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Autor: | Editorial:



Honrar e imitar la inefable dependencia

5.1 HONRAR LA INEFABLE DEPENDENCIA

Antes de que avancemos mucho por el camino que hemos tomado, es sin duda útil, plantearnos el interrogante de su finalidad. ¿Cuál es la meta? ¿Cuál es la finalidad de la consagración a Jesucristo que Montfort nos propone?

El mismo nos responde: «Esta devoción ha sido inspirada por el Espíritu Santo:

1º Para honrar e imitar la inefable dependencia que Dios Hijo quiso tener respecto de María, para gloria del Padre y para nuestra salvación...

2° para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María y especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre...Son éstos los dos fines principales de la esclavitud de Jesús en María» (VD 243).

¡Estarnos avisados! La consagración a Jesús por María tiene como finalidad honrar... imitar... agradecer. Estamos lejos de una devocioncilla un tanto sentimental y egoísta, que buscaría más o menos al margen del Evangelio ganarse el favor de Dios en interés propio. No se trata, ciertamente, de renunciar a la propia felicidad. Al contrario. Veremos más adelante que María es una Madre llena de corazón que acude en ayuda de sus hijos «en todas las necesidades del cuerpo y alma» (VD 107).

Pero no nos consagramos a María ante todo por el bien que ella nos hace. Nos consagramos por ella a Jesús, antes que nada para «honrar..., imitar..., agradecer... ». Después de haber perdido por largo tiempo el sentido de la alabanza y rendir gloria, de la acción de gracias, se la vuelve a recuperar felizmente ahora. En un mundo de eficacia y rendimiento, sentimos la necesidad de liberarnos por la alabanza y la acción de gracias, para introducir finalmente en nuestra vida algo de gratuidad.


5.2 DIOS EXISTE: ESTO BASTA


Hace algunos años, apareció un hermoso librito que trataba de hacer entrar en el espíritu de san Francisco de Asís: La Sabiduría de un pobre, de Eloy Leclerc. Un compañero de Francisco, Fray León, quiere experimentar la «pureza del corazón», pero cree que esta pureza consiste en «no tener faltas que reprocharse» y, como no logra llegar a ello, la tristeza invade su corazón.

«Comprendo tu tristeza -le dice Francisco- porque siempre hay algo que reprocharse... ¡Ah, hermano León! ¡Créeme! No te preocupes tanto por la pureza del corazón. Vuelve tus ojos a Dios. Admíralo. Alégrate de lo que es Él, que es la santidad total. Dale gracias a causa de sí mismo. Eso es, hermano mío, tener el corazón puro. Simplemente, no guardarse nada para sí. Barrerlo todo. incluso la percepción aguda de nuestra miseria... Ver solamente la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios EXISTE. ESO BASTA... Contemplar la gloria de Dios, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos ser, gozarse plenamente de lo que es, extasiarse eternamente ante su eterna juventud, y darle gracias a causa de Él mismo... Pase lo que pase, Dios existe, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor»

(«La Sabiduría de un pobre», pág. 113. 116. 147).


5.3 DIOS SE ENCARNÓ: ¡ESTO ES SUFICIENTE!


Al invitarnos a honrar la «inefable dependencia» que Dios quiso vivir respecto de María, el P. de Montfort nos invita, parece, a vivir la misma contemplación frente a Jesús: el Hombre-Dios.

¿Honrar la inefable dependencia? Es también «barrerlo todo», olvidarlo todo, no sólo nuestra miseria y nuestro pecado -no hechos para ser contemplados-, sino también (y sobre todo) nuestras pretendidas virtudes y todos nuestros haberes espirituales, para acordarnos solamente de una cosa: JESÚS, ESO BASTA... En Jesús, ese Dios «siempre independiente y suficiente a sí mismo», aceptó depender, empequeñecerse.

Se diría que la misma admiración sin fronteras, que vivía san Francisco ante la sencilla y pura existencia de Dios (¡Dios existe: ¡basta...!) la vivía Montfort frente a este Niño. Pasara lo que pasara, un día y para siempre, Dios se «anonadó» (Flp 2,7), aceptando no ser «nada»; El que lo es Todo. Pasara lo que pasara, existe este Niño, existe María, esa «jovencita» que es su Madre y que nunca salió de su asombro, al ver que Dios acepta «depender» de ella.

«Honrar la inefable dependencia», ¿no será ante todo, entrar en la alegría de María, cantar con ella su Magníficat: «El Poderoso ha hecho cosas grandes por mí», exaltar al Señor porque «ha mirado la pequeñez de su esclava»? Por esta «maravilla» de Dios que acepta «depender» de la «humilde María» (VD 157), vale la pena olvidar -por un momento- no sólo nuestra miseria y pecados, sino incluso nuestras «virtudes» y nuestros así llamados «méritos».

«Honrar la inefable dependencia», ¿no será también «olvidarlo todo» para gozarse en María misma? Pase lo que pase, ¿existe también María, esa «maravilla», esa «jovencita» que es la Madre de Dios?

5.4 IMITAR LA INEFABLE DEPENDENCIA

Pero no es suficiente honrar, hay también que «imitar» la dependencia que Dios ha vivido respecto de María: «Como hijos queridos de Dios -escribe san Pablo procurad pareceros a Él y vivir en amor mutuo, igual que Cristo nos amó y se entregó por nosotros.» (Ef 5,1-2).

«La verdadera devoción a María -tal como la propone Montfort- es ciertamente una «imitación de Dios». Se trata de actuar como Él (¿es posible acaso actuar mejor que Dios?) y seguirlo por el «camino del amor» que lo ha llevado a depender».


5.5 SEGUIR A DIOS POR EL CAMINO DEL AMOR

«Esta devoción -dice Montfort- nos lleva a imitar el ejemplo dado por Jesucristo y por el mismo Dios y a practicar la humildad» (VD 138).

Nótese la precisión «y por el mismo Dios». Se trata, pues, no sólo de imitar el ejemplo de Jesucristo (el P. de Montfort hubiera podido intitular su librito «Imitación de Jesucristo»), sino también el del Padre y del Espíritu Santo. También ellos han aceptado «depender» [... ).

«Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María [...] Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento... Con ella, en ella y de ella produjo su obra maestra... » (VD 16.20). Al aceptar depender de María, imitamos también al Padre y al Espíritu.

Cuando hoy se oye hablar de esta «devoción», se empieza a desconfiar en seguida, temiendo que se trate de algo un tanto envejecido, sentimental, que huele a «piedad de mujercillas», lejos de las vigorosas verdades del Evangelio. En realidad, cuando uno reflexiona atentamente en ello, lo que Montfort nos propone vivir es algo muy firme. ¡Se trata nada menos que de «imitar a Dios», entrar en la experiencia de Dios, vivir una «experiencia divina»!


5.6 ¿UNA RELIGIÓN AL REVÉS?

Se podría decir incluso -si la expresión no resultara demasiado chocante- que la devoción a la Virgen es un poco como la «religión al revés». Normalmente toda «religión» consiste en el subir del hombre a Dios, yendo de abajo hacia arriba. La «religión» es una experiencia del hombre que intenta, por sí mismo o ayudándose de «mediadores», subir: el muy bajo hacia el Altísimo.

Y miren... que, al vivir nuestra consagración, se nos invita ya no a subir sino a descender. No ya a subir con el hombre hacia Dios, sino a descender con Dios hacia el hombre. No a depender, con el hombre, de Dios; sino a depender, con Dios, del hombre. ¡Qué inversión de realidades!¡Sin contar con que cuando imito el ejemplo de Dios que acepta depender de María, no desciendo tanto como Él! ¡Dios, para encarnarse, para hacerse Hijo de María, tiene que «anonadarse», que recorrer todo el camino que separa a lo finito de lo infinito, a Dios de la criatura!

Mientras que nosotros, para depender de María, no tenemos siquiera que descender, pues ya estamos a la misma altura. María, como a Montfort le gusta de decir, no es «sino una pura criatura salida de las manos del Altísimo» (VD 14). Es nuestra hermana de humanidad, mucho antes de ser nuestra Madre. No tenemos que descender para depender de ella. No obstante, no hay que forzar las paradojas. Porque se trata de ir siempre hacia Dios, de subir con Jesucristo hacia su Padre y nuestro Padre (ver Jn 20,17) y depender de Él. Pero para «subir» hay que «descender».

Para subir hacia Dios, hay que descender con Él hacia el hombre. Es en cierta forma como si Dios mismo nos dijera: ¿Quieren amarme, a mí, que soy Dios? Comiencen por amar a los hombres. Comiencen por amarse unos a otros, y así me amarán. («Si alguno dice: «Amo a Dios», pero odia a su prójimo es un mentiroso» [1 Jn 4,20]).

¿Quieren consagrarse a mí? Comiencen por depender de aquella de quien yo mismo acepté depender! ¡Sigan mi ejemplo!«Teniendo, pues, ante los ojos -dice Montfort- un ejemplo tan claro y universalmente reconocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más perfecto y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María, a imitación de su Hijo?» (VD 139).


5.7 LA HUMILDAD DE DIOS

Seguir el ejemplo de Dios en el camino del amor, es ante todo participar en su humildad. ¡La humildad de Dios! (título del hermoso libro del P. Varillon).

Montfort no utiliza nunca esta expresión, porque para él (¡y todavía para cuántos cristianos hoy día!) la humildad es una virtud humana, la virtud por excelencia de María que nos la comunica (ver VD 213). Sin embargo, el Dios que nos presenta es un Dios maravillosamente humilde («Cuando me dirijo a Dios me dirijo a uno más humilde que yo», P. Varillon, O.c.): «Este buen Maestro no se desdeñó de encerrarse en el seno de la Stma. Virgen como prisionero y esclavo de amor, ni de vivir sometido y obediente a ella durante treinta años...» (VD 139).

«Hubiera podido venir al mundo en la edad de un hombre maduro, independiente de los demás...» Pero no. Quiso venir «como pobre y niño dependiente de los cuidados y solicitud de su santa madre». ¿Quién es Dios para «someterse» en esta forma, sino un Dios humilde? ¡Muy humilde hay que ser «para dejarse llevar por una jovencita»! Muy pobre hay que ser también, cuando uno es la Belleza en persona, para optar por esconder los propios resplandores a todas las criaturas... » ¡Muy loco hay que ser, cuando uno es un «gran Señor siempre independiente y suficiente a sí mismo» para aceptar tener que depender! Pero Dios es humilde, pobre y loco.


5.8 DE LA HUMILDAD DEL HOMBRE A LA HUMILDAD DE DIOS

Podría decirse que Montfort, en nuestra consagración nos invita a vivir dos humildades: la del hombre y la de Dios. Ante todo, la humildad del hombre: «Es -nos dice más perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por nosotros mismos, sino acudir a mediadores» (VD 83).

No debemos olvidar que incluso en el niño del pesebre, Jesús sigue siendo «un Dios tan elevado y santo... igual en todo a su Padre, y por consiguiente el Santo de los santos...», y nosotros somos seres humanos, pecadores, cuyo «fondo» es, si no corrompido, por lo menos profundamente herido. Hay que haber perdido totalmente el sentido de la trascendencia divina y de nuestros pecados, para atreverse a acercarse a Jesucristo «por nosotros mismos».

Sería querer echar el «vino delicioso de su amor» en «viejos toneles que han contenido vinos deteriorados», o verter el agua pura y trasparente de la fuente en vasijas «totalmente averiadas e infectadas por el pecado»; «¡si el pecado ya no está ahí, su olor permanece todavía!» (ver VD 78.177).

«Cuando nos acercamos audazmente a Dios, sin mediadores, Él huye y es imposible alcanzarlo...» Al contrario, «si te abajas, creyéndote indigno, [. ..] de acercarte a Él, desciende, se abaja para venir hasta ti, para complacerse en ti, y para elevarte a pesar tuyo [...].

¡Oh!, ¡cuánto ama la humildad de corazón!


5.9 ESCONDIDA HASTA EL FONDO DE LA NADA

Pero ¿quién ha vivido mejor que María «la humildad de corazón», ella que «se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada [...] durante toda su vida»? (VD 2). «Su humildad fue tan profunda -añade Montfort- que no tuvo sobre la tierra mayor y más continua inclinación que la de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas para que sólo Dios la conociera» (VD 3). Por ello Dios la «elevó y honró» (VD 25) y la constituyó «Reina del cielo y de la tierra» (VD 38; ver RM 41). Vivir la humildad del hombre es ante todo entrar en la de María, vivir el misterio pascual de ella.


5.10 DIOS NOS PRECEDE SIEMPRE

Pero no existe solamente la humildad del hombre. Existe también la de Dios. No hay que reducir la consagración por las manos de María a una simple experiencia de humildad humana. Es también ingreso en la humildad de Dios.

Sigo su ejemplo. ¡Él es mucho más humilde que yo,.... incluso que María! Cuando María se abaja delante de Dios declarándose su «humilde servidora», experimenta que Él desciende hasta ella, que se abaja hasta ella. Su humildad se encuentra con la de Dios que la precedió.

¡Dios nos precede siempre! Yo también, cuando me humillo, cuando me siento indigno de acercarme a Dios por mí mismo y acepto pasar a través de «mediadores», experimento que desciende hasta mí. Resulto precedido por aquel que me amó primero (ver 1 Jn 4,19).

Pero mientras yo tengo tantos motivos para humillarme, porque soy criatura, débil y... pecador, Él, Dios, ¿qué razón diferente de su amor tiene para humillarse? Si Dios pasa por María para venir hasta nosotros, haciéndose hijo suyo, no es solamente porque somos «indignos» de recibirlo «directamente de manos del Padre» (VD 16), sino también porque es el Amor en persona. Cuando uno ama de verdad, siempre es humilde, incluso cuando es Dios, ...sobre todo cuando es Dios.


5.11 UNA DEPENDENCIA QUE CONTINUA

A los ojos de Montfort, esa «humildad de Dios», esa dependencia que vive respecto de María son tan importantes, están tan en el centro del corazón de Dios que no pudieron interrumpirse: prosiguen todavía hoy. «En el cielo... -nos dice- nuestro Señor es todavía Hijo de María... conserva para con ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres» (VD 27).

¿Cómo es posible que Dios siga todavía hoy dependiendo de María? Uno tiene la impresión de que Montfort exagera realmente cuando lleva tan lejos esta humildad de Dios. Es cierto que, para hablar de la dependencia que Dios continúa viviendo hoy, Montfort se rodea de precauciones: «No veamos, sin embargo, en esta dependencia ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. María es infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios. Y por ello no le manda, como haría una madre a su hijo de aquí abajo, que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la gracia y la gloria [...] no pide, ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios» (VD 27).

Queda en pie no obstante que todo esto se comprende con dificultad porque Dios acepta -incluso hoy- depender de su madre.

5.12 LO QUE FALTABA A LA ENCARNACIÓN

Indudablemente se halla ante todo, en el fondo del pensamiento monfortiano, esa intuición de que si Dios, optó un día por «anonadarse», como dice san Pablo (Flp 2,7), ha vivido entonces una experiencia tan fuerte que se hace definitiva: no ha podido agotarse. Si Jesús, como dice Pascal, sigue «en agonía» hasta el fin del mundo, en todos sus miembros dolientes, ¿por qué no podría seguir «en dependencia»?

La Pasión no es el único misterio que Jesús sigue viviendo hoy. Sigue también viviendo su nacimiento: «Completo en mi carne -podría decir también san Pablo- lo que falta a la Encarnación de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (ver Col 1,24).


5.13 ENTRE LAS MANOS DE LA IGLESIA

Si Jesús sigue dependiendo hoy de María, en la gloria, ¿no es también porque sigue dependiendo de la Iglesia? «Cuanto desates en la tierra será desatado en el cielo..." (Mt 16,19; Jn 20,23); «Quien os escucha a mí me escucha quien os rechaza me rechaza a mí» (Lc 10,16).

Como el Padre lo había puesto todo entre sus manos al aceptar depender de Él (ver Jn 13,3), Jesús también lo ha colocado todo entre las manos de la Iglesia: su Cuerpo, su perdón, su gloria... aceptando depender de ella. Pero la Iglesia y María, son una. Las dos son nada fuera de Jesús, ambas dependen totalmente de Él. Quítese a la Iglesia y a María su relación con Dios y... ya no son nada. «María -escribe Montfort- es toda relativa a Dios. Y yo me atrevería a llamarla "la relación de Dios", pues sólo existe con relación a Él ...» (VD 225).

También la Iglesia por ser el Cuerpo de Cristo, es relación de Dios, depende totalmente de Él, «sólo existe con relación a Él». Pero es cierto decir también que Dios, por ser Amor, aceptó depender de María y de la Iglesia, ponerse en manos humanas. ¿No es quizá en el encuentro entre la «pobreza» del hombre y la de Dios, que la Iglesia y María viven su común misterio?

Por último, como lo recalca con razón el P. Laurentin (Dieu seul est ma tenderse, pág. 34-35; MR 5.42) esa dependencia de Dios respecto de María sólo tiene sentido a partir del amor que Dios nos tiene, el amor, cuya esencia misma es igualar lo que es inferior, y subordinar el mayor al menor.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, y Juan Pablo II en su encíclica mariana, han iluminado maravillosamente esa «unión íntima» de María con la Iglesia. Ambas son «vírgenes y madres». Ambas dependen totalmente de Jesús. Por último, si María es madre de la Iglesia, es ante todo «un miembro supereminente y absolutamente único» (LG 53; ver 62.64; RM 5.42), y a título de tal ella es el «modelo» (lb. 63-65).


5.14 LAS DOS PASCUAS DE JESÚS

Para Montfort, «entrar en la humildad de Dios» es, por tanto, ante todo entrar en su Encarnación, comulgar con lo que vivió en el momento de la Anunciación, cuando se anonadó aceptando depender de María. Sin embargo, todos saben perfectamente que la vida cristiana es antes que nada ingreso en la «Pascua» de Jesús. Ser bautizado, vivir el bautismo, es pasar con Jesús a través de su muerte a la resurrección. «Hemos sido -dice san Pablo- sepultados con Jesús por el bautismo, en la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4).

Ser cristiano es morir con Jesús, para resucitar con Él. ¿Cómo acontece, entonces, que Montfort, a pesar de presentar su «consagración» como una «renovación perfecta de los votos [...] del santo bautismo» (VD 126), nos invite con menor insistencia a compartir la Pascua de Jesús que su Encarnación?

5.15 LA PASCUA DE LA ENCARNACIÓN

La respuesta a esta pregunta es indudablemente muy sencilla. Para Montfort, la Encarnación, también es ya una «Pascua», la primera Pascua de Jesús, su primer paso por la muerte a la resurrección. Se ha acusado a veces a Montfort de hablar demasiado de la Cruz y no lo suficiente de la Resurrección; pero es que para él, el misterio pascual de Jesús, en lugar de estar sólo al final de su vida, está presente al comienzo. Él «paso» a través de la muerte hacia la Resurrección es una experiencia tan fuerte, tan central que en cierta forma ha invadido toda la vida de Jesús, hasta su infancia, hasta su nacimiento. Algo parecido a una piedra que se arroja al centro de un estanque. A partir del sitio donde se ha roto la superficie del agua se forma una serie de ondas concéntricas que se extiende hasta el borde.

Así el misterio pascual de Jesús que es el norte y centro de toda su vida la ha marcado en cierta forma de un extremo al otro, hasta su niñez. San Lucas, en los dos primeros capítulos de su evangelio, -llamados los «relatos de la Infancia»- nos muestra a la cruz ya presente en la pobreza del pesebre de Belén, el holocausto de los inocentes, la profecía de Simeón que destroza el corazón de María («este niño tiene que ser un signo de contradicción»: Lc 2,34), los tres días que Jesús estuvo perdido y lo encontraron, que preanuncian los tres días del sepulcro y ... la resurrección.

Para Montfort también, la Cruz de Jesús invadió toda su vida, hasta su infancia. Quizá con cierta falta de habilidad, nos muestra a «la Sabiduría encarnada [que] amó la Cruz desde la niñez. Tan pronto entró en el mundo, la recibió en el seno de su madre, de manos del Padre eterno, y la plantó en medio de su corazón... » (ASE 169).

5.16 LA PRIMERA "MUERTE" DE DIOS

Imposible remontar más arriba: en el momento mismo de la Encarnación la Cruz ya está presente. La Encarnación es la primera «muerte» de Dios. La expresión puede parecer un tanto fuerte, y sin embargo expresa a la perfección un aspecto del misterio. Cuando se es Dios, el Infinito, el Altísimo, no puede uno encarnarse, aceptar depender, obedecer, empequeñecerse sin ...«morir».

Lo que Dios vive en el momento de la Encarnación, es su primera «muerte», no es quizá la cruz del sufrimiento y la Pasión corporal, a los que somos mucho más sensibles, nosotros que vivimos en la carne, sino la cruz de la obediencia y la dependencia, la Pasión del espíritu y del corazón.

Sí, al hacerse uno de nosotros, Dios se ha «perdido» simple y llanamente, «anonadado», como dice san Pablo.

5.17 LA RESURRECCIÓN ANTES DE LA RESURRECCIÓN

Pero al «perderse» en favor nuestro, Dios se ha «encontrado» (ver Mt 16,25). La encarnación es también la primera resurrección del Hijo de Dios, su primera Pascua. Al aceptar «anonadarse», encontró la «plenitud» que el Padre «quiso hacer habitar en Él» (Col 1,19), y de la cual «hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1,16).

Montfort tradujo a su manera esa resurrección que vivió Jesús en el momento de su primera Pascua.«Este Dios-hombre -dice- encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno; hizo brillar su poder en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria en ocultar sus resplandores glorificó su independencia y majestad en someterse a esta Virgen... » (VD 18).

La «muerte» para Jesús en el momento de la Encarnación consiste en «verse prisionero», «dejarse llevar», «ocultar sus resplandores» y «depender»; y la «resurrección» -en ese mismo instante- se llama «libertad», «fuerza», «gloria», «independencia». Al «anonadarse», Jesús ciertamente no ha perdido su divinidad, al contrario. Se podría en cierta forma decir que nunca como entonces fue Dios. « En María -escribe Montfort- Dios se halla más espléndida y divinamente que en ningún otro lugar del universo... "(VD 5); Él se muestra con ella «grande, poderoso, operante e incomprensible, y mejor que en el cielo... » (VI) 165).

Antes del camino de la cruz, el camino de María que Jesús tomó para venir a nosotros es ya un camino de resurrección.

5.18 UN RESUMEN DE TODOS LOS MISTERIOS

Si Montfort nos invita a seguir el ejemplo de Dios comulgando en este primer misterio de la vida de Jesús es porque contiene en germen a todos los demás. Se lo podría llamar un «misterio programa».

Hay que volver a leer el hermoso número 248 del Tratado de la Verdadera Devoción que nos explica las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la Encarnación del Verbo [...]. En este misterio [Jesús] realizó ya todos los misterios de su vida por la aceptación de todos ellos; este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y gracia de todos ellos...» (VD 248).

En el momento de la Encarnación, todo lo que vendrá más tarde ya está presente, incluso el misterio pascual de muerteresurrección que Jesús sólo vivirá al final. Del mismo modo que, en la primera célula de un ser humano, todo su cuerpo, por complejo que sea, se halla ya, en cierta forma, contenido, «programado», así también en este primer misterio, en esta primera Pascua de Jesús, por invisibles que sean, están igualmente contenidas todas las «pascuas» futuras, hasta la Pascua definitiva.

El «sí» de la agonía está ya presente en el «sí» de la Encarnación y cuando Jesús acepta depender de María, acepta ya la muerte que llegará un día. Se pregunta a veces por qué Montfort insiste tan poco en la escena del Calvario donde Jesús al dar Madre al discípulo predilecto, hace de ella la madre de todos. Es que para él -como anota R. Laurentin-, María es nuestra madre desde la Encarnación. Su maternidad espiritual se halla ya presente en la Anunciación. El «sí» que pronuncia y la convierte en Madre de Jesús es también un «sí» a convertirse un día en madre nuestra.

Ya en la Anunciación nace la Iglesia. Si el misterio pascual de Jesús se halla ya presente en la Encarnación, del mismo modo también toda la Iglesia, todos los hijos de Dios, todos los miembros de Jesús se hallan ya presentes en ese Cristo que María engendra en el momento de la Anunciación.

Engendrando al que es Cabeza de la Iglesia, María, en el momento de la Anunciación, engendra también ya misteriosamente a todos sus miembros. En el instante preciso en que Dios se hace hombre en María, estamos ya misteriosamente presentes, comenzamos ya a ser hijos de Dios. Ya desde la Encarnación comienza Jesús a vivir su misterio pascual: también desde la Encarnación María comienza a ser Madre nuestra.

5.19 UN CAMINO MÁS HUMANO

Cuando se pregunta a quemarropa a alguien: «¿Qué fiesta prefieres, la de Pascua o la de Navidad?», se recibe a menudo la respuesta: «Prefiero la de Navidad». Es posible que esta preferencia revele cierta ignorancia. Se ha olvidado la importancia de la fiesta de Pascua: «Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe.» (1 Cor 15,14). Pero esa respuesta revela también otra realidad: la fiesta de Navidad nos parece más humana, más cercana a nosotros que la de Pascua.

No se olvide que antes de la Resurrección de Jesús tuvo lugar su muerte, y la Cruz nos atemoriza. En cambio, uno no teme a un niño. ¡Un nacimiento es siempre motivo de alegría! Se llega casi a olvidar que para convertirse en ese niño, Dios se anonadó, experimentó una «muerte». «Es la alegría la que es más fuerte» dice Claudel.

Quizá a causa de esta preferencia tan natural de los hombres por la fiesta de Navidad prefiere Montfort invitarnos a seguir a Jesús sobre todo en los misterios de su infancia y de sus «comienzos». ¿Quién de nosotros no conserva de su niñez un recuerdo maravilloso, mientras que el final de la vida de los hombres no es a menudo sino dolores?

Marcel Pagnol a lo largo de todo su libro Le Cháteau de ma mére, evoca el paraíso de su niñez con su hermano Pablo y su inseparable Lilí. Todo es alegría, paseos a caballo por las landas bajo el sol de Provenza... Pero de repente al final del libro, en violento contraste con esta gracia maravillosa de los «comienzos», tres páginas acaban rápidamente con este paraíso de la infancia. Primero la muerte de la madre, luego la de Pablito que parte a los 30 años, la de Lilí a quien mata durante la guerra una bala en la frente... Y el autor concluye: «Esa es la vida de los hombres. Algunas alegrías, muy pronto desvanecidas por inolvidables tristezas. No hace falta decirlo a los niños» (Le Cháteau de ma mére, Ed. Livre de Poche, pág. 376).

Incluso si va seguido de Pascuas, no es ante todo por el camino de los viernes santos y de las «inolvidables tristezas» que nos invita Montfort a seguir a Jesús, sino por el de Navidad y las gracias de la Infancia.

5.20 EL CAMINO DE MARÍA

Muy cierto, Montfort no olvida el camino de la Cruz. Habla tanto de él que se ha ganado la reputación de no ofrecer sino «cruces», de amar sólo el sufrimiento. En su Carta a los Amigos de la Cruz, nos invita -y ¡con qué intensidad!- a seguir valerosamente a Jesús, nuestro «jefe coronado de espinas» (AC 27) por el camino de su segunda Pascua, «en la pobreza, las humillaciones y los dolores» (AC 17).

Pero, en el Tratado de la Verdadera Devoción y El Secreto de María, Montfort habla poco de la cruz y nos invita a seguir sobre todo «el camino de María».Todo parece acontecer como si, una parte de su vida, Montfort hubiera ensayado a seguir a Jesucristo por el camino de la cruz, pero sobre este primer camino hubiera encontrado lo que él mismo llama «noches oscuras, extraños combates y agonías... », hubiera tenido que pasar por «escarpadas montañas [...], espinas muy agudas y pavorosos desiertos» (VD 152). Había corrido el riesgo de desanimarse. Hubiera entonces encontrado el «camino de María», el de la Encarnación, y «por el camino de María, se transita más suave y tranquilamente» (VD 152).

Una vez más, no habría que oponer los dos caminos. En el «camino de María» también se encuentra la Cruz, con «grandes combates que librar y grandes dificultades que vencer». En el camino de la Cruz también se encuentra a María. Parece sin embargo que Montfort hubiera descubierto que el primer camino era más humano (más «fácil» -dice él-, más «corto») y que este descubrimiento se le hubiera impuesto a lo largo de la vida, con mayor fuerza cada vez.

Como Dios, hay que «comenzar» por María.

5.21 BAUTIZADOS EN UN NACIMIENTO

Indudablemente se podría llamar al camino monfortiano una «senda de comienzos». De un extremo a otro del Tratado de la Verdadera Devoción y de El Secreto de María, se halla continuamente -como un estribillo provocador- esa referencia a los «comienzos». «Por medio de la Stma. Virgen vino Jesucristo al mundo...» (VD 1). Por María comenzó la salvación del mundo... María es «el camino por el cual vino Jesucristo al mundo la primera vez... » (VI) 49.50).

Todo cristiano, y por tanto todo monfortiano, no tiene otra cosa que hacer sino «seguir a Jesús» (« Si alguien quiere venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» [Mt 16,24]). Pero Montfort, con toda sencillez, nos invita a «seguir a Jesús» desde el comienzo.

Por lo demás, la espiritualidad monfortiana no es otra cosa que una espiritualidad del bautismo. Todo cristiano está llamado a vivir esta experiencia de ser «sumergido» [«bautizar» significa «sumergir»]. También con toda sencillez, nos invita Montfort a «sumergirnos» primero en esta primera «muerte» de Jesús que constituyó su «dependencia de María». Si uno se atreviera, podría llegar a decir, que por nuestra consagración, hemos sido bautizados, en el «nacimiento» de Jesús, antes que en su «muerte».



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