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La misión o el mundo en llamas
15.1 LA MISIÓN O EL MUNDO EN LLAMAS
El mensaje que Montfort nos transmite en sus obras - y que puede llamarse su «espiritualidad»- es al mismo tiempo tan sencillo y elevado, que a veces resulta difícil admitir que es un misionero el que habla. Y no obstante, Montfort es claramente, un misionero: «He tomado la pluma, dice, para consignar sobre el papel lo que he enseñado con fruto en público y en privado, en las misiones, durante varios años» (VD 110).
Quien escribió el Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen y El Secreto de María, es la misma persona que, desbordante de actividad, predicaba una misión tras otra, corriendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, siempre a pie, «siempre alerta, siempre sobre espinas, siempre sobre guijarros afilados, como una pelota en juego... » (C 26), organizador de sopas populares, reformador de hospitales, fundador de Congregaciones religiosas, restaurador de iglesias y capillas...
Estos dos hombres: el «místico» y el «misionero» son exactamente el mismo y esto brinda seguridad: el mensaje monfortiano no ha sido elaborado «en un cuarto», lejos de la vida y los combates humanos. Se podría pensar también que este mensaje espiritual no se dirigía a todos, sino a cierta élite intelectual, los que él llama los «sabios»; ¿no dice acaso que «conversó con los personajes más santos y sabios de los últimos años»? (VD 118). Y, sin embargo, escribe: «Hablo en especial a los humildes y sencillos, que son personas de buena voluntad, tienen una fe más robusta que la generalidad de los sabios y creen con mayor sencillez y mérito» (VD 26).
Sin duda, hay que distinguir entre el primer anuncio del Evangelio que debe conducir a la conversión y una profundización del mensaje que sólo se dará más tarde. Pero, uno se admira al ver que, por ejemplo en la Carta a los Habitantes de Montbernage, a todos -«panaderos, carniceros, revendedoras y demás», a sus queridas pescaderas de San Similiano... » -, recomienda Montfort «amar ardientemente a Jesucristo, amar a María, hacer brillar por todas partes y delante de todos su verdadera devoción a la Sma. Virgen, nuestra bondadosa Madre, a fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo» (CM 2.5).
En una sencilla presentación de la Espiritualidad monfortiana, no se trata de hacer un estudio de la Misión, y aún menos de describirla tal como Montfort la vivía en su tiempo, sino más bien de evocar lo que es necesario de su «espíritu» para mostrar sencillamente que el «Mensaje» y la «Misión» son inseparables. Podemos descubrir ese «espíritu» al mismo tiempo en el alma de fuego de Montfort, y también en lo que espera de los «apóstoles de los últimos tiempos».
15.2 FUEGO HE VENIDO A TRAER
Para entrar en el alma misionera de Montfort, hay que leer sobre todo la Súplica Ardiente, que se ha llamado precisamente «Oración de Fuego» porque en ella su autor parece como «incendiado» en el celo de los primeros apóstoles, cuando implora al Dios Todopoderoso que le dé «sacerdotes de fuego» para «renovar la faz de la tierra» (SA 17).
Hay también que escucharlo responder a su amigo Blain que le reprocha sus excentricidades, su celo intempestivo y exagerado, que los misioneros no pueden tener la misma «sabiduría» que quienes viven en comunidad a «quienes les basta dejarse conducir por la regla y las costumbres de una misión santa».
Hay quizá que leer sobre todo los Cánticos misioneros, los que Montfort hacía cantar al pueblo para inflamarlo en su celo. A través del ideal que describe, se transparenta toda su alma de apóstol: Cántico 21: Las llamas del celo; Cántico 22: Resoluciones y plegarias de un perfecto y celoso misionero; Cántico 91: El buen Misionero. Se podría decir que la llama apostólica de Montfort se inflama como frente a tres focos luminosos: las necesidades de la Iglesia, el gran combate que traban en este mundo la luz y las tinieblas, y por último la esperanza de una gran «renovación» de la Iglesia.
15.3 EL FUEGO EN LA IGLESIA
Montfort percibe las necesidades de la Iglesia con fuerza tan grande que, el año mismo de su ordenación, antes de empezar la predicación misionera, piensa ya en fundar una congregación misionera: «Ante las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir continuamente con gemidos una pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares... » (C 5).
Las necesidades de la Iglesia son inmensas: debilitamiento general de la fe en una nación que, sin embargo, se llama «cristiana», miseria de los pobres (sobre todo en los «hospitales») que elevan al cielo «gritos lastimeros» (CT 18, l), falta de educación para los niños; se descuida la «instrucción familiar» de los pobres no catequizados; los «pecadores» no encuentran quien les «excite a la devoción a la Sma. Virgen». Hay diócesis pobres, las «misiones» extranjeras...
Son tantas y tantas necesidades que crean una situación de urgente miseria. «Es tiempo, Señor, implora Montfort, de cumplir tus promesas...; se abandona tu Evangelio, los torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a tus servidores... ¿Lo dejarás todo abandonado?» (SA 5).
15.4 EL MUNDO EN LLAMAS
Es que el mundo está en llamas: se ha convertido en un inmenso brasero: « ¡Ah! Permíteme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario...!» (SA 28).
Únicamente ese otro fuego que arde en los corazones, ese «diluvio de fuego de amor puro» (SA 17) es capaz de extinguir el inmenso brasero en que se ha convertido el mundo. Se tiene la sensación de que este fuego arde en el corazón del Misionero cuando evoca las necesidades urgentes de sus hermanos inmediatos. De modo especial en su Cántico titulado:
«Resoluciones y plegarias de un perfecto y celoso misionero» se siente rugir la indignación y casi la rebeldía en su corazón de apóstol. Se lo adivina como fuera de sí, casi como si ante una casa en llamas, un amigo que se ahoga, un niño que muere de hambre, nos quedáramos con los brazos cruzados, muy tranquilos.
¿Cómo -grita Montfort- ver que mi hermano se pierde
sin que se conmueva mi corazón?
¿Ver que la sangre de un Dios
«se derrama inútilmente»
y no sentiré dolor?
Y Dios, ahí, delante de mí, ultrajado,
insultado en el hombre que es su imagen
y ¿yo, alineado al lado de sus enemigos? (CT 22,1.2.3).
Su indignación crece cuando compara cuanto se hace por el hombre (e incluso por los animales) con lo poco que se hace por Dios, para el verdadero bien de sus hermanos:
«Por unos granos de arena
se cruzan tierras y mares
entre trabajos y penas.
Y ¿qué hacemos por tu gloria?
Dios vierte su sangre en vano,
¡y yo me quedo tranquilo!
Cae un asno con su carga
y ¿quién no corre a ayudarlo? (CT 22,7).
Pero, ¿quién ayuda a un alma?
Si cae o duerme en el pecado,
¿quién la ayuda a levantar?
¡Vete, alma, huye a donde puedas! (CT 22,8)»
La impaciencia y el fuego de Montfort misionero se hallan totalmente en versos como éstos:
No descansaré un minuto,
no puedo quedarme quieto,
viendo ofendido a Jesús. (CT 22,12).
O también en la Carta a los habitantes de Montbernage: «Siendo Dios mi Padre, tengo tantos lugares donde habitar como los hay donde los pecadores le ofenden injustamente» (CM 6). Su celo, su pasión por el Evangelio son incluso tan grandes que le llevan a las «locuras» de un san Pablo, de una Teresa de Lisieux: incluso si, al sufrir por el Evangelio, a precio de «mil afrentas y diez mil males», y hasta de su vida, aunque no convirtiera sino un sólo corazón y aún si no salvara a nadie... (CT 22,13.14) e incluso si sólo salvara a su prójimo al precio de sí mismo (CT 22,2; 21,16), ¿qué importa!, habría amado al menos...
¿Cómo ver sus almas bellas
perecer eternamente
sin sentir nada por ellas?
...¡Prefiero ser anatema! (CT 22,2).
Por tu Evangelio, Dios mío,
sufrir quiero, en tierra y mar,
muerte, afrentas, todo mal.
Si con mi vida y mi sangre
destruyo un solo pecado
y sólo a un hombre convierto,
mi esfuerzo está bien pagado. (CT 22,13)
15.5 ENTRE LA LUZ Y LAS TINIEBLAS
El alma misionera de Montfort se inflama también en la conciencia de que se libra en el mundo un gran combate en que es imposible permanecer neutral. La Luz y la Tinieblas se enfrentan en una lucha cuyo terreno somos nosotros.
De un lado, lo que se podría llamar «el gran rotario de los impíos», el desencadenarse del mal, «el partido del mundo y del demonio, que es el más numeroso, magnífico y brillante, al menos en apariencia. Lo más espléndido del mundo corre por él ...» (AC 8). Del otro lado, «el pequeño rebaño que sigue a Jesucristo». «Los mundanos, para animarse a perseverar en su malicia, gritan todos los días: «¡Vivir, vivir!, ¡Paz, paz! ¡Alegría, alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, bailemos, juguemos! Dios es bueno... » (AC 10). Los «Amigos de la Cruz» se animan también mutuamente con «palabras divinas». «Si Dios está por nosotros, en nosotros y delante de nosotros, ¿quién estará en contra nuestra? El que está en nosotros es más fuerte que quien está en el mundo» (AC 9).
Montfort traduce a su manera la intuición de san Agustín: «Dos amores construyeron dos ciudades». Frente a la ciudad de Dios, al «pequeño rebaño de Jesucristo», toda una ciudad del Pecado se une y organiza:«Mira, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes, que forman compañías completas; los potentados, que levantan ejércitos numerosos; los navegantes, que arman flotas enteras; los mercaderes, que se reúnen en gran número en los mercados y ferias. ¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y libertinos se reúnen en tropel contra ti todos los días...» (SA 27).
15.6 ENTRE SATÁN Y MARÍA
Sin embargo, lo que es peculiar de Montfort en esta visión grandiosa del mundo -que no hay que simplificar demasiado: porque el bien y el mal están en cada uno de nosotros- es que el combate que al comienzo era entre Satán y Dios, se convierte en lucha entre Satán y María. Como si la humanidad en la persona de la iglesia y de María hubiera recibido como misión vencer ella misma al mal. Pero en el Apocalipsis, ¿no vemos a la Iglesia misma en la persona de esa Mujer inmensa -vestida del sol, la luna a sus pies, la cabeza entre las estrellas- luchar contra el dragón? (Ap 12,1-6) ¿Y no redunda también en honor de la humanidad, y antes que nada de Dios mismo, que Él nos haya llamado a luchar a su lado contra «los Principados y Potestades»? (Ef 6,12).
Pero hay otra razón aún más fuerte: Si la misión que recibió María es luchar contra Satán, se debe a que «Satán, que es tan orgulloso, sufre infinitamente más al verse vencido y castigado por una sencilla y humilde esclava de Dios, y la humildad de la Virgen lo humilla más que el poder divino» (VD 52). «El que se enaltece será humillado». Se debe, además, a que María «que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada por su profunda humildad» (VD 25) recibió como misión colocarse a la cabeza de la humanidad en el combate contra el Mal. «Quien se humilla será enaltecido» (Lc 18,14).
15.7 LA ESPERANZA DE UNA RENOVACIÓN
La conciencia del combate que sostiene la Iglesia contra los poderes del mal, se abre a la perspectiva llena de esperanza de una «renovación» de la Iglesia. A menudo, cuando hoy se habla de los «Apóstoles de los últimos tiempos», se asocia su presencia a toda una serie de catástrofes que deben acompañar o preceder al fin del mundo. En realidad, ya san Pablo tenía conciencia de vivir los últimos tiempos, y lo mismo san Juan de que llega ya «la última hora» (Un 2,8): ello para decir a sus «hijitos». «El que está en vosotros es más fuerte que el que está en el mundo» (Un 4,4) y colmarlos de esperanza.
También Montfort espera como una gran renovación, un «nuevo Pentecostés». «¿No has mostrado de antemano a algunos de tus amigos una renovación futura de la Iglesia?» (SA 5). «Acuérdate de dar a tu Madre una nueva compañía, para renovarlo todo por ella...» (SA 6). «Envía a la tierra tu Espíritu que es todo fuego, para crear en ella sacerdotes totalmente de fuego, por ministerio de los cuales sea renovada la faz de la tierra y tu iglesia reformada» (SA 17).
Renovación que no acaecerá sin grandes contradicciones: «El demonio pondrá grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa (Gn 3,15), es decir, a esta pequeña Compañía de hijos suyos... Combates y persecuciones... que sólo servirán para hacer brillar más el poder de tu gracia, la energía de su virtud y la autoridad de tu Madre» (SA 13).
15.8 EL APÓSTOL Y SU MENSAJE
En el pensamiento de Montfort, no se puede separar al apóstol de su mensaje. Exponer el mensaje apostólico de Montfort, el contenido de su predicación -lo que «enseñó con fruto, en público y en privado en las misiones» (VD 110)- no sería, en gran parte, sino una repetición fastidiosa de lo precedente.
Hay otra forma de abordar ese mensaje: tratar de describir al apóstol mismo, su carácter íntimo, su manera de vivir. A los ojos de Montfort, en cierta forma, el misionero debe en cierta forma identificarse con la Palabra que anuncia, desaparecer completamente ante ella, ser de ella trasparencia total.
El apóstol se convierte entonces él mismo, en cierta forma, en su propio mensaje. En efecto, puede encontrarse en los rasgos principales que caracteriza al misionero según Montfort, lo esencial de lo que él mismo debe anunciar. Aquí cuatro rasgos que armonizan bien con el conjunto del mensaje espiritual: el abandono a la Providencia, el don de Sabiduría, la obediencia y la dependencia de María.
15.9 EL ABANDONO A LA PROVIDENCIA
Montfort quería que sus misioneros vivieran, como él, sin nada, totalmente abandonados a la Providencia. Hay indudablemente diferentes maneras de vivir «el abandono», según se trate de religiosos, laicos, célibes o casados, jóvenes o adultos. Lo esencial es hallar la forma conveniente para salvaguardar el «espíritu» de este «abandono» que consiste ante todo en poder depender de aquellos a quienes uno es enviado.
«La naturaleza orgullosa, nos dice Montfort, rehuye infinitamente» (RM 50) una dependencia así. Y sin embargo, la gracia de una misión vivida en la humildad de la dependencia «es sin comparación, más abundante y poderosa para convertir las almas que las misiones fundadas. En éstas, los misioneros se encuentran en cierta situación de superioridad e independencia que halaga el orgullo y les atrae honores, pero no les ofrece mayor gracia de Dios ni mayor amor al prójimo» (RM 50).
Otra ventaja de este abandono: acudiendo en ayuda de aquellos que han aceptado «depender» de ellos, los fieles, por su caridad, van a alcanzar la gracia de la conversión, y se establecerá entre ellos y los misioneros «una admirable unión de corazones».El espíritu de este abandono lleva también a volver al misionero ágil, disponible, pronto a responder a toda llamada:
«¡Lejos dinero, esa masa que me cautiva y me abate... sin él, vuelo como un ave, y al cielo subo en la luz». (CT 22,27).
En el mismo sentido describe Montfort a los apóstoles de los últimos tiempos como «nubes volantes y tonantes al menor soplo del Espíritu Santo» (VD 57). Desapegados de cuanto podría «frenarlos o fijarlos», están «siempre dispuestos a correr... adondequiera que Dios los llame: ciudades, campos, pueblos, aldeas, cerca o lejos... Y sin decir jamás lo que dicen tantos sacerdotes terrenos... a su manera: «No puedo ir. Te ruego me disculpes...» (RM 6).
Estar disponibles «al menor soplo del Espíritu», ponerse en manos de aquellos a quienes son enviados, es también abandonarse entre las manos de Dios y hacerle confianza. Dios mismo los acoge a través de los demás, y si éstos fallan y «te dejan caer», no te quedará sino «Dios sólo». El «abandono del misionero a la Providencia» es ante todo un acto de fe, una señal de confianza en ese Padre del cielo que Montfort nos dice «no falla» (C 3).
No hay amor sin confianza; pero cuando uno tiene demasiados bienes, demasiadas seguridades, no puede ya confiar, y por tanto, no puede amar. Tal es la postura de la pobreza apostólica, pero también de toda «pobreza de corazón». Poder amar. Semejante postura permite todas las impaciencias. No basta quizá esperar que la vida nos ponga en situaciones en que estás obligado a tener confianza, tienes que adelantarte a las cosas y escoger libremente esas «pobrezas» ya que te permiten confiar y por tanto amar.
En la «pobreza», en la debilidad, cuando no puedes nada por ti mismo, se despliega el «poder de Dios». El abandono, la pobreza de medios, tienen también como finalidad hacer de la misión, lo que san Pablo llamaba «una demostración de Espíritu y poder» (1 Cor 2,4) que vamos a encontrar de nuevo en el «don de sabiduría».
15.10 EL DON DE SABIDURÍA
La palabra «sabiduría» no tiene siempre el mismo sentido en la obra de Montfort. El «don de sabiduría» para un misionero, consiste ante todo en dejar que Dios hable a través de él. El abandono a la Providencia tenía como fin dejar actuar a Dios; el «don de sabiduría» tiene como finalidad dejar «hablar» a Dios.
«Nada más fácil, escribe Montfort, que predicar y predicar a la moda. Pero, ¡qué cosa tan difícil y sublime es predicar como los apóstoles! ... Entre mil predicadores -entre diez mil podría decir sin faltar a la verdad- apenas si hay uno que posea este gran don del Espíritu. La mayor parte no tiene sino lengua, boca y sabiduría humanas. Por ello iluminan, conmueven y convierten a tan pocas almas con sus palabras... » (RM 60).
Un primer don de «sabiduría» -ya lo hemos encontrado- consistía en asumir el espíritu de Dios, entrar en su manera de juzgar, de ver, de apreciar todas las cosas en función del Amor; el «don de la sabiduría» apostólica, consiste, en el mismo Espíritu en entrar en su Palabra, desaparecer ante Él:
«Habla, implora Montfort, en una oración al Espíritu: Habla, Espíritu Santo, para hacer de mi alma una fuente...Habla, Señor, yo busco tus palabras sediento noche y día» (CT 141,6.7).
No hay que pensar, no, que en nombre de un don de la sabiduría -que Montfort llama también el «don de la palabra eterna»- desprecie el trabajo e incluso los talentos humanos. El Cuaderno de Sermones que nos dejó, -lo dicen también los biógrafos-, nos ponen de manifiesto que sabía prepararse, en el estudio y la oración, al ministerio de la predicación de la Palabra que es «el más amplio, saludable y difícil de todos» (RM 60).
Pero, una vez realizado este trabajo, el misionero tenía clara conciencia de que no se había hecho nada si el Espíritu no venía como a «consagrar la palabra del hombre para convertirla en Palabra de Dios. Si el Señor no anuncia la Palabra, en vano habla el misionero (ver Sal 127), porque no «toca» los «corazones». Dios sólo puede convertir los corazones.
Los biógrafos nos refieren que es precisamente lo que el P. de Montfort ponía en práctica antes que nadie: «Sin fatigar ni torturar su espíritu para componer con arte y simetría discursos acicalados en los que el hombre habla en lugar de Dios, al que consultaba antes de predicar, a quien se abandonaba cuando estaba en la cátedra».
Nada de extrañar entonces que se haya podido decir de él: «En su voz, sus gestos, su porte se transparentaba la unión que tenía con el Señor presente y patentizaba que Jesucristo mismo hablaba por su boca... ».
Es claro que, sin descuidar el trabajo ni el estudio, Montfort ofrecía al Espíritu Santo la sencillez y al mismo tiempo una «pobreza» y «riqueza» que le permitían poner en juego su divino «poder». «El misionero apostólico predica, pues, con sencillez, sin artificio... » y «removerá, con las solas palabras de la verdad -aunque dichas con mucha sencillez- toda una ciudad y una provincia... ». El don de sabiduría florece en la sencillez.
15.11 LA SABIDURÍA APOSTÓLICA
Pero el misionero, tal como lo ve Montfort, no debe contentarse con estas dos «sabidurías» que podrían denominarse las del espíritu y de la palabra. Le falta otra sabiduría típicamente apostólica que es a la vez una sabiduría de vida y de acción. Sobre todo en la charla con su amigo Blain nos habla Montfort de la «sabiduría apostólica» que se opone a la de las «personas de comunidad». Éstas permanecen escondidas en sus casas y las gobiernan en paz, porque no tienen «nada nuevo que emprender, les basta seguir los pasos y costumbres de quienes los precedieron». Al contrario, los «misioneros» y los «varones apostólicos», «tienen siempre algo nuevo que emprender», «alguna obra santa que fundar o defender», tienen «combates continuos que entablar contra el mundo, el diablo y los vicios».
Es, por tanto, inevitable que den que hablar, que los critiquen e incluso los persigan mientras los demás viven en la paz y aprobación de mundo. Sin embargo, no hay que exagerar esta oposición entre «las personas de comunidades» y los «varones apostólicos». Montfort mismo dice que los hijos de María y por tanto los misioneros «aman el retiro, gustan de la vida interior, se aplican a la oración...; algunas veces, mientras sus hermanos y hermanas trabajan fuera con gran empeño, habilidad y éxito, cosechando la alabanza y aprobación del mundo, ellos conocen, por la luz del Espíritu Santo, que se disfruta de mayor gloria, provecho y alegría en vivir escondidos en el retiro con Jesucristo... Y aunque en el exterior realicen aparentemente grandes cosas, estiman mucho más las que adelantan en el interior de sí mismos... » (VD 196). Todo el mundo sabe bien que no hace falta «estar fuera» para experimentar tribulaciones y persecuciones. Por tanto la oposición entre los «varones apostólicos» y las «personas de comunidad» traduce netamente un estilo de vida y sobre todo un «espíritu».
Finalmente, podríamos decir que el P. de Montfort da a la palabra «sabiduría» un nuevo contenido. Entonces «sabiduría» que habitualmente es sinónimo de «paz..., equilibrio..., tradición, serena felicidad...», evoca para Montfort la lucha, el combate, las empresas siempre nuevas. Si los primeros Apóstoles hubieran puesto la «sabiduría en no hacer nada nuevo por Dios, ni emprender nada nuevo por su gloria... se hubieran quedado encerrados en el Cenáculo... y el mundo sería aun hoy día lo que era entonces» .
15.12 LA OBEDIENCIA
Fácilmente se podría oponer esta sabiduría a la obediencia. Cuando se tiene «siempre algo nuevo que emprender» es difícil dejarse guiar por una regla o «las costumbres de una santa casa». No obstante, Montfort considera la obediencia como uno de los rasgos característicos del apóstol. Cosa nada extraña, cuando recordamos que él mismo supo obedecer en forma heroica, en circunstancias difíciles en extremo, a órdenes cuyos fundamentos no se veían en forma alguna.
Recordemos solamente la manera como recibió la prohibición de bendecir el Calvario de Pontcháteau y, poco después, la orden de destrucción... Toda su vida de apóstol, supo renunciar a sus puntos de vista más legítimos, para obedecer no sólo al Papa sino también a los obispos, a los párrocos, a los directores de misiones...:
«El misionero, dice,
tiene en toda empresa segura divisa:
la obediencia activa, valerosa y fuerte.
Hagan lo que le hagan, triunfo y gloria alcanza;
y aunque nadie escucha, cambia o se convierte,
y todos contra él luchan y lo atacan,
suya es la victoria hoy, ayer y siempre.» (CT 21,26).
La postura de esta obediencia es quizás la misma que de la oración, del abandono a la Providencia y del «don de sabiduría». Se trata para el misionero de ser realmente él mismo, es decir, como suena la palabra, un «enviado». El misionero no hace su obra por su cuenta, sino que entra en una misión que lo supera, en un trabajo que es nada menos que el del Espíritu de Dios a través de él. Si debe, como dice Montfort, «abrazar la oración» es para poder afianzarse él mismo en la vida que debe comunicar. Si debe abandonarse a la Providencia, es para no apoyarse sobre sí mismo sino en «Dios sólo».Si debe implorar el don de sabiduría y obedecer, es para que su palabra y misión no provengan de él mismo, sino del que lo envió: «No he venido por mí mismo, dice Jesús, mi Padre es quien me envió» (Jn 8,42).
Hay que añadir que, cuando uno desconfía, como lo hace Montfort, del propio «mal fondo», del amor propio «que muy frecuentemente y sin que lo adviertas se constituye en meta de tus acciones» (SM 49), se descubren otras ventajas en la obediencia. Nos permite confundir con menor facilidad -confundirlo es tan fácil- el Reino de Dios o la Evangelización con lo que no es quizá sino nuestro capricho o puntos de vista personales.
La forma como Montfort obedece es indudablemente demasiado absoluta, al menos a nivel de la expresión que le da:
Yo soy cuando se me manda,
como niñito de un año,
y no me pregunto nunca
cómo, cuándo ni porqué.
Y añade:
En presencia de Dios digo:
«Yo preferiría morir,
y morir como anatema,
antes que no obedecer» (CT 91,27-28).
Él mismo reconoce que no es sólo un derecho sino también un deber «declarar con toda ingenuidad y sencillez las propias razones», pero una vez hecho esto, hay que someter la voluntad, si no sería salir de la misión.
15.13 UN MISTERIO DE PATERNIDAD
Lo que pone de manifiesto que Montfort no es un «niño a nivel de juicio» es el hecho de considerar su ministerio como una verdadera «paternidad». «Como cristianos tendrán muchos tutores -dice san Pablo a los Corintios- pero padres no tienen muchos, como cristianos fui yo quien los engendré, con el evangelio» (1Cor 4,14-15).
Montfort le hace eco cuando escribe a sus «queridos panaderos, carniceros... pescaderas, revendedoras y demás» de Poitiers y de Montbernage: «Me tomo la libertad de escribirles como un padre a sus hijos... El cariño cristiano y paternal que les profeso es tan grande que les llevaré siempre en mi corazón... » (CM).
Es claro que entre el apóstol y quienes «el Padre le ha dado» (Jn 17,6.9.12) no se trata solamente de lazos superficiales, ni incluso de los vínculos que unen al maestro con sus alumnos: se trata de una verdadera «paternidad» cuyo origen se halla en un verdadero desposorio que, dice Montfort, no conoce el mundo:
«Es cierto que la Sabiduría eterna tiene tanto amor a las almas, que llega al extremo de desposarse con ellas y contraer con ellas un matrimonio espiritual, pero real, que el mundo desconoce» (ASE 54). Y en una carta escrita a su madre, escribe: «En la nueva familia en que me encuentro, me he desposado con la sabiduría y con la cruz, donde se encuentran todos mis tesoros temporales y eternos, terrestres y celestes... » (C 20).
Pero este matrimonio del Apóstol con la Sabiduría y con la Cruz («la Sabiduría es la Cruz y la Cruz es la Sabiduría» [ASE 180]), ¿no procede acaso de ese «amor nupcial» del que habla Juan Pablo II, que María ha vivido en la donación total de su virginidad a Dios? (RMat 39). Gracias a que la Virgen María vivió ese «amor nupcial» con el Altísimo, se convirtió en Madre de Dios y de todos los hijos de Dios. Y también porque el apóstol se desposó con «la Sabiduría y con la Cruz» puede dirigirse a aquellos que el Padre le ha dado diciéndoles: «hijitos míos».
Pero no basta con dar a luz. Hay que alimentar, educar, amar, proteger, defender... Tenemos la sensación de que cuanto Montfort nos dice acerca de la actividad de María para con sus hijos, se puede aplicar a la paternidad del apóstol. La Virgen ama tiernamente a sus hijos no sólo afectiva sino también «efectivamente», «espía las oportunidades favorables para hacerles el bien, como Rebeca...; les da buenos consejos, les alimenta en todo, les orienta y dirige, les defiende y protege..., intercede por ellos...» (VD 201-212).
Entre tantos servicios del apóstol, detengámonos solamente en el último. Para proteger a sus «hijos», para «defenderlos», Montfort está pronto a dar su vida: «Llevo en mi corazón a todos los pecadores del Poitou y de otros lugares... Su alma es tan preciosa ante Dios que ha dado toda su sangre y ¿no daré yo nada?... El arriesgó hasta su propia vida, y ¿no arriesgaré yo la mía? (CM 6).
El apóstol no quiere vivir una paternidad rebajada: está pronto a dar su vida por aquellos a quienes ha dado la vida. La dulzura del apóstol pasa a ser también una señal paternal. Dado que el misionero es un «padre», debe estar lleno de dulzura en favor de sus «hijos queridos», incluso si esa dulzura le impide ser aparentemente eficaz. Es preciso que su celo sea...
Que no sea amargado pero sí sea fruto
de un corazón bueno, de amor inflamado,
sin rigor, paterno, como el de Dios mismo,
o el de Jesucristo siempre tan cercano,
que convierte y gana grandes pecadores,
sin ira, sin odio, dureza o enfado. (CT 21,18)
... Lejos de mí celos austeros,
llenos de rigor y cólera,
so capa de caridad.
Mucho aceite, poco vinagre,
ganan mente y corazón,
que, lo muestra el Evangelio,
convierten al pecador. (CT 22,17).
Pero no confundir la dulzura con una delicada debilidad y amaneramiento. Aquel a quien los pobres llamaban espontáneamente «el buen Padre de Montfort», sabía ser fuerte con esa seguridad que le brindaba la fe. Basta acordarse de las contradicciones, persecuciones que ha sufrido el apóstol por haberse permitido decirles «osada aunque suavemente las verdades» (C 11) a sus oyentes.
Hay que leer sobre todo el retrato que Montfort traza del misionero «según su corazón». «El misionero apostólico predica pues... con intrepidez y autoridad, sin temor ni respeto humano; con caridad sin herir a nadie... ».
Hacía «consistir la fuerza de su celo, no sólo en predicar con vigor, sino en padecer todos las tormentas como una roca, sin plegarse e incluso sin conmoverse ni ceder, dejando a la fuerza de la verdad que proclama... el encargo de librarle de la mentira... » (RM 62.64).
15.14 LA DEPENDENCIA DE MARÍA
Por último, la obediencia le permite al misionero trenzarse en un gran combate que lo supera. A partir del momento en que uno comprende que la lucha entre la Luz y las Tinieblas se ha convertido en un combate entre, de una parte, la humanidad misma que por el Espíritu Santo, en María, ha dado a luz a su Salvador, y de otra, los poderes del mal, no es de extrañar que a los ojos de Montfort, los misioneros sean hijos y servidores de María.
Son hijos de ella: «engendrados y concebidos por su caridad» (SA 11), porque siendo hermanos de Jesús, no pueden tener otra madre que la suya. Ella les comunica la vida, los sostiene y los defiende en los combates contra «las Potencias del mal». Pero María es también la Madre de todos aquellos a quienes son enviados, que también ellos están llamados a ser hijos suyos.
Más allá de todas las técnicas de Pastoral y Evangelización, ¿no es la Misión una colaboración al renacimiento de los hijos e hijas de Dios o una participación en la maternidad de la Iglesia y de María? Porque no hay dos maternidades: la de la iglesia y la de María. Las dos constituyen una sola. Y cuando san Pablo escribe a los Gálatas:
«Hijos míos, otra vez sufro dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19), expresa al mismo tiempo el misterio de la Iglesia y el de María (VD 33; SM 56; ASE 214). Montfort en la Súplica Ardiente, se dirige al Espíritu Santo para implorarle: «Acuérdate de producir y formar hijos de Dios con María, tu divina y fiel Esposa. Tú formaste la Cabeza con ella y en ella. Con ella y en ella debes formar también a todos sus miembros» (SA 15).
¿Cómo podrían los miembros de la Iglesia, cómo los misioneros (y todos por nuestro bautismo somos misioneros) trabajar en la generación de los hijos de Dios sin aquella que es la madre de todos nosotros? Pero María no es solamente nuestra Madre, es también nuestra Reina. Por tanto, somos también sus «servidores».
Montfort asocia muy a menudo estos dos términos: «hijos» y «servidores» sin oponerlos, al contrario. De igual modo le encanta ubicar juntas dos palabras que parecen oponerse completamente: «esclavitud» y «amor». Somos hijos pero también servidores, porque el amor, si es verdadero, debe conducir al servicio de aquellos a quienes uno ama. Somos «esclavos», porque, cuanto más uno ama, es más dependiente, hasta la dependencia total que puede llamarse «esclavitud», pero «esclavitud de amor» y por tanto «libertad» suprema. Somos «servidores», pero también «hijos».
15.15 LA DEBILIDAD DE DIOS
Los misioneros serán «verdaderos servidores de la Sma. Virgen que, como otros tantos Domingos, vayan por todas partes, con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano... a quemar como fuego y a brillar como soles...» (SA 12).
Montfort estaba especialmente encariñado de la imagen guerrera, que hoy nos parece un tanto triunfalista, de una Reina que avanza a la cabeza de un ejército ordenado en orden de batalla, al encuentro del Adversario, para aniquilarlo. A esta imagen, que no obstante ser bíblica (Gn 3,15; Ct 6,10; Apoc 12,1-12), corresponde menos bien a nuestra sensibilidad, podemos preferir otra, bíblica también (Lc 12,32): la del pequeño rebaño que recibió como misión hacer frente a la Potencias del mal.
A este «pequeño rebaño» se dirige Montfort para animarlo a tener confianza: «Ahí están las naciones, los mundanos, los avaros, los voluptuosos, los libertinos que se juntan a millares para hacerles la guerra con sus burlas, sus calumnias, sus desprecios y violencias. Vosotros sois pequeños; ellos, grandes. Vosotros sois pobres; ellos, ricos. Vosotros, sin crédito; ellos, cuentan con el apoyo de todos. Vosotros sois débiles; ellos, tienen el poder en la mano. Pero, una vez más, no temais...» (ACM 1-2).
«Porque su Padre se ha complacido en daros el reino...» (Lc 12,32). Ante el desencadenarse del mal y los torrentes de iniquidad que amenazan arrastrarlo todo, la Iglesia no será jamás otra cosa que un pequeño rebaño delante del cual avanza para guiarlo hacia su Hijo, «esa humilde jovencita»: María (VD 18).
«Lo que es debilidad en Dios es más fuerte que los hombres» (1Cor 1,25).


