Autor: | Editorial:
La gracia en el marco de la moral cristiana
A. Consideraciones de enfoque:
La gracia ocupa el tercer capítulo de la Primera Sección de la tercera parte del Catecismo, dedicada a la moral. Al comenzar a estudiar la vida en Cristo (el comportamiento del hombre que responde a la llamada de Dios), se afronta primero el tema de la vocación humana: la vida en el espíritu. En este marco, después de considerar la dignidad de la persona humana y la comunidad humana, se llega a un espacio dedicado a la salvación de Dios: la ley y la gracia. La gracia se encuadra dentro de la moral, después de la ley y antes de la sección dedicada a la Iglesia.
El hecho de que la gracia aparezca tratada ampliamente en el marco de la moral y de una moral que se presenta como un dinamismo interpersonal de llamada y respuesta, da algunas claves de lectura para una teología moral de la gracia. La gracia aparece como realidad interpersonal; se considera como un don de Cristo al hombre para responder a su llamada. De hecho, después de leer esta primera sección de la Tercera Parte del Catecismo, parece más propio hablar de una moral que está en función de la vida de gracia que de una gracia que entrara como un factor entre otros de la vida moral.
Cuatro temas dominan la sección dedicada a la gracia: la justificación, la gracia en sí misma, el mérito y la santidad cristiana.
B. Resumen del contenido doctrinal sobre la gracia en esta parte del Catecismo:
Parte de que la gracia es el favor o auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1996). Es una participación en la vida de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1997). Nos introduce en la intimidad de la vida divina, de la Santísima Trinidad. Por la gracia podemos llamar Padre a Dios, en unión con el Hijo único. Por la gracia recibimos la vida del Espíritu Santo que infunde la caridad y que forma la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1997).
Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1998).
1. La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1999).
La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar movidos por su amor. La gracia santificante nos hace hijos de Dios y herederos del Cielo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2000). Es, como dice el mismo catecismo en otro texto, una gracia otorgada por la Santísima Trinidad al bautizado (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1266).
2. Dentro de esta gracia santificante se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina y las gracias actuales que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2000).
La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia que resulta necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración con la obra de Dios en nosotros. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó, "porque Él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida" (S. Agustín) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2001).
La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2002).
3. La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2003).
4. El Espíritu Santo entrega además las gracias especiales, llamadas también "carismas", según el término griego empleado por S. Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2003).
5. Entre las gracias especiales conviene mencionar las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2004).
Como conclusión, se puede añadir que la gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados. Sin embargo, según las palabras del Señor: "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7,20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia esta actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2005).
La gracia ocupa el tercer capítulo de la Primera Sección de la tercera parte del Catecismo, dedicada a la moral. Al comenzar a estudiar la vida en Cristo (el comportamiento del hombre que responde a la llamada de Dios), se afronta primero el tema de la vocación humana: la vida en el espíritu. En este marco, después de considerar la dignidad de la persona humana y la comunidad humana, se llega a un espacio dedicado a la salvación de Dios: la ley y la gracia. La gracia se encuadra dentro de la moral, después de la ley y antes de la sección dedicada a la Iglesia.
El hecho de que la gracia aparezca tratada ampliamente en el marco de la moral y de una moral que se presenta como un dinamismo interpersonal de llamada y respuesta, da algunas claves de lectura para una teología moral de la gracia. La gracia aparece como realidad interpersonal; se considera como un don de Cristo al hombre para responder a su llamada. De hecho, después de leer esta primera sección de la Tercera Parte del Catecismo, parece más propio hablar de una moral que está en función de la vida de gracia que de una gracia que entrara como un factor entre otros de la vida moral.
Cuatro temas dominan la sección dedicada a la gracia: la justificación, la gracia en sí misma, el mérito y la santidad cristiana.
B. Resumen del contenido doctrinal sobre la gracia en esta parte del Catecismo:
Parte de que la gracia es el favor o auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1996). Es una participación en la vida de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1997). Nos introduce en la intimidad de la vida divina, de la Santísima Trinidad. Por la gracia podemos llamar Padre a Dios, en unión con el Hijo único. Por la gracia recibimos la vida del Espíritu Santo que infunde la caridad y que forma la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1997).
Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1998).
1. La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1999).
La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar movidos por su amor. La gracia santificante nos hace hijos de Dios y herederos del Cielo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2000). Es, como dice el mismo catecismo en otro texto, una gracia otorgada por la Santísima Trinidad al bautizado (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1266).
2. Dentro de esta gracia santificante se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina y las gracias actuales que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2000).
La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia que resulta necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración con la obra de Dios en nosotros. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó, "porque Él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida" (S. Agustín) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2001).
La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2002).
3. La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2003).
4. El Espíritu Santo entrega además las gracias especiales, llamadas también "carismas", según el término griego empleado por S. Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2003).
5. Entre las gracias especiales conviene mencionar las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2004).
Como conclusión, se puede añadir que la gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados. Sin embargo, según las palabras del Señor: "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7,20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia esta actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2005).


