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Tiberio es declarado oficialmente loco
Todo ha sido tan rápido, tan inesperado... El señor Marcelino ha vuelto al pueblo con cincuenta kilos más de garbanzos en el suministro y un hijo menos en la casa. Ante la tía Evelina, congestionada entre sus encajes, rugiente, espumeando rabia entre sus encías descarnadas, el señor Marcelino agacha la cabeza y se pone a hablar. Lo cierto es que se hace un lío y que no es capaz de explicar nada como Dios manda, porque ¡vaya explicaderas que tiene el hombre!
Pero, secretamente, en el pueblo se respira con tranquilidad: el peligro Tiberio ha sido conjurado. ¡Qué pedazo de suspiro ha dado el farmacéutico!
La cosa no fue difícil. Cuando don León leyó la carta que el médico del pueblo le enviaba con el señor Marcelino _ya se acordaba, ya, de aquel alumno suyo que parecía tonto y el día del examen se explicó con un par de jamones_, el especialista en Psiquiatría se pasó la lengua por los labios como si acabase de comer mermelada:
-¡Vaya, vaya! ¡Conque un esquizoide oligofrénico según la tipología de Kretschmer! ¡Un caso precioso, muy bonito, sí, señor! Ven, guapo, ven.
Le sentó en una butaca, frente a la ventana. Y le increpó:
-Vamos a ver. Tú, ¿quién te crees que eres?
-Tiberio, señor.
-¡Claro, claro! Este tipo siempre responde a la lucubración histórica. Unos, Napoleón; otros, Carlo Magno... Porque tú te llamas Tiburcio, ¿no es así?
-No, señor: Tiberio.
-Ah, ya, autopersuasión. Característico. ¡Tiberio!
-Fue cosa de mi compadre _murmuró muy colorado el señor Marcelino_; yo quería que se llamara Niceto, pero como mi compadre era del Rey...
Ahora le tocó la china a don León, que se puso como una guinda.
-Bueno... Tiberio. Mañana tienes que estar en el Hospital Provincial a las once de la mañana.
Los acompañó hasta la puerta. Y se volvió Tiberio:
-Perdone, señor. ¿Por qué hace usted cada tres minutos ese gesto de quererse morder una oreja? Me temo que aunque lo siga intentando no lo va a lograr.
-Es de nacimiento- balbuceó don León, azorado ante los ojos del muchacho.
Al día siguiente, a las once en punto, estaban el señor Marcelino y Tiberio en el Hospital. Un enfermero les llevó por un pasillo con macetas que olían a éter y a yodoformo; el tendero se quedó fuera rascándose el pescuezo -era campeón de rascadura en el pueblo-, mientras Tiberio entraba en un amplio despacho.Fumando, esperaban cinco médicos.
Tiberio se detuvo tímidamente, mientras la puerta se cerraba tras él. Y los cinco doctores, en vez de cantar el coro de El Rey que rabió, se precipitaron convulsos sobre el muchacho:
-¡Ya esta aquí!
-¡Estoy impacientísimo!
-¡Maravilloso; un krestchmeriano!
-¡Sujetadle!
Tiberio no se acuerda bien de todo lo que dijo. Aquellos hombres, ¡preguntaban tanto! Y desde el día anterior no veía a Sencillo.
-Primero la ficha médica.
-¡No! Primero vamos a medirle el ángulo facial.
-¡Los reflejos, los reflejos antes!
Manoteaban excitados, se aturullaban, pronunciaban palabras incoherentes y trémulas, acariciando a Tiberio, tirándole de la chaqueta, oliéndole, magullándole...
Tiberio les dejaba hacer, abiertos sus ojos, extrañados ante aquella reducida multitud médica gesticulante.
-¿Has tenido sarampión, escarlatina, pulmonía?
-¿Toses?
-¿Te cansas si corres?
-¿Cuántas son dos y dos?
Don León impuso silencio:
-Vamos a ver. ¿Te duele algo?
-A veces- suspiró Tiberio-, a veces aquí en la espalda.
-¡A ver, a ver! ¡Ooooh!
Hubo un instante de asombro colectivo, como si los cinco médicos se hubieran vuelto mudos. Al fin, el más viejo, don Amadeo, susurró débilmente tras examinar la espalda desnuda de Tiberio:
-¡Extraordinario! Diríase... diríase... dos... dos... dos...
-¿No querrá usted decir, colega _silbó burlón el doctor Parra_, que se trata de atrofia de...?
-¡Sí!- carraspeó don Leocadio, que no podía tragar al doctor Parra, y por eso le llamaban Antiparra en la Facultad, pero que ahora le apoyaba.- ¿No querrá insinuar que son dos alas atrofiadas? ¡Jo, jo! ¡Estamos explorando a un ángel!
-No... yo no he dicho nada _se turbó don Amadeo-. Bien; sigamos, sigamos. Investiguemos la vida onírica.
-¡Sí, a ver la función de la libido!
-¿Has conocido el amor, muchacho?
-Sí, señor. Amo a los pájaros que chillan desde los bardales con rocío, desde las enredaderas de tía Evelina que huelen a iglesia de Mayo. Amo a los perros con hambre, los que no tienen dueño y aúllan en su soledad de vagamundos al paso de los ángeles. Amo a Sencillo, que es blanco como las nubes. Amo a don Tomás, que tiene el alma de niño y cada día se alimenta de la verdad redonda de Dios; amo a mi padre, aunque sea tan bruto. Y a ustedes, que están tan enfermos de sabiduría...
Le oían asombrados, desorbitados los ojos, sorprendidos ante la voz melodiosa y serena del muchacho.
Pero el estupor dio paso a una renacida fiebre:
-¡Bárbaro, imponente!
-¡Es maravilloso!
-¡Habla de lo que quieras!
-No tengo ganas, señor.
-¡Sí, de ti; de algo que te haya impresionado!
-Nunca me impresionó nada.
-¿Qué es lo primero que recuerdas de tu vida?
-La oscuridad. Y un día la luz. Y rostros extraños, desconocidos: mi madre, el médico...
-¡Oh, oh, recuerda su vida uterina!
-¡Veamos el reactivo de Binet! ¡Cierra los ojos y escribe luego lo que hayas pensado!
Con un lápiz escribió Tiberio:
-Azul.
-¿Azul ¿Y por qué azul?
-No lo sé. Hice lo que me dijo.
-¡Ahora, el reactivo de Adler ¿Qué es lo que sueñas más frecuentemente?
-Con el silencio.
-¡Oh, el silencio!
-¡Indudablemente se trata de un tipo subjetivo!
-¿Qué harías si fueses rico?
-Un asilo de perros vagabundos. Y un hospital para cigüeñas.
-¿Y por qué no para hombres?
Tiberio sonrió lacónico:
-Pienso que no vale la pena. Hay muchos. Y ellos se defienden; las cigüeñas, no.
Don Amadeo le acercó una cartulina:
-Mira este dibujo. ¿Qué puede ser?
-¿Esto? Un barco; no, no, quizá una amapola; son rojas y crecen con el trigo, ¿sabe usted? Son como los labios de la mies.
-¿Y nada más? ¿No ves más cosas en ese dibujo?
-Claro que sí: un reloj de sol, una palmera, un yunque, un espantapájaros, el álamo de Los Carrascos, una hoz, una mata de hinojos, un cigüeño chiquitín, un surtidor, un Mar Caspio...
-¡Qué imaginación!
-¡Maravilloso!
-¡Fenómeno!
-¡Ahora, dibuja tú algo!
-¿Qué es eso? ¿Quién es?
Tiberio extendió su mano, erguido el índice.
-Aquel señor.
-¿Yo?- chilló don León.
-¡Atiza! ¡Si ha pintado una boca mordiendo una oreja!
Se morían de risa. Tiberio se disculpó:
-Así se quedará tranquilo, señor. Créame, es malo hacer gestos nerviosos; debe ir al médico.
-¡Al médico, al médico! ¡Ji, ji, ji! _se desternillaban los colegas.
Les interrumpió Tiberio, que aún tenía la lámina de dibujos en la mano:
-Perdonen, ya sé lo que es esto: es la nada. La nada es así; no tiene más límite que Dios, que es el Todo.
Los médicos, pasado el momento de hilaridad, se movían como murciélagos borrachos por la habitación. Examinaban la órbita de Tiberio, le aplicaban el estetoscopio, le golpeaban las rodillas con un martillo de goma, consultaban libros, mordían sus labios pensativos... Y discutían, rápidamente, como si les quedase poco tiempo, como si algo les angustiara el corazón y quisieran desahogarlo en palabras absurdas, sin sentido, disparatadas.
Mientras, Tiberio seguía hablando. Agitaban su cuerpo, le zarandeaban, pero él miraba fijamente las acacias tras las ventanas, un trozo de cielo azul, recortado de chimeneas y buhardillas. Los ojos se le encendían con pavesas de oro, como una noche de feria. Y vibraban unas palabras dulces que, al principio, nadie oía:
-Dios no quiere que toquéis mis pensamientos. Nadie ha visto a Dios. Nadie ha visto al sueño que es blanco y entra de puntillas en la habitación y se posa en los ojos y en los oídos. La sombra está hecha de noche y de calor, de grillos y de silencio. Yo quiero encontrar el silencio que es azul. Vuestros gritos no me dejan oír el silencio, que está en los charcos de la noche, cuando las ranas enmudecen y se calla el cárabo y se cae una estrella; un mundo como el nuestro en el que Dios ha escrito la palabra fin...
Continuaban aquellos hombres con sus palabras y sus brazos agitados. Sólo el más viejo, don Amadeo, se había quitado las gafas y escuchaba a Tiberio con los ojos húmedos:
-Pero nadie ha visto el Silencio, nadie le ha oído, porque éste es el secreto de Dios. Está en las espigas y en el olvido, en la tristeza que engendra la alegría; los hombres le rozan cuando tienen el corazón triste y andan por la amargura camino de la paz. El silencio está en los ojos y lo llevan los niños sin saberlo, los niños que sueñan que hay tres soles y que saben reír; el sueño son los que duermen con el corazón en la tierra, cuando les crece en los oídos un rosal blanco. Y entonces, toda la noche va de puntillas y se detiene el rumor fresco del río de las estrellas, que son como guijarros en la corriente... Es que entonces está pasando el Silencio con sus pies descalzos por la sombra. Y se mueren todos los cardos que esperaban furiosos al borde del camino.
Se detuvo Tiberio. Y alguien gritó:
-¡Oye, Amadeo! ¡Ven a firmar! ¡Ya lo hicimos nosotros!
Don Amadeo se puso las gafas. Y mirando a Tiberio exclamó:
-Yo no firmo. No está enfermo. Os digo que no está enfermo. Este muchacho es de Dios. Es... -susurró muy bajo, como si confesara una verdad remota- ...es verdaderamente un ángel.
-Nosotros estamos de acuerdo. Y somos mayoría.
El anciano no escuchaba. Se había acercado a Tiberio:
-¡Perdónanos!
Sentía una enorme vergüenza, una invencible fatiga. Y añadió, turbado:
-¿Tú crees, hijo, tú crees que aún puedo encontrar yo el Silencio?
Se iluminaron con una sonrisa los ojos del muchacho:
-Está en ti. Está en tu tristeza. Está en tu bondad. Está en tu deseo de hallarlo.
Don Amadeo se quitó de nuevo las gafas y se restregó los ojos. Se sentía lleno de una infinita paz; una paz nueva, ya olvidada, que sólo sintió una vez, cuando tuvo veinte años... Y que ahora le refrescaba el ascua cansada del corazón, un corazón que sentía súbitamente despojado de deseos, de fatigas, de ambiciones, de sueño...
Estrechó entre las suyas la mano de Tiberio.
Y, suavemente, con una ternura desconocida, la besó.


