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Cruzar el umbral de la esperanza
Es para mí un grandísimo honor poder ocupar, aunque sea sólo por unos instantes, la cátedra que lleva el nombre de San Agustín, quien no obstante la aparente lejanía con nuestra época, por los muchos siglos que de él nos separan, es sorprendentemente actual en sus claves de lectura de los acontecimientos históricos. A la vez, el contexto histórico actual, que el Santo Padre desde el inicio de su pontificado ha definido como el «Adviento» de una nueva «primavera cristiana», nos obliga a poner los ojos en este misterio de eternidad e historia que se conjugan en la presencia cristiana en el mundo. La frase verdaderamente inspirada de Tertio millennio adveniente, que he seleccionado como epígrafe, difícilmente podría sintetizar mejor la mirada de la fe sobre los acontecimientos del mundo.
Los historiadores seculares y los científicos sociales, por su parte, también recogen actualmente en su pensamiento la idea de un gran "cambio de época". Pero lo hacen con una cierta perplejidad, porque no acaban de entender cuáles son las tendencias sociales y culturales que marcarán el futuro próximo. Por ello, se ha acuñado esa expresión tan ambigua como significativa en su misma ambigüedad, que es el término "post-modernidad". Una época llega a su ocaso, pero ¿habrá una nueva, o solamente alcanzan nuestros ojos para percibir la disolución de los equilibrios culturales trabajosamente construidos en el pasado? Pareciera que el temor a que los horrores de este siglo vuelvan a repetirse, causados en gran medida por la unilateral obstinación ideológica de algunos grupos sociales o de pueblos enteros, lleva crecientemente a dar crédito sólo a la sujeción al procedimiento jurídico y a las grandes burocracias políticas o económicas que, paradojalmente, se perciben cada vez más alejadas de los problemas reales de las personas, de sus aspiraciones y expectativas.
El oído de la Iglesia se abrió temprana y proféticamente a esta inquietud del mundo en el Concilio Vaticano II, sentando las bases programáticas de una nueva y más profunda evangelización. En la voz de su Supremo Pastor se escuchó con firmeza, a la vez que con sorprendente confianza, la frase que será para los cristianos el lema de esta época: «No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo», del corazón, de la sociedad, del orden jurídico, de la cultura. Él es el «centro del cosmos y de la historia» (3), nos dijo en su primera encíclica, y en su carta sobre el Jubileo nos recuerda la frase litúrgica de la vigilia pascual: «suyo es el tiempo y la eternidad» (4). A pesar de todos los temores, ciertamente fundados, sobre la amenaza ideológica, jurídica, tecnológica, económica, política y ecológica a la dignidad del ser humano, se atreve a proponer al mundo entero la interpretación del fin de siglo como un «cruzar el umbral de la esperanza».
Cabe preguntarse: ¿Qué mirada tiene este hombre para hacer una proposición tan insólita, tan aparentemente contraria a todas las tendencias de disolución y ocaso de una época, documentadas por doquier en los más diversos campos de la convivencia? Su actitud no puede sino recordar la de San Agustín, quien también en un profundo cambio de época, de disolución de una entera civilización, se atrevía a proclamar la eficacia de la presencia de la "Ciudad de Dios" en medio de la "Ciudad del hombre" como luz y guía del sentido de la historia. Se trata, para decirlo con palabras de la reciente encíclica Fides et ratio, de atreverse a dar el paso desde el «fenómeno al fundamento» (5), es decir, de comprender la compleja realidad de lo que existe en la totalidad de sus factores, sin censurar anticipadamente la capacidad racional del ser humano.
En efecto, casi todas las etapas culturales que muestran los rasgos de un final de época, tienden a oscurecer el fundamento, y a poner en duda la misma capacidad racional del ser humano para preguntarse por la realidad de su existencia. Se trata de la reiterada ilusión de constituir un pensamiento post-metafísico que también hoy, bajo el nombre de nihilismo o de "pensamiento débil", vuelve una vez más a mostrar sus efectos prácticos en la historia humana. Al censurar la pregunta por el fundamento, desaparece de la conciencia la búsqueda de la verdad como la exigencia más honda y esencial de nuestra capacidad intuitiva y reflexiva. Con ello, la libertad queda sin un horizonte trascendente para juzgarse a sí misma y para asumir compromisos definitivos e irrevocables. Se vuelve, entonces, frívola y libertina. La dramaticidad de la existencia de cara a su destino eterno, se transforma en juego y diversión, sobre el que revolotea el fantasma del tedio, del hastío y del sin-sentido.
Como han mostrado Sócrates, en su época, San Agustín después y Juan Pablo II en la nuestra, el espíritu humano intuye desde lo hondo de sí mismo que existe no sólo una finalidad de la existencia, sino también un camino para su realización. Para Sócrates, se resumía en la exhortación puesta a la entrada del templo de Delfos: «Conócete a ti mismo». Para el cristianismo, que es la contemplación del acontecimiento por el cual la eternidad entró definitivamente en el tiempo, este conocimiento de sí mismo es un acontecimiento de vida, es decir, una historia. Por ello, ya no puede mirar más la historia de la humanidad con mirada especulativa, como el eterno sucederse de ciclos cosmológicos y culturales a la espera de que algo suceda, sino como el testimonio de la libertad surgida en la vida personal por el encuentro con este acontecimiento. La mirada de San Agustín sobre su época y sobre la historia del mundo es inseparable de la mirada sobre su propio itinerario de búsqueda y encuentro de aquella fuerza misteriosa y amigable que cambió su vida, que lo llevó a la conversión. Lo mismo se plantea ahora con ocasión del Jubileo: tenemos la oportunidad de mirar los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo en toda su objetividad, pero al mismo tiempo, en cuanto ellos son un nuevo motivo para profundizar el camino de encuentro y participación en el Misterio del Absoluto que entró en el tiempo y asumió la naturaleza humana sin absorberla ni destruirla.
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Notas
3. Redemptor hominis, 1.
4. Tertio millennio adveniente, 10.
5. Fides et ratio, 83.


