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San Andrés y Tiberio hacen milagros
Como es la fiesta del pueblo, la gente se ha puesto la ropa de los domingos y las madres han lavado con estropajo las orejas de sus chicos. Los lagartos se asoman al sol de los huertos con sus verdes libreas de lacayos antiguos y sestean en paz, sin el temor de las pedradas ni de los ganchos con punta en arpón. Los chicos van en la procesión de San Andrés, hinchadas las cabezas a fuerza de lendreras y coscorrones, con los bolsillos llenos de vidrio de botellas rotas, bolindres, tapas de cajas de cerillas y pedazos de cuerda.
Tiberio está en la torre, vibrante de campanas, con dos escarabajos y todo el horizonte para sí. Desde la torre ve el trajín del pueblo, los chicos que corren, los rostros gesticulantes de los vendedores de cristiones y floretas, perrunillas y huesos de santo. Benito, el sacristán, auxiliado por dos monaguillos, se desgañita tratando de organizar a las mujeres para la procesión. Tiberio las ve desde arriba y se ríe; las ve ir y venir, atolondradas, con sus zapatos de tacón alto y sus trajes de satén negro, sus velos y sus lentos y desmañados andares, azoradas ante los gritos del sacristán, incapaces de formarse como él quiere, en dos filas, porque todas quieren ver la salida del santo seguido del alcalde, con su bastón municipal y sus orondos concejales. Y como ninguna quiere perderse el espectáculo, todas se agolpan estúpidamente ante la puerta de la iglesia. Hasta que sale don Tomás, y las filas, indecisas, se reagrupan y comienzan a andar calle arriba.
Tiberio se ríe de estas buenas mujeres, tan atolondradas, sí; pero... tan dulces, tan sencillas, tan madrazas...
Escarabajo Martín,
échate a volar,
que los hijos de tu casa
te quieren matar.
El cuchillo está en la mesa
pa cortarte la cabeza;
el cuchillo, en el cajón
pa cortarte el corazón.
Tiberio les canta esta absurda melopea a sus dos escarabajos. Y cuando termina el último verso, los escarabajos levantan sus élitros, asoman sus alas membranosas y amarillentas y emprenden su vuelo bordoneante y rectilíneo. El conjuro no falla nunca.
Tiberio, que conoce las Florecillas de San Francisco -¡cuántas veces se las habrá contado don Tomás!-, se extraña siempre de que no se hable allí del hermano escarabajo. A Tiberio le inspiran un gran amor estos negros insectos, los últimos en la escala animal, los más despreciados, que tanta repugnancia producen a la gente; a los chicos les gustan los escarabajos; les atan un papelito de seda a una pata con un hilo y les cantan el Escarabajo Martín. ¡Y qué bien vuelan con su lastre como una cometa! El maestro dice que los escarabajos son muy útiles para la agricultura, la industria y el comercio.
Tiberio baja la escalera de caracol que da al coro y se cruza con los muchachos que suben a tocar las campanas.
-¡Tiberio, ven con nosotros!
Tiberio deniega con una sonrisa y sigue bajando, mientras comienzan a voltear las campanas y el señor Felipe, adormilado, pulsa las carcomidas y amarillentas teclas del viejo órgano con las primeras notas del Cantemos al Amor de los amores, que es lo único que se sabe bien el señor Felipe. Dos muchachos dan al manubrio del fuelle, ese asmático fuelle, pulmón del viejo instrumento, al que le han rejuvenecido la semana pasada, que vino un alemán a arreglarlo. Ha sido un acontecimiento; el día que se inauguró el órgano restaurado vino mucha gente a oírlo. Hasta don Higinio, que era abogado y ateo y padecía de cólicos biliares. Claro que don Higinio vino por dos cosas: primero, porque habían anunciado el acto con octavillas como concierto de música sacra, y don Higinio era el intelectual del pueblo y presumía de hombre liberal y amante de las bellas artes y de otras bellas; y segundo, porque Tiberio le había dicho que fuese.
Tenía gracia el pánico de don Higinio por Tiberio. Sobre todo, desde aquel día cuando el abogado estaba discurseando en el Casino y echando pestes de los curas. Tiberio habrá entrado allí -el camarero le daba azucarillos y oyó la voz campanuda de don Higinio:
-¡Todo eso son pamplinas, pamplinas y pamplinas! ¡Y vosotros, unos zopencos! ¡Pero, hombre, hablar de Dios, y de la Iglesia, y de los milagros, a estas alturas! ¡En pleno siglo veinte, después de Robespierre y Flammarion!
Hizo una pausa, y vio a Tiberio, que escuchaba en la puerta con ojos asombrados.
-¡Ese, ese chico! ¡Ven acá! ¿Creéis vosotros que a este chico le ha hecho Dios? Lo hubiese hecho inteligente, y no tonto. ¡Bah, bah! Todos sabéis que este muchacho es hijo de Marcelino, el tendero, un borracho, un desgraciado alcohólico. ¿Y a mí? ¿También me ha hecho Dios a mí? Eh, chico; contesta tú. ¿Me ha hecho Dios a mí?
Tiberio sonrió graciosamente:
-Pues .... aunque no lo parece, sí, señor.
-¿Cómo que no lo parece?
-Bueno; se le fue la mano en el barro. A usted lo hizo de posos.
-¡A mí me hizo mi padre! -bramó don Higinio entre las risotadas de los contertulios-, Mi padre, que era un hombre libre.
-Su padre de usted era alpargatero -sugirió Tiberio, deslumbrante.
¡Madre mía, la que se armó! El juez se desternillaba:
-¡Entonces tú eres una alpargata!
Don Higinio se levantó dando bufidos y salió con un portazo, y Tiberio se encontró con las manos llenas de azucarillos, mientras todos le daban golpecitos en el pescuezo.
Desde entonces don Higinio le huía a Tiberio. Y la semana pasada, cuando lo del concierto de órgano, el niño fue a casa del incrédulo oficial del pueblo; porque casi todos los pueblos tienen incrédulo oficial, lo mismo que tonto municipal, perenne invitado a toda manifestación pública: entierros, bodas, funerales...; de igual manera, el incrédulo oficial es el encargado de recibir y agasajar al diputado socialista de turno.
Tiberio fue a casa del abogado con una octavilla:
-Don Higinio, mañana se estrena el órgano y hay un concierto. ¡A ver si va usted por la iglesia, que ya está bien!
El abogado pasó por alto la indirecta, movió las peludas cejas, un poco mosca, y luego miró el papel.
-¡Ah, Bach! ¡Ah, Haendel! ¡Ah, Franz Lehar! ¡Ah, buen concierto!
-Le guardaré un sitio, don Higinio.
El ateo fue a soltar un exabrupto, pero la mirada dulcísima de Tiberio le detuvo. Eran unos ojos suaves, sonrientes y humildes; unos ojos fascinantes que se hundían dentro de los ojos de don Higinio. De repente, el hombre se sintió trémulo, azorado; aquellos ojos parecían taladrarle, como si le desnudaran, como si ante ellos fuese inútil su cinismo y el niño estuviese viendo toda su pobre carroña enferma y decrépita, su putrefacta vesícula biliar y su alma sucia, como la bata del farmacéutico.
Don Higinio se abrochó la chaqueta nervioso; pero no, aquellos ojos que estaban viendo su miserable verdad no expresaban asco ni repulsión, sino ternura.
Y el hombre sintió una infinita gratitud por aquel niño que no se estremecía ante su miseria moral. Puso la mano en la cabeza de Tiberio y murmuró con los ojos húmedos, con la voz húmeda de vergüenzas y pudores:
-Gracias, hijo. Guárdame el sitio; sí, iré.
Aquella misma tarde, cuando Tiberio se lo contó a don Tomás, el cura se estremeció de alegría.
-¿Que va a venir don Higinio? ¡Gracias, San Andrés, gracias por este milagro, por esta ovejita rebelde, la única que se resistía al trabajo de este pobre pastor de almas! Pero... ¡si no acabo de creerlo!¡veinticinco años hace que no entra en esta casa, en la casa de Dios, que también es suya! ¡Bendito San Andrés, bendito concierto, bendito órgano y benditos dos mil duros de mi alma que vale el arreglo! ¡Y bendito tú, Tiberio, ángel mío! ¡Ah, cuán misteriosos tus caminos, Señor...!
Tiberio recuerda estas cosas apoyado en la balaustrada del coro, mientras el señor Felipe entona por undécima vez con tono nasal:
Bendito sea el Señooor,
Dios estáááá aquííí...
Venid, adoradooores,
adoreeeemos...
Menos mal que ya sale la procesión. San Andrés, la mar de guapo con las mejores rosas de Evaristo, con los mejores lirios de la tía Evelina, sostiene su aspada cruz sobre las andas; cuatro mozos bien plantados llevan los varales. Detrás, va el cura revestido; detrás, el alcalde con el traje azul marino de la boda, bien oloroso a gasolina, y su bastón de mando, rodeado de la plana mayor de ediles, todos muy bien pinchados y orondos; siguen el juez, el boticario, el teniente de los civiles, los guindillas, Evaristo y toda la crema social del pueblo.
Arriba, las campanas gimen locas su alboroto de prodigiosos bronces, mientras Felipe vuelve a la carga:
... a Cristo Redentoor...
Gloriaaa a Cristooo Jesúúúús
El litúrgico cortejo pasa bajo el coro. Y don Tomás, que se sacude los chicos a manotazos, eleva sus ojos sonrientes a Tiberio y le hace una vaga seña de complicidad.
Es que detrás del alcalde, y sus edecanes, junto al juez de Primera Instancia e Instrucción, con un flamante traje nuevo y sin cara de cólico biliar, al revés, con cara de hombre tranquilo, va... don Higinio, ex incrédulo oficial de la población.


