. Te he visto crecer. Pero hasta hoy no me había dado cuenta de ti.
Como si Yahvé te hubiera señalado con el dedo. ¿Era de Él la voz que me gritaba desde el corazón «Ella es»?
Desde aquel día he buscado cien pretextos para pasar por tu calle. Que si llevar la mesa a Ezequiel -y ya ves, vive al otro lado de Nazareth-, que si ir a la sinagoga -que tampoco cae por tu casa-.
Casi siempre te he oído cantar, allá dentro de la casa, o hablar con las palomas en tu patio, o reír. Cuando te oía me gustaba marcharme solo por el monte hacia los bosques de Eleazar. Andando con los ojos cerrados para no perder el timbre de tu voz. En el silencio del bosque tu recuerdo me duraba mucho más, como si aún te oyera.
Luego te he visto también en la sinagoga. Temí que me quitases la devoción al pensar en ti, pero es curioso que me haya pasado lo contrario. Al saberte bajo el mismo techo, mi oración era más intensa, más pura, más nueva. Mi oración era como un diálogo con Yahvé en el que una tercera voz, la tuya, estuviese presente.
Hoy, al pasar por tu calle, te dejaré esta nota bajo tu puerta. Ya sé que no debo hacerlo y, sin embargo, lo haré, porque la Voz de mi corazón me lo dice: «Sí, hazlo».
Que la gracia de Yahvé sea contigo.
José
II. Carta para darte gracias
María:
Gracias por no enfadarte por mi carta. Supe que era así cuando ayer, al salir del templo, te vi sonreír tímidamente bajo el velo. Y cuando avanzaste hacia mí y dijiste:
-Buenos días, José.
Nada pudo darme más alegría. Ni siquiera el encargo que me ha hecho Tobías «el Rico»: todos los muebles de su casa nueva.
Al escuchar tu voz, sentí vergüenza de mí mismo. De mi aspecto rudo, de mis brazos demasiado fuertes, de mis manos ásperas y callosas. Desde el puentecillo me miré en el río y me vi. Tosco. ¿Cómo puede un pájaro detenerse sobre una pita?
Te escribo de nuevo para decirte «gracias».
Pienso pedir permiso a los tuyos para hablar contigo, si a ti te parece bien. Me gustaría oírte hablar y yo no decir nada, estarme quieto, con los ojos cerrados, sintiendo la música de ti llenando mi espíritu de una fragancia que no es de este mundo.
Me gustaría hacerte una arqueta labrada y que tú estuvieses dentro, guardada de la maldad de este mundo. Pero luego pienso que sería egoísta si te impidiera darte a los demás. Presiento que tú tendrás mucho que dar siempre a los demás y que quizá generaciones enteras evoquen tu presencia, tu gracia, el principio de armonía que viene de ti.
Sé, incluso, que debe haber un misterio en tu belleza. Tú belleza, María, no es de este mundo. No es para este mundo. ¿O sí lo es? Pero yo sé que los hombres nacen manchados por el pecado, por el origen del paraíso perdido, y presiento como si tú hubieses nacido de otro modo, como si nada de este mundo pudiera tocarte, como si Yahvé hubiese levantado la barrera para ti y sólo para ti. Tu belleza, María, nos viene de adentro de ti misma, de una pureza que los hombres no podemos comprender.
Yo siento que mi vida ha de ir unida a la tuya. Samuel se ha reído de mí:
-José, ¿y quién eres tú? ¿No ves que ella es Ella?
A pesar de todo: No me engaña la Voz, cuando estoy en la sinagoga, y siento como si mirarte no fuese una irreverencia, sino una manera de orar.
Que Yahvé te guarde.
José
III. Carta sobre el amor
María:
Hoy, cuando he vuelto a casa, tenía ganas de ponerme a cantar. Ya estaba anochecido y las estrellas miraban desde lo alto. El cielo estaba lleno de rayas que unían las estrellas y todas ponían tu nombre: «María». Las gentes se han retirado temprano a sus hogares y las calles estaban desiertas. ¿Te imaginas yo dando voces de alegría por las callecitas?
-Mi alma suspira por los atrios del Señor...
Todos los perros de Nazareth ladrarían asustados.
Sí, María, la noche estaba llena de gritos contenidos, de perfume, de presentimiento de amanecer, de destellos misteriosos en los zarzales, de la luz estañada de la luna, de una serenidad que me llegaba muy desde lo alto. Mis pasos sonaban fuertes sobre las piedras de las calles. Quise salir hacia los bosques de Eleazar. Y allí comprendí.
El amor, María, es como el viento de una tempestad extraña. Capaz de levantarle a uno desde el suelo y, sin embargo, uno puede volar suavemente sobre las cosas. Yo he sentido mi amor por ti, María, más allá incluso de los latidos del corazón humano.
He sentido crecerme en el fondo como un misterioso contacto con Yahvé, como si mi espíritu se pusiera a latir igual que el Espíritu, y de ambos latidos naciera uno solo. ¿Será esto, acaso, la coincidencia del hombre con Dios? ¿Será así el Amor?
Siento que he despertado. Al mundo, pero sobre todo a Yahvé. Desde ahora las cosas no serán iguales para mí. Tendré que ver a Yahvé en todas las cosas, porque le veo en ti, porque está en tus ojos y en la música de tu voz. Siento que debo abrir el corazón a un amor cada vez más amplio. Que debo amar a las cosas. A estos árboles hermosos en el bosque, como hermosos en mi taller derrumbados. Amor a los pájaros y a las hormigas, al cielo y al río, al mar lejano que nunca he visto, a los vecinos que sonríen cuando paso y a los que me miran hoscamente, aunque nada les hice; al calor y al frío, a los hombres desconocidos que pueblan otras naciones remotas, y a la pequeña hierba que crece despacio y humilde.
Quisiera decir a Yahvé:
-He amado, Señor, la hermosura de tu casa.
¿No es ésta la casa de Yahvé?
Veo que el Amor es así. Darse. Renunciar a sí mismo. Llenar el corazón hasta rebosarlo de entrega. Buscar en lo grande y en lo pequeño. Adivinar. Anticiparse. Decir siempre que sí.
Esta noche, en el bosque, he sentido los ritmos del mundo. He visto que es el Amor, no el odio, quien dirige los pasos de los hombres. He vuelto a creer en ellos, porque tú, María, estás entre ellos. Y hasta creo que puedo empezar a comprender a Yahvé. No es que pueda comprenderle a Él. Pero puedo comprenderle a ti que vienes de Él, que le tienes a Él en tu corazón.
Esta noche, entre los cedros y los abetos, he comprendido que hay una medida pequeña del Amor, una medida para nuestro querer humano: la ternura. Siento que la ternura es una sencilla manera de que amemos los hombres corrientes, los que quizá no seamos capaces de sentir, en plenitud, arrolladoramente, la grandeza tremenda del Amor de Yahvé.
Ya ves. Incluso he pensado mucho -no sé por qué- en el Mesías, el que nuestro pueblo espera. No sé. Los ancianos creen que será un guerrero maravilloso, un gran héroe que salvará a nuestro país de la opresión romana. Pues yo he sentido que no tiene que ser así. Que no ha de traer el odio entre el hombre y el hombre, sino el Amor. La esperanza, María, hace libre esta noche mi corazón.
Que Yahvé te proteja.
José
IV. Carta sobre la angustia
María:
Creo que podemos arreglarnos con mi casa. Ya sabes que vivo solo y la casa es amplia. Tiene tres estancias hermosas, con ventanas al sol, y el taller, y la cocina, y el patio.
Cuando estemos desposados, tú tendrás flores en el patio. Ahora está abandonado y de cualquier manera. Allí dejo virutas de madera para la cocina de mis primos, y astillas, y hasta trozos de madera, de esos que tienen nudos y no sirven para carpintear. Tú harás que ese patio sea como un pequeño santuario, un rincón para el silencio, con el pozo en el centro para que tengas un espejo hondo y para ti sola.
Ayer te reías de mí. Sí, María, siento oscuros temores en el corazón. Te veo muy cercana a mí y, sin embargo, muy distante. Me duele algo, adentro, sin que sepa qué es.
No es el Enemigo, porque tengo dado mi corazón a Yahvé desde siempre. Es como un miedo a ser hombre como los demás, como un deseo de ser ángel, como un presentimiento de que Yahvé tira de mí, y no sé para qué.
He orado mucho. He pedido intensamente a Yahvé que me dé la luz. Aunque siempre estás unida a mi oración, pídele tú que Él rompa mis temores y me enseñe a decir que sí.
Que Yahvé vele sobre tu cabeza.
José
V. Carta sobre la fe
María:
Creo que tu oración -mejor dicho, lo sé- ha dado fruto. Ya sé, aun sin saberlo, lo que Yahvé quiere de mí. Sí, eso mismo que tú presientes. Sé que Yahvé quiere que deje de ser hombre y que lo sea al mismo tiempo. Sé que quiere de mí cosas tremendas.
Ya lo ves. Yo soy un hombre como otro cualquiera. Tengo músculos, sangre, corazón, nervios. No dejaré nunca de ser hombre. Sé que llegarán días en que Yahvé me pedirá cosas, cosas difíciles. Y sé que diré que sí.
Intuyo horas en que el corazón se me rebele, y haya lágrimas en mis ojos secos, y el corazón se me seque con un fuego como aquel que ardía en la zarza de Moisés. Pero diré que sí.
Vendrá un dolor agudo, un dolor lacerante, una niebla a mi mente, y no podré gritar porque Dios se habrá llevado mis gritos en su aljaba. Y diré que sí.
Vendrá una sospecha amarga y lastimosamente humana, dudaré de las cosas, tendré mi espíritu desconcertado y miraré a lo Alto con súplica sobrehumana. Y Yahvé me dará consuelo porque diré que sí.
Siento que se me pedirá lo que a ningún hombre se le pedirá nunca. Sé que debo vivir para algo que presiento, para algo hermoso y difícil, algo heroico. ¿Por qué he sido elegido yo, precisamente, un carpintero humilde? Yo no puedo entender la Inteligencia de Yahvé. Yo soy sólo un hombre.
Pero la fuerza me vendrá. Debo superar mi condición de hombre, y pienso que el Amor es esto, y no ser solamente hombre como creen los demás. Sé que el Amor es sacrificio, y yo estaré como cordero dócil para ser entregado a los sacerdotes.
Sé que estoy en los planes de Yahvé. Siento que tú estás en ellos, como un centro, y que yo debo ser un árbol fuerte, con muchas hojas y sombra. Sé que debo ser árbol y estar al lado del camino sin caminar nunca, quieto siempre, con mis brazos extendidos para que en ellos aniden los pájaros, y para que junto a mi tronco estés tú.
Éste es el sueño que he tenido esta noche. Había un Niño contigo y yo era el Árbol. Un Árbol que hablaba, pero que sólo podía ser Árbol, y me he despertado con una gran alegría de ser sólo Árbol. De que se me pida esto.
Sigo sin entender nada. Sigo sabiendo que vendrán las horas ácidas. Pero diré que sí.
Que Yahvé tenga sus dedos en tus párpados.
José
VI. Carta de la aceptación
María:
La prueba llegó. Y Yahvé me mandó la fuerza y las palabras para resistirla. Estos últimos días han sido de una angustia mortal, desde que supe tu gravidez.
Te digo, ante Yahvé, que jamás pude albergar la menor duda sobre ti. Pero este Misterio, María, era demasiado grande para un hombre. No me era posible comprender nada y hasta te confieso que pensé en huir, lejos, a cualquier lugar donde buscar, en paz y en silencio de soledad, alguna explicación razonable.
Mas anoche me llegó la voz de Yahvé mientras dormía. Un Ángel vino en mi sueño:
-José, hijo de David -me dijo-, no temas recibir a María, tu mujer, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. ará a luz un Hijo y le llamarás Jesús, porque Él salvará de los pecados a su pueblo.
Cuando desperté, vino a mi recuerdo el anuncio del profeta que tantas veces hemos leído en la sinagoga: "Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le llamarán Enmanuel, que significa Dios con nosotros".
María: he dicho tu palabra, «hágase». Todas mis dudas y angustias están lejanas, porque Yahvé ha empezado a pedirme las cosas difíciles. Y veo que son fáciles para mí.
¿Es esto la gracia? ¿Es la gracia esta fuerza que llena mi corazón de alegría por sentirme cooperando en los misteriosos planes de Yahvé? A la angustia pasada ha sucedido una gran paz, un gran gozo: el de saberme cumpliendo la voluntad de Dios.
Pienso, María, que de estas cosas tomarán ejemplo los hombres en los siglos que vengan. Y yo, primer hombre que conoce el Misterio, ya he empezado a amar a este Niño que he de tomar como un hijo, por el que velaré todos los días de mi vida. Sobre Él y sobre ti, seré aquel Árbol de que te hablaba. Ya siento esta gracia gravitando sobre mi corazón.
Me llega algo de tu felicidad, y la compartiré contigo, como compartiré mi casa. Sé que se pide de mí, para vosotros, un amor devoto y de rodillas. Y soy feliz de que Yahvé me permita estar con vosotros, vivir a vuestro lado y gozar de vuestra presencia. Este es, lo sé, el gran premio que Yahvé me guardaba.
Ahora, fíjate, me gustaría salir a la calle y dar grandes voces de alegría. Quisiera que los ángeles volteasen sus campanas y anunciasen a gritos este gozo mío. Quisiera que las olas del mar dijesen con gran rumor:
-Jesús y María, Jesús y María, Jesús y María...
Porque vuestros nombres, Esposa, tienen mi corazón enloquecido de gratitud a Yahvé.
La voluntad de Yahvé sobre ti.
José
VII. Carta sobre la espera
María:
La casa está ya dispuesta para ti. He pintado las paredes de blanco, he hecho una mesa nueva, y artesas, y las ventanas.
Compré seis odres en el mercado, y hasta he cambiado la garrucha del pozo, porque la otra chirriaba demasiado y puede despertar al Niño cuando duerma.
¿Cómo será, María? ¿Tendrá el pelo oscuro y profundo, como tú? ¿O le brillará con el dorado tono del trigo? Me gustaría verle, saber cómo serán sus ojos, y cómo hablará, y coger sus manitas y tenerlo en mis brazos. ¿Le molestará mi barba? ¿Tú crees que nuestra casa será bastante buena para Él? Como jugará en el patio, ya estoy quitando todos los guijarros, y los clavos que había caídos, no sea que se haga daño con ellos. Para cuando se tenga de pie y quiera caminar, pienso hacerle unas andaderas y pintárselas de azul, que es el color que te gusta a ti.
¿Digo tonterías? Es que no sabes qué impaciencia, qué deseo tan grandísimo de que esté entre nosotros.
Le enseñaré a ser carpintero, en tanto Yahvé no mande otra cosa. Manejará la sierra y el cepillo con vigor y con gracia. Y será aún mejor carpintero que mi padre y que yo.
Te prometo que estaré vigilante día y noche. Que atenderé a su sueño. Que me anticiparé a sus deseos. Que viviré pendiente de sus ojos y sus manos. Yo no quiero nada para mí. Ni volveré a pedir para mí ninguna cosa a Yahvé. Sólo para Él y para ti. Sólo que viváis en paz y que yo tenga fuerzas para sacar adelante nuestra familia.
Yo sé que esto es amor.
Yahvé sea contigo.
José
VIII. Carta de la Madurez
María:
Toda mi vida anterior, lo sé ahora, ha sido una preparación para este momento. Mañana, cuando ya estemos juntos en nuestro hogar y yo escuche tus canciones, mientras coses, desde mi taller, estaré sintiendo cómo Yahvé condujo todas las cosas de modo tan maravilloso. Él hizo de mí lo que soy. Me preservó del mal y quiso que me llamaran el Justo, aunque yo me veo sólo como un hombre sencillo que quiere ser bueno, y no he de juzgarme a mí mismo, sino tan sólo pedirle a Yahvé misericordia cuando Él me juzgue.
Él quiso que yo fuese sano y joven para ser fuerte junto a vosotros. Él quiso que aprendiese un oficio humilde y que sea pobre, porque el que borre los pecados del mundo no podría nacer en un palacio tan grande como los de Jerusalén. Siento en mí la bondad con que Yahvé ha preparado los caminos de Jesús.
Voy a ser el primer hombre, María, en decirte «gracias». Te las dirán muchas generaciones, hasta el fin de los tiempos; aunque yo no sé exactamente por qué, pero Yahvé me deja llegar al umbral mismo donde las cosas se vislumbran aunque no se vean.
Gracias a Él también por esto. Por esta sabiduría que me nace, como si yo mismo hubiese madurado para este momento. Creo que el esposo ha de ser así, un hombre que madure con la gracia del amor. Un hombre que adquiera serenidad para juzgar y para ver las cosas, comprensión para todo, generosidad para darse enteramente a los suyos, sonrisa para las preocupaciones de cada día. Bien sé que soy trigo que Dios ha dejado crecer, y que el sol de la Providencia me ha ido madurando, y ahora ya estoy dispuesto para dar el fruto que se me pide.
Algún día, quizá, alguien pensará en mí. Alguien que no comprenderá cómo yo he elegido la mejor parte, y que las renuncias son tan insignificantes a cambio de esta gran plenitud que Yahvé me ha concedido al dejarme ser tu esposo y su padre a los ojos de los hombres. Los hijos no nacen como ellos creen. Los hijos nacen de pedirlos y de aceptarlos. Pero éste será un misterio que los hombres no entenderán sin la ayuda de Yahvé.
Mañana, María... Mañana estarás en casa. Esperaremos a tu hijo -¿me dejas decir «nuestro hijo», si yo voy a quererlo así?- con espíritu recogido y emoción creciente.
Mañana, María, estaréis en casa.
Todas las bendiciones de Yahvé para ti.
José


