Autor: | Editorial:
La infancia de Tiberio
Tiberio era pensativo y serio, pero cuando se reía, el mundo, el aire, se estremecían con el gozo más bello y más dulce, como si toda la tierra se iluminase, repentinamente, con un relámpago de alegría. Don Tomás, el párroco, decía:
-Cuando ríe Tiberito escucho al ángel que mueve las aguas de Siloé, la fuente de la gracia.
Porque don Tomás era el único que comprendía que Tiberio era un ser maravilloso. Lo supo desde el día en que el niño le preguntó:
-Don Tomás, ¿por qué manda doblar cuando se muere un niño? Tienen el alma blanca, yo lo he visto... Como los copos de lino.
-¿Tú ves las almas, hijo?
-Sí, padre.
-Y... -balbuceó, azorado y temeroso, don Tomás-, oye... ¿y la mía? ¿La ves?
-También, don Tomás.
-¿Cómo es, hijo; cómo es mi pobre alma pecadora?
-Blanca, don Tomás; como la del chico de doña Teresa, que se murió tonto...
Tiberio se quedó estupefacto cuando don Tomás salió bruscamente de la sacristía. Le vio entrar en la iglesia, a grandes zancadas, y arrodillarse convulso ante el comulgatorio. El chico sonrió y se subió a la torre a golpear con la uña el rumoroso bronce, sonoro, de las campanas.
-¡Es como si sonaran muy lejos ... !
Un día, Tiberio saltó desde el campanario al alto tejado de la iglesia. En el mismo alero, a punto de caerse, se angustiaba una cría de cigüeña que había resbalado desde el frondoso nido de la espadaña sobre el crucero. La madre aleteaba, asustada, en torno a su cría; chascaba el largo pico y trataba, torpemente, de evitar su caída.
Abajo, en la calle, los chicos gritaban desaforados ante un espectáculo que les divertía. Evaristo, indiferente, enderezaba un rosal mientras el herrero berreaba:
-¡Tiradle una piedra, muchachos, a ver si acaba de caer!
Junto a la acera de la imprenta, el farmacéutico, con su bata blanca, sucia de potingues, explicaba al secretario del Ayuntamiento la zoología de las cigüeñas y el misterio de sus rutas migratorias.
Fue entonces cuando Tiberio -apenas seis años- saltó al tejado. Los curiosos de la calle enmudecieron al ver al niño avanzar, resbalando sobre las tejas, húmedas, verdinegras, con un musgo de terciopelo verde. En el mismo alero se detuvo con un difícil equilibrio.
-¡Chico, no seas bruto! -chilló el secretario del Ayuntamiento. Y un escalofrío sacudió a los divertidos espectadores.
A los gritos salió don Tomás:
-Estad tranquilos, no se cae. Dios está con él.
Después, cuando Tiberio reintegró el peludo cigüeño al nido, cuando bajó a la calle, apareció furibundo y congestionado el señor Marcelino:
-¡Bestia, más que bestia! ¡Te voy a partir un hueso, so canalla!
Alzó el niño sus grandes ojos tranquilos y miró a su padre.
-¡Sinvergüenza, granuja, mamarracho! -se desgañitaba el señor Marcelino-. ¡Te voy a deslomar! ¡Te ...! ¡Bueno! -se azoró el tendero ante los ojos humildes y límpidos del niño-. ¡Bueno! No lo vuelvas a hacer, ¿eh, Tiberio? No lo vuelvas a hacer, muchacho.
El herrero abrió unos ojos como herraduras:
-¡Arrea! ¡Se ha desinflado!
El señor Marcelino se alejó nervioso:
-¿Por qué no he podido apalearlo?
Y terminó rabioso:
-¡Pues ahora verán Eufrasio y Antolín!
Y fue y les colgó del gancho de pesar las patatas.
Los dos chicos se rascaban los azotados traseros sin comprender la extraña y no justificada paliza de su padre, al que veían de bruces sobre el mostrador, mordiendo con rabia un cacho de lápiz desastillado, mientras echaba cuentas en un papel de estraza:
-Dos kilos de harina a nueve pesetas, veintiuna sesenta...
Porque el señor Marcelino le tenía un poco de miedo a Tiberio. A veces, se rascaba el cogote, preguntándose cómo podría ser hijo suyo aquel niño delicado, que no tenía los dientes sucios ni las manazas rojas, que no eructaba ni comía con los dedos, que tenía la piel blanca y el pelo moreno y los ojos garzos, como la madre difunta, mientras él, Marcelino, dueño de La Caña de Azúcar. Ultramarinos finos, y los bestias de Eufrasio y Antolín tenían el pelo rojo, las manos rojas y hasta el alma roja, como los hierros con orín.
Una vez, cuando Tiberio tenía cuatro años, arrimó una mesa a la pared, subió a una silla y, desde arriba, abrió la jaula de las perdices. La casa se llenó del zumbido largo y chirriante del vuelo de los reclamos, que pronto encontraron el aire libre y jubiloso de la calle.
Cuando el señor Marcelino, que no tenía más debilidades que la caza, el vino, la comida, el tabaco, el juego, el genio y las viudas, se enteró del desaguisado de Tiberio, creyó que le daba un acindoque.
-¡Canallaaaa...! -rugía-. ¡Los mejores reclamos del pueblo! ¡Tres pájaros que cada uno valía cuarenta duros! ¡Te voy a destrozar, mala hierba, hijo de...!
Avanzaba hacia el chico con los ojos desorbitados y las manazas abiertas, pero en el centro del cuarto se detuvo confuso.
Tiberio, en pie, le miraba dulcemente con aquellos ojos irresistibles, que nunca se turbaban.
-¡Vamos a ver, vamos a ver! -balbuceó el señor Marcelino-. ¿Por qué has soltado los pájaros, di? ¿Por qué los has soltado?
Tras un breve silencio, suspiró el niño.
-Estaban tristes, padre; los vi inquietarse con el canto de una perdiz libre que llegaba desde los cerros.
-¿Tristes los pájaros? -el señor Marcelino abrió la bocaza.
-La perdiz quiere aire libre, padre; es una criatura de Dios y de aire libre. Tú las esclavizas, y eso no es cristiano.
El señor Marcelino se mordía los puños, impotente, como una mula que sintiera en la boca la serreta de un freno irrompible.
-Otro día, padre, voy a tirar tu escopeta al pozo.
Entonces, inesperadamente, el bestia del tendero se echó a reír con unas carcajadas agrias e histéricas, como rugidos, temblándole el costillar robusto, el pelo rojo, las manos rojas y el alma roja como los hierros con orín.
Tiberio sonrió y luego se echó a reír también, suave, cristalinamente, como un pájaro, ante el silencio estupefacto y sobrecogido del tendero, que sintió en su rostro sanguinolento el rozar fresco, acariciador, de un ala invisible, mientras su corazón rojo se estremecía sin saber por qué; mientras un escalofrío de impalpable y nunca sentida ternura le desbordaba el pecho.


