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Autor: | Editorial:



Tríptico de Síquem



I. El Niño muerto

Mi Niño viene de la tienda con un paquete para padre -tres docenas de clavos del número seis- y otro para Madre -azafrán, fideos y sal-; por la calle adelante, saltando como un ciervecillo. De vez en cuando se para y mira el Universo: la nube larga como una lanza, paralela al horizonte, larga tilde para hacer una T del álamo; la mariquita roja, con sus lunares de gitana, contando apresurada e inquieta los dedos de mi Niño por si le falta alguno; el perro curioso que olfatea toditas las esquinas; la hierba de la calle, que crece tenazmente aunque sabe que nunca será árbol...

Mi Niño tiene las cejas risueñas y un buen churretón en las mejillas, porque ha comido sandía y luego no se ha lavado la cara.
Pero la alegría se le detiene y el color se le va.

(¡Qué angustia, mi Niño, cuando te haces Tú mismo, cuando te escapas de la tierra y nos la dejas huérfana, fría, desierta, sólo vivienda de coroneles y peritos, geógrafos y ordenanzas! ¡Qué angustia me da, cuando te dejas a Ti mismo por las calles del pueblo y otro Tú te crece en los ojos como un árbol nacido antes de tiempo!).

Al extremo de la calle viene un levita tocando la flauta. Le siguen dos sacerdotes flacos y un largo cortejo de amigos enlutados. Luego, sobre unas andas, el ataúd negro y destapado, con lo que sólo es ya recuerdo: el joven Siquem, el muchacho tísico de la calle del Sinaí. ¿Te acuerdas? Estaba siempre en la puerta, sentado en la hamaca, con un pijama por toda ropa, y una manta sobre los pies. Callaba como si callando prolongase sus días. Estaba en silencio siempre, como para escuchar la vida que se debilitaba en sus pulsos.

Miraba a lo lejos como si se inquietara por lo poco que dura el crepúsculo. De vez en vez, tosía y el pecho se le llenaba de oquedades.

Miraba el reloj de la torre, como si el tiempo fuese.

Tú pasaste muchas tardes y le dejaste un «adiós» que él no entendía. En su ventana había una hiedra triste que devoraba el hierro. Cuando cruzaban los niños cantarines o pasaba una muchacha envuelta en la primavera, los ojos de Siquem se nublaban y parecían muertos.

Mi Niño se queda inmóvil y grave sobre la acera.

Detrás de las andas, viene una mujer con velo negro. Es Sara, la madre de Siquem. (¿Te acuerdas cómo salía de su casa, de vez en cuando, y tocaba la frente de Siquem, y le daba un vaso de leche fresca?).

Detrás de Sara, las plañideras. Sus gritos tienen aire de oficio y gravedad de teatro. Y detrás, los vecinos de la calle Sinaí, incluso los niños que cantaban y la muchacha de la Primavera.

El cuerpo, delgado, traslúcido, amarillento de Siquem, parece dormir un sueño consumido. Y mi Niño siente el deseo reprimido de acercarse y decirle la Palabra. Pero un nuevo impulso le detiene (aún no es tu hora) y se queda, sólo Niño, sólo hecho asombro de la Muerte, sólo tristeza por el recuerdo de Siquem, el muchachito tísico de la calle Sinaí.


II. La viuda

MADRE ha peinado a mi Niño y le ha puesto un delantalillo blanco. Le ha dicho:

-Vamos a ver a Sara, ¿quieres? Era la madre de Siquem, el muchacho que enterraron.

Mi Niño dice que bueno y deja los tacos de madera con los que hacía una catedral.

Van luego por la calle, muy juntos. Madre cuida del Niño, pero parece como si mi Niño fuese cuidando de la Madre.

Cuando el chisme se cambia de luz roja por la verde, pasan los dos ante las fauces chatas y como contenidas de los autobuses. llegan al número 6 de la calle Sinaí.
Sara tiene los ojos hundidos y secos. Toda ella está seca, como una caña madura que sólo espera la mano que la arranque. Habla con voz delgada y como sorda. De vez en cuando, sus ojos resbalan por las cosas y hay en ellos un llanto sin lágrimas, un imposible llanto.

(La cómoda donde aún está la ropa; la hamaca, plegada, que tuvo dos años su cuerpo; los vasos de cristal barato donde Siquem bebía; el espejo, cubierto con una gasa para evitar que Siquem viese su rostro descarnado...)

Madre le habla, le dice cosas corrientes -el frío, el calor, la cosecha, la subida de la vida...- para que Sara baje del recuerdo y respire un poco. Y le habla también de la esperanza, de la vida que sólo se detiene, del amor de Dios...

Sara dice que sí y quiere sonreír. Y esta sonrisa impresiona a mi Niño. Porque Sara va a querer sonreír aunque ya está sola hasta la muerte.

Mi Niño mira a Madre y se le acongoja el espíritu. ¿Morirá Madre antes que Él? ¿Conocerá, entonces, el duro, el agrio sabor de la soledad? Mi Niño intuye que Alguien debe sentir en su Corazón la soledad de las madres, que se quedan sin hijos, la soledad de todos los que están solos y tienen que sonreír. Y, no sabe por qué, mi Niño siente que la mitad de su Gloria estará siempre reservada para aquellos que se ahogan en la soledad.


III. El dolor

SARA les acompaña hasta la puerta, les ha ofrecido un poco de zumo de uvas y galletas, ya endurecidas. Y se vuelve dentro.

Madre y mi Niño van por la acera.
-Madre, ¿por qué sonríes?
-Hijo, sonrío por el Dolor.
-Madre, el dolor, ¿qué es?
-Hijo, el dolor es la soledad.
-Madre, ¿para qué el Dolor?
-Hijo, para el camino.
-Madre, ¿no hay más camino?
-Hijo, no hay más camino.
-Madre, ¿el Dolor es bueno?

Madre se detiene, se separa de mi Niño para verle bien, como con ojos distintos, ahora no ojos de Madre, sino ojos de mujer. Tiene la mirada con lágrimas y el rostro muy tenso, pero los labios hermosamente sonreídos.

Las palabras de mi Niño han electrizado la tarde, la han iluminado como un relámpago dejándola hecha todamente claridad:
-Madre, ¿el Dolor es bueno?
-Hijo, Tú eres Bueno, Tú eres el Camino, Tú eres la Soledad de este mundo.

Y mi Niño se queda asustado. Porque ha visto, de pronto, que en el corazón de Madre está todo, todo el Dolor de este mundo. Porque Madre tiene el corazón lleno del Dolor de los hombres y del Dolor de Dios.

Madre, sonreída.





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