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Autor: | Editorial:



Cumpleaños


-¿No sabes? -dijo Madre, con la cara hecha pura risa, con los ojos llena de alma, con la nostalgia hechas venas en su frente-. ¡Hoy es tu cumpleaños, Hijo!

Jesús se ha levantado más pimpante y veloz que una ardilla. Padre José ha puesto el Nacimiento en la mesa del comedor. Lleva quince días madrugando antes del alba para hacerlo todo. Y ahora sonríe, con la barba florecida como un almendro rubio y entrañable.

Tío Efraím, el curtidor, ha traído una zambomba y primo Juan ha mandado desde Ain Karim una flauta con tres agujeros y toda la armonía del mundo metida dentro. Vienen los niños, todos los niños de la vecindad, y se quedan muditos y esperantes, como pájaros con frío. No saben qué hacer. Hasta que viene el Ángel Pablo José y se arrodilla ante Jesús y canta un villancico, sólo que todavía no se llama villancico.

Madre, sí, qué nostalgia en los largos ojos preciosos, qué nostalgia de Belén, de la soledad, del misterio de aquella noche, de aquel pavoroso misterio del Niño naciendo, y Ella y José, solos en el pesebrico, y ellos sin decir nunca a nadie cómo fue aquella Noche.

Vienen amigos. Pastores de aquellos, congregados año tras año a esta fecha; parientes, crédulos e incrédulos, los que sonríen y los que no. El Nacimiento tiene hecho un estanque con el espejo que sirve a Madre para atusarse, y en su agua quieta beben los patos y se refleja el rostro asombrado de los niños.

A media noche ha habido un gran resplandor en la habitación sin luces. Madre ha oído un diálogo misterioso. Madre sabe bien Quién ha venido. Madre ha visto salir luego a su Niño: con los ojos húmedos, con la boquita grave, con las manos caídas y un extraño rumor de alas en torno suyo. Madre lo sabe todo y guarda estas cosas en su corazón.

Y aún pasa, por la puerta, un vecino retrasado que golpea la madera con su cayado:

-¡Felicidades, María! ¡Felicidades, José! ¡Felicidades, Jesús!



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