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Sombra de estas sombras
Nicolás ha terminado su obra cumbre: su Gioconda, su Capilla Sixtina, su Conde de Orgaz. La ha titulado Sonata lírica en azul sostenido mayor, opus magna, número 171.
Es un lienzo todo él pintado de azul, ni más ni menos.
Nicolás lo explica a los que no lo entienden:
-Vamos a ver. ¿Qué es lo más bello de la Creación? El cielo, ¿no es así? Todos los grandes artistas hemos querido pintar el cielo: personajes o paisajes celestes. Menos yo, todos fracasaron, desde el Greco a Salvador Dalí. Yo lo he conseguido. Fray Angélico pintaba el cielo de rodillas; yo lo pinto cabeza abajo. Y cuando un hombre se pone cabeza abajo, el cielo es, definitivamente, así.
-Pero...
-Ya sé -cortaba Nicolás, impaciente-; tú piensas que no hay ninguna figura. Eso es lo malo de tantos pintores, que se empeñan en pintar algo, y luego, lo que pasa... No; la misión del arte no es describir, sino sugerir. Y el cielo azul lo sugiere todo. Yo he pintado el Todo.
-No veo nada -decía un loco tímido que pasaba por allí.
-Claro, hombre; el Todo está detrás del azul, que es la Nada.
Raimundo ha estado pachucho, el hombre. Parece ser que se ha tragado un caballo. El doctor Quiñones quiso darle el bicarbonato, pero Raimundo se negó rotundamente; dijo que el bicarbonato no le cae bien, que le produce aire y le revuelve la vesícula; que era mejor que le operase.
En vista de eso, el doctor le metió en las narices el frasco del cloroformo y mandó traer el viejo caballo del hortelano.
Cuando se despabiló y abrió los ojos, Raimundo movió la cabeza.
-No, doctor; el caballo que yo me he tragado es blanco, y éste es pinto. A no ser -menea la cabeza dubitativo- que en vez de uno me tragase dos...
Como no se convencía, el doctor mandó recado a Tiberio.
-Pero ¿a quién se le ocurre tragarse un caballo? -le riñó Tiberio cariñosamente.
-No sé, chico. Digo yo si sería en la sopa; no me di cuenta. Ya sabes; en las cocinas de estos sitios son poco escrupulosos...
Miró, preocupado, a su amigo:
-¿Tú crees que esto será grave?
-¡No tiene ninguna importancia! Aquí donde me ves -le consoló Tiberio-, todos los años, por el 30 de septiembre, yo me trago las mariposas del mundo.
-¿Todas, todas?
-Todas. Las tengo aquí para que no se hielen. Y las suelto cuando llega el 21 de marzo y emprende su viaje el Arcángel San Gabriel.
-Está bien eso -aprobó Raimundo-. Claro que un caballo no es lo mismo. Es más grande y tiene huesos y herraduras; no como las mariposas, que son blanditas.
-Sí, eso sí -admitió Tiberio-. Pero... ¿tenía silla de montar el caballo?
-No, no; no tenía. ¿Es importante eso? -preguntó ansioso el loco Raimundo.
-¡Huy, importantísimo! ¡Esencial! Si no tenía silla de montar, no te preocupes; entonces no tiene ninguna importancia.
-¡Ah, bueno!
-Nada, nada. Hale, levántate y vete a jugar por ahí. Y no te ocupes del caballo. Ahora -le miró respetuosamente-, ahora... ¡eres un centauro!
-Sí -admitió modestamente Raimundo, pero con un brillo de alegría intensísima en la mirada-. ¡Es verdad! ¡Ahora soy un centauro!
Se levantó y se fue al patio relinchando.
Pedro, que es un poeta cuadrado con la cabeza redonda, tiene pocos años y bastantes ideas: lo menos dos o tres. Es muy amigo de Nicolás, y se pasan el día charlando apaciblemente de literatura, de arte, de poesía y de mermelada de calabaza, que les gusta a los dos como deben gustarles a ellos las cosas: con locura.
Pedro está acorde con Nicolás en eso de que la misión del arte es sugerir. Y, así, ha creado un nuevo movimiento literario: el sugerentismo. Con su manifiesto y todo, claro, porque estos amigos o hacen las cosas bien, o, la verdad, no las hacen.
Un día atacó radiante al doctor:
-¡He creado el sugerentismo!
-¿El migerentismo?
-No sea bobo, doctor; el sugerentismo es la salvación de la literatura.
En vista de que el doctor dijo que tenía mucha prisa, que tenía que comprar unos zapatos y le iban a cerrar las tiendas, Pedro ha arrinconado a Jerónimo en el patio y le ha largado el disco.
-Yo, Pedro, he creado el sugerentismo.
-Bueno -dijo Jerónimo, que no cree en los ismos, porque él es un clásico-. ¿Y eso qué es?
-Una nueva expresión poética.
-¿Y qué?
-He suprimido la rima, porque se sacrifica la idea; he suprimido las frases, porque la unión de las palabras es impura; he suprimido la metáfora, he suprimido el ritmo, he suprimido la descripción...
-¿Queda algo?
-¡Sí! ¡La Poesía, con P mayúscula! La poesía, que debe ser sugerencia, y para ello sólo puede valerse de palabras aisladas, de palabras puras. El valor de la sugerencia es incalculable, es decisivo, es infinito.
-¡Ah!
-¿No lo comprendes? Hasta ahora, los puentes se hacían sobre los ríos; yo he sido el primero en hacer un río sobre un puente.
-A ver si se cala el puente.
-Nada, nada; el sugerentismo es una realidad sólida, un fruto maduro, una meta alcanzada.
-Bueno; seremos sugerentistas
-¡No! ¡Para ser fiel al postulado creador, el sugerentismo no puede ser un huerto sin paredes donde entréis todos los robaperas!
Es preciso no seguir haciendo poesía sugerentista, porque eso ya no sería... sugerir. Por eso yo, que lo he creado, detengo al sugerentismo y lo condeno a cadena perpetua. No lo mato. Ahora puede ser aplicado a otros aspectos del arte: la ciencia, la cultura, la economía, la industria, el comercio, el artesanado y la vida.
-Pues si ya no hay sugerentismo... -y Jerónimo hizo ademán de marcharse.
-¡El sugerentismo soy yo! Nadie debe seguirme.
-Bueno, bueno; pues no te seguiremos.
A Jerónimo se le quita un peso de encima.
-Y ahora -remacha Pedro- tendrás el privilegio de conocer un poema mío; se titula Si, y dice:
Amor
campanas
cristales
violentamente
suprahumanizadamente
nada
infinitud
rojo
desierto
inundarte
viento
diente
luna
plenitud
uno
corazón.
-¿Qué te parece? -sonrió triunfal.
-Yo creo que mejor es que no me parezca.
-¡Sí, sí, opina!
-Allá voy. La rima no sacrifica, sino que sólo oculta, necesariamente, un pedazo de la verdad artística; no se puede suprimir la frase, porque la palabra es una nuez madura que se casca con el chisme ese de la idea...
-¡Protesto!
-Una sola piedra nunca fue un templo; ni un árbol, un bosque. Además, la poesía es metáfora porque la vida es metáfora. La poesía es una trinidad: idea, palabra y forma, sin pérdida posible.
-¡Protesto!
-El sugerentismo es, en realidad, un palabrismo. Acabas de ser padre de una criatura tan vieja como el mundo; has hecho lo que Adán cuando extendió el dedo: señaló a una cosa y dijo: Árbol. Tú eres como el niño que orina y grita ¡Mamá, he hecho un río!. Tu sugerentismo es una casa construida de latas vacías de conservas. Has querido cubrir de sal a Cartago, inútilmente...
-¡Protesto!
-Tu palabrismo es un festín de criados a base de las sobras de los señores; un intento de catedral con seis ladrillos viejos; la aspiración de una ojiva con sólo un pedrusco; el sueño de una playa con cinco chinatos; un bosque con un clavel y los cabellos cadáveres de una peluquería; una risa con sólo la letra jota.
Pedro palidecía mortalmente.
-Tu palabrismo es un señor disfrazado, con bigote de verbena, bebiendo limoná. Mira, ahora mismo te hago un poema sugerentista que se titula Perico:
Gritos
esperanzadamente
chisporroteo
ayer
anteayer
trasanteayer
elotrodiaporlatarde
silencio
nada.
Jerónimo estaba inspirado y magnífico, rotundo y feroz. Merecía, de veras, haber sido Cervantes.
Pero Pedro se indignaba:
-¡Tú qué sabes de esto! ¡No sabes nada de nada!
-¿Ah, no? ¡Yo he escrito el Quijote!
-Bueno, ¿y qué?
-¡Y las Novelas ejemplares!
-¿Y qué, y qué? ¡Haría falta saber si, de verdad, el Quijote es tuyo o es que se lo has copiado a un novel!
Jerónimo palideció, perdió la calma y a punto estuvo de hacer perder la salud a Pedro. Menos mal que al ruido de los gritos acudió Tiberio.
-¿Qué pasa, chicos?
-¡Se atreve a dudar de que yo he escrito el Quijote!
-Eso no ofrece duda alguna -sonrió Tiberio maliciosamente-. ¿No has visto, Pedro, el manuscrito? Jerónimo lo tiene en su maleta, debajo de la cama.
-Eso sí... -gruñó Pedro, vencido por una razón tan clara y tan evidente; pero continuó enfadado-. ¡Es que él se ha metido con el sugerentismo, se ha burlado!
-Tú me pediste opinión. Te la di en nombre de la verdadera poesía.
Se miraban como dos lobos hambrientos. Terció Tiberio:
-La poesía, chicos, es una gran cosa. Es un pedacito de la belleza, y ¿qué forma tiene la belleza, qué forma tiene Dios? Cada cual puede imaginarse como quiera el rostro de Dios según ese personal sentido de la belleza. ¿No creéis que lo importante es que cada hombre sienta esa belleza y la exprese como pueda y como sepa?
Los dos locos movieron la cabeza afirmativamente.
-Pues eso; tú sigue escribiendo tus obras clásicas y tú sigue creando poemas sugerentistas. Eso es lo que hemos establecido aquí, con el nuevo orden social. ¿De acuerdo?
-Sí -respondieron, avergonzados, y a dúo, los dos poetas.
Y se fueron del brazo, amicalmente, hablando mal de los versos de don Ramón de Campoamor.
Don Sabino es un hombre educadísimo y perfectamente normal, según parece. Don Sabino no tiene más que una sola, insignificante y misteriosa manía: escribir cartas. Recibe una correspondencia numerosísima, que va despachando a lo largo del mes, y el día 5, cuando viene a verle una señora muy rica que es prima hermana suya, le da un gran paquete de cartas para franquearlas y echarlas al correo.
Tiberio ha descubierto que don Sabino es un filósofo amable y simpaticón, dócil y sonriente, aunque ligeramente fúnebre.
Porque don Sabino escribe cartas de pésame, sólo cartas de pésame.
Todos los días lee las esquelas mortuorias de los periódicos y las señala con lápiz rojo:
-R.I.P. El ilustrísimo señor don Prudencio de Lacalle, ex ministro de Hacienda, ex diputado a Cortes, ex subsecretario de Marina, ex senador vitalicio...
-R.I.P. El excelentísimo señor don Felicísimo Martínez, prócer, Gran Cruz de Carlos III, Gran Collar de Isabel la Católica, encomienda con placa de la Real Orden de Don Ataúlfo I...
-R.I.P. El excelentísimo señor don Gregorio Nacianceno de las Batuecas, duque de Bengala, marqués de Arañuelo, conde de Pérez, barón de Trifonte, gentilhombre de Su Majestad con ejercicio y servidumbre...
-R.I.P. El excelentísimo señor don Juan Gualberto Gervasio, presidente del Consejo de Administración de B.E.P.A.S.A., consejero delegado de la T.U.F.I.S.A., director de la M.I.P.O.S.A., principal accionista de la N.A.M.E.S.A.
-R.I.P. Don Jenaro Rodríguez, del Comercio...
-R.I.P. Don Norberto Sánchez...
Don Sabino escribe sus cartas, con pluma de palillero y escribanía de cristal, en altos y severos folios de papel de instancia:
...he sabido la grave pérdida de su difunto padre, que él gloria haya...
...en esta hora tristísima en que todos lloramos la venerable figura de aquel hombre...
...sírvase, señora duquesa, considerarme como devoto amigo que en esta amarguísima hora...
...aquel noble corazón donde toda libertad tenía su asiento y toda iniquidad severa repulsa...
Hay quien dice que don Sabino ni está loco ni nada. Sólo que su señora prima, que estaba harta de tenerle en casa, de franquearle las cartas y, encima, darle de comer y de vestir, movió poderosas influencias con cierto director general para que se llevaran a don Sabino a un asilo, sólo que no había plaza libre en ninguno, únicamente en el manicomio, y por eso le trajeron aquí.
Su señora prima le franquea las cartas -lo menos diez duros al mes en sellos- y viene a verle, el día 5 de cada mes, y le trae en una cestita tres croquetas...
-que hicimos anoche y estaban riquísimas, tanto que Úrsulo se chupó los dedos. Y dije, pues le voy a llevar al pobre Sabino estas tres croquetitas, que allí no las catará...
El loco Lucas estudiaba para ingeniero industrial y era un empollón que jamás usaba chuletas ni sobornaba bedeles para que le dejaran solo un momento mientras iba a Caballeros.
Lo que decía Lucas:
-O estudiar y ser un ingeniero industrial que se coloque en seguida en la Compañía Arrendataria de Fósforos, o nada, a vivir de la familia.
La segunda opción no valía, porque Lucas no tiene padre ni madre ni perrito que le ladre; nada más que algunos primos cuartos o quintos. Así que, ¡Lucas, a aplicar los codos!
Y lo que pasa, que al hombre, aunque era español, bachiller, tenía salud, carrera de antecedentes penales, reunía todas las condiciones exigidas por las leyes generales del Estado y había aprobado sucesivamente los grupos de ingreso, le pasó lo que a don Alonso Quijano, que de tanto estudiar se le secó la duramáter y se le quedó el cerebro como una nuez, con su cáscara, su membrana y sus arruguitas.
Tanta Geodesia, tanta Fisicoquímica y Termodinámica, tanta Metalurgia y Siderurgia y tanta Hidráulica, le volvieron loquito, y así está, el pobre, muy empeñado en organizar técnica e industrialmente la producción de palabras en el mundo.
Se lo explicó un día a Tiberio:
-El mundo anda mal porque la gente habla demasiado. Yo he creado una nueva especialización científica, la racionalización del esfuerzo laríngeo, en orden a una más rigurosa y selecta productividad de la conversación humana. Instalaré, Dios mediante, una gran fábrica de Palabras en Serie y organizaré unos cupos de distribución para cada quisque. Habrá permiso de importación para palabras, previo sacudido de los machacantes.
Porque en el manicomio se había vuelto así de soez y de ordinario.
-Cada individuo tendrá un cupo diario de cien palabras. Cuando se le acaben, a callarse. Y si se pone tonto, restricciones, corte de fluido lingual seis días por semana y multita en papel del Estado a abonar en mi casa. El papel del Estado lo fabricaré yo.
No era tan loco, no.
-En cuanto la gente hable menos, ni guerras, ni huelgas, ni crisis, ni nada. Se acaban los Parlamentos, los Senados, las Cámaras de Representantes, los Consejos de Administración, las tertulias de café y los periódicos. Y el mundo, arreglado.
Lucas tenía la chifladura de los antirrecords.
-Mira qué memez -le dijo un día a Tiberio enseñándole un periódico-; aquí vienen los récords más estúpidos del año: un locutor de radio que habló cien horas seguidas... ¿No te digo? Un estudiante de Michigan que se comió setenta y ocho ostras; otro, doce docenas de salchichas; otro, cuarenta y nueve huevos duros. Un holandés que se comió dieciséis periódicos bebiendo agua; una pareja de bailarines que estuvo danzando cuatrocientas treinta y dos horas; un ama de casa de cuarenta y siete años que se fumó un cigarro sin que se le cayese una mota de ceniza; un yanqui que pasó ciento diecisiete horas en un mástil; un bávaro que bebió treinta y tres jarras de cerveza... ¡Estúpidos! ¡Idiotas! Yo los gano a todos; yo soy el hombre antirrecords. La gente: a ver quién hace más de esto o de aquello. Yo gano al revés; yo soy el que hace menos de todo. Es más cómodo, higiénico y social.
Roque es herborista y se titula a sí mismo hombre de ciencia. Tuvo una tienda de tisanas, un herbolario, en la calle del Barquillo y le metieron en el manicomio porque inventó un líquido, el Líquido de Roque, que lo sacaba de la raíz de unos yerbajos, que en latín se llamaban Petroselinum sativum, planta umbelífera, subclase de las arquiclamídeas -de corola diapétala-, clase dicotiledóneas, subtipo angiospermas, tipo fancrógamas. El Petroselinum sativum tiene inflorescencia en umbela y es planta inferovárica... La gente de la calle, que es tan brutísima, lo llama sólo por su nombre corriente y moliente: perejil.
Don Roque fue inofensivo hasta lo del líquido vital maravilla de la naturaleza. Hizo una campaña de propaganda fenomenal, inundando el país de folletos y octavillas en los que don Roque contaba su genealogía: por parte de padre, malagueño; por parte de abuelo materno, leonés; por su parte, de Tarancón; Andalucía, León y Castilla en su sangre jaranera.
-Yo hice mi descubrimiento -confesaba a Tiberio con una desvergonzada falta de modestia- influido por la fama y sabiduría de dos antepasados míos y parientes, el sabio Lenco y la sabia Eutiquia, naturales del Ponto Euxino. También por mi tía Encarnita, que me inició en la Botánica.
-Vaya -decía Tiberio, ganándose el cielo.
-Yo me inicié en la bella tarea de arrancar a la Madre Natura sus áureos secretos o materias primas, tan frecuentemente elogiadas por médicos, industriales, laboratorios, ministros, Academia Sueca del Premio Nobel, Consejo de Investigaciones Botánicas, veterinarios y farmacéuticos. Y eso que yo soy cojo, como puedes ver, que es de nacimiento. Pero no he cejado en mi propósito de facilitar a los ciudadanos y ejércitos de tierra, mar y aire los adelantos y hallazgos de mi potentísimo talento. El nombre de don Roque -siguió- campea ya en las crónicas, como mariposa en el páramo, junto a Monturiol, don Ramón y Cajal, Peral, Torres Quevedo, Juan de la Cierva, Goicoechea, Pío del Río y otros insignes patriotas, todos los cuales ofrendamos nuestro genio en el ara de la patria. Porque el Líquido de Roque es modernidad, genio, audacia, seguridad y belleza, y sirve para curar el tifus, el cáncer, la tuberculosis, la lepra, el constipado nasal y otros azotes mortales, aplicado en finas y frías unturas segundos antes de entregarse al benéfico descanso restaurador de las humanas energías.
Don Roque meneaba la cabeza:
-¿Querrá usted creer, amigo Tiberio, que se me ha combatido abiertamente, a mí, benefactor primero de la humanidad? Se me acusó de curandero, cuando lo cierto es que yo he recomendado como imprescindible, vital, mi líquido salutífero, pero advirtiendo siempre que mi extracto de petroselinum de nada serviría si el enfermo no visitase al médico y siguiese rigurosamente el plan terapéutico que cada doctor estableciese.
Don Roque llevaba siempre los bolsillos atestados de un folletito instructivo, destinado a fomentar la cultura, a fomentar el patriotismo y a fomentar el Líquido de Roque. Allí se hablaba de la riqueza botánica española que, aunque latente, es la primera de todas las potencias del universo mundial; dedicaba un loor a Tarancón; incluía varias profecías, la biografía de Rockefeller y se declaraba autor en esta memorable fecha, cumbre de la civilización occidental, del líquido de marras, logrado a costa de tantos sacrificios.
Luego explicaba cómo se aplicó a sí mismo, por vez primera, el Líquido de Roque con ocasión de una enfermedad que le produjo una erupción; todo su cuerpo estaba al igual que un cacho de bacalao o vianda rebozada con una gruesa capa de huevo con harina; la descripción era patética; cómo se desviaron de él sus frágiles amistades, cómo rezumaba pestilente olor por unos escalofriantes orificios, arrojado de los lugares públicos, viajando solo en el tranvía porque hasta el cobrador se arrojaba, aullando, a la calzada al verle. Menos mal que se puso bueno con el perejil. Los folletitos terminaban con una autobiografía, adjetivada de sugestiva, breve, curiosa e interesante, en la que se hacía saber que don Roque había llegado a la pirámide del saber humano, él solito, sin becas ni vitalicio, ahorrando céntimo a céntimo, hasta poder presumir de fe, genio, patriotismo y perseverancia tales, que me hacen acreedor, cojo como soy, al laurel del Premio Nobel, honor que reivindico para mi persona y mi patria.
Tiberio escucha, tercia, arbitra, sonríe, habla de las cigüeñas y las nubes, pasa repartiendo amor, asiente, comprende, abre sus manos céreas, da la vida y el júbilo de vivirla. Tiberio, sombra de estas sombras, se da todo y por entero. Y es feliz: mejor dicho, sería feliz si...


