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Dichoso una y mil veces
1.1 DICHOSO UNA Y MIL VECES
¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema!» (VD 262).«¡Cuán felices son -lo repito en el arrebato de mi corazón-, cuán felices son quienes... siguen fielmente tus caminos...!» (VD 200).«Feliz aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María para que lo conozca» (SM 20).«Dichoso... » «Feliz... »
Así comienza la Buena Noticia del Evangelio. También en esta forma se presenta el mensaje de Montfort: una invitación a la felicidad, a participar en una felicidad vivida: «¡Ah! ¡Si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría...!» (ASE 10).
Se le ha elaborado al P. de Montfort una fama tan neta de apasionado de la «Cruz», que nos llama a padecer, que quizá es bueno descubrirlo una vez más hoy en una experiencia de felicidad que nos invita a compartir. En el interior de esta experiencia, la Cruz se nos presentará entonces en forma diferente, como el «don de su vida» interior a todo amor verdadero.
1.2 LA CARRERA TRAS LA FELICIDAD
Pero comencemos, con Montfort, por mirar al hombre en derredor nuestro, en nosotros mismos. Más allá de todas las diferencias -tan evidentes- hay semejanzas -no menos patentes- que no es posible olvidar. Por ejemplo, la carrera tras la felicidad, la caza a la felicidad es absolutamente universal.
¿«¡Dichoso una y mil veces!», declara Montfort? Sí, «Todo el mundo desea ser feliz -decía Pascal- incluso quien va a ahogarse».Cuando uno es hombre, creado a imagen de Dios, anhela indefectiblemente ser feliz. Y aun cuando uno quiera obrar en contra de esto, no lo podrá hacer. Claro que no todos tienen la misma idea de la felicidad. «Donde está tu tesoro -decía Jesús- está tu corazón» (Mt 6,21).
Pero no todos ubican su tesoro (y por tanto tampoco su corazón) en el mismo lugar. Acontece incluso que algunos tienen conceptos de la felicidad totalmente opuestos. Pero, con esto encontramos ya las diferencias que vamos a hallar una vez más al nivel de la Sabiduría. Las cuales no deben escondernos las semejanzas que la vida nos revela.
1.3 SIEMPRE MÁS
Una felicidad infinita: No es necesario mirar por mucho tiempo en nosotros mismos y a nuestro alrededor para descubrir que todos buscamos una felicidad infinita. No sólo deseamos ser felices, sino más felices, siempre más. «¡Siempre más!»
El corazón humano se halla como sellado con la marca del «siempre más». «Escarba en mi corazón -decía un héroe de Claudel- y si hallas en él algo diferente de un anhelo inmortal, arrójalo al estercolero, que lo devoren las cochinillas» (Téte d´or: priera versión).
Pero lo que el poeta nos dice con vigor, la vida -si sabemos mirarla, «contemplarla»-, nos lo repite todos los días. Mientras cada día hay pobres que lo son cada vez más, hay también ricos que no lo son nunca suficientemente. Hace falta más y más dinero. Hay que ir siempre más rápido, siempre más lejos, siempre más alto... Hay que actuar cada vez mejor, cada vez más grande (o más pequeño), cada vez con mayor perfección...
Los realizadores de televisión, que conocen bien el corazón humano, saben presentarnos esa felicidad que buscamos: nos proponen nada menos que el «paraíso». «¡Súper!», «Trisuper», «Extra», todas las ventajas, ningún inconveniente, ni siquiera el precio...: «¡gratuito!». El cielo: ¡qué! Y sin embargo, ¿quién tiene el valor de traducir esas palabras que expresan lo infinito y dar el verdadero nombre al objeto de nuestros anhelos?
En la carrera por la felicidad, pronto me detienen, jamás el deseo, sino más bien, la vida, los demás, ya que ellos también corren a la caza de la felicidad... y para ellos resulto un obstáculo, quizá un rival. Y eso precisamente nos tortura. Busco pero no encuentro; deseo pero no consigo.
Porque, lo que poseo no es sino trampolín para desear más todavía. Algo hará falta siempre a mi felicidad, porque lo que deseo en el fondo de mí no es nada menos que lo infinito.
1.4 RIQUEZA, PLACER, PODER
Tras gran número de sabios y apoyándose en la Palabra de Dios, pero también porque sabía matricularse en la escuela de la vida, Montfort nos recuerda otra característica de esa sed de felicidad. Se ejerce, nos dice, en tres direcciones: la riqueza, el placer y el poder (ASE, cap. 7). Existe el amor ciertamente (y, gracias a Dios, hay mucho amor en el mundo), pero ni siquiera el amor escapa a esta ley: el que ama ha hallado la verdadera «riqueza», el verdadero «placer» y el verdadero «poder» que otros creen poder hallar en otras partes.
¿No es acaso el amor verdadero como la síntesis de esos tres «valores» universales que motivan el actuar de los hombres? Cuando amas no necesitas falsas riquezas, ni falsos placeres ni sobre todo falsos poderes, porque has encontrado los «verdaderos». Al contrario, cuando no amas o amas mal, cuando no te aman, o te aman ... mal, entonces necesitas más y más dinero, placer y «gloria».
¡Ciertamente hay que ser feliz! Y a falta de ser amado, las riquezas, los poderes de este mundo e incluso sus placeres te permiten llamar la atención y creerte amado, haciendo pensar a los demás que eres feliz.
1.5 LA AUTÉNTICA RIQUEZA; EL AUTÉNTICO PLACER; EL AUTÉNTICO PODER
El problema supremo es entonces lograr distinguir entre las felicidades, los falsos valores que son señal de la sabiduría del mundo y los verdaderos, que son los del amor y muestran la sabiduría misma de Dios. Pero, en sí, riquezas, placeres y poder son buenos. Montfort no teme hablar de «placeres», «riquezas», cuando evoca los bienes maravillosos que la Sabiduría trae consigo: «Un santo placer en su amistad, riquezas inagotables en las obras de sus manos..., inmensa gloria en la comunicación de sus discursos...» (ASE 61.18.67).
La pobreza no es un bien en sí misma, pero cuando se la escoge y vive en el amor, éste la consagra y convierte en «riqueza». Tampoco el sufrimiento es cosa buena, pero cuando se lo acepta -e incluso se opta por él -dado «que no hay amor más grande que dar la vida», Jn 15,13, se convierte en la «Cruz» que es alegría.
Por último, la humildad no tiene sentido sino en cuanto constituye la verdadera grandeza. Cuando Montfort parte de viaje, luego de entregar todos sus bienes a los pobres, canta su fortuna y felicidad:
«Mi fortuna es sublime,
¿no me tienen envidia? (CT 144,15)
En Dios lo tengo todo,
el universo es mío» (CT 144,11).
Y a la Cruz que Él mismo ha escogido, se atreve a decirle:
«Es tu rica pobreza mi único tesoro,
y es para mí ternura tu dulce austeridad.
Que tu sabia locura y tu santa deshonra
sean de toda mi vida la gloria y claridad» (CT 19,30).
1.6 EL MOTIVO MÁS PODEROSO
Se plantea por tanto una cuestión: ¿Tienen estos tres «pilares de la sabiduría» humana el mismo valor, se hallan al mismo nivel, tienen la misma fuerza para movilizar a los hombres o hay quizá uno más fuerte que los otros? ¿Cuál? De los tres «valores», riqueza, placer, poder, que guían a los hombres ¿cuál es el más poderoso?
Sentimos hoy la tentación de responder a esta pregunta: «Son las riquezas porque el dinero maneja al mundo». Montfort responde: «No». El «último» (o primer) motivo, el más importante, el que hace caminar a los hombres e impera sobre los otros dos, es según él, el poder, el deseo de gloria. El dinero y la ganancia no son más que una sabiduría «terrena», la búsqueda de los «placeres» no es sino manifestación de una sabiduría «carnal»... mientras que la sed de poder y gloria es inspiración de «la sabiduría diabólica» (ASE 80-82).
Lo que Montfort nos dice, a su manera, a partir de su propia experiencia, ¿no lo confirma acaso la vida? A nuestro alrededor, en nosotros, lo vemos claramente: a menudo no se busca el dinero, el placer y el confort «sino para estar por encima» de los otros, para dominarlos: tener un auto más hermoso, más potente, una casa más hermosa, un vestido más bello, un sitio más alto en la sociedad...El poder, la «grandeza», permite creerse amado cuando uno no lo es o lo aman mal. Pero es una falsa «grandeza».
La auténtica, al contrario, se halla en el sendero de la humildad. No te extrañes entonces de que Montfort insista tanto en su mensaje sobre la humildad. Todavía un mes antes de morir, termina una de sus cartas con estas palabras: «Humildad, humildad, humillación» (C 33). Esta insistencia nos desconcierta mientras no hayamos comprendido que, a sus ojos, la humildad es el camino de la verdadera «grandeza».
1.7 AMAR Y SER AMADO
La felicidad en una «relación». Cuando uno quiere ser «grande» casi siempre busca aparecer a los ojos de alguien, llamar su atención y vivir en relación con él; y en el fondo, amar y ser amado. Riqueza, placer, poder no tienen casi sentido fuera de alguien que cuenta para nosotros y a cuyos ojos nosotros mismos tengamos algún valor.
Nuestra verdadera riqueza, nuestra verdadera felicidad es una persona y sin embargo, no cualquier persona puede constituir nuestro «tesoro», porque si no tenemos «nunca bastante», si deseamos «siempre más», si el deseo de nuestro corazón es «infinito», hay que ser lógicos y dar su verdadero nombre a esa persona infinita que buscamos... ¿Dios? ¡Ciertamente!
Y sin embargo, Montfort no tiene afán en pronunciar su nombre. Prefiere el de «Sabiduría» que ha descubierto en la Biblia, esa Sabiduría que, al lado de Dios, presidía a la creación del mundo: «Estaba a su lado... teniendo mis delicias, día tras día, en estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,30-31). Ese es el Dios a quien buscamos a través de todos los falsos «tesoros» y falsas glorias de este mundo.
1.8 LOS TESOROS DE DIOS
Pero Dios no constituiría nuestro «tesoro», si nosotros no fuéramos el suyo. En la persona de la Sabiduría que no sólo constituye las delicias del Creador, sino que encuentra «sus delicias en estar con los hijos de los hombres», Montfort no duda ver ya a Jesús. ¿No es Él acaso el Hijo de Dios quien nos ha revelado, a la vez y en forma inseparable, que Dios su Padre es nuestro «tesoro» y que somos el «tesoro de Dios»?
Tocamos -ya- ahí una de las grandes intuiciones monfortianas: la felicidad del hombre coincide con la de Dios y no se puede separar de ella. Si Dios se halla en el fondo de todos mis anhelos, de toda mi «sed» de infinito, es que ya antes estoy en el fondo del corazón de Dios, en el fondo de sus deseos. Con toda sencillez porque me ama, porque me amó primero (1 Jn 4,19) y porque, mucho antes de que yo lo escoja como mi «tesoro» (Mt 13,44), Él me había asumido por el suyo. ¡Ponía sus delicias en «estar» conmigo!
1.9 SI CONOCIERAS...
Ahora comprendemos ya mejor esa felicidad que Montfort quiere compartir con nosotros. «Si conocieras...» ¡Ah! ¡Si conocieras el tesoro infinito de la Sabiduría hecho para el hombre [...], suspirarías por ella día y noche, volarías [...] de un extremo al otro del mundo...» (ASE 73). La «Cruz», de la cual este enamorado de la Sabiduría habló tanto (porque sabía bien que «donde hay amor, hay dolor» [Claudel]), no debe escondernos, sino al contrario revelarnos esa felicidad que ha vivido.
Una felicidad que no tiene quizá gran cosa que ver con las falsas felicidades de este mundo, sino que supera también las verdaderas dichas humanas, incluso las más sublimes, porque es una participación en la felicidad del Amor mismo que es Dios.«¡Oh! Si comprender pudieran su desdicha y mi alegría, (CT 28,40).
En la ciudad y en el campo, en casa o en despoblado, cuando pierdo y cuando gano, siempre feliz me encuentro,» (CT 139,33).Es ante todo gozo inmenso de saber que, pase lo que le pase, e incluso si todas las apariencias son contrarias, Dios le ama: «Dios es mi Padre querido, Jesús es mi Salvador, mi amada Madre es María;¿dónde hallar gozo mayor?» (CT 28,37).
Se trata también de la felicidad de poder responder a ese amor:«No se sabe cuánta dicha es amarte, oh Salvador... ¡Gustad y ved cómo es de dulce el amor! (CT 135,1).
Es, por último, la dicha inesperada y oculta, interior al amor mismo, de la «Cruz». San Pablo gritaba: «Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones... » (2 Cor 7,4). «Encuentro mi alegría en los dolores que padezco por vosotros...» (Col 1,24). Montfort le hace eco: «Me siento feliz en medio de mis sufrimientos y no creo que haya en el mundo nada tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre que venga empapada en la sangre de Jesús crucificado... » (C 26).
Citando otra carta en la que Montfort habla una vez más de esa «felicidad» que se encuentra en la «Cruz», escribe Luis Pérouas: «Se puede palpar hasta qué profundidad de Gozo auténtico puede llegar un hombre cuando acepta la prueba, el rechazo, cuya víctima es» (Ce que croyait..., pág. 71).
Es bueno descubrir el mensaje de Montfort en su totalidad -con la Cruz misma- como invitación a la felicidad, a compartir su propia felicidad que no es ella misma sino una participación en el gozo mismo de Dios.
1.10 EL AMOR DE LA SABIDURÍA ETERNA
Al leer El Amor de la Sabiduría Eterna -primera obra suya, a la que muchos consideran como una síntesis de su mensaje- se advierte que se inscribe totalmente dentro de un caminar hacia la felicidad. El libro ofrece dos partes: la primera, comprende más de tres cuartas partes -catorce de los diecisiete capítulos- podría intitularse: «La Sabiduría eterna y encarnada es el «tesoro» que buscamos»; la segunda, muchísimo más corta: «Cuatro medios para alcanzar ese «Tesoro».
Se da en esta composición una lógica muy sencilla que se funda en el buen sentido. El hombre está tan sediento de la felicidad que lo que cuenta ante todo para él es saber dónde encontrarla. ¿De qué sirve conocer los medios para la consecución de un tesoro si ese tesoro no lo es para mí? ¿De qué me sirve enseñarme los medios para ganarme un soberbio Hi-Fi, si no me gusta la música?
Un pedagogo sabe perfectamente que lo importante para sus alumnos es que se «interesen» por la materia que enseña. Mientras no se «interesen», no estén «motivados», el profesor podrá utilizar todos los medios posibles para enseñarles aquella materia, pero ellos no aprenderán gran cosa. Mientras que si están «interesados»..., ¡no habrá problema! Acudirán ellos mismos a los «medios» para aprender y -en el último extremo- no necesitarán de profesor sino sólo para «guiarlos».
¡Y lo mismo pasa con toda la vida! Mientras uno no esté «interesado», ... mientras no «ame», ni haya encontrado su felicidad... ¿de qué le sirve utilizar «medios» por fáciles que sean de emplear y, con mayor razón, si son difíciles? La Cruz, por ejemplo, ¿por qué quieres que yo la acepte incluso que opte por ella, si pienso no sólo que no me conduce a la felicidad de la cual estoy sediento, sino que me aleja de ella al causarme dolor?
1.11 LA DULZURA INEFABLE Y LA BELLEZA CAUTIVADORA
Entonces Montfort, que conoce bien el corazón del hombre y sabe cuánta sed tiene de felicidad, consagra las cuatro quintas partes de El Amor de la Sabiduría Eterna a «interesarnos», a atraernos, casi a seducirnos, mostrándonos «la excelencia maravillosa»..., «la dulzura inefable y la belleza cautivadora»..., «los tesoros infinitos» de la Sabiduría Divina (ASE cc. 5 y 10).
¡Si conocieras! «Nada tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y la buscan! Pero, ¡mucho más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita... » (ASE 10).
Este conocimiento es también «la ciencia más noble» (ASE 9), y la más útil y necesaria porque «la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo» (ASE 11). Nada tan dulce, nada tan grande, nada tan útil... Nos hallamos ante los tres grandes caminos de la felicidad.
Buscas, ¿Buscas tu felicidad en la riqueza y las ganancias? Contempla los «tesoros infinitos» de la divina Sabiduría. ¿Piensas que serás feliz en los placeres de este mundo? Ven a saborear con los santos «la dulzura inefable y la belleza cautivadora» del Hijo de María. «Hay un santo y verdadero placer en su amistad» (ASE 98). ¿Piensas hallar tu dicha en el éxito y las grandezas humanas? «La Sabiduría que es Dios mismo: ésta es la gloria» (ASE 55) que te espera; los honores, las dignidades, la verdadera grandeza están con ella y « es incomparablemente mejor para el hombre el poseerme -dice la Sabiduría- que poseer todo el oro y la plata del mundo [...] y todos los bienes del universo» (ASE 67).
Audacia inaudita la de Mont fort que viene a proclamarnos: La Felicidad Infinita que están buscando, sin conocerla, a través de todas las falsas riquezas, grandeza y placeres de este mundo, se las anuncio: son Dios mismo, son la Sabiduría. «Quien beba del agua que yo le dé, no volverá a tener sed» (Jn 4,14). «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37).
1.12 LA CRUZ Y LA FELICIDAD
La búsqueda de la felicidad está tan marcada en El Amor de la Sabiduría Eterna que uno casi se admira de no encontrar la Cruz antes del capítulo 8. E incluso entonces, Montfort la presenta, la primera vez, como uno de los «efectos maravillosos» de la Sabiduría en las almas de quienes la poseen: porque ella los ama y «para ponerlos a prueba y hacerlos más dignos de sí misma, les proporciona grandes combates y les reserva contradicciones y obstáculos...» (ASE 100). «Pero esta amable Soberana... vierte tan suave unción sobre los sufrimientos que en ellos (sus amigos) encuentran sus delicias» (ASE 103).
En realidad sólo hasta en los capítulos 13 y 14 aparece la Cruz en toda su fuerza y su grandeza. Pero en un primer momento no se trata de la nuestra: es la cruz de Dios, la que Jesús quiso vivir libremente «para probarnos su amor» (ASE 154).
Y obsérvese que Montfort la aborda sólo en cuanto que es «la más poderosa de todas las razones que pueden excitarnos a amar a Jesucristo» (ASE 154) y el medio más sabio entre todos los posibles que haya encontrado el Amor (ver ASE 167-168).
1.13 INGRESAR EN LA FELICIDAD DE DIOS
Partíamos de la felicidad del hombre siempre insatisfecho e «inquieto» (san Agustín) porque no desea nada menos que a Dios. Y mira, hemos llegado a la felicidad de Dios. En efecto, Montfort no nos invita sólo a descubrir nuestra felicidad en Dios, Sabiduría eterna y encarnada, porque en ella se encuentran los verdaderos placeres, las verdaderas riquezas y los verdaderos tesoros que buscamos. Nos llama para llegar más lejos, para entrar en la felicidad misma de Dios, porque Dios tiene también un tesoro donde pone su corazón como todo el mundo (Mt 6,21).
Ya es gran cosa encontrar mi felicidad en Dios porque es el anhelo de mi corazón. Pero otra cosa es -tanto más exaltante todavía entrar en la misma felicidad de Él, hacer de su «tesoro» mi «tesoro» y poner mi corazón donde Él pone el suyo.
¿Cuál es entonces el «tesoro» de Dios y dónde pone Él su corazón? ¿Cuál es la forma en que busca Él su felicidad, ya que es el Amor mismo? Y ¡el Amor omnipotente! ¿Cuál podrá ser su «Sabiduría»?


