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Autor: | Editorial:



Tunante


Tú te crees que no tengo otra cosa que hacer más que jugar contigo? ¡Vaya, con el Niño! Anda, anda, déjame en paz, tunante...

Madre se sienta otra vez debajo de la parra. En la azotea de al lado canta Raquel no sé qué de una mocita, hija del Rey Faraón, que se enamoró de un payo de Roma, un tal Livio Anneo. (Hay que ver, qué vida).

Madre se sienta porque tiene al lado un cesto de ropa que ya, ya... Calcetines y más calcetines, con la rabia que le da a Madre zurcir calcetines.

-Yo no sé qué hace José -suspira- para romper tantos calcetines.

En el taller canta la garlopa. En la azotea, Raquel. En el pecho de la Madre, la alondra de su querer. (Ya me salió el versito. Menos risa, Jesús.) Sí, en el corazón de la Madre, ¿qué pasa?
-¡Vamos a jugar!

Jesús asoma la cara tras la puerta. Hace como que se ha perdido y Madre hace como que llora…

-¡Ayayayay..., que se me ha perdido mi Niño ayayay!

-¡Estoy aquí! -asoma Jesús, con unas risotadas que los guijos del patio van, se ponen de pie, miran y les da tanta risa que se hacen arena y el viento la baila y luego la deja allí para que Jesús juegue a los embalses.

-¿Sabes lo que te digo? ¡Pues que eres un
tunante!

Madre le da bocaditos. Jesús tiene
cosquillas y se ríe. Luego se queda mirándola, jadeante, sudoroso, risueño, con la risa brotándole como un arroyito en los helechos rojos de los labios.

Madre le coge fuerte los dedos de la mano y le abre la frutilla dorada de la palma, extiende su propia mano y da pellizcos en ambas al ritmo de una musiquilla.

-Pin, pin, pin, zacarracatín, vino la pollita, con su sabanita, sábana redonda, de qué calleja, esconde la mano detrás de la oreja...

Jesús esconde la mano y en los ojos le brilla la picardía.

-Saca, saca esa manita.

-No quiero, que me la come la gatita.

-Saca, saca la manaza.

-No, que me la come la gataza.

-Sácala, que tengo pan y queso en el arca.

Jesús se ríe y por la ley de las
aproximaciones líricas, va y nace una estrella. Sobre las manitas blancas -sí, sí, blancas, ¡con cada churretón...!- Madre le va haciendo la señal de la cruz con el canto de su palma.

-Paaan blanco, paaan... negro ; esto... p´al gato ; esto... p´al perro... A la buenaventurita..., si Dios te la da; si te pica la mosca..., ¡ráscatela, ráscatela!...
Venga risa, venga risa, pero a los calcetines no hay manera de meterles mano. En la azotea canta Raquel. ¡Caray, qué garganta! Es como la radio de Nazareth.
-¡Eres un tunante! ¡No me dejas hacer nada! ¿Por qué no te vas un ratito a enredar en la carpintería, eh? ¡No, si tienes que estar aquí, cosido a mis faldas! ¡Parece mentira, como si fueras un hombre, ya con tres añazos!...

Pero la voz se le quiebra a la madre.

Arroja al suelo la labor y el cesto rueda sobre el enladrillado, al ajedrez de la sombra. Y Ella corre, corre que te corre, hasta el Niño. Y fervorosa, amarga, tristísimamente:

-¡No, Hijo, si es jugando! ¡Quédate así, mi Niño, mi Señor! ¡Deja de pensar en ser Hombre, deja de pensar en el mundo, deja de callarte a veces y de irte lejos, sobre las nubes!...

La garlopa del padre ha callado. Y hay un sollozo de angustia, un gorgoteo de ansias en el surtidor de la tarde.

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