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La gracia en el resto del Catecismo
Al analizar las enseñanzas sobre la gracia que nos ofrece la Tercera Parte del Catecismo de la Iglesia Católica, ya hemos hecho referencia al n. 1266 que se encontraba en la Segunda Parte dedicada a la liturgia y a los sacramentos. Sin embargo, todavía queda mucha riqueza por explotar, el Catecismo este lleno de referencias a la gracia. Yo no pretendo estudiar aquí todas las enseñanzas sobre este punto sino sólo recoger las alusiones directas en las que aparece en el Catecismo la palabra gracia. Las voy a agrupar en siete grandes bloques siguiendo las indicaciones del índice temático que acompaña al texto del Catecismo:
A. La gracia como don.
Desde la introducción, en la presentación de las diversas secciones del Catecismo, ya aparece claramente la consideración de la gracia como un don (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 16). Se llama gracia al don divino que permite acoger la revelación en la fe (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 35). Es uno de los dones con los que Dios revistió a nuestros primeros padres y que caracterizaban aquel estado inicial de comunión íntima con Él (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 54). Por ella, Dios saca bien del mal; el mal no se convierte en un bien, pero por la superabundancia de la gracia Dios, después del rechazo de los hombres al Hijo de Dios y de su muerte, glorificó a Cristo y nos redimió de nuestros pecados (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 312). Por el don de la gracia el hombre es llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357).
La gracia es un don recibido en el Bautismo que borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 405). Es el don de Cristo que el Espíritu Santo distribuye en los sacramentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 774). La Iglesia contiene y comunica la gracia invisible que ella significa (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 774).
Por la gracia somos salvados y por ella nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1697). Dispone al hombre a entrar en el gozo divino (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1722). Eleva las virtudes (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1810). Es un don que se pierde por el pecado mortal (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861). Junto a la ley, la gracia es el otro don, la otra ayuda que Cristo ofrece al hombre; la ley lo dirige, la gracia lo sostiene (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1949).
La gracia produce grandes frutos en el hombre: aparta el corazón de la codicia y de la envidia, inicia al hombre en el deseo del Supremo Bien y lo instruye en los deseos del Espíritu Santo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2541). La contemplación se considera como gracia, como don de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2713).
B. La relación de la gracia con la fe.
El acoger la revelación de Dios en la fe es una gracia que Dios da al hombre para que pueda entrar en su intimidad (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 35).
Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atrapados por el Padre nosotros creemos y confesamos que Jesucristo es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 424).
La fe en la resurrección de los apóstoles nació -bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 644).
C. La gracia original.
Dios invitó a nuestros primeros padres a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 54).
Desde el número 374 y hasta el 379, el Catecismo desarrolla una explicación del estado del hombre en el paraíso. Allí encontramos muchas referencias a la gracia. En el 375 se llama gracia al estado de santidad original en que vivían Adán y Eva. Se dice, además, que esta gracia era una participación de la vida divina. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones del hombre estaban fortalecidas (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 376). Mientras permaneciese en este estado de gracia, el hombre no podía morir y viviría en continua armonía interior e interpersonal. La desobediencia de Adán y Eva trae consecuencias dramáticas, se pierde inmediatamente la gracia de la santidad original (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 399).
Ante esto surge una pregunta: ¿por qué Dios no impidió que el hombre pecara? S. León Magno responde diciendo que "la gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mayores que los que nos quitó la envidia del demonio" (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412) o, dicho con S. Pablo: "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5,20) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412).
D. La relación de la gracia con la libertad.
Es este un binomio todavía difícil de conciliar para la teología. Sin embargo, el Catecismo lo aborda desde diversos puntos de vista.
Desde el tema de la predestinación, dice que en el designio eterno de Dios de predestinación se incluye la respuesta libre de cada hombre a su gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 600).
Desde el tema del juicio final se afirma que será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678). La actitud respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).
Desde el juicio particular: la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto para la aceptación o el rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1021).
Como conclusión se puede decir que la criatura no puede nada si está separada de su origen porque sin el Creador la creatura se diluye; menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 308).
E. La gracia y la justificación.
La justificación nos devuelve a la gracia de Dios que es el primer paso para el acceso a la nueva vida (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654). Esta nueva vida consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654).
La justificación nos hace hermanos de Cristo por la adopción filial y nos hace participar realmente en la vida del Hijo único. Esto no es una propiedad de la naturaleza sino un don de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654). Es un don de Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación, que se sirve de diversos instrumentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 987 citando al Catecismo Romano de P o V).
La justificación es un don de la Santísima Trinidad al bautizado que produce los siguientes efectos:
- le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales.
- le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo.
- le concede crecer en el bien mediante las virtudes morales (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1266).
La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos la justicia de Dios por la fe en Jesucristo y por el Bautismo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1987). La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión que obra la justificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1989).
F. La relación de la gracia con los sacramentos y los ministerios.
Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1084).
Nadie puede conferirse la gracia a sí mismo, debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis (Cristo como Cabeza de la Iglesia) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 875).
El carácter que confieren el Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal disponen positivamente para la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1121).
La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
- nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir: "Abbá, Padre";
- nos une más firmemente a Cristo;
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
- hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.
- nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1303)
El obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 893). En efecto, por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. Los obispos, de manera evidente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1558).
Cristo realiza su función profética también por medio de los laicos a los que da el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 904). Ellos pueden colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial ejerciendo diversos ministerios según la gracia y los carismas que el Seor quiera concederles (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 910).
La gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1641).
Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella. La Liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder, y hace también que el uso honesto de las cosas materiales pueda ordenarse a la santificación del hombre y alabanza de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1670).
G. María, la llena de gracia.
El Catecismo nos dice que María, para ser Madre del Salvador, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación, era preciso que estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 490). El ángel en su saludo la llama "llena de gracia" (Cfr. Lc.1,28) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 490 y 491).
Después, el Catecismo desarrolla ampliamente este tema de María, llena de gracia, en los nn. 721 a 726. Especialmente en el número 722 se expone una "mariología de la gracia". En este número encontramos las siguientes afirmaciones: el Espíritu Santo preparó a María con su gracia, convenía que fuese llena de gracia la Madre de Aquel en quien reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, fue concebida sin pecado por pura gracia.
A. La gracia como don.
Desde la introducción, en la presentación de las diversas secciones del Catecismo, ya aparece claramente la consideración de la gracia como un don (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 16). Se llama gracia al don divino que permite acoger la revelación en la fe (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 35). Es uno de los dones con los que Dios revistió a nuestros primeros padres y que caracterizaban aquel estado inicial de comunión íntima con Él (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 54). Por ella, Dios saca bien del mal; el mal no se convierte en un bien, pero por la superabundancia de la gracia Dios, después del rechazo de los hombres al Hijo de Dios y de su muerte, glorificó a Cristo y nos redimió de nuestros pecados (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 312). Por el don de la gracia el hombre es llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357).
La gracia es un don recibido en el Bautismo que borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 405). Es el don de Cristo que el Espíritu Santo distribuye en los sacramentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 774). La Iglesia contiene y comunica la gracia invisible que ella significa (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 774).
Por la gracia somos salvados y por ella nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1697). Dispone al hombre a entrar en el gozo divino (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1722). Eleva las virtudes (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1810). Es un don que se pierde por el pecado mortal (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861). Junto a la ley, la gracia es el otro don, la otra ayuda que Cristo ofrece al hombre; la ley lo dirige, la gracia lo sostiene (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1949).
La gracia produce grandes frutos en el hombre: aparta el corazón de la codicia y de la envidia, inicia al hombre en el deseo del Supremo Bien y lo instruye en los deseos del Espíritu Santo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2541). La contemplación se considera como gracia, como don de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2713).
B. La relación de la gracia con la fe.
El acoger la revelación de Dios en la fe es una gracia que Dios da al hombre para que pueda entrar en su intimidad (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 35).
Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atrapados por el Padre nosotros creemos y confesamos que Jesucristo es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 424).
La fe en la resurrección de los apóstoles nació -bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 644).
C. La gracia original.
Dios invitó a nuestros primeros padres a una comunión íntima con Él revistiéndolos de una gracia y de una justicia resplandecientes (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 54).
Desde el número 374 y hasta el 379, el Catecismo desarrolla una explicación del estado del hombre en el paraíso. Allí encontramos muchas referencias a la gracia. En el 375 se llama gracia al estado de santidad original en que vivían Adán y Eva. Se dice, además, que esta gracia era una participación de la vida divina. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones del hombre estaban fortalecidas (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 376). Mientras permaneciese en este estado de gracia, el hombre no podía morir y viviría en continua armonía interior e interpersonal. La desobediencia de Adán y Eva trae consecuencias dramáticas, se pierde inmediatamente la gracia de la santidad original (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 399).
Ante esto surge una pregunta: ¿por qué Dios no impidió que el hombre pecara? S. León Magno responde diciendo que "la gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mayores que los que nos quitó la envidia del demonio" (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412) o, dicho con S. Pablo: "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5,20) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412).
D. La relación de la gracia con la libertad.
Es este un binomio todavía difícil de conciliar para la teología. Sin embargo, el Catecismo lo aborda desde diversos puntos de vista.
Desde el tema de la predestinación, dice que en el designio eterno de Dios de predestinación se incluye la respuesta libre de cada hombre a su gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 600).
Desde el tema del juicio final se afirma que será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678). La actitud respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).
Desde el juicio particular: la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto para la aceptación o el rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1021).
Como conclusión se puede decir que la criatura no puede nada si está separada de su origen porque sin el Creador la creatura se diluye; menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 308).
E. La gracia y la justificación.
La justificación nos devuelve a la gracia de Dios que es el primer paso para el acceso a la nueva vida (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654). Esta nueva vida consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654).
La justificación nos hace hermanos de Cristo por la adopción filial y nos hace participar realmente en la vida del Hijo único. Esto no es una propiedad de la naturaleza sino un don de la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654). Es un don de Jesucristo, único autor y dispensador de nuestra salvación, que se sirve de diversos instrumentos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 987 citando al Catecismo Romano de P o V).
La justificación es un don de la Santísima Trinidad al bautizado que produce los siguientes efectos:
- le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales.
- le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo.
- le concede crecer en el bien mediante las virtudes morales (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1266).
La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos la justicia de Dios por la fe en Jesucristo y por el Bautismo (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1987). La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión que obra la justificación (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1989).
F. La relación de la gracia con los sacramentos y los ministerios.
Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo (Catecismo de la Iglesia Católica, 1084).
Nadie puede conferirse la gracia a sí mismo, debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis (Cristo como Cabeza de la Iglesia) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 875).
El carácter que confieren el Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal disponen positivamente para la gracia (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1121).
La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
- nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir: "Abbá, Padre";
- nos une más firmemente a Cristo;
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
- hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.
- nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1303)
El obispo es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 893). En efecto, por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. Los obispos, de manera evidente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1558).
Cristo realiza su función profética también por medio de los laicos a los que da el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 904). Ellos pueden colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial ejerciendo diversos ministerios según la gracia y los carismas que el Seor quiera concederles (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 910).
La gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1641).
Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella. La Liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder, y hace también que el uso honesto de las cosas materiales pueda ordenarse a la santificación del hombre y alabanza de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1670).
G. María, la llena de gracia.
El Catecismo nos dice que María, para ser Madre del Salvador, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación, era preciso que estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 490). El ángel en su saludo la llama "llena de gracia" (Cfr. Lc.1,28) (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 490 y 491).
Después, el Catecismo desarrolla ampliamente este tema de María, llena de gracia, en los nn. 721 a 726. Especialmente en el número 722 se expone una "mariología de la gracia". En este número encontramos las siguientes afirmaciones: el Espíritu Santo preparó a María con su gracia, convenía que fuese llena de gracia la Madre de Aquel en quien reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, fue concebida sin pecado por pura gracia.


