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La Sabiduría del Amor

2.1 LA SABIDURÍA DEL AMOR

«Dios tiene su Sabiduría. Que es la única verdadera y digna de ser amada y buscada como un gran tesoro. Pero también el mundo corrompido tiene su sabiduría. Y ésta debe ser condenada y detestada como malvada y perniciosa. Los filósofos también tienten su sabiduría...» (ASE 74).

Finalmente, todo el mundo tiene su «sabiduría». Dios, el mundo corrompido, los filósofos..., todos los hombres tienen una sabiduría, es decir, cierta manera de concebir su felicidad que les conduce a optar en la vida.

Todos buscamos la felicidad, la misma felicidad infinita que es «riqueza», «placer», «prestigio», que halla su coronación en la relación con el otro con tal que ese Otro sea el Infinito. Con esa felicidad queremos ser felices; ¿por qué entonces la buscamos en direcciones diferentes? Porque no tenemos la misma «sabiduría». No la «vemos» de la misma forma. No colocamos las mismas realidades bajo las mismas palabras: «infinito», «riqueza», «placer», «prestigio», «amor»...

Resultado: hacemos opciones diferentes e incluso completamente opuestas. Por la sed de felicidad los hombres se asemejan todos; pero difieren por la «sabiduría». Común a todos los hombres, absolutamente a todos, es que todos tienen un «tesoro» en el cual ponen el «corazón».

Pero, no tienen el mismo «tesoro». Y esto los hace diferentes. Dime dónde está tu «tesoro», porque allí está tu corazón (Mt 6,21), y te diré quién eres.




2.2 FELICIDAD Y SABIDURÍA

¿Qué hay de común entre ese hombre riquísimo que sigue añadiendo «casas a casas, campos a campos, hasta no dejar sitio en medio del país» (Is 5,8) y la abuelita que, en esa edad en que uno teme carecer de lo necesario, se impone privaciones en su pequeña pensión a fin de poder ayudar «a los pobres»? Parece que nada. Y sin embargo, sí. Los dos tienen en común la misma búsqueda de la felicidad. La sabiduría los hace diferentes... y ¡en qué medida!

No tienen precisamente la misma idea de felicidad y en especial de «riqueza». ¿Existe algo en común entre el hombre ambicioso que busca ser el primero en todas partes y lo sacrifica todo a su promoción, a su «carrera»... y ese joven ingeniero que renuncia a una situación brillante para hacerse Hermanito de Jesús y encontrarse algunos años más tarde, trabajando en las pistas del Sahara? Tampoco nada, al parecer. Y sin embargo, también ellos buscan la misma felicidad. Pero no tienen la misma sabiduría.

Cuentan que algunas hermanas de la Madre Teresa, antes de tener la menor idea de que el Señor podía llamarlas a darlo todo para servir a los pobres, llevaban una «gran vida»: apartamentos lujosos, carros, chóferes, dinero a su capricho. La vista de los pobres miserables no les impedía en lo más mínimo ser «felices». Ellos..., no eran ellas: así de sencillo. Y, como por otra parte, no hallaban la felicidad que buscaban en bienes tan limitados, pensaban simplemente que se debía a que no tenían lo suficiente.

Entonces, ¿qué hacer? Cada vez más, más y más riquezas, placeres, hasta el día... en que encontraron a alguien que les hizo comprender que para encontrar la felicidad que anhelaban, tenían que cambiar totalmente de «sabiduría». Hacer un gran viraje de 180 grados. Eso que el evangelio llama «conversión». Ingresar en una «sabiduría» totalmente diferente, la «verdadera sabiduría de Dios» (ASE 227).

Cierto día la Madre Teresa se hizo presente. Les habló. Su corazón se transformó en un «corazón de carne» (Ez 36,26), «se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). Y todo cambió para ellas. De un día al otro, ellas que lo tenían todo, se encontraron sin nada, pobres entre los pobres. ¡Qué locura! O, ¿qué sabiduría?

Sin embargo, entre su situación de antes y la que habían escogido ahora, hay algo que no ha cambiado: su sed de felicidad. ¿Ayer?, era la misma infinita felicidad lo que buscaban. Pero hoy, ya no la veían de ningún modo de la misma manera. Su «sabiduría» había cambiado, se habían «convertido». Una conversión no es otra cosa que un cambio de «sabiduría».


2.3 AMAR Y CONOCER

¿Puede uno amar lo que no conoce? Si uno hubiera preguntado a las hermanitas de la Madre Teresa, antes de su conversión: «Pero, ¿por qué viven tan lujosamente, en medio de tantos pobres?», seguramente habrían sonreído. ¿Los pobres? ¿El servicio de los pobres? No nos interesa. Nos interesan el dinero, la salud, las comodidades de la vida. ¡Esa es la felicidad! «¿Quieres que cambiemos? Entonces, demuéstranos que existe otra felicidad?» Y en cierta forma habrían tenido razón...

«¿Puede uno amar -escribe el P. de Montfort- lo que no conoce? ¿Puede amar ardientemente lo que sólo conoce a medias? ¿Por qué se ama tan poco a la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o nada se le conoce!» (ASE 8).

2.4 ANTE TODO HAY QUE ENCONTRAR UN TESORO

Estamos lejos de cierto moralismo que consiste en decir a la gente: «Basta con que hagan esto... ¿Por qué no hacen aquello? No les comprendo». ¿Basta con amar? Ciertamente. Pero, para amar, hay que «conocer». Para «vender el campo», es preciso haber encontrado antes un «tesoro» (Mt 13,44).

Jesús no dijo jamás que el Reino de los cielos se parece a un hombre que comienza por «vender cuanto posee» y, luego, mira en torno suyo a fin de encontrar un «tesoro» para poner en él su «corazón». Equivaldría -como dice el proverbio- a «ensillar antes de traer las bestias». No, el Reino de los cielos se parece por el contrario a quien comienza por encontrar un «tesoro». Sólo entonces se va uno, «rebosante de gozo», a vender cuanto posee. Si hubiera comenzado por «venderlo todo» antes de «hallar el tesoro», lo habría hecho «lleno de tristeza» e incluso Jesús lo habría tratado indudablemente de «loco» (Mt 7,26; Lc 12,20).

Díganle a ese joven que se droga, aumentando cada vez la dosis hasta el deterioro total: «lo importante es que no te drogues»; o a ese alcohólico que arruina a su familia mientras se destruye él mismo: «lo importante es que dejes de beber». Díganle a ese hombre, a esa mujer que «siempre tienen razón» (mientras los demás siempre andan equivocados), que quieren imponerse siempre a los demás (la «gloria» es también una droga): «lo importante es que Uds. reconozcan sus equivocaciones y no destruyan a los demás».

Si se dignan escucharlos a Uds., sonreirán también: «Ya quisiera verlos yo... Al pedirme que renuncie a la droga, al dinero, a la gloria, me están pidiendo que «venda todos mis bienes», «pero ¿dónde está el tesoro? Muéstrenmelo. Demuéstrenme que esa felicidad que busco ardientemente, se encuentra en otra parte; si no, ¿para qué quieren que venda todos mis bienes?»

2.5 CONOCER A JESUCRISTO

Lo que importa en la vida es descubrir el «verdadero tesoro», el único que puede hacerme feliz. Mientras no sepa dónde se halla y qué debo hacer para encontrarlo, ¿sé realmente algo?

El conocimiento, la ciencia más importante en la vida es «la sabiduría». En la vida, mientras no sepa cómo conducirme para ser feliz y hacer felices a los otros, para amar de verdad... ¿sé acaso algo? Puedo saber muchas cosas e incluso, en caso extremo, saberlo todo, si carezco de ese saber, de esa «sabiduría», en el fondo, no sé nada. Porque ¿de qué le sirve al hombre saberlo todo, si no es feliz? «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?» (Mt 16,26).

Frente a Nicodemo que ciertamente sabía muchas cosas, pero ignoraba el «nuevo nacimiento», Jesús se admira: «Tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes?» (Jn 3,10). Al contrario, incluso si se ignoran muchas cosas, pero se posee la «Sabiduría», si uno sabe ingeniarse para ser feliz y hacer felices a los demás, entonces se sabe lo suficiente.

Montfort era tan consciente de que a través de todas las falsas felicidades y los falsos «tesoros» de la vida, buscamos en realidad, a Jesús Sabiduría, que proclama a pleno grito:«Conocer a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente. Saberlo todo, pero no conocerlo a Él, es no saber nada» (ASE 11).

2.6 UN CONOCIMIENTO QUE HACE POSIBLE EL AMOR

¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad? La «sabiduría», ese conocimiento que permite amar, ese descubrimiento del «tesoro», no es sólo intelectual: es un saber ya transformado, «consagrado» por el amor que lo impregna de fuerza, de delicadeza y de «sabor».

Uno puede, dice Montfort, tener «una ciencia de las cosas de la gracia y de la naturaleza [...] vulgar, seca y superficial». La «sabiduría», por su parte, es un conocimiento «extraordinario, santo y profundo» (ASE 58). «Las luces y conocimientos que comunica la Sabiduría no son áridos, estériles o carentes de devoción, sino luminosos, llenos de unción, operantes y piadosos, conmueven y alegran el corazón e iluminan el entendimiento» (ASE 94).

Sólo con el corazón se ve bien, decía el zorro al Principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial es invisible también para el entendimiento «desgajado del corazón», que se contenta con conocer sin «gustar» rechazándose a convertirse en «sabiduría». Uno podría casi decir que con la «sabiduría», Montfort derriba el muro entre entendimiento y «corazón» (así como con la «Cruz», derriba también el muro entre sufrimiento y felicidad).

Porque el «corazón» del cual se trata, no es en primer lugar, el sentimiento sino más bien el «yo profundo», allí donde el Espíritu se une a nuestro «espíritu» (Rom 8,16) y donde la Sabiduría se injerta en la nuestra.

En las primeras páginas de El Amor de la Sabiduría Eterna, Montfort se planteaba la cuestión: «¿Es posible amar lo que no se conoce?» (ASE 8), pero en todas las páginas restantes se plantea otra pregunta: « ¿Es posible no amar lo que se conoce de verdad?»

Si conozco de verdad, no sólo con el entendimiento, sino también con mi «corazón profundo», con un saber que es «sabiduría», si el Espíritu mismo «conoce» a través de mi espíritu, entonces no puedo menos de amar. Cuando uno conoce a la Sabiduría en sí misma (lo que constituye ya un «tesoro infinito»), pero sobre todo en el amor que nos profesa y que llega hasta la Cruz y la Eucaristía, no se puede sino amarla.

«Tras palabras tan enérgicas y tiernas del Espíritu Santo para hacernos comprender la belleza, valor y tesoros de la Sabiduría, ¿quién no la amará y buscará con todas sus fuerzas? ¡Tanto más cuanto que se trata de un tesoro infinito, propio del hombre, para el cual fue creado el hombre, y que la Sabiduría misma tiene infinitos deseos de darse al hombre!» (ASE 63).

«¿Cuál no será entonces nuestra insensibilidad e ingratitud, si no nos conmueven los ardientes deseos, los amorosos inventos y las pruebas de amistad de la amable Sabiduría?» (ASE 72). «Hablando razonablemente, conocer lo que Nuestro Señor ha padecido por nosotros y no amarlo con ardor es algo moralmente imposible» (ASE 166).

2.7 CONVICCIÓN Y AMOR

¿Es posible no dar a conocer lo que uno ama? El don de sabiduría, tal como él lo recibió, lleva a Montfort a plantearse una tercera pregunta: ¿Puede uno no dar a conocer y amar lo que conoce y ama?«La Sabiduría comunica al hombre no sólo las luces Para conocer la verdad, sino también la capacidad maravillosa de darla a conocer a otros» (ASE 95).

El bautismo hace de nosotros apóstoles. Pera el apostolado, la evangelización no son ante todo cuestión de técnica ni de métodos, sino el don de compartir una convicción profunda. Ni si quiera se trata solamente de «escuchar a Dios con humilde sumisión», de «obrar en Él y por Él con fidelidad constante»; se trata de «alcanzar la luz y unción necesarias para inflamar a otros en el amor a la Sabiduría» (ASE 30).

Un día en que la Madre Teresa -siempre ella- iba a tomar el avión para uno de sus numerosos viajes a través del mundo, un periodista la detuvo bruscamente y le preguntó: ¿Qué es el apostolado? -¿El apostolado?- Es... (silencio) ...tienes una convicción y amas a alguien; entonces le pasas tu convicción; y él a su vez, tiene una convicción y ama a alguien, y su convicción pasa a esa persona.

El apostolado es una convicción muy fuerte transmitida por amor

2.8 EL DON DE SABIDURÍA

Pero esa convicción no puede «pasar» -la Madre Teresa lo sabía bien- a menos que el «testigo» haya recibido el don de «sabiduría». Sus palabras ya no son sus palabras. Otra persona habla a través de él: «las palabras que comunica la divina Sabiduría no son palabras ordinarias, naturales y humanas; son palabras divinas. Son palabras enérgicas, conmovedoras, penetrantes. Parten del corazón de quien habla y penetran hasta el fondo del corazón del oyente... » (ASE 96).

Cuentan que cierto día el P. de Montfort en su región natal quiso traducir, concretar esta verdad del don de sabiduría. Y que en el templo no quiso hablar él mismo para «dejar hablar a Jesucristo». Entonces colocó en el púlpito una gran cruz que todos podían ver. Él pasó por entre la multitud con su pequeño crucifijo, el que el Papa Clemente XI le había dado y se contentó con mostrarlo a cada uno diciéndole: «¿No te duele mucho haberlo ofendido?» Y todos comenzaron a llorar. Ese día ciertamente Jesucristo había hablado y sus palabras habían salido del corazón del apóstol para llegar, en silencio, «hasta el corazón» del oyente (ASE 96).

2.9 LA SABIDURÍA DEL MUNDO

La sabiduría del mundo: cuando uno conoce, ama, y cuando ama, da a conocer. Todo depende entonces del conocimiento que haya en el punto de partida, de la sabiduría que nos anime. Porque hay muchas sabidurías.

San Agustín decía que «dos amores han construido dos ciudades: el amor de Dios construyó la ciudad de Dios..., y el amor propio construyó la ciudad del mal y del pecado».

A su manera, san Luis de Montfort añade: «dos sabidurías han construido dos amores». La sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y a nuestros hermanos a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera grandeza.

2.10 LOS TRES PILARES DE LA SABIDURÍA DEL MUNDO

Una vez más encontramos los tres caminos de la búsqueda de la sabiduría. La sabiduría del mundo no es falsa porque deambule por ellos, sino porque se extravía por callejones sin salida. En lugar de buscar los auténticos «tesoros» de que habla Jesús y de «amontonarlos en el cielo, donde ni polilla ni carcoma los echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban» (Mt 6,20), corre en pos de las falsas riquezas de este mundo.

Y como hay tres falsos «tesoros», hay también tres falsas sabidurías correspondientes a ellos. Montfort las llama «la sabiduría terrena», «la sabiduría carnal» y «la sabiduría diabólica» (ASE 80-82).

«La sabiduría terrena» [...] es el amor a los bienes de la tierra. Los sabios del mundo profesan esta sabiduría [...] cuando apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse; cuando promueven juicios y litigios inútiles para adquirir o conservar sus riquezas; cuando -la mayor parte del tiempo- no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir o conservar algún bien temporal... » (ASE 80).

En lugar de buscar los «sólidos placeres» de la verdadera felicidad, la sabiduría carnal conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el gozo de los sentidos; [...] aman la buena mesa; ...habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible» (ASE 81).

Por último, la sabiduría diabólica, en vez de buscar la verdadera grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los que la siguen «aspiran -aunque secretamente- a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; [...] buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres...» (ASE 82).

Este cuadro de los tres pilares de la sabiduría del mundo apenas tiene que modificarse hoy para que se adapte a nuestros días: describe en forma tan perfecta no sólo al «gentilhombre» del siglo XVII, sino al hombre de todos los tiempos que, mañana -lo mismo que ayer y hoy- no podrá menos de buscar su felicidad por esos tres caminos, a riesgo de extraviarse tomando por auténticos los falsos valores.

2.11 TRES CARACTERÍSTICAS DE LA SABIDURÍA DEL MUNDO

Para completar el cuadro, ya tan parecido, de la sabiduría del mundo opuesta a la de Dios, Montfort añade tres señales que la caracterizan y que pertenecen también a todas las épocas, incluso si las palabras para designarlas cambian. La sabiduría del mundo está sellada por la astucia, el conformismo y las componendas.

La astucia es la forma en que la sabiduría del mundo nos arrastra hacia el mal, haciéndonos creer que se trata del bien. No se lleva a alguien al mal diciéndole que es el mal; a éste hay que cubrirlo con apariencia de bien. «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy -dice Montfort- [...] nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera. Utiliza tan hábilmente la verdad para inspirar el engaño; la virtud, para autorizar el pecado; las máximas de Jesucristo, para justificar las suyas..., que incluso los más sabios según Dios son víctimas de sus mentiras» (ASE 79).

La «astucia» es también la forma en que todos, cuando nos guía el espíritu del mundo, sabemos esconder nuestros errores y faltas bajo apariencia de virtud. Los «sabios del mundo», dice Montfort, «aspiran -aunque secretamente- a las grandezas». Buscan sus caprichos e intereses «pero no de modo patente y provocador [...] sino de manera habilidosa, astuta, engañosa y política» (ASE 75).«El sabio según el siglo [...] sabe desenvolverse... sacar ventaja temporal de todo, sin dar la impresión de buscarla; conoce perfectamente los gustos y cumplidos del mundo...» (ASE 76).

Hay que ver cómo, sobre todo en los Cánticos, Montfort sabe hacer brillar esa astucia del mundo que quiere impedir a las gentes que se conviertan: «Convertirse? Demasiado hermoso, pero un buen espíritu nunca cambia... » «Dios nunca nos exige tales obras o penitencias que mucho orgullo encubren... » «Deja tanta meditación, es cosa muy peligrosa, expone a la tentación y hace al alma perezosa... » (CT 39,130.133.135). ¿De qué sirven tantos rosarios? Trabaja más bien, hermano; aplícate a lo ordinario (CT 39,136).

Sólo apelando a la constancia e incluso a la humildad, al trabajo, que son valores auténticos, logra el «mundo» que desistas de la conversión. Es tan «habilidoso» que logra hacerte creer que convertirte es caminar en contra del Evangelio. Así de simple.

Sabe hacerte desistir también mediante el conformismo. En el siglo XVII, hablaban de «moda» y de «respeto humano». Obrar como los otros, como todos, seguir al rebaño. El conformismo puede cambiar de campo y de nombre, forma parte siempre de la sabiduría del mundo, que el P. de Montfort describe ante todo como «conformidad perfecta con las modas y máximas del mundo».

Cuando uno quiere seguir el Evangelio, sencillamente a la letra, siempre se distingue de los demás, y el mundo no gusta de quienes no son como él, de quienes no «son como los demás». Trata de hacerte entrar en la fila. Hay que obedecer al «qué dirán»... Al contrario, dice Montfort, lo que cuenta es lo que Dios piensa de nosotros, porque vivimos bajo la mirada de «nuestro gran Jesús».

Cuentan que cierto día, el P. de Montfort caminaba con el hermano Nicolás por el camino de Aigrefeuille a Nantes. Los dos misioneros estaban ya muy fatigados. Varias veces el Padre había propuesto a Nicolás cargarlo a sus espaldas. Pero el hermano siempre lo había rehusado. Por último, vencido por la fatiga, Nicolás acepta que su compañero ponga su gran manto en un brazo, y que con el otro sostenga al pobre agotado. Y miren al pobre cortejo que cojeando reemprende la marcha hacia Nantes. «Encontrábamos de vez en cuando -relata Nicolás- grupos de caballeros y damas y otras personas. «Padre mío, le dije, ¿qué dirá toda esta gente?» «Hijo mío, me respondió, ¿qué dirá el buen Jesús que nos mira».

Tercera característica de la sabiduría del mundo, las componendas, el «término medio», «el gentilhombre» del siglo XVII que se rechaza a escoger entre el Evangelio y un éxito meramente humano. Un trozo de camino con el Evangelio y otro con el mundo. Y avanzar así hasta la muerte, sin optar jamás, sin comprometerse de verdad. Porque hay que experimentarlo todo y mantenerse «libre».«Vivir como todo el mundo, huir la senda perfecta» (CT 36,63).

Montfort, hombre del absoluto y de opciones radicales, percibía en qué medida se hallaba en la ribera opuesta al don total esta vida sencillamente «gentil», al burlarse del Evangelio.

2.12 LA SABIDURÍA DE DIOS

«Debemos -nos dice Montfort detestar y condenar estas tres clases de falsa sabiduría para adquirir la verdadera. Esta no busca el provecho propio, no arraiga en el terreno ni en el corazón de quienes viven cómodamente, y aborrece todo lo grande y espectacular a los ojos de los hombres» (ASE 83). Frente a falsas riquezas, a falsos placeres, a falsos prestigios, aquí están los verdaderos valores, la felicidad verdadera, la verdadera grandeza del Amor, la verdadera Sabiduría de Dios.

2.13 EL TESORO DE DIOS

Todos saben bien que, cuando uno ama, no tiene la misma sabiduría que cuando no ama, no tiene el mismo «tesoro», los mismos valores, no hace las mismas opciones. Incluso puede ser que haga opciones completamente opuestas a las que hace cuando no ama.

Porque amaba, el P. Kolbe optó por morir de hambre en un bunker, para salvar al padre de siete hijos. Más cerca de nosotros, porque ama también, Pablo, obrero especializado en una fábrica de muebles, elige ser despedido para dejar su empleo a otro trabajador.

Pero si ya, cuando uno ama hace a veces opciones completamente opuestas a las de una sabiduría sin amor, Dios que es el amor mismo, absolutamente puro, la fuente y la perfección de todo amor, ¿qué opciones no puede hacer? ¿Cuál puede ser la Sabiduría del Amor mismo? ¿Cuál puede ser su «tesoro»? ¿Dónde puede El poner su «corazón»?A tales preguntas, Montfort aporta, en pos de san Pablo, una respuesta llena de admiración «Aquí es preciso exclamar con san Pablo: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (ASE 15). «¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable! » (ASE 168).

¿El «tesoro» de Dios? No es otro que el hombre, es la humanidad. Y ¿dónde pone su «corazón»? En ti, en mí, sobre todo en María, «el tesoro del Señor», su «Paraíso», «donde ha puesto lo más precioso que tiene», su Hijo predilecto. Sí, Dios ha puesto su corazón en la humanidad. Pero estamos tan habituados a oír decir que Dios nos ama, que hemos perdido completamente de vista que este amor procede de una «sabiduría» sublime, incomprensible, desconcertante.

2.14 DIOS ME AMA

Cómo Él, el Altísimo, el Infinito, el que ha creado cielos y tierra, el infinitamente grande y el infinitamente pequeño, Aquel ante quien «todas las naciones son como nada [...], una gota de agua en un cubo [...], un grano de arena en el platillo de la balanza» (Is 40,15), ¿Aquel «ante quien mil años son como un día» (2 Pe 3,8), ha puesto su «tesoro» y por tanto su «corazón» en mí, tan pequeño..., pobre, pecador?

¡Me ama! ¿Cómo es posible? ¡Si este amor fuera aún una opción! Pero uno no escoge amar. Dios tampoco, si se puede hablar así, escogió amar. Montfort lo presenta como seducido por la belleza de la humanidad -una belleza del todo interior e invisible, que es su fe-; ha sido «atraído», «amorosamente vencido» ASE 107; ver cap. 9). A decir verdad, en este amor hace una opción que es entonces la de aceptar Él, el Todopoderosos, dejarse vencer.

2.15 LA TRES GRANDES OPCIONES DEL AMOR

Esta «Sabiduría incomprensible» del Amor, en efecto, se expresó por tres grandes opciones, completamente opuestas a las de la sabiduría humana marcada por el pecado.

Frente a «todos los reinos de mundo y su gloria» (Mt 4,8), el Amor escogió la pobreza, la Cruz y María. «El Amo del universo escogió no tener dónde reposar la cabeza» (Lc 9,58). «El Dios inmortal escogió hacer la experiencia del sufrimiento y de la muerte. El Señor de las Virtudes escogió cargar con el pecado del mundo y ser condenado como un criminal de derecho común» (P. Michel, Le Régne de Jesús par Marie).

2.16 LA ELECCIÓN DE LA POBREZA

Dios escogió la pobreza: es un Dios... «[. ..J que no puede defenderse de la pobreza y su brillo, la amó tanto que hasta hombre por ella volverse quiso;» (CT 20,4).

Mientras el mundo sólo piensa en el dinero, en el provecho, en los bienes de la tierra, Montfort hace decir a Jesús -que dialoga con los pobres: «En la pobreza yo encuentro tanto brillo y majestad, que la elegí por esposa. Estimo como basura los haberes de este mundo aborrezco sus grandezas, sus honores, sus tesoros y su gloria fulgurante». (CT 108,6).

¿Por qué brilla tanto la pobreza ante los ojos de la Sabiduría? Porque es la verdadera riqueza de la cual los «falsos tesoros» no son sino una caricatura. La elección de la verdadera sabiduría no es entre la riqueza y la pobreza, sino entre la falsa riqueza que no es otra cosa que pobreza y una pobreza que es auténtica riqueza.

La pobreza del rico, es su «anhelo» que lo «martiriza», porque nunca dice «basta».«Cuanto más rico es, más quiere y se aumenta su apetito, y este mal sin paz ni dicha constituye su martirio»; (CT 20,34).

La riqueza del pobre es su amor, es la confianza que puede vivir, son los bienes que recibe del «fondo inagotable de la divina Providencia» (C 33).

2.17 LA ELECCIÓN DE LA CRUZ

Dios escogió la Cruz! Ciertamente no el sufrimiento por el sufrimiento, sino el sufrimiento porque no hay amor más grande que el de «dar la vida por los amigos», el sufrimiento porque el amor de Dios «dicta leyes a su poder» (ASE 168).

Montfort tenía clara conciencia de que Dios, en su omnipotencia, hubiera podido evitar la Cruz y que la opción por ella, a los ojos de una sabiduría puramente humana, es pura locura. Pero Dios no es el Todopoderoso que uno se imagina, es el Amor Omnipotente y el Amor hace que esa omnipotencia se revele como debilidad incomprensible.

«¡Cosa sorprendente ! Ve algo que para los judíos es motivo de escándalo y horror y para los paganos objeto de locura [...]. Y en la cruz detiene su mirada [...] ¡Qué elección tan sorprendente! ¡Qué designios tan sublimes e incomprensibles! ¡Qué amor a la cruz tan inefable!» (ASE 168).

Porque tampoco era posible que Dios en Jesús haya sufrido el tormento de la cruz y que -en una sabiduría que nos sobrepasa totalmente- haya «optado» por ella. En contraposición a una sabiduría totalmente humarla marcada por el pecado, que sólo piensa en los placeres («Los mundanos [...] gritan todos los días: ¡Vivir! ¡Vivir! ¡Paz! ¡Paz! ¡Alegría! ¡Alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, bailemos, juguemos!» [AC 10]), la Sabiduría de Dios opta por la Cruz y la ofrece a quienes quieren seguirle: «Si aluno quiere seguirme, tome su cruz... » (Mt 16,24).

2.18 LA VERDADERA FELICIDAD

En todo lo que Montfort dice acerca de la Cruz, uno siente que aparece como telón de fondo la meditación de san Pablo en su Primera Carta a los Corintios, acerca de la «locura de Dios» que es más sabia que los hombres» (así como su «debilidad» es más fuerte que ellos) [1 Cor 1,25].

La opción de Dios no era entre «locura» y «sabiduría», sino entre la «sabiduría del mundo que Dios ha herido de locura» y la «locura de Dios» que es verdadera sabiduría. «Lo loco del mundo lo eligió Dios...» (1 Cor 1,20.25.27).

La opción no es tampoco, como se imagina la sabiduría del mundo, entre el sufrimiento y la felicidad, sino entre la felicidad que es sufrimiento porque carece de amor y un sufrimiento que es felicidad porque es, nos dice Montfort, «fuente, alimento y testimonio del amor» (ASE 176).

2.19 LA ELECCIÓN DE LA DEPENDENCIA

Por último, Dios a la inversa de una sabiduría mundana que busca la gloria y se embriaga con las falsas grandezas, opta por depender de María y ocupa el «último lugar», ese «último lugar que, decía el abate Huvelin, nadie podría disputarle jamás». Porque descendía de lo alto... y ¡nadie jamás podría descender de tan alto! y por tanto caer tan bajo.

La Sabiduría eterna habría podido «aferrarse a su categoría de Dios», pero Dios Hijo no tiene esas pretensiones y, por ello, en la locura de su amor, optó por «anonadarse», por «tomar la condición de esclavo haciéndose uno de tantos», por «despojarse». Y «así, nos dice san Pablo, presentándose como simple hombre, se abajó más todavía, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,6-8).

Pero la humillación de la cruz ya está toda contenida en la humildad del comienzo. La locura final, la de la cruz nos alcanza en nuestra carne, en nuestra sensibilidad que se rebela. La locura del comienzo, la de la Encarnación, nos impacta menos. Y ¡sin embargo! ¡En Jesús, en el momento de la Anunciación, es ciertamente Dios quien «se despoja» de su divinidad!

Él que es todo opta por anonadarse. El Altísimo se convierte en «bajísimo». El gran Soberano, siempre independiente y suficiente a sí mismo, optó por depender en todo de una persona humana, María... (VD 14.139.243), por empequeñecerse.

Montfort que estaba muy impresionado ante el escándalo de la cruz, ha sido casi más sensible a la «locura» de la Encarnación. Percibía que la cruz estaba ya ahí; no la cruz que el Hombre Jesús iba a asumir en su carne, en el momento de su pasión, sino la cruz de Dios Espíritu, al encarnarse. Siendo el Hijo eterno, Aquel «que es antes de todo y en quien el universo tiene su consistencia» (Col 1,16.17), no se convierte en insignificante ser humano, en un Hijo de María, sin experimentar la cruz de la humildad absoluta, del anonadamiento.¿Cuál puede ser la «sabiduría» de un Dios que opta, en su libertad suprema, por anonadarse y «depender» de una criatura suya? No puede ser otra que la Sabiduría del Amor mismo.

Porque es cuestión ciertamente de «sabiduría», de la inteligencia suprema del Amor que bien sabe dónde se halla la grandeza verdadera y que el camino de la humildad lleva a ella. «Al que se abaja lo encumbrarán» (Lc 14,11). Dios se abaja, se «anonada», despojado, será por tanto «encumbrado», exaltado. «Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título» (Flp 2,9).

La gloria y esplendores de la resurrección, los ve Montfort ya presentes en la Anunciación y en el establo de Belén: «El Dios encarnado [...] hizo brillar su fuerza en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria [...] en ocultar sus resplandores [...]; glorificó su propia independencia y majestad en someterse a esta Virgen amable». «¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios!

Para mostrarnos su precio y gloria infinita, el Espíritu Santo no pudo pasarla en silencio en el Evangelio...» (VD 18).

2.20 ENTRAR EN LA SABIDURÍA DE DIOS

Las opciones del Amor nos parecen tan desconcertantes que quizá deseamos que Dios conserve para Sí mismo su Sabiduría. Pero mira que Montfort nos invita a entrar en esa Sabiduría de Dios que es locura a los ojos de los hombres, a comulgar en esa manera de ver del Amor, en su forma de juzgar los valores.

Hay que abandonar nuestra sabiduría marcada por el pecado, que nos impide amar verdaderamente y experimentar la verdadera felicidad, y entrar en la mentalidad de Cristo, compartir sus sentimientos, hacer nuestras sus «opciones», y colocar nuestro corazón donde Él pone el suyo: «Entre vosotros. tened la misma actitud de Jesucristo» (Flp 2,5).

Cuando el P. de Montfort nos propone entregarnos totalmente a la Virgen María para consagrarnos mejor a Jesucristo, nos está invitando a realizar una experiencia de «sabiduría».Y entre las tres opciones que el Amor ha hecho, en su sabiduría, para unirse a nosotros (la pobreza, la cruz, la dependencia de María), sobre todo nos invita a la última porque contiene a las otras dos y es quizá la más humana...

2.21 SEGUIR EL EJEMPLO DE DIOS

¿Es posible actuar mejor que Dios? Ahora bien «esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y rápido para realizar sus anhelos que someterse en todo a la Stma. Virgen...

Teniendo, pues, ante los ojos ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su Hijo?» (VD 139).

Uno tendría que estar loco para creer que puede hallar una «sabiduría» mejor que la «locura de Dios» (1 Cor 1,25).



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