Autor: | Editorial:
Tiberio se avergüenza de ser hombre
Tiberio y Sencillo andan recorriendo la ciudad como galgos en busca de Anarkos. Pero ni rastro. Anarkos se ha fundido en el aire igual que un poquito de humo, el muy zorro.
Lo primero que han hecho ha sido ir al Hospital, porque ya se sabe, si le hubiesen trincado al loco, paliza al canto y hospital de resultas. Pero ni en el hospital ni en sitio alguno les han dado razón del tío.
En vista de eso, esta mañana, cuando se han despertado, después del café con churros del desayuno de Tiberio, y de los pétalos de pensamientos y la angélica gimnasia del desayuno de Sencillo, se han ido los dos hacia el Cementerio.
La mañana está fresca, pero apacible. El sol calienta poco, pero alumbra, y eso ya es algo. Se va alzando la niebla de la noche que se posa cada crepúsculo, como nubes bajas, sobre la pétrea armazón de la ciudad. Bueno, cualquiera sabe si es que se posa o es que se alza; si son nubes que bajan hasta los edificios o es una niebla hecha de humos de cocina, de vahos, de alientos, de bostezos, de lágrimas y de gritos de la vida de la ciudad, que arroja al río, por los vertederos de las cloacas, todos los detritus del día; de la ciudad que arroja hacia el cielo todos los detritus inmateriales de sus veinticuatro horas.
Tiberio y Sencillo salen de la ciudad; han seguido una larguísima calle; dejan al lado la Plaza de Toros y el Fielato Municipal y siguen por otra calle que primero baja, luego sube y después tuerce a la derecha y pasa sobre un puente.
A los lados de esta calle hay docenas y docenas de establecimientos donde se fabrican y venden lápidas y panteones.
-Adolfo Matute. Lapidería en piedras finas para panteones de próceres.
-Guillermo Barbero. Trabajos para cementerios y monumentos. Especialidad en granito berroqueño pulimentado.
-Felipe Gutiérrez. Sarcófagos garantizados para muertos nerviosos. No se salen.
-Pastor Ortiz. Estatuas para sepulcros; una, quince mil pesetas; llevando tres, rebaja del diez por ciento.
-Eutiquio Rivero. Mausoleos muy confortables. Agua, electricidad, luz y disco con La Danza Macabra, de Saint-Saëns.
-Eulogio Chacón. Tumbas económicas. Al contado y a plazos. La tumba del porvenir.
A los lados de la calle figuraban bonitos anuncios alusivos.
-¿Piensa usted morirse? Nuestros servicios le serán útiles. Enterradores Reunidos, S. A.
-Juan Simón, maestro de la pala. Sepultamientos en veinticuatro horas. Tarifas de urgencia para asesinos que no saben qué hacer con el fiambre.
-Muérase, hombre. Las Sepulturas Manolito le garantizan el eterno reposo.
A Tiberio, toda esta fúnebre literatura sepulcral le revolvía el café con churros.
-¿Es que puede negociarse con la muerte?
-Sí, hijo, se negocia. Esos hombres que, como te decía, han alquilado un tercio de su vida a una entidad cualquiera, necesitan para morirse el pasaporte con visado de la sepultura. En cierto modo, compran su muerte. Por lo menos el sitio donde se mueren y la losa que les cubre.
-¿El sitio también?
-Sí; por tres mil pesetas te venden una sepultura perpetua de cuatro o cinco cuerpos. Es un buen negocio. Resulta a un precio que ni un solar en la Gran Avenida.
-Vivir es caro -meditó Tiberio-, pero morirse es un auténtico lujo; ¿y el que no puede comprar ese hueco de tierra?
-Va a parar a la fosa común.
-Parece mentira. ¡Vaya lío de huesos el día de la Resurrección de la Carne! Es terrible, Sencillo, que le vendan a uno la muerte. Los escarabajos lo hacen gratis y mejor. Claro que los escarabajos son criaturitas de Dios y estos negociantes fúnebres no..., yo creo que no. La gente, Sencillo, no sabe lo que es la muerte. Creo que si lo supiera, el mundo sería mejor y más habitable.
La conversación se ha puesto así de seria. Siguen caminando hacia la necrópolis, bajo un sol ya más tibio, más humano, que templa la costra de la tierra.
Llegan al cementerio.
-Pregunta al portero -dice Sencillo.
Es un hombre viejo, con bigote blanco y gorra de plato. Está sentado en una silla, al sol, a la puerta misma del reino de la muerte. De ese reino al que él mismo no tardará mucho en bajar, por una breve escalera de un solo peldaño. Pero el hombre se lo toma con filosofía y ahí está, sentado, tan tranquilo, leyendo la página de deportes del Ya y la crónica de Washington, que habla hoy del Pacto del Atlántico y de cómo zumban árabes y judíos en Palestina.
-Perdone, ¿vive aquí Sebastián?
El portero se baja las gafas hasta la punta de la nariz, de un manotazo, y mira con cara de juerga a Tiberio.
-Aquí, hijo de mi alma, aquí no vive nadie.
Se sube las gafas y de nuevo se enfrasca en el periódico; ahora es la crónica de Londres, que habla de cómo se van a zumbar los rusos y los yanquies en el Estrecho de Behring.
-Perdone -insiste Tiberio-; Sebastián vivía aquí.
El portero vuelve a mirar por encima de las gafas.
-Moría, hijo, moría. Y seguirá muerto si es que no ha llegado la hora del Juicio Final.
-No, no; Sebastián está vivo; se escondía aquí, en el panteón de un marqués.
El portero cae por fin:
-¡A...cabáramos, hombre! Tú te refieres a aquel pobrecillo que... No; se lo llevaron los guardias; por cierto que por bien poco no se cargó a uno de ellos. Se lo llevaron; creo que está en el Manicomio.
-Estaba. Se ha escapado.
-¡Carape!
-Por eso vengo, porque a lo mejor ha vuelto.
El viejo se queda pensativo:
-¡Qué cosa! ¿Y es amigo tuyo ese bárbaro? ¡Je! ¡Bien puedes decir que es el único tipo que vivía aquí! Si quieres, vamos a dar un vistazo, por si las moscas.
Van en fila india: el portero, Tiberio y Sencillo. Pero nada; el panteón está vacío.
-Muchas gracias, y usted dispense.
-De nada, chico. Y... ¡a ver si no nos vemos! Es lo mejor que puedo desearte.
El muchacho y su Ángel vuelven hacia la ciudad.
-Un buen hombre, este hombre.
-Sí, pero no por mucho.
-¿Se...?
-Sí; la semana que viene.
-¿Por qué no se lo decimos?
-¡Nóóó! ¡Imposible! Ningún hombre debe conocer la hora hasta que llegue, hasta que suenen las campanadas en el reloj de Dios.
Como la mañana está tan rica, se sientan a descansar un rato en un jardín público. Juegan niños por las avenidas de arena; juegan al escondite entre los setos de boj, bajo la sombra afilada de unos árboles falsos y artificiales. Tiberio los contempla y se pone tierno.
Son unos niños blanquecinos, lechosos y un poco repipis; les falta ese aliento vital de los chicos de campo, de los niños que intuyen la sólida realidad de las cosas; el mundo tal como debe ser, no como lo ha modificado el hombre.
-¡Hola! -dice Tiberio a una niñita rubia de dulces tirabuzones y ojos garzos.
-¡Hola! ¿Tú quién eres?
-Un amiguito tuyo, ¿quieres?
-Bueno, aunque la Madre Rafaela dice que no hablemos con desconocidos.
-Pero yo no soy un desconocido. Yo te conozco y estoy viendo tu alma.
-¡Huy, señor, qué cosas más raras dice usted! ¡Me parece que tiene razón la Madre!
Tiberio lo intenta de nuevo, con un chico de siete u ocho años ahora:
-¿Cómo te llamas?
-Niño.
-¿Niño? ¿Y eso qué es?
-Francisco de Asís Javier Adolfo.
-¡Ah, bueno! ¿A qué estás jugando?
-A las tiendas, con esas niñas. Yo soy el tendero.
Tiberio tiene un escalofrío.
-¿Tendero? ¿No te gustaría más jugar a la chita paró?
-¿Y eso qué es?
-Bueno, o a los bolindres.
-No sé.
-¿Y a la maricolla?
-No, tampoco.
-Veamos, ¿a qué sabes jugar?
-Pues... a muchas cosas... A tiendas, a hacer puentes y ríos y embalses, a justicias y ladrones... a muchas cosas.
-Ya.
Tiberio se siente hecho polvo.
-¿Y no te gustaría más bañarte en un río y comer higos en una higuera, por la mañana tempranito, después de refrescarlos en agua del pozo?
-No sé... Los higos no me gustan... ¡Yo voy todos los años a San Sebastián y me baño en la Concha, que es una playa muy grande!
Aunque hay mucha gente y no se puede correr. Además, mamá no me deja que entre mucho en el mar. Cuando el agua me llega a las rodillas, ya está mamá: ¡Niño!. Y me tengo que salir.
Tiberio hace un último, heroico y desesperado intento:
-¿Y qué te gustaría ser a ti? ¿Marino? ¿Capitán? ¿Jinete? ¿Aviador?
-No, dice papá que yo voy a ser notario.
Sencillo pone en las manos de Tiberio un puñado de caramelos y el muchacho se los da a Niño.
-Muchas gracias.
-Repártelos con tus amigos.
-Bueno.
El chico se aleja. Pero se detiene un momento, se vuelve a Tiberio y pregunta:
-Usted perdone, ¿es usted de pueblo?
-Sí...
-Ya me lo suponía.
El Ángel se ríe de la cara de Tiberio. Pero éste se lamenta:
-¿Estos son los niños de la ciudad? ¡Qué lástima! ¡Un niño que quiere ser notario! Compadezcámosle un poco.
-Bueno.
Cuando ya le han compadecido un ratito, Tiberio y Sencillo se marchan a seguir deambulando por la ciudad.
-Tú no comprendes, Tiberio, que un niño no quiera ser jinete, que no le apetezca comer higos con la fresca y que sueñe con ser notario. No comprendes, con razón, que la ciudad aplaste el alma de los niños. Pero es lógico, porque la ciudad impone un género de vida convencional, absurda y falsa. Mira, ¿ves aquel señor del periódico?
-Sí.
-Es una típica víctima de la civilización artificial. Es una víctima del anuncio, de las guías comerciales y de la publicidad en gran escala. Duerme en camas Toledo, que son las que más se anuncian, aunque son incómodas; lleva calcetines y ropa interior de Almacenes Pi, que sólo venden géneros de desecho, pero que se anuncian como unos leones; va a ver la película que le aconseja la radio; come en el restaurante de mayor publicidad; va a veranear a Fresnedillas, porque se lo ha dicho el periódico. Es un hombre fastidiado y amargo, que ha perdido la voluntad de escoger, de comprar donde quiera y de comer donde le dé la gana: la de comer y la otra. No, este señor está esclavizado por la publicidad. Razona elementalmente; cuando se tiene que comprar una gabardina, sólo se acuerda de la marca Chirimiri, que lleva meses bombardeándole los oídos y los ojos con sus supuestas excelencias. La publicidad es el arte de estafar a la gente. Como decían tus abuelos, el buen paño en el arca se vende. La publicidad tiene por objeto hacer que la gente compre aquello que uno no necesita, exactamente...
Sencillo se interrumpe bruscamente.
-¡Mira!
-¿El qué?
-Ese periódico abandonado. ¿No ves?
Bajo el título de Sucesos, el periódico publica una noticia: Continúan las pesquisas de la policía para dar con el paradero de los dos enfermos mentales que se escaparon recientemente del manicomio Provincial. Según nuestros informes, uno de ellos, el llamado Sebastián Rodríguez Piñero, está trabajando en una fábrica de esta ciudad, naturalmente con nombre falso...
-¡En una fábrica! Pero, ¿en cuál, Sencillo? ¡Habrá tantas en la ciudad...!
El ángel titubea y, por fin, añade:
-Vamos... Te ayudaré...
-¿Tú lo sabías?
-Sí, pero no puedo..., no debo ayudarte. Encontrar a Sebastián es misión tuya; yo sólo tengo que acompañarte; sin embargo, haré una excepción...
La fábrica está allí cerca y tardan poco en llegar. Es un enorme edificio de ladrillo desteñido y sucio, con dos altas chimeneas que siembran el cielo de nubes negras y fétidas. Un ruido sordo, una vibración ciclópea, conmueve los cimientos, y aun el suelo, en un radio de medio kilómetro.
Entran por una puerta cristalera, después de cruzar la verja. Una sala vastísima, llena de aparatos que zumban, correas que giran sin fin, hélices que vibran, armatostes que arman endiablado ruido.
Algunos hombres manejan palancas y ruedas, botones y cuadros de distribución con esferitas de cristal y agujas inquietas.
Tiberio detiene a un hombre que pasa.
El hombre chilla, enfadado:
-¡Necesito los cuadros de producción, sea como sea! ¡Si no los encuentran, que los pinten!
La voz se pierde entre el estrépito de las máquinas. El hombre se va, irritado.
-Bajemos -dice Sencillo.
Bajan a la nave por una escalerita de hierro. Tiberio se dirige a un hombre vestido como todos los demás con un mono azul.
-¿Puede usted decirme...?
-¡Doscientos voltios! ¡Si el jefe no lo quiere creer, que venga y lo vea!
Y le da la espalda a Tiberio.
-Ensayaremos otro... -suspira el muchacho. Y se aproxima a un hombre joven, también con mono, que está en pie, delante de un cuadro de distribución.
-Quisiera saber...
-¿Es usted el mecánico?
-No, yo soy...
-Lo que he pedido ha sido un mecánico; esta llave se engancha...
Se aleja dando gritos:
-¡Jacinto, afloja la presión, que la llave del tabulador no funciona!
-Lo mejor -dice Sencillo- es que busquemos por nuestra cuenta.
Correas que giran, hélices que zumban, motores que vibran... Tiberio siente que le corre un sudor frío y que se le va la vista. Siguen recorriendo las naves, donde hombres absortos manejan ruedas y palancas, olvidados de todo, pendientes de su trabajo; alejados del mundo, de todo lo que no sea cifras y máquinas: doscientos voltios, una llave que se engancha, unos cuadros de producción que no aparecen.
Tiberio se indigna y grita al oído de uno de los hombres:
-¡Esto es absurdo, es inhumano esto...!
El hombre le mira, distraído, sin verle, y sigue musitando:
-Ciento diez, ciento veinte...
-Lo comprendo todo, Sencillo -dice Tiberio con los ojos húmedos y el corazón helado-; lo admito todo; el mundo es un oscuro valle triste, una habitación en angustiosa penumbra, una cadena que ata a los hombres... ¡Pero esto, no! ¡Estos hombres esclavos de una cosa bestial y moviente, de una máquina horrible! ¡Estos hombres abstraídos y lejanos, moviéndose ellos mismos como engranajes de esta terrible cosa! ¡Estos hombres desposeídos de su voluntad y de su pensamiento! ¡Estos hombres, creados con aliento de Dios, por Dios! ¡La tierra es suya; los árboles, los paisajes, la libertad, el mar, los ríos, la lluvia y el sol! ¡Estos hombres que trepidan como sus máquinas mismas, que no saben para qué les creó Dios, que Dios les hizo reyes de la tierra y no esclavos de sí mismos! ¡Cómo me avergüenza ser hombre!
Está a punto de echarse a llorar. Sencillo le coge del brazo y salen al aire libre.
-¿Te olvidas de que Dios fue Hombre?
-No, Sencillo; pero comprendo mejor el Amor de Dios; porque se hizo hombre. ¿Por qué me has traído a este lugar monstruoso?
-¿No comprendes? Porque era necesario que tu caridad fuese menos ideal y más real; porque así no sólo compadecerás a los hombres, sino que harás algo más grandioso y más sublime, los amarás.
-Yo amaba ya a los hombres.
-Sí, Tiberio; en el amor de Dios. Pero ya los quieres por sí mismos, porque te duele la vida. Ahora amarás a Dios en ellos.
-¿Cuándo encontraré el Silencio, Sencillo? Esta vida humana me hastía, me hace sentirme huérfano de Dios. Quiero ir a Dios, Sencillo.
-Vas, puesto que vives. Este es el camino mejor.
-Sí, tienes razón. Pero aún tengo que encontrar a Anarkos.
-Ahora podrás encontrarle, porque ahora su lenguaje, aunque te siga doliendo, será más comprensible para ti. Vamos.
-Sí; preguntaremos en la puerta.
Un hombre con gafas, tras una mampara de cristales, se le queda mirando:
-¿Desea usted algo?
-Sí; busco a un hombre... Es moreno, regular de alto, como yo, tiene unos bigotes, así, caídos... Empezó a trabajar hace unos días.
-Ah, sí... No me acuerdo cómo dijo que se llamaba; no, no está aquí.
-Pero...
-No sé... Usted perdone; tengo que hacer.
-Por favor...
Los ojos de Tiberio miran al hombre, suplicantes, humildes. Aquel hombre se siente conmovido por un extraño sentimiento de pena, de pena de sí mismo. Levanta sus ojos cansados y sonríe amistosamente, tímidamente.
-No quise ser brusco. Pero le he dicho la verdad. Era un hombre violento y tuvo una discusión bastante agria con uno de los capataces. Le echaron ayer. Sólo ha trabajado dos o tres días. ¿Es usted pariente suyo? Creo que se trata de un loco, huido del manicomio, o algo así. Hace un rato estuvieron aquí unos agentes de Policía preguntando por él... Si quiere usted hablar con el gerente...
-No, gracias.
Tiberio y Sencillo se alejan otra vez hacia la ciudad. Tiberio se siente cansado, pero lleno de ternura por la ciudad, por la gente de las calles y los paseos. Se encuentra a sí mismo un poco cambiado, más maduro, tal vez más humano que en aquellos lejanos tiempos del pueblo y aun del Manicomio:
-Sí, Sencillo -suspiró-; tienes razón; siempre tienes razón. Ahora los amo porque me duele la vida.


