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Autor: | Editorial:



Tiberio, peligro social


-¡Pí! -hizo el silbato del jefe de estación.

-¡Piiii! -hizo el silbato de la máquina.

-¡Chas..., chas..., chas..., chas, chas, chas! -hizo el tren deslizándose sobre los rieles.

Un hombre corre tras el convoy con una cesta. ¡Qué risa! Práxedes aplasta la nariz contra los cristales de las ventanas de la fonda, pero de pronto desaparece atraído por una fuerza irresistible: Alfonsa ha entrado en acción.

Desde la ventanilla ve Tiberio empequeñecerse las figuras de sus hermanos Eufrasio y Antolín, enfundados en sus guardapolvos grises, y el pañuelo de la tía Evelina humedecido de lágrimas. Y ve alejarse la estampa menuda del pueblo, con las cigüeñas chascando sobre la torre, mientras un relámpago de angustia cruza sus ojos serenos. ¿Volverá alguna vez?

Junto al paso a nivel del Cementerio, enfrente de las Escuelas Nuevas, la guardabarrera alza el trapo rojo que usa para limpiar los cristales, mientras el boticario y el juez esperan a cruzar las vías hablando del uranio doscientos treinta y cinco.

Tiberio sale de su pueblo, apenas por vez segunda en sus diecinueve de vida. La tía Evelina le ha enfundado en un traje precioso con rayas “príncipe de galos”, que da al muchacho la sensación de estar aprisionado tras una reja.

“Sencillo” viene también. Sin billete, claro. La tarde anterior le preguntó Tiberio, con una ráfaga de inquietud en la boca:

-Y tú, “Sencillo”..., y tú, ¿no vendrás conmigo?

-Soy como tu imagen en el espejo. Iré contigo siempre hasta tu muerte.

Le brillaron curiosos los ojos a Tiberio:

-Anda, dime, cuándo me moriré yo.

-No, ni puedo.

-¿Sabes? -meditaba el muchacho-. Me gustaría morirme un tres de febrero... Ese día vuelven las cigüeñas después de un largo invierno de lluvias y heladas sobre el nido vacío... Las cigüeñas son como tú, como vosotros los ángeles... Blancas, audaces, ¡vuelan tan bien! Y vienen cuando llega la primavera y se despierta el campo y los tallos chiquitines de los trigos se aúpan sobre los surcos con huellas de perdices y camadas tibias de liebre... -súbitamente se acongojó-. Oye, “Sencillo”, y si vienes conmigo, ¿no te ensuciarás? El humo del tren es pegajoso, y tú ¡eres tan blanco!

Sonreía el Ángel:

-Nada puede manchar mi blancura. Los ángeles somos como las estrellas. Reflejamos la blancura de Dios.
Por eso, ahora, cuando el tren cabecea, como Práxedes cuando va calamocano hacia la fonda, Tiberio busca con ojos inquietos la blanca e invisible silueta del Ángel; y no le ve, pero siente junto a sí, junto a su cabeza, algo como un aliento, como una respiración suave.

El vagón de tercera va lleno. Frente a Tiberio, el señor Marcelino lee las noticias de la China.

-¡No, si acabarán llevándonos a la guerra! -y se promete aumentar las reservas de azúcar y de aceite en la trastienda, que bien se acuerda del año del hambre.

En el departamento viajan también una monja, dos comisionistas, dos labradores, una mujer gorda con bocio, un empleado de ferrocarriles y un guardia. Los pasillos están atestados de cestas, soldados, mujeres con gallinas y maletas de cartón piedra podrido, soldados, segadores, estraperlistas, soldados, empleados del ferrocarril, policías, estudiantes, soldados, guardias y ganaderos.

El señor Marcelino habla de política con el guardia y el empleado de ferrocarriles:

-¡Vamos a ver, usté que es una autoridad! ¿Qué piensa hacer esta gente? ¿La guerra? ¡Ni guerra ni pamplinas, todo les importa un pito! ¡Lo que quieren es llenarse los bolsillos y aumentar los impuestos! ¡Y de eso nada, monada! ¡Yo soy un ciudadano! ¡Yo soy un hombre libre! ¡Yo soy un “sunfragista”! ¡Yo voto! ¡Yo pago!

-Todos pagamos.

-Sí, señor. Y dígame usté, ¿para qué? ¡No hay más que granujas! De eso sobra aquí mucho, ¡pero que mucho! ¿Y sabe usté lo que dicen aquí? -y golpea el periódico con una mano-. ¡Pues que en “Guasintón” van a aumentar la reserva del patrón oro! ¡Jajay! ¡Si ya lo decía yo, si eso es lo que se veía venir! ¡Menudo patrón! ¡El “desenquilibrio” económico! ¡El “superavis”! ¡Y aquí, venga a jorobarnos con las “restriciones”!
La monja va por el tercer Misterio de Gozo; la del bocio duerme y los comisionistas echan cuentas sobre un block de espiral. Y Tiberio, junto a la ventanilla, se estremece de alegría al oír un leve susurro:

-¡Tiberio! ¡Soy yo, tu Ángel! ¡Voy aquí contigo, a tu lado!

-¡“Sencillo”! Dime, “Sencillo”, ¿a dónde voy?

-Ya lo sabes; a la capital a que te vea un médico. ¿Tienes miedo?

-No... Mientras vengas conmigo. Pero... ¿qué pasará?

Ahora, el susurro del Ángel tiene más grave tono:

-Ya lo verás. Pero nunca podrán contigo, Tiberio. ¡Ni con todos sus microscopios, sus batas blancas, sus gruesos libros y sus inyecciones! ¡Toda su pobre y falsa ciencia querrá husmear el rastro de tu origen y tu destino, desmenuzar tus pensamientos, hacer comprensible lo que sus viejos cerebros sin Luz ni Gracia no pueden comprender! Eres un esquizoide, ya lo sabes...

-No soy nada eso.

-Claro que no, Tiberio. Pero interesas a la ciencia... ¡Oh, la Ciencia! Por eso no puedes seguir con tus espantapájaros inútiles, ni hablar con “Chicha y Pan” mientras se encienden las estrellas... Eres un peligro social. ¿No sabes? Hubo una reunión para decidir tu caso. Como tu padre no quería gastarse dinero en el viaje, don Agapito convocó a don Ganimedes, don Herminio, el alcalde, Evaristo... hasta Alfonsa fue llamada a declarar... ¡Como tú le dijiste aquello una vez...!

-¿Y qué pasó?

-¡Te hubieras reído! Todos tienen miedo de ti, te saben extraño, saben que los conoces, temen tus gestos y, sobre todo, tus verdades. Y decidieron que eres un peligro social. No pueden vivir contigo, que lees sus pensamientos, que adivinas sus odios y sus iras, su codicia y su lascivia... No conciben que quieras ser ingeniero de Arroyos y Jardines, que arriesgues la vida por salvar a un cigüeño y que te guste comer rosas, que es en ti un atavismo. Y todas las “fuerzas vivas” se han desencadenado sobre ti. ¡Cómo temblaban acusándote! ¡Cómo se mordía las uñas don Agapito y subía y bajaba la nuez de don Ganimedes! Tu presencia les irrita porque les humilla. A tu luz se ven ruines y groseros, desgraciados y falsos. Ellos no ven ángeles sobre una nube que va hacia Etiopía. No ven sino sus cajones de comerciantes; no quieren sino contar la calderilla sucia de sus intrigas y sus fealdades. Y como tu luz les deslumbra, han decidido apagarte. Entre todos costearon vuestro viaje aceptando la solución de don Agapito. Confían en no verte nunca más.

Al empleado de ferrocarriles y al guardia se les abre la boca ante la elocuentísima perorata del señor Marcelino:

-¿Ustés creen que Alemania atacó a Polonia por lo del pasillo ése? ¡Amos, anden! Por un pasillo no se pega nadie. ¡Las “reindinvicaciones” económicas, el mercado mundial, ése era el motivo, y que nos dejen de mandangas! ¡La democracia! Todo eso está muy bien, pero yo les digo a ustés que es mentira. Y lo del comunismo, igual. ¿Ustés no saben lo que les pasó a Bravo, “Mandonado” y “Pandilla”, que fueron los comuneros, o sea, los primeros comunistas? ¡Pues eso! Una buena estaca y se acaban los “confliztos”.

El señor Marcelino siente sobre sí los ojos severos de Tiberio y se calla. De pronto, al hacerse el silencio -apenas se ha oído el “Mater Christi... ora pro nobis” de la monja-, se despierta la mujer del bocio.

El guardia aprovecha para cambiar la conversación, que ya está bien de perorata:

-¿Y qué? ¿De exámenes con el chico?

-No, señor. Vamos a...a por el suministro.

-No se miente, padre _murmura Tiberio.

-¿Eh? Bueno... también vamos al médico para que vea al chico.

-Pues no tiene pinta de estar malo _bosteza la mujer gorda.

-Sí... no... claro...- se atropella el señor Marcelino. Tiberio sonríe dulcemente.

-Esto no se nota a primera vista. Estoy loco, señora.

Los viajeros del departamento dan un brinco al unísono y se repliegan asustados en sus asientos, mirando a Tiberio con ojos recelosos, inquietos. Ya han olvidado sus antiguos pensamientos, su sopor, sus notas en el block de espiral, sus consideraciones políticas... ¡Viajan con un loco!

Un loco que les mira con una sonrisa, con unos ojos alegres que penetran, sin embargo, hasta el fondo turbio de sus conciencias. ¡Un loco!

Sólo la monja, sin enterarse de nada, musita:

-“Regina Angelorum, ora pro nobis”...

Y luego aprieta los ojos un poco turbada, para alejar un absurdo pensamiento, una imperdonable distracción.

-¡Jesús!- piensa. ¿Pues no iba a decir “Regina Insanorum, ora pro nobis”?



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