Menu




Autor: | Editorial:



Epílogo Dios tiene una O



Oración de un padre de familia a San José

Cuando llego a casa, por la noche, y me siento, y cierro los ojos doloridos, y me quite los zapatos para dar respiro a mis pies hinchados de andar.

Cuando he entrado en la habitación de los niños, y he comprobado su sueño tranquilo, y he sentido el hondo deseo de despertarlos -Pablo, Pedro, Santiago, Milagros, Juan, Inmaculada, Maricruz, María de las Gracias...- y he apagado de nuevo la luz, y he salido del cuarto sin hacer ruido.

Cuando he encendido la radio, y he escuchado eso de que suben los salarios, y de que se ha inaugurado otro embalse, y de que una muchacha ha aparecido muerta, y que el Politburó se ha reunido, y también el Congreso americano.

Cuando apago la radio, fastidiado, y he escuchado el cansado andar de mi esposa, preparando la cena, y no tengo deseos de abrir un libro...

Encima de la repisa estás tú, José, hecho una lástima, de tan viejecito, cuando la verdad es que tú nunca fuiste anciano. Y te miro, y te veo, maduro y fuerte, entrañable y serio, silencioso y atento, manzanal y profundo.

Te rezo, José. Te rezo cuando llega el filo de la noche. Te rezo para que yo sea como tú, para que todos seamos como tú, maduros y profundos. Para que la sombra que nos toma cansados, nos halle silenciosamente alegres, vitalmente llenos de tu octavo dolor y tu octavo gozo: la fatiga de tus músculos de carpintero y el éxtasis de respirar el aire que Jesús ya ha respirado.

Y de decir sencillamente a lo Alto: «Señor, ya acabé este día tuyo. Trabajé para que Él y Ella comieran y vistieran. Sudé para que Ellos sigan adelante. Oré todas las horas del día con la plegaria de mi cepillo, mi sierra y mi garlopa que a ti te han sonado mejor que tus músicas todas. Acabé este día, cansado y sereno. Velé por Ellos, como vela el árbol sobre su propia sombra. Les sonreí para que no vieran mi cansancio.

Conté a Jesús, de nuevo, la historia de los magos, que vinieron de lejos. Viví, sufrí, sonreí, acuné los sueños de mi Hijo Niño y mi Esposa Niña y fabriqué para Él una cruz de madera. Estuve junto a Ellos, como la hiedra en el muro. Ni siquiera di olor; tal vez ni siquiera di flor. Sencillamente estuve, como era tu deseo. Sólo se oía mi sierra. Mis palabras fueron pocas y dulces.

Acompañé su espera de mañana y gocé inmensamente tan sólo con verlos. Tan sólo con estar. Renové en cada hora el gozo y el dolor de esta extraña y hermosa paternidad mía, que se ha extendido desde Ellos a los hombres del mundo entero. Pues bien. Te doy gracias, Yahvé... ».

Cuando cierro los ojos, frente a la horrenda litografía que convierte en vejez tu hermosa vitalidad, repito contigo y para ti y para Él las palabras de tu oración. Y quiero, como tú, tener alas anchas para dar sombra a los míos, y para sonreír todas mis renuncias, y para comprender que es esto, es esta fatiga y esta serenidad ansiada lo que está como premio, José, al filo de la noche.

Mientras oigo los pasos entrañables de mi mujer, y su trasteo en la cocina, y enciendo el penúltimo cigarrillo del día.

Mientras se me va la fatiga y se me queda el alma, antes sola, ahora acompañada y recia.


Oración

Que el Dios chiquillo lleve a tu vida la alegría y la paz y el amor. Que el aro, y el tren, y la prisa, y los hombres, y las cosas, y la vida, sean en tu mano juguetes, sólo juguetes. Para que tu espíritu sólo esté en el Chaval de Belén y sean limpios tus ojos. A la manera de un niño.



Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!