Autor: | Editorial:
Fernandillo
Anda que te anda, anda que te andará...
Madre cuenta lo del barquero, y luego lo del reloj, y luego lo del burrito sabio que fue a Salamanca, y ya se sabe, cuando los burritos sabios van a esos sitios da mucha risa rosa.
-Y dijo el gallito que bueno, que cantaría tres veces...
Madre cuenta cuentos. Y viene un ángel y le sopla al oído lo de Caperucita, que era una chica algo boba, pues le daban miedo los conejos, las sombras y las esperanzas.
Madre Cuentacuentos.
Jesús se estira perezoso en la cuna que hizo José con tres pinos; uno, alto, para la cabeza. Otro, bajito, para el cuerpo. Otro, enano, para los pies.
Jesús se estira somnoliento y mete el dedo en la taza del azúcar fina molida y Madre se cree que ya va cayendo...
-¿Viene Fernandillo, hijo?
Sí, viene Fernandillo, despacio y remoto; se ha puesto alpargatas de silencio y viene despabilando gorriones con su aire nocturno. Fernandillo viene desde el rincón penumbroso donde alientan toditos los deseos que esperan. Fernandillo es un vago holgazán que siempre se distrae lejos cuando Madre dice que venga, que ya está bien, que hay que dormir, vaya, que el día ha sido largo y ha tenido mucho que lavar, mucho que fregar, mucho que guisar, mucho que coser, mucho que amar.
Jesús le dijo que qué bobada, que podía venir el ángel Federico con un par de novatos y echarle una mano, y que si quería Ella, pues, Él la ayudaría un poquito a amar.
Jesús le ha oído decir, con un poco de asombro:
-Hijo, para amar al mundo yo tengo que coser, que fregar, que fatigarme...
-¿Y que contarme cuentos?
Fernandillo viene tembloroso y despacio. Fernandillo es un ángel con pecas. Es un ángel del sueño y parece que siempre está en Babia, o dormido, o qué sé yo...
-Vamos, Fernandillo -suspira la Madre que le duele la espalda y siempre está sonriendo.
José, el padre, también qué vida... Todavía se está oyendo su sierra en el taller, y lo que dice él, la vida está difícil y cualquier cosa vale un talento, y hay que ver qué apetito tiene Jesús. Claro que mejor que tenga apetito, y que corra, y que se ría, y no como cuando de repente cierra los ojitos angustiado, como asustado, como si le pinchase en el corazón el dolor viejo del mundo. Asqueroso mundo.
Fernandillo viene despacito y glotón, comiéndose los pelos. Están dulces los cabellos de ángel (Jesús, no te rías del chiste).
-¡Ah!, ¿ya estás ahí? -regaña la Madre mientras Jesús, el muy cuco, abre un ojo y se ríe bajito para no despertar los palomos del mundo con la gloria asombrosa de su risa-. ¡Has tardado, Fernandillo!
Fernandillo recula hasta la pared, colorado, colorado. Anda, que no tiene cara el angelito. Se esconde las manos detrás porque las trae sucias, como siempre.
Porque María es también Madre de los
ángeles, y de los perritos, y de las cucarachas negras.
-¿Ya estás ahí? ¡Me enfadaré contigo!
A Jesús le baila la risa. ¡Enfadarse Ella! (Es por la cara de Fernandillo, que es más feo que un dolor).
-Bueno, no tardes más... ¿Traes el sueñito para mi Hijo?
-Sí, Señora. ¿De qué lo quieres?
-Podría ser de fresa -dice Jesús sentándose en la cama, tan fresco, como si fuese a estar de charloteo.
-¡Eh, eh, eh! ¡Tú a dormir, venga! Un sueñito de fresa.
A Jesús se le deshace en la boca la fresa del sueño.
Y entonces va y se hace de noche, porque la noche es que Dios se ha dormido. María espera suspirante, como un álamo verdecido.
Y el ángel Fernandillo brinca sobre el aire al taladro luminoso de las estrellas y deshace en sus manos el terrón de la sombra para que los niños del mundo jueguen el gran aro del silencio.


