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Un Padre que es Dios y una Madre que es María
8.1 UN PADRE QUE ES DIOS Y UNA MADRE QUE ES MARÍA
«Así como, en el orden natural, todo niño necesariamente tiene un padre y una madre, del mismo modo, en el orden de la gracia, todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien se jacte de tener a Dios por Padre, pero no muestra hacia María la ternura de un verdadero hijo, no será más que un impostor... » (SM 11).
Si la Encarnación prosigue hoy tal como comenzó, si los «otros Cristos» que somos nosotros, nacen del mismo modo que Jesús del Espíritu Santo y de María, entonces también como él somos hijos del Padre y de María. No sólo tenemos el mismo Padre, sino también la misma Madre. Cuatro razones pueden ayudarnos a penetrar en esta verdad de vida. Si todos tenemos no sólo un Padre que es Dios sino también una Madre que es María, hermana nuestra en humanidad, ello es ante todo cuestión de «pobreza», pero también cuestión de humanidad, de «participación» y de verdad.
8.2 CUESTIÓN DE POBREZA
Cuando recitamos el Padrenuestro, lo hacemos con frecuencia de carrera y llegamos al final de la oración, sin la menor inquietud. ¡Y sin embargo! Acontece que hay niños o santos que, presos de vértigo, se detienen desde las primeras palabras. «Padre nuestro». ¡Qué fácil decirlo! Un tanto más difícil, quizá hasta imposible... vivirlo, cuando hacemos como lo pide Montfort «una seria reflexión» (VD 139), acerca de nuestra condición de hijos de Dios.
8.3 ¿TENER A DIOS POR PADRE?
Quizá es suficiente pasearnos de noche, bajo un hermoso cielo de invierno, y contemplar las estrellas. ¿No era esto lo que Dios pedía a nuestro padre en la fe? «Dios dijo a Abrahán: alza los ojos al cielo, y cuenta, si puedes, las estrellas... (Gn 15,5). Como él, contemplo los astros, no intento siquiera contarlos, pienso en sus distancias: la estrella más cercana: cuatro años luz... la galaxia de Andrómeda que puedo percibir como una pequeña mancha blanca en un ángulo perdido del firmamento, se halla a 1.900.000 años luz, o dos millones (los sabios no lo saben con exactitud, ¡tan lejanas! Me detengo, cierro los ojos. Me dejo penetrar por lo infinitamente grande y pienso: al creador de todas estas maravillas (porque pienso también en lo «infinitamente pequeño», en lo «infinitamente complejo»), al «Altísimo», al «Infinito», ¡puedo llamarlo «Padre»!
¿Cómo es posible? ¡Tener el mismo Padre que Dios! Porque es exactamente eso: Jesús es Dios y tengo por Padre al mismo Padre que Él. ¿Qué llegaré a ser? porque no sólo soy criatura (entre Dios y yo, hay precisamente una distancia infinita) sino que soy... ¡pecador! «Aléjate de mí, que soy un pecador» (Le 5,8), le decía Pedro a Jesús.
8.4 ¿DIOS HERMANO NUESTRO?
Ciertamente, para acercarnos al Padre, tenemos a Jesús que es nuestro «mediador», pero el P. de Montfort no duda en decir que «Necesitamos de un mediador ante el Mediador mismo» (la Verdad fundamental: VD 83-86).
«No es Jesús, acaso, Dios igual en todo a su Padre, y, por consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su Padre?» (VD 85).¡Tampoco es nada tener a Dios por Hermano nuestro! Quizá incluso es más difícil que tenerlo por Padre, a causa de la cercanía insoportable: «Aléjate de mí, que soy un pecador».
8.5 ¡LA SABIDURÍA VA A VENIR A NOSOTROS...!
En El Amor de la Sabiduría Eterna, imagina Montfort un instante en que vamos a recibir el don de la Sabiduría: la Sabiduría va a venir a nosotros, ¡qué maravilla! Pero, ¡ay! Se ve perfectamente, nos dice Montfort en su estilo, que no tenemos ni idea de la grandeza de Dios, de su santidad ni de nuestra condición de pecadores. O bien nos portamos como si no tuviéramos conciencia de ello... ¿Creernos acaso que podemos brindar asilo a lo Infinito del Amor en nuestro miserable corazón?
«¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas?... ¿Nuestro corazón? ¿Ignoras, quizá, que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones y, por tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped?» (ASE 209.210).
En el fondo, Montfort nos reprocha esa falta de «respeto a Dios» de que habla la Escritura y que no es quizá otra cosa que la conciencia de la grandeza de lo que vivimos. ¡Ah! ¡Si supiéramos! Pero, ¡ay!, no sabemos lo que vivimos. Y cuando se recibe la gracia de «saber lo que vivimos», de tomar conciencia -aunque sea sólo en mínima parte lo que significa ser «hijos del Padre», nosotros «pobres pecadores«... entonces nos sentimos contentos de tener también una Madre que es María. La vida de Dios que recibo del Padre infinitamente santo y grande, si al mismo tiempo no la recibiera de María, quizás no la podría soportar; quedaría como «aplastado» por el «peso de la gloria».
María viene a humanizar a Dios, a humanizar al Amor y hacer muy sencillamente que sea posible y vivible para un ser humano y un pecador: «Ruega por nosotros, pecadores». Cuando tomo conciencia de que con el mismo amor con que me ama el Dios Altísimo, me ama al mismo tiempo el corazón de una persona humana, María, hermana en humanidad, entonces, -como decía el viejo Padre Monier-, «¡Esto funciona!».
8.6 UN GRAN DESEQUILIBRIO
Sí, ¡esto funciona!, y sin embargo, al reflexionar en ello, percibimos que nuestra vida de hijos de Dios -al igual que la de Cristo- está edificada sobre un inmenso desequilibrio, tal como quizás sólo el Amor lo puede construir. Esa vida nueva que crece en mí, la estoy recibiendo de dos fuentes que ciertamente no se hallan al mismo nivel: mi Padre es Dios (tú, «Padre nuestro que estás en el cielo»), Altísimo, infinito, y mi madre es María, pequeñita, «la humilde María», dice Montfort (VD 157).
Uno puede escandalizarse o sonreír ante semejante desequilibrio. En realidad hay que avanzar todavía un poco más. Porque el Amor sobre todo cuando es Dios (1 Jn 4,8.16), lo vuelve todo al revés. Recordémoslo: el amor engrandece lo pequeño, y empequeñece lo grande. María es verdaderamente Madre de Dios sin dejar un solo instante de ser criatura. Y Dios, nuestro Padre, acepta «anonadarse» en su Hijo Jesucristo sin dejar de ser Dios.
«El que es, dice Montfort, quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es se convierta en Dios o en el Que es; lo ha hecho con toda perfección entregándose y sometiéndose totalmente a la joven Virgen María, sin dejar de ser al mismo tiempo el Que es desde toda la eternidad... » (VD 157).En el fondo, resulta casi tan difícil para nosotros decirle a María «Madre» como a Dios «Padre», aunque las razones no sean las mismas. A Dios, porque es demasiado grande. A María, porque es demasiado pequeña. Muy, pero muy pequeña. «La pequeña María» (VD 157) de quince años, y meramente humana: ¡convertirse en Madre de Dios y de la humanidad! Pero ninguna realidad es demasiado pequeña para el Altísimo cuando su amor quiere hacerla grande.
8.7 CUESTIÓN DE HUMANIDAD
Si María es nuestra Madre, esto es también cuestión de humanidad. «Así como en la generación natural y corporal, concurren el padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios, y una Madre, que es María» (VD 30).
En esta vigorosísima afirmación, la expresión importante es «así como». «así como en la generación natural... también en la generación sobrenatural...», un «así como» de semejanzas tanto más desconcertantes cuanto que, por lo demás, Montfort (sobre todo cuando habla de la Sabiduría de Dios en contraposición a la sabiduría humana marcada por el pecado) no cesa de insistir en la diferencia e incluso en la oposición entre Dios y nosotros.
La sabiduría del mundo es tan contraria a la sabiduría de Dios «como las tinieblas a la luz y la muerte a la vida» (ASE 199). En realidad lo que Montfort contrapone, cuando insiste en las diferencias, no es a Dios y el hombre, a la gracia y la naturaleza, sino a la gracia y el pecado. Si no existiera el pecado en el mundo, no habría oposición entre la sabiduría del hombre y la sabiduría de Dios, ni habría «paradojas» en el Evangelio; sólo habría «parábolas». Porque Jesús no habla sólo en «parábolas» sino también en «paradojas».
8.8 PARADOJAS Y PARÁBOLAS
Cuando Jesús habla en parábolas dice: el reino de Dios es como la vida...: «el sembrador salió a sembrar..., un hombre tenía dos hijos..., una mujer tenía diez dracmas y perdió una..., ¿quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le da una piedra...?» (Mt 13,3; Lc 15,11; 15,8; Mt 7,9).
Pero cuando Jesús dice «paradojas», dice al contrario: el reino de Dios no es de ningún modo como en la vida: en la vida «los jefes de las naciones las tiranizan y los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor suyo... » (Mt 20,25). En el mundo, ganando la vida se la salva, pero en el reino, sucede al contrario, el que pierde la vida la encuentra (Mt 16,25.26). En el mundo, si quieres ser el primero, tienes que colocarte en el primer lugar; en el reino, por el contrario, ¿quieres ser le primero?, ponte en el último lugar (Mc 10,44; Lc 14,10).
Podríamos decir que, así como el Evangelio, del que no es sino una «lectura» entre otras, el pensamiento monfortiano se realiza por la unión muy estrecha entre «paradojas» y «parábolas». Las «paradojas» gravitan en torno a la Cruz. Y las «parábolas», en torno a María. La cruz nos dice que «los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos» (Is 55,11) y que entre el pecado y el amor hay una oposición total. Pero María nos recuerda que el hombre tal como fue creado «a imagen y semejanza de Dios», es fundamentalmente bueno, porque a imagen de su vida de hombre humana se le restituye la vida de Dios.
8.9 UN PADRE Y UNA MADRE
Sí, el reino de Dios se parece a la vida humana: tenemos un padre y una madre en la tierra, y tenemos también un Padre y una Madre en el cielo. El Padre de Montfort añade incluso: «Quien no tiene a María por Madre no tiene a Dios por Padre» (VD 30). Si en la vida humana, tenemos un papá y una mamá, ¿cómo será posible que en nuestra vida divina, tengamos sólo un Padre, y no una Madre? Todo el mundo diría «si no es humano! ».
Los niños lo saben mejor que nosotros: Un día un niño de cinco años aprendía a hacer la señal de la Cruz que la madre le hacía repetir con mucha paciencia: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...: repite conmigo». Y el niño repetía, naturalmente, mezclándolo todo, como hacen los chicuelos.-No, hijo mío, no se dice: En el nombre del Padre y del Espíritu Santo..., repite ahora conmigo: «En el nombre del Padre y del Hijo...»-¿Y después? -Del Espíritu Santo. -¿Y del Espíritu Santo?-Sí, ... y del Espíritu Santo. El niño se detiene un momento, mira a su madre, y de repente, luego de un silencio, exclama:-¿Y la madre, dónde está? Ese niño que tenía frente a su madre y no sabía qué hacer con el Espíritu Santo, había comprendido claramente que si él, niño de cinco años, tenía una mamá, el «Hijo» del «Padre» debía ciertamente tener también una.
8.10 ¿HUÉRFANOS ESPIRITUALES?
¡Qué pena! Lo que los niños saben muy bien, lo hemos olvidado nosotros. Como para tantas otras cosas, nos hace falta ponernos a la escuela de las evidencias y de los niños. O reconocer que lo «divino» no tiene mayor cosa que ver con lo «humano», que están totalmente desvinculados el uno del otro. Pero, ¿cómo es posible entonces, sobre todo hoy cuando se habla tanto de promoción del «hombre» en general, y de la «mujer» en particular? Y sin embargo, ¡cuántos hay entre nosotros que viven como cristianos nacidos de «madre desconocida»!, o, esa madre que tuvieron, la perdieron o... la olvidaron. ¡Cuántos huérfanos espirituales!
8.11 CUESTIÓN DE PARTICIPACIÓN
Si María es nuestra madre, si el Espíritu Santo no quiso hacer nada sin la «pobreza» de su humanidad, de su virginidad, es también cuestión de «participación».
Dios nos ama demasiado para hacerlo todo él sólo. María representa -primero para el nacimiento de Jesús-, pero también para el de los demás Cristos, que somos nosotros, la participación de la humanidad. «Hacen falta dos para hacer un niño». Hacen falta dos también para hacer un hijo de Dios: el Espíritu Santo y la humanidad, el Espíritu Santo y la Iglesia, el Espíritu Santo y María.
María representa la participación de la humanidad, de la iglesia, esposa de Dios para el nacimiento de Cristo en el mundo. Aunque no emplee el término «participación», Montfort insiste en la «dependencia» que Dios quiso vivir haciéndolo todo sólo por María. Tanto para dar a luz a Cristo, como para hacernos miembros suyos hoy o para comunicarnos sus gracias y dones, quiso Dios y quiere todavía hoy necesitar de ella.
Resumiendo en el No. 140 del Tratado de la Verdadera Devoción lo que había desarrollado ampliamente al comienzo del libro (VD 14-39), el P. de Montfort exclama, retomando para cada una de las tres personas divinas las tres grandes etapas de la Encarnación:
«El Padre no dio ni da su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por ella. Dios Hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes sino por ella. El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo por ella forma a los miembros de su Cuerpo místico y reparte sus dones y virtudes» (VD 140).
8.12 LA PARTICIPACIÓN DE LA IGLESIA
Pero las expresiones (como la repetición «por ella») no deben engañarnos. La participación de María no forma sino una sola realidad con la de la Iglesia, de la humanidad, de cada uno de nosotros. María brinda una participación perfecta (es la Inmaculada) y para todos (es la nueva Eva) y para siempre. Pero no se la debe desvincular de la Iglesia que también es «madre» y de cada uno de nosotros llamados también a participar en el nacimiento de Cristo en nosotros y en nuestros hermanos, por la fe.
«¿Quién es mi madre?», preguntaba Jesús; y respondía él mismo: «Mi madre y mis hermanos, son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). Por tanto, por la fe, por «la escucha de la palabra de Dios» que María ha vivido en perfección, puedo en cierta forma, yo también, con toda la iglesia, compartir la vocación de María, madre de Jesús.
Como lo dice muy bien el Vaticano II: «...al contemplar la santidad misteriosa de la Virgen e imitando su caridad, cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, la Iglesia se hace a su vez madre, gracias a la Palabra de Dios que recibe en la fe: por la predicación, en efecto, y por el bautismo, engendra a la vida nueva e inmortal, de los hijos concebidos del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (LG 64).
8.13 LA PATERNIDAD DEL APÓSTOL Y LA MATERNIDAD DE MARÍA
El apóstol Pablo tiene también clara conciencia de que su obra evangelizadora no es sólo cuestión de técnica, de palabras y contactos: se trata de un «nacimiento». Y a quienes ha llevado la buena noticia se atreve a decirles: «Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19). » «Como cristianos fui yo quien os engendré con el evangelio» (1 Cor 4,15).
Y Montfort recoge las expresiones, como eco, en su carta a los habitantes de Montbernage a quienes había predicado una misión: «...Me tomo la libertad de escribiros, antes de partir, como lo haría un padre afligido a sus hijos... ¡El cariño cristiano y paternal que os tengo es tan grande, que os llevaré siempre en el corazón, en la vida, en la muerte y en la eternidad» (CM 1).
Pero esta paternidad del apóstol, esta maternidad de la Iglesia, forman una sola con la de María que es su fuente. «Y se pueden aplicar a María con mayor razón de la que tenía san Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros hasta la plenitud de la edad adulta» (VD 33; Ver Gal 4,19 y Ef 4,13 y RM 43).
8.14 LA MATERNIDAD DE MARÍA Y LA DE LA IGLESIA
Ambas, María y la Iglesia, pronuncian estas palabras que son verdaderas de cada una de ellas y sus dos maternidades no son más que una. Cuando María, engendró en sí a Jesús por el Espíritu, dio comienzo a una experiencia que no terminará nunca, porque es una invitación lanzada a toda la humanidad a engendrar también a ella, por el Espíritu Santo y con María, a su Salvador.
Pero también cuando la Iglesia, madre nuestra, engendra todos los días a los «hijos de Dios», sabe perfectamente que sólo la que dio al mundo la «Cabeza del Cuerpo» puede también engendrar hoy a sus miembros. Jamás Montfort puso de manifiesto con tanta claridad ese vínculo entre la maternidad de María y la de la Iglesia como en esta frasecita de El Secreto de María: «Todo verdadero hijo de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre» (SM 11).
Los verdaderos hijos de la Iglesia son los del Padre y de María. Montfort anticipa así -podemos decirlas grandiosas intuiciones del Vaticano II que proclama: «En el ejercicio de su apostolado, la Iglesia vuelve los ojos a justo título hacia aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen precisamente a fin de nacer y crecer también por la Iglesia en el corazón de los fieles. La Virgen ha sido en su vida el modelo de ese amor materno del que deben hallarse animados cuantos, asociados a la misión apostólica de la Iglesia, trabajan en la regeneración de los hombres» (LG 64; ver RM 43).
La Encíclica de Juan Pablo II sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia insiste fuertemente en el vínculo entre María y la Iglesia. Ambas, María y la Iglesia, son «vírgenes y madres» (n. 42). Ambas engendran por la fe (43), dependen totalmente de Cristo, en su ser y en su actuar (38). Y sobre todo, ambas se iluminan mutuamente. Del mismo modo que el misterio de Cristo y de María se iluminan mutuamente, así sucede con el misterio de María y el de la Iglesia (n. 4.27.30.31).
8.15 CUESTIÓN DE VERDAD
Fuera de ser una cuestión de «participación», se trata pues también de una cuestión de «verdad».
Cuando Montfort establece con todo vigor que «quien no tiene a María por Madre, no tiene a Dios por Padre» (VD 30), empalma en cierta forma con las palabras de Cristo a los fariseos que pretendían tener a Dios por Padre: «Si tuvieran a Dios por Padre, me amarían, porque yo procedo de Él ...» (Jn 8,42). Y coincide también con las palabras de san Juan: «Si uno dice: Amo a Dios, pero detesta a su hermano, es un mentiroso; quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo amará a Dios a quien no ve?» (1 Jn 4,20).
En ambos casos se trata de una «llamada a la humanidad», a la iglesia. Se podría traducir así: «¿Dicen que tienen a Dios por Padre? ¿Y se dirigen a El diciéndole: «Padre nuestro que estás en el cielo»? Comiencen entonces por considerar a la humanidad como madre. Por aceptar la maternidad de la Iglesia y de María. ¿Podéis vosotros decirle a Dios «Padre nuestro» si no sois capaces de decirle también «Madre nuestra» a un ser humano, a María, madre de Jesús?»
8.16 UN CAMINO QUE DIOS SIGUIÓ
Ya en sus días escuchaba Montfort una objeción que se repetirá siempre: Mejor ir directamente a Dios, ¿para qué pasar por la Virgen María? Una criatura sólo puede constituir un obstáculo para unirnos al Creador (VD 164; SM 21).
Y Montfort respondía que María no es una criatura como las demás: no sólo no constituye un obstáculo en el camino, sino que ella se convierte en camino hacia Jesús: «¿Será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con él?» (VD 164).
Claro está, no tenemos más mediador que Jesús (1 Tim 2,5) y si María es un «camino» para avanzar hacia Dios se debe a que no constituye sino un «Camino» único con su Hijo (in 14,6; VD 61) de quien recibe cuanto ella es.
Pero hay más: ¿no es Jesús mismo quien quiso tomar el «camino» de María para venir a nosotros? ¿Y pretendemos nosotros prescindir de ella para llegar a Jesús?¿No quiso Él, acaso, Hijo eterno del Padre, hacerse Hijo de María?
María no sólo no es «obstáculo» sino que es camino querido por Dios, tomado por él. María es un camino de Dios hacia el hombre, antes de ser camino del hombre hacia Dios.
8.17 REFERENCIA A LA IGLESIA
¿No nos remite al hombre Jesús mismo -en nombre de la «verdad»- desde que nos volvemos hacia El? «Pero, Señor, ¿cuándo te vimos? ...: tuve hambre, tuve sed... lo que hicieron al más pequeño a mí lo hicieron» (Mt 25,37-40).
Podríamos casi decir que Jesús mismo habla de estas dos mediaciones (que no constituyen sino una) para ir al Padre: la suya: «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6) y la de la Iglesia: «Lo que hicieron al más pequeño... a mí lo hicieron» (Mt 25,37ss).
Él mismo relaciona también las dos mediaciones cuando dice, por ejemplo: «El que acoge a uno de estos pequeñuelos (primera mediación), me acoge a mí; y el que me acoge a mí (segunda mediación), no me acoge a mí, sino al que me envió» (Mc 9,37). «Quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16).
Lo que se le hace al más pequeño, lo que se le hace a la Iglesia (No hacemos aquí distinción entre iglesia jerárquica, ministerial y la Iglesia «Cuerpo místico de Cristo»), se le hace al mismo Jesucristo; y ¿habrá quien quiera que lo que se hace a María que es la Iglesia en perfección no se lo haga directamente a Jesucristo sin mediación ninguna? ¿Cuántos aceptan la mediación de la Iglesia que es santa, pero también es pecadora, y rechazan la mediación de María que es santa, que es la Inmaculada?
La «verdad» de nuestro ser de cristianos no es distinta de la de Jesús. Pero lo que lo hace a Él en sí mismo no es que se «recibe» solamente de su Padre, sino también de la humanidad, de María, por el Espíritu Santo. También nosotros debemos «recibirnos» de nuestro Padre que es Dios y de nuestra Madre que es María.
«El que no tiene a María por Madre -como la tiene Jesús- no puede tener a Dios por Padre» (VD 30).


