Menu




Autor: | Editorial:



El pozo


Es grande, tiene un brocal de adobes y una garrucha arriba. La garrucha chirría cuando la soga baja o sube, con el cubo lleno de aire o lleno de agua. En manos de Madre, el esparto de la soga se vuelve seda suave y finísima para que las manos de Madre no se estropeen.

-Me parece -dice el Esparto- que a las gentes les van a hacer mucha falta estas manos.

Vaya. Claro que sí. A ver qué manos van luego a amansar las frentes de los niños que duermen poco porque tienen anginas; a ver qué manos suavizarán la cólera de los hombres justos que se duelen de la porquería de la injusticia humana; a ver qué manos van a guiar los lápices de los asentadores y los vendedores de ultramarinos para que dos y dos sumen cuatro y no siete cincuenta.

A Madre le gustaría tener una bomba para sacar el agua sin tanto trabajo. Una bomba aspirante, como dice el libro de Física; las aspirantes-impelentes son grandes y feotas.

El pozo está en medio del corralillo.

Arriba, las estrellas pentagonales y verdes de las hojas, la sombra de la parra sostenida por la enramada que José le hizo a Madre, los granos apretados y verdosos de las uvas que están todavía en agraz.

Mi Niño entra jadeante y con unas mejillas tan preciosas que parecen de melocotón. Ha jugado con los chicos, cualquiera sabe a qué. A subir árboles (y luego Madre venga zurcir calzones), a saltar tapias o a la peonza; la que baila mejor, la de mi Niño, la hizo José.

Mi Niño entra al patinillo, con la respiración entrecortada, y se sienta en la sillita baja donde Cabodevilla toma notas para su crónica de Nuestra Señora. A mi Niño le duelen las palmas de las manos, y los pies, y el costado. Siempre le duele así, cuando se araña pies y manos con las cortezas de los troncos, y cuando corre.

Pero este dolor deja a mi Niño pálido, sudoroso, angustiado, casi con ganas de llorar pero sin lágrimas. Mi Niño se queda quieto, en la sillita baja, como escuchándose el latido brusco del pequeño Corazón. Como metido en sí mismo, de repente Hombre, de pronto con veinticinco años más...

Madre viene cantando:

-«Quia fecit mihi magna qui potens est, et sanctum nomen ejus...».

Trae un cubo en una mano y una artesa a la cadera, y al andar parece como si danzase para alegría de unos Ojos que riman detrás de lo azul.

A Madre se le cae la artesa, y el cubo rueda en torno a sí mismo. Madre se queda también pálida, sin sangre los labios, como si también a ella le doliesen el costado, las manos, los pies...

-Hijo...

El Niño sonríe y le pone a la Madre un collar de brazos al cuello. Luego le recoge la artesa y el cubo.

-Yo sacaré el agua, Madre...

Mi Niño se inclina sobre el brocal y mira hacia abajo, Madre detrás de Él. Y se ve a Sí mismo, Hostia temblorosa de agua; cerrada O; hecho Misterio, hecho profundidad, hecho Silencio.

-Mira, Madre, ¿ves el fondo? Sí, tú sí lo ves. Me gusta el pozo, me gusta su quietud, allá abajo; me gusta que con todo su ojo sólo sepa mirar hacia arriba; me gusta que se dé, en frescura y en agua, todo lo que tiene. Me gusta que esté siempre callado y que devuelva la voz que se le da, pero más fuerte. Me gusta que sea de abajo a arriba, como un árbol de nada y de sombra. Me gusta que sea tan hondo y que dé una sonrisa redonda de luz cuando nos asomamos.

Y luego se vuelve a la Señora.

-Me gustas tú, Madre.

A Madre se le escapa un quejido ronco de la garganta. Como un sollozo. Pero está sonriendo... La sonrisa es para mi Niño. El sollozo para los demás.

Sí. Madre es un pozo. Está abajo, el más hermoso medallón antiguo. Esperando siempre. Sí, Madre es un pozo para que beba Dios, para calmar en él su sed de amor humano.



Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!