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El misterio de la Cruz
11.1 EL MISTERIO DE LA CRUZ
«La cruz es un misterio muy profundo en la tierra, sin muchas y altas luces no podrás entenderlo. Un alma iluminada lo podrá comprender; pero debe entenderlo quien se quiera salvar» (CT 19,1).
Cuando el P. de Montfort aborda la Cruz que se halla en el centro de su mensaje espiritual, nos previene desde el principio: «La Cruz es un misterio muy profundo... »; para comprenderlo se necesitan «luces abundantes» y una «inteligencia elevada», es decir, una gracia muy especial del Espíritu Santo para elevar nuestra inteligencia hasta una altura que la supera. Sólo él puede concedernos el comprender porqué «no hay amor más grande que dar la vida» (Jn 15,13), porque «es preciso que el Hijo del hombre sufra mucho, sea rechazado..., muerto, y resucite al tercer día», porque es preciso también que todo cristiano «renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día, y siga a Jesús» (Lc 9,23).
Por ello, el Espíritu Santo nos va a guiar a través de todo este capítulo. Pero incluso antes de que él nos ayude a acercarnos humildemente, de lejos, a un «misterio» tan sublime, él que es Espíritu de relación, va a enseñarnos a unir profundamente, sin separarlas nunca, la Cruz y la Sabiduría, la cruz y la felicidad, la Cruz y María, la Cruz y la Resurrección.
11.2 LA CRUZ ES LA SABIDURÍA
«La Sabiduría es la Cruz, proclama Montfort, y la cruz es la Sabiduría» (ASE 180).
Por esta audaz identificación, nos advierte el misionero que no se puede separar la cruz de Jesús, de la Sabiduría de Jesús, de la Sabiduría que es Jesús. La Sabiduría es la Cruz, porque Jesús se identifica con la sabiduría de su Amor que lo ha llevado a entregar su vida. No se hallan de una parte Jesús Sabiduría y de otra su cruz su experiencia pascual. La Sabiduría es la cruz. Jesús es una pascua viviente (1 Cor 5,7).
Nosotros también, cada uno, nos identificamos con nuestra «sabiduría», incluso si esta sabiduría no es siempre una sabiduría de amor. «Dime cuál es tu sabiduría y te diré quién eres».La Cruz es la Sabiduría, porque lo que es «necedad» a los ojos de los hombres es verdadera «sabiduría a los ojos de Dios» (1 Cor 1,27).
Si Dios ha escogido lo necio y lo que no es, no es sólo para confundir a los sabios, sino también porque la necedad del Amor es verdadera sabiduría.
11.3 LA FELICIDAD DE LA CRUZ
«Si la Cruz fuera sufrimiento por el sufrimiento, no tendría sentido, habría que rechazarla con todas las fuerzas. Y de todos modos no podríamos escapar de lanzarle ese rechazo porque en todo nuestro ser estamos hechos para la felicidad. Incluso algunos enfermos, más o menos masoquistas que gustan de hacerse sufrir, lo hacen porque en ello encuentran cierto placer.
Pero, ¿es posible confundir esta felicidad malsana con la de las bienaventuranzas? Hay «sufrimiento» y «sufrimiento», lo mismo que «felicidad» y «felicidad». La «Cruz» no es no importa qué sufrimiento: es el sufrimiento por amor, ése que se halla inscrito en el corazón de las bienaventuranzas. «Dichosos los que eligen ser pobres...; los que trabajan por la paz, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia... » Porque -seamos realistas- la pobreza elegida es sufrimiento, trabajar por la paz es sufrimiento, las lágrimas, el hambre y la sed de justicia son sufrimiento... y no obstante: «Dichosos los que eligen ser pobres..., Dichosos los que construyen la paz.... Dichosos los que lloran...» Este sufrimiento sí, éste es la Cruz, que es la Sabiduría. Y si los rechazo, renuncio al Amor.
11.4 LA CRUZ Y MARÍA
Tampoco hay que separar la Cruz de María. En primer lugar porque María se ha identificado también con el sufrimiento por amor, al vivir en su ser de mujer y su persona de criatura bajo forma de Compasión, la Cruz de su Hijo. Pero además, porque Montfort nos lanza una especie de desafío que ya hemos encontrado (ver cap. III). «No puedes vivir la Cruz sin María, sin su «dulce presencia«». «Creo, escribe, que una persona que quiere... vivir en Jesucristo, y por consiguiente sufrir persecuciones y cargar todos los días con la cruz, no llevará jamás cruces pesadas, o no las llevará gozosamente ni hasta el fin, sin una tierna devoción a la Sma. Virgen» (VD 154).
Una triple postura: tres condiciones deben reunirse para amar de verdad y «vivir en Jesucristo». llevar «cruces pesadas», llevarlas «gozosamente» y... «hasta el fin». ¿De qué serviría cargar gozosamente cruces pesadas si no es «hasta el fin»? ¿De qué, cargar gozosamente y hasta el fin cruces pequeñitas que no están a la altura del «gran amor» que nos espera? (Ef 2,5). ¿Y de qué, sobre todo cargar «hasta el fin» grandes cruces, si no se llevan con gozo? El gozo es fruto del Espíritu Santo (Gal 5,22), y si el Espíritu de Amor no nos anima, el sufrimiento nos destruye. Ahora bien, Montfort nos desafía a cumplir las tres condiciones: la grandeza del don, la perseverancia y sobre todo el gozo, «sin una tierna devoción a la Sma. Virgen».
A medida que vayamos avanzando en el misterio de la Cruz, tal como Montfort nos la presenta, sería preciso no olvidar estos tres fortísimos vínculos. No se debe separar la Cruz de Jesús, del Espíritu de Amor ni de María. Fuera de ellos, la Cruz es sólo puro sufrimiento y nos destruye.
11.5 LA CRUZ Y LA RESURRECCIÓN
No hay que olvidar otro vínculo muy fuerte: el de la Cruz con la Resurrección. También sin la Resurrección, la Cruz carece de sentido, es puro absurdo, es solamente muerte. Hay quienes se quejan con razón de que el P. de Montfort hable poco de la Resurrección. No obstante, si su mensaje espiritual no es más que una «traducción», entre otras, del Evangelio, hay entonces que retomar de alguna manera su misterio central: la Pascua de Jesús, su «Paso» de la muerte a la Resurrección.
Aunque no lo sea a nivel de la expresión, en el fondo, la espiritualidad monfortiana es una espiritualidad Pascual. Incluso si Montfort es más sensible a la Encarnación que a la Redención, se tiene la clara sensación de que la Resurrección se halla ya presente -lo hemos visto [cap. V] desde la Anunciación.
Al hacerse uno de nosotros, Dios se «anonada», pierde, podría decirse, su divinidad; pero al perderla la encuentra. Al aceptar depender de una persona humana, podría decirse también, pierde su libertad de Dios, pero al perderla la encuentra. Dios, nos dice Montfort, en el hermoso No. 18 del Tratado de la Verdadera Devoción, encontró su libertad en verse aprisionado... Hizo brillar su fuerza en dejarse llevar por esta jovencita; encontró su gloria en ocultar sus resplandores... Glorificó su independencia en depender...
No hay que engañarse: todas estas palabras «libertad», «fuerza», «gloria», «independencia» quieren decir juntas «Resurrección», una Resurrección anticipada, una «pre-resurrección», ya para hoy [ver cap. V].
11.6 RESURRECCIÓN ANTICIPADA
Pero esta «resurrección anticipada» no lo es sólo para Jesús. Lo es también para nosotros que somos sus miembros y formamos uno con Él. También nosotros podemos experimentar esa resurrección que se llama «libertad», «fuerza», «gloria», «independencia»...
Montfort nos invita a experimentar estas realidades viviendo lo que llama «la alegría de la Cruz». Porque la Cruz, en nuestras vidas, no es sólo «muerte». Es también «resurrección», «resurrección» vivida ya misteriosamente de este lado de la muerte, como un gusto anticipado, como «arras» (Col 1,22), como un anticipo y una promesa de lo que acontecerá un día.
La «Resurrección» no es sólo para mañana, es ya para hoy. «Están resucitados con Cristo...» dice san Pablo; y san Juan añade: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos... » (1 Jn 3,14). «En verdad, dice Jesús, el que cree posee ya la vida eterna» (Jn 6,47). ¿No será la felicidad de la Cruz otra cosa que la experiencia de la «resurrección» y de la «vida eterna» prometida desde ahora a quien ama y cree de verdad? Se ha dicho que «la religión es el opio del pueblo» porque adormece a los que sufren con la promesa de una felicidad futura. Montfort tiene por lo menos el mérito de hablarnos de una felicidad en la Cruz para hoy. Escuchémoslo cuando nos recuerda siempre que la «Cruz» de que nos habla es el sufrimiento por amor, el sufrimiento que se encuentra en el centro de todas las Bienaventuranzas de Jesús.
11.7 LO MÁS GRANDE QUE HAY EN EL CIELO
« ¡Ah, si los cristianos supieran el valor de las cruces!, le escribe a una religiosa. Caminarían cien leguas para encontrar una sola...» (C 13). Escribe igualmente a su madre: «En la nueva familia en que me hallo, me he desposado con la sabiduría y con la cruz en donde se hallan todos mis tesoros temporales y eternos, terrenos y celestes, pero tan valiosos que si se los conociera, Montfort causaría envidia a los ricos y a los más poderosos reyes de la tierra» (C 20). Y por último, en otra carta a María Luisa de Jesús: «Que me calumnien, me escarnezcan, hagan jirones mi reputación ... Qué dones tan preciosos, qué manjares tan delicados, qué grandezas tan cautivadoras... Son el equipaje y cortejo necesarios de la divina Sabiduría, que hace llegar a casa de aquellos en quienes quiere morar... » (C 16).
Habría que leer todo el capítulo XVI del Amor de la Sabiduría Eterna, o cánticos como el intitulado «Tesoros de la Cruz» (C 123), para descubrir que a los ojos de Montfort la Cruz, porque es amor, es felicidad no sólo para él, sino también para Jesús y para nosotros:
«La Sabiduría encarnada, escribe, amó la Cruz desde su niñez,... durante toda su vida, la buscó fervientemente durante toda la vida... Se desposó con ella con amor inefable en la encarnación... La buscó y llevó con indecible gozo durante toda su vida» (ASE 169.170).
«Hallo en mi sabiduría [habla Jesús] tesoros en la pobreza, esplendor en la humildad y grandeza en la humillación» (CT 123,3). «Alégrense, pues, y salten de júbilo, escribe Montfort a los Amigos de la Cruz, cuando Dios les dé parte en alguna cruz excelente, porque lo más grandioso que hay en el cielo y en Dios mismo cae sobre Uds. ...El mayor regalo de Dios es la Cruz» (AC 35).
11.8 LAS PARADOJAS EVANGÉLICAS
Aunque ya sabemos que «la Cruz» no puede ser el sufrimiento por el sufrimiento y que no tiene sentido fuera del amor que nos permite vivir, tenemos la sensación clara de que es un «misterio».Ciertas expresiones que utiliza Montfort desconcertantes, incluso chocantes, tienen por lo menos el mérito de advertirnos, casi como las paradojas del Evangelio, que nos acercamos al «misterio» del Amor, a una Sabiduría que nos supera. Es en cierta forma como si el misionero nos previniera a su manera: «¡Atención, aquí nuestra sabiduría humana va encontrarse con la Sabiduría misma de Dios!, aquí, ¡nuestros pequeños cálculos egoístas van a herirse con el amor mismo! ¡Va a darse un choque!».
Cuando el misterio es demasiado grande, es conveniente no abordarlo muy de cerca, y tomar las requeridas distancias, contemplarlo primero desde lejos, en un conjunto que ilumina, luego de irse acercando lentamente a él, para familiarizarse poco a poco, y acomodar los ojos de la inteligencia, del corazón (Ef 1,18) a esa luz que podría cegarnos. Tres «accesos» pueden ayudarnos a abordar el «misterio de la Cruz» : la Palabra de Dios, el testimonio de los santos y el mensaje del mismo Montfort.
11.9 LA PALABRA DE DIOS
La Palabra de Dios nos ayuda a comprender la «Alegría de la Cruz». Uno podría decir que la Palabra es la primera en introducirnos en ella. Ciertas expresiones de Montfort que son a veces irritantes para nuestra sensibilidad o nuestra inteligencia, encuentran eco en el Evangelio:
«¡Dichosos, nos dice Jesús, cuando os insulten, cuando os persigan y calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa» (Mt 5,11-12). «Cuando des un banquete, dice todavía Jesús, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos» (Lc 14,13).
La felicidad de la gratuidad en el amor: el gozo de no recibir nada de los hombres en cambio de lo que se da, de esperarlo todo de Dios, ¿no es acaso el de la Cruz que Montfort nos propone? Y cuando escribe a su hermana Jeanne Guyonne: «Estoy contento y gozoso en medio de todos mis sufrimientos... » (C 26), simplemente empalma con san Pablo que escribía a los corintios: «Sobreabundo de gozo en todas mis tribulaciones...» (2 Cor 7,4) o a los colosenses: «Tengo gozo en los sufrimientos que padezco por vosotros...» (Col 1,24).«Teneos por muy dichosos, hermanos míos, cuando os veáis asediados por pruebas de todo género...» (St 1,2).
Cuando el P. de Montfort se dirige a los verdaderos discípulos de la Sabiduría eterna que sufren persecución por la justicia, tratados como la basura del mundo, y les dice: «Consolaos, alegraos, saltad de alegría... cuanto es honorable, glorioso y virtuoso en Dios y su propio Espíritu descansa en vosotros... » (ASE 179), uno puede escandalizarse. Y sin embargo, Montfort no hace otra cosa que recoger una expresión de san Pedro: «Si os escarnecen por ser cristianos, dichosos vosotros; eso indica que el Espíritu de la gloria, que es el de Dios, reposa sobre vosotros» (1 Pe 4,14). «Suponiendo que mi sangre haya de derramarse, rociando el sacrificio litúrgico, que es vuestra fe, yo sigo alegre y me asocio a vuestra alegría; pues, lo mismo vosotros, estad alegres y asociaos a la mía» (Flp 2,18).
Es posible que estas «palabras de Dios» nos impacten menos, porque nos son muy familiares y su fuerza de escándalo se ha debilitado, o quizá las hemos... olvidado. Reconozcamos sencillamente que no podemos rechazar lo que Montfort nos dice de la «felicidad de la Cruz» sin rechazar, al mismo tiempo, muchas palabras de Dios.
11.10 LA PERFECTA ALEGRÍA
Tampoco podríamos rechazarlo sin rechazar tantos otros testimonios de los santos de otros tiempos y... de hoy. Teresa de Lisieux, en lo más negro de la prueba de la fe que en cierta forma había escogido ofreciéndose al amor misericordioso, en lo más vivo del sufrimiento, exclama: «Corro hacia mi Jesús... Le digo que estoy feliz de no gozar de ese hermoso cielo en la tierra, a fin de que lo abra... a los pobres incrédulos. También a pesar de esta prueba que me quita todo deleite, puedo gritar a pesar de todo: «Señor, me colmas de gozo con todo cuanto haces». Porque, ¿habrá gozo más grande que el de sufrir por tu amor? »
Todo el mundo conoce, además, la respuesta de Francisco de Asís a Fray León que le preguntaba a cerca de la «perfecta alegría». «Si todos los grandes del mundo se hicieran «frailes menores«..., no sería la perfecta alegría. Si los frailes mismos convirtieran al mundo entero..., tampoco sería la alegría perfecta. Y ¿si tuvieran el don de hacer milagros, curaran a los enfermos, resucitaran a los muertos? No, aún no sería la perfecta alegría... Pero, suponte que regreso a casa una tarde de invierno. Es de noche, hace frío. Cuando golpeo a la puerta, mi hermano no me reconoce ni me deja entrar. Entonces, insisto, pero él me despide, me golpea y arrastra por la nieve... ¡Bien!, Hermano León, si soy capaz de padecer todo eso por amor de Dios, no sólo con paciencia, sino hasta con alegría..., he encontrado finalmente la alegría perfecta».
Bernardita había encontrado también esa alegría, al decir: «Soy más feliz con mi Cristo sobre mi lecho de dolor que una reina en su trono... » Pero se trata de una felicidad que sólo puede brindar el total cambio al que conducen la fe y la presencia de Jesús.
El P. de Foucauld nos previene: «Los sentidos tienen horror al dolor: la fe lo bendice como la corona del matrimonio que le une a su amado; los sentidos se rebelan contra las injurias, la fe las bendice: Bendecid a quienes os maldicen..., la fe las encuentra suaves porque participan en el destino de Jesús... ».
Y aún, más cerca de nosotros, dos testimonios que pueden ayudarnos a comprender que hoy incluso se vive todavía la experiencia de la felicidad de la Cruz. «El sufrimiento, decía la Madre Teresa de Calcuta, en sí no es nada. Pero el dolor vivido en la Pasión de Cristo es un don maravilloso, el mayor de los dones: un don y al mismo tiempo, una prueba de amor. La bondad de Dios es grande al permitir tantos sufrimientos y tanto amor. Todo esto para mí se cambia en alegría... »
El librito Con ternura infinita acaba de ofrecernos el testimonio, casi inverosímil a los ojos de una sabiduría humana, de una leprosa que llega a dar gracias por la enfermedad que la había desfigurado: «Al enviarme la lepra, mi Padre del cielo que ama de tal manera a su humilde Verónica sabía muy bien lo que hacía... Y toda la eternidad no me bastará para agradecer...» (pág. 52).
Estos testimonios son al menos tan excepcionales y extraños como el de Montfort. Y si trataron de «loco» al que tenía la osadía de decir: «¡Qué Cruz vivir sin Cruz! », habría que tratar también de «locos» a cuantos -hoy sobre todo- son capaces de bendecir el sufrimiento «vivido en la Pasión de Cristo» como un «don maravilloso».Pero es sobre todo el mensaje de Montfort mismo el que muestra tan pronto como uno profundiza un tanto en él, que lejos de ser sufrimiento puro, la «Cruz» podría identificarse más exactamente con el amor mismo. No es otra cosa que ese «don de la vida» interior a todo amor verdadero e inseparable de él (Jn 15,13).
Incluso se puede decir que una forma práctica de renovar hoy la lectura de Montfort sería sencillamente la de reemplazar la palabra «Cruz» siempre que se la encuentre por la palabra «amor». En la obra monfortiana al menos cuatro indicios sugieren esta identificación.
11.11 ESCOGER LAS CRUCES PEQUEÑAS Y SIN BRILLO
«Si es cierto decir, escribe Montfort, que podemos escoger nuestras cruces, esto vale en especial de las cruces pequeñas y sin brillo cuando se presentan junto a grandiosas y brillantes. El orgullo natural puede pedir, buscar y aun escoger cruces grandiosas y brillantes. Pero escoger y llevar alegremente las cruces pequeñas y sin brillo sólo puede ser efecto de una gracia singular y de una fidelidad particular a Dios...
«Saquen provecho de todo... aunque sólo sea de la picadura de un mosquito o de un alfiler, las insignificantes singularidades del vecino, alguna pequeña injuria involuntaria, la pérdida de algunos centavos, un ligero malestar, etc. » (AC 49).
Si verdaderamente la Cruz no fuera más que el sufrimiento por el sufrimiento, no se comprendería por qué es mejor optar por las «cruces» pequeñas que por las grandes. No se trata de sufrir poco o mucho, sino de sufrir por Dios (AC 49).
«No basta sufrir; el demonio y el mundo tienen sus mártires. Hay que sufrir y llevar la cruz en pos de Jesucristo» (AC 41) que vivió su Pasión en la dulzura y la humildad. No hay amor sin humildad. Montfort desconfía mucho del orgullo, sobre todo tratándose del apóstol. Sabe perfectamente que es el enemigo número uno del Amor. Por ello las cruces que nos propone escoger - si es cierto que se puede escoger», porque quizá no es posible son tan pequeñas -«la picadura de un mosquito o de un alfiler... un ligero malestar... »-, tan humildes, tan a nuestra medida. Cruces tan insignificantes que uno diría que no valen la pena. Es que las verdaderas, las «buenas cruces» son las que no se han escogido, las que la vida nos brinda, donde se corre menos el riesgo de creerse superior a los demás con el pretexto de que se sufre más o mejor que ellos.
11.12 UN DON MAYOR QUE EL DE LA FE
Otro indicio que nos permite identificar la Cruz con el Amor. Por encima de la fe, bien lo sabemos, sólo existe el amor: «esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa es el amor» (1 Cor 13,13). Ahora bien Montfort se atreve a decirnos que la Cruz es un don más grande que el de la fe: «Por excelente que sea el don de la fe -con la cual agradamos a Dios, nos acercamos a El y vencemos a nuestros enemigos, y sin la cual nos condenaríamos- la cruz es un don todavía mayor»(ASE 175). Si la Cruz es realmente un don más grande que la fe, es porque es el amor mismo.
Para comprender bien esta audaz afirmación, es preciso distinguir con Montfort mismo, «el conocimiento del misterio de la Cruz» y de su «deleite», su «posesión real» -hoy diríamos: la experiencia vital que podernos hacer de ella en el gozo-. El «conocimiento del misterio de la Cruz» es ya una gracia excelsa. «La Sabiduría encerró tantos tesoros, gracias, vida y delicias en la Cruz... » que sólo los descubre a sus amigos cuando «lo han merecido con una gran fidelidad» (ASE 174).
Pero «el gozo y posesión real» de este misterio «es un don que la Sabiduría eterna no hace sino a sus grandes amigos, y esto después de muchas oraciones, anhelos y súplicas...». No es el «conocimiento» de la Cruz, sino su experiencia vital y gozosa lo que constituye un don «mayor que el de la fe».Se plantea entonces una pregunta: esa «posesión real» del misterio de la Cruz, ese gozo que hay en «dar la vida» ¿es entonces un don excepcional y reservado a los santos?
En realidad, hay grados en ese don que Dios nos hace. Comienza indudablemente ya con las alegrías más pequeñas que podemos experimentar en las mil contradicciones de cada día. Mientras que ellas de ordinario, desencadenan en nosotros tan frecuentemente el mal humor y la tristeza, he aquí que una humilde y desconocida alegría asciende dentro de nuestro corazón. ¿De dónde procede? ¡Cómo hubiera deseado que hoy brillara el sol, pero... llueve y llueve! «¡Bendito sea Dios!» ¿Se olvidan de decirme: «Gracias»? ¡Muchas gracias, Señor! Ponen a otro en mi lugar. ¡Aleluya! A partir de los pequeños tropiezos como éstos toda la vida comienza a cambiar... y también el mundo.
Porque imaginemos a un gran propietario riquísimo, que hasta ahora sólo encuentra la felicidad en enriquecerse más y más explotando a sus hermanos. Y de repente , descubre que puede experimentar una verdadera felicidad e incluso una felicidad mayor en «compartir». En cierta forma como en el caso de san Pablo, lo que hasta ahora hasta hoy le parecía «pérdida», lo descubre de pronto como «ganancia» a causa de Cristo a quien ha encontrado (Flp 3,7-8). Si este descubrimiento es el «don de la Cruz», ¿no es acaso el mayor de los dones? ¿Podemos amar de verdad mientras no se haya experimentado -aunque fuera en mínima parte- lo que Montfort llama la «alegría de la Cruz»?
11.13 UNA EXPERIENCIA DE COMUNIÓN
Si la Cruz no es otra cosa que el Amor, se debe también -ya lo hemos visto- a que se identifica con la Sabiduría. «La Cruz es la Sabiduría» que, ella misma es «toda amor o mejor el amor mismo del Padre y del Espíritu Santo» (ASE 118).
Al identificar así la Cruz con la Sabiduría, Montfort no llegó, al parecer, sino al final de un largo caminar. Al comienzo no vio, quizás, en la Cruz sino un «medio» para obtener la verdadera sabiduría. Dado que forma parte del «equipaje y cortejo necesarios de la divina Sabiduría, que hace llegar a la casa de aquellos donde quiere morar» (C 16). Progresivamente la Cruz se convierte en esa misma «casa» (C 13), luego en la «Esposa» «Jesús, nuestro único amor» (C 13): «La Sabiduría es la Cruz y la Cruz es la Sabiduría» (ASE 180).Es preciso quizás ver en este itinerario una fecundidad espiritual de la Cruz. No es deseada por sí misma, por el sufrimiento, sino a causa de la Sabiduría de la que es inseparable. Sin ésta, la Cruz es nada. Todo el valor de la Cruz consiste en permitirnos formar uno solo con la Sabiduría encarnada que es «toda amor» (ASE 118).
La Cruz no es otra cosa que esa experiencia de comunión con Cristo que nos permite no conformar sino uno con El: «Si hemos quedado incorporados a él por una muerte semejante a la suya» (Rom 6,5).Es maravilloso ver hoy a cristianos que viven del Espíritu Santo, descubrir con toda naturalidad a partir de lo que viven, esa verdad de nuestro bautismo: participando en la Pascua de Jesús, su paso a través de la muerte hacia la resurrección, comulgamos en su vida, en su persona.
«En Montjoie, dice Luceta Alingrin, -donde habitamos con nuestros hijos- sólo se viven los extremos, el sufrimiento y la alegría, o con mayor exactitud la muerte y la resurrección. Pero es la fuente del amor, y no hay otra, y allí se encuentra Dios».
La Cruz nos permite no formar sino uno con el Amor. Pero encontrar para mí la Sabiduría es nada, si no soy capaz de comunicarla. La fecundidad espiritual no tiene sentido si no es a la vez fecundidad apostólica. La Cruz es también, para Montfort, el medio para amar de verdad al hermano, porque me permite brindarle lo mejor que hay para él. No existe solamente la «alegría interior» del apóstol; hay también, nos dice, gran provecho en llevar la Cruz. « ¡Cuánto quisiera, escribe a su hermana, que pudieras ver mis cruces! ¡Nunca he logrado mayor número de conversiones que después de los entredichos más crueles e injustos! » (C 26). Testimonio de misionero que empalma con el de san Pablo cuando escribía a los corintios: «A nosotros que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús... Así la muerte actúa en nosotros y la vida en vosotros» ( 2 Cor 4,11-12).
La Cruz es en realidad fuente de fecundidad apostólica (Jn 15,13).
11.14 SI SABES SUFRIR CON ALEGRÍA...
«Si sabes sufrir con alegría, nos dice Montfort, sabes más que un doctor de la Sorbona que no sepa sufrir tan bien corno tú» (AC 26). Un cuarto indicio de la identificación de la Cruz con el Amor es la insistencia de Montfort en la alegría. Quizá no se trata de una alegría exterior, visible. Cuando uno sufre de verdad, uno sufre mal, uno se arrastra..., pero se trata antes que nada de una alegría interior «que el mundo desconoce».
San Pablo distinguía claramente «actos de caridad» y «amor». «Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que si no tengo amor de nada me sirve» (1 Cor 13,3). Del mismo modo se podría decir que Montfort distingue netamente las mortificaciones, humillaciones y pruebas de una parte, y «la Cruz» de otra: solamente «la Cruz» es alegría. El sufrimiento necesita que el amor lo consagre para ser «la Cruz» y convertirse en alegría.
Por «su gracia victoriosa» Jesucristo nos comunica «esa ciencia supereminente» que «cambia, por la paciencia... los dolores más agudos en delicias, las pobrezas en riquezas, las humillaciones más profundas en gloria» (AC 26).
Casi del mismo modo dice Montfort que las Cruces son nada sin la intercesión de María: «Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos más pesados, aunque derramáramos nuestra sangre para adquirir la divina Sabiduría, si nuestros esfuerzos no están acompañados de la intercesión de la Sma. Virgen y de la devoción a ella, serían inútiles e incapaces para alcanzarla...» (ASE 212).
Sin María tampoco la Cruz es la Cruz. Sin amor y sin María, la Cruz no podrá brindar nunca la alegría ni la Sabiduría.
11.15 EL MAYOR SECRETO DEL REY...
Si la Cruz, tal como la presenta Montfort, no difiere del amor mismo en su dimensión de «don de sí», de don de la vida (Jn 15,13) que no escapa al sufrimiento, si es un «misterio» como el amor, como Dios, no es de extrañar que sea también un «secreto». «El mayor secreto del rey».
Con gran audacia y sencillez, aplica Montfort al misterio de la Cruz lo que decía Jesús del reinado de Dios: «Bendito seas, Padre -exclama un día esa Sabiduría encarnada, entre transportes de alegría-, Señor de cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla» (Lc 10,21; ASE 174).
Es que no se trata sólo del «secreto» del «conocimiento» del misterio de la Cruz, se trata también del «secreto» de su «posesión real», de la experiencia vital y gozosa que de ella se puede tener. Pero entonces, la revelación de este «secreto» no es gracia diferente de la de Jesús mismo: el don de «sabiduría».
«Pidan la Sabiduría, suplica Montfort, pídanla incesante e insistentemente..., y verán con claridad, por experiencia propia, cómo se puede llegar a desear, buscar y saborear la cruz» (AC 45).


