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Conclusión: hacia una nueva pastoral de la gracia
El Catecismo de la Iglesia Católica, entre las pautas para una catequesis de la "vida nueva" (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1697), habla de que ésta debe ser una "catequesis de la gracia". De acuerdo a lo visto en el Catecismo, podemos hacer este breve ensayo de una explicación de la gracia para el hombre de hoy. No es un discurso completo sino sólo algunas ideas espigadas:
Así pues, por un sólo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron... Pero con el don no sucede como con el delito. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos... En efecto, si por el delito de uno sólo reina la muerte por un solo hombre con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la salvación, reinarán en la vida por uno solo, por Jesucristo! (Romanos 5,12.15.17).

La definición de gracia podría ser:
GRACIA: es el favor o auxilio gratuito (es decir, sin que lo merezcamos) que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos adoptivos de Dios, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna. Es una participación en la vida de Dios (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1996 y 1997).

La Gracia es un don o beneficio sobrenatural concedido gratuitamente por Dios para que podamos alcanzar la vida eterna. Dicho de otra forma: es todo auxilio sobrenatural que Dios otorga al hombre para hacerle posible el llegar al Cielo. Dios la da sin ninguna obligación por su parte.

La Vida de Gracia es el don por el que el cristiano vive unido a Cristo como el sarmiento a la vid (Cfr. Juan 15,1-8) y por el que la vida de Cristo se manifiesta en su cuerpo mortal. Esta vida de gracia se inicia con el Bautismo, se pierde con el pecado mortal, se recupera con el sacramento de la penitencia y se sostiene y acrecienta con los sacramentos, la participación litúrgica y el esfuerzo ascético.

La vida de gracia es la vida misma de Dios latiendo en nuestro ser; vida conquistada por Cristo, destruyendo el pecado con su muerte en la cruz, y comunicada a nosotros a partir de la resurrección. Toda nuestra vida cristiana consiste en crecer más y más como hijos de Dios, hasta alcanzar la madurez de un discípulo de Cristo.

Pero no hay que concebirla sólo como una actividad individual, puesto que se nos da para irradiarla en torno nuestro, como la luz de una antorcha.

Dios es un Padre bueno que nos llama a ser verdaderos hijos suyos. Los mandamientos y las bienaventuranzas nos marcan el camino. Los hijos de Dios con su modo de actuar, de ser, cambian el mundo. Sus virtudes son la caridad, la alegría aún en medio de las mayores dificultades, la generosidad en la respuesta a Dios, la humildad, la mansedumbre, etc. Todas estas virtudes, este modo de actuar, muchas veces se nos hace costoso vivirlo porque parece ir en contra de nuestras apetencias pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que en esta forma de vivir encontramos la verdadera felicidad. Dios, conociendo nuestra debilidad, no ha querido dejarnos solos o indefensos ante los grandes enemigos de nuestra felicidad: el mundo, el demonio y la carne. Por eso, nos da la gracia como el medio que convierte al ser humano, débil y caído, en hijo de Dios y que se une a nuestra libertad para fortalecernos en la lucha por el bien.

El cristiano recibe la gracia en el Bautismo. Esta gracia le da una nueva configuración, lo convierte en un ser nuevo, es como si volviese a nacer. Gracias a ella se convierte en hijo de Dios. Por ella experimenta una transformación interior y una participación de la vida divina, la Santísima Trinidad habita en l. Desde ese momento esto destinado al Cielo, a la vida eterna junto a Dios.

La naturaleza infinita y creadora de Dios se acerca a la naturaleza finita y creada del hombre haciéndole partícipe de su divinidad, algo que el hombre nunca hubiera soñado conseguir por sí solo.

La acción sobrenatural de Dios, que nos transforma y diviniza, nos viene dada ordinariamente a través de los sacramentos y extraordinariamente a través de múltiples formas que Dios elige. Todos los dones que recibimos de Dios son gracias y todos tienen como fin ayudarnos a llegar a la vida eterna en compañía de Él y a ser más felices en esta tierra.
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