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Por eso Tiberio ama a los niños
Para los chicos del pueblo, Tiberio es un semidiós. No comprenden nada de lo que dice, pero eso es, precisamente, lo que de los grandes admiran los pequeños. Así, sin ir más lejos, han surgido algunas escuelas filosóficas.
Tiberio es para estos niños, llenos de mocos y de roña, de rodillas percudidas y cabellos enemistados con el peine, un ser fabuloso y bello, como todo lo desconocido. Tiberio les atrae como los gritos de los pájaros o el gozo del sol en los arroyos donde la Micaela lava las batas, roñosas de pomada, de don Herminio.
Porque Tiberio, aunque ya es grandullón, juega con ellos; les hace cometas con cara de alcalde, les arregla sus chismes rotos, les sube al campanario para que vean las pesas del reloj y el nido de la cigüeña madre. Tiberio sabe cuándo es el tiempo de la peona, de la maricolla, de los bolindres, de los platillos, de la taba, de la chita para, de los botones... Tiberio administra prudentemente sus conocimientos entre los muchachos, les resuelve sus líos, arbitra en sus discusiones y, sobre todo, les cuenta historias inverosímiles:
-Tiberio, ¿cómo era aquello del perro que se llamaba Como Tú?
Alguien ha dicho que Tiberio tiene la cabeza llena de humo. Y los chicos se admiran:
-Tiberio, ¿es verdad que tú tienes humo en la cabeza?
-No es humo -contesta seriamente el interrogado-. Son nubes blancas, donde duermen en invierno las mariposas.
-¿Y las tienes ahí dentro todas?
-Casi todas... Así no se mueren de frío. ¿No habéis visto que cuando llega el invierno no hay mariposas?
-Se irán a los Marruecos, como las cigüeñas.
-No. Las cigüeñas son grandes y pueden volar muy lejos. Las mariposas, no.
-Es verdad.
-Por eso las guardo yo aquí -y Tiberio señala su frente- y las vuelvo a soltar en primavera. Yo soy el Arca de Noé de las mariposas.
-¿Y quién era Noé?
Tiberio quiere mucho a esos chicos sucios, de ojos legañosos, pero que todavía son sinceros, que saben hacer preguntas asombrosas y que creen, creen firmemente en él, en su palabra, casi casi tanto como en la de don Tomás. Por eso buscan su compañía, les descubre pirámides de cuarzo brillante y soterradas criadillas; les enseña qué encinas dan las bellotas más dulces, y en qué zarzales están las moras más maduras. Otras veces, en la tienda, se llena los bolsillos de galletas y las reparte entre los muchachos, mientras brama el señor Marcelino repartiendo tortazos a Eufrasio y Antolín.
-¿Tú sabes más que don Ganimedes?
-No es eso; es que yo sé cosas que él no conoce.
-¿Quién te las enseñó?
-Nadie... -responde Tiberio vagamente, un poco preocupado como siempre que piensa en su ciencia infusa-. Yo que las sé...
Casi tanto como los chicos, quieren a Tiberio las madres del pueblo. Porque ellas, tan intuitivas, también comprenden, aunque difusamente, que Tiberio es un ser casi sobrenatural. Por eso, cuando Tiberio pasa por las calles, con las manos en los bolsillos del pantalón, con la cabeza inclinada como si escuchara el rumor de las nubes que llenan de lucidez su cerebro, las madres le llaman y quieren obsequiarle:
-Toma, hijo, toma una rebanada de pan con miel...
-¿Quieres probar las nueces de mis nogales, Tiberio?
-Tiberio, entra hijo... Ven a tomar la merendilla con mi muchacho.
Sin embargo, hay una mujer en el pueblo que aborrece a Tiberio, la única: Alfonsa, la mujer de Práxedes, el fondista de la estación. Alfonsa tiene el pecho liso y un oscuro bigote oscureciéndole el bozo con una rúbrica de maligna masculinidad. Tiene, además, la peor lengua del pueblo y un mal genio que se deshace frecuentemente en insultos contra su marido, canijo y flaco.
Práxedes la oye asustado desde un rincón de la fonda, junto a la mesa de mármol en la que nadie ha comido desde que el Rey Alfonso XIII fue al pueblo a inaugurar la traída de aguas.
-¡Bragazas, mequetrefe, que eres un vaina! -chilla Alfonsa.
Ella siente una oscura rabia contra Tiberio; le llama hipócrita, santurrón y mameluco en cuanto tiene ocasión. Tal vez influyan en todo esto la fracasada maternidad de Alfonsa y su bigote. Y quizá también lo que Tiberio le dijo un día; cuando la fondista arrastraba a su marido borracho por la plaza:
-¡Gandul, canalla, cobarde! ¡Vamos a casa, que te voy a sacar la borrachera con la maza del almirez!
Práxedes se emborrachaba porque no tenía más remedio que hacerlo. A ver qué vida, con aquella mula por señora. Y lo que él decía una vez a Tiberio:
-Si no la pesco no la puedo aguantar.
Pero en cuanto me echo al coleto una buena frasca... ya me puede dar con el rodillo o con la badila. No la siento. Y además me olvido de ello. Créeme, Tiberio, el vino de Felipe es la mejor anestesia.
Aquel día, cuando Alfonsa tiraba de su marido, Tiberio, que estaba viendo a Evaristo podar un geranio haciendo maravillas con la podadera, se encaró con aquella fiera corrupia:
-Deja en paz a tu marido. Se emborracha porque tú le pegas y le haces la vida imposible.
La fondista barbotó, roja de ira:
-¿Y a ti, mequetrefe, asqueroso, quién te da vela en este entierro?
Era verdad, que aquel arrastre tenía algo de entierro. Tiberio, sonrió, imperturbables los ojos:
-Eres una víbora.
Alfonsa agitó sus manazas sobre Tiberio.
-Pégame si puedes. Pero no puedes; no eres sino una pobre irresponsable. Yo te quiero, aunque eres peor que un alacrán. Al fin y al cabo, también el alacrán es una criatura de Dios.
La fondista se agitó como si le diese un acindoque. Apiadado, Tiberio fue a avisar a don Herminio para que aplicase unas sanguijuelas a la mujer.
-A ver si así se le descargan las venas.
Echaba espuma por la boca. Pero no hizo falta. Alfonsa salió de estampía para su casa, rugiendo frases ininteligibles, mientras la quisquilla de su marido dejaba el anestésico de Casa Felipe sobre una de las más lustrosas y prometedoras madreselvas de Evaristo.
Desde entonces, Alfonsa no puede tragar a Tiberio ni en pintura. Cuando le ve por la calle, la fondista da una media vuelta de recluta y sale arreando por la primera esquina.
A Tiberio le importa un comino la mala lengua de la fondista. Porque Tiberio quizá no sea un cínico. Quizá sea un ángel. Y por eso ama a los niños y se alimenta de rosas.


