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Autor: | Editorial:



Fenomenología comunicacional - Comunicación
Comunicación:
Universalidad
Alteridad
Socialización (Globalización)


La comunicación es un fenómeno universal del cosmos. Todos los elementos que integran el universo se relacionan entre sí; tanto los del reino mineral, vegetal, animal y racional, siguiendo una clasificación clásica entre sí mismos como cada uno de ellos con los del otro reino o nivel.

La comunicación universal es tan antigua como la existencia de toda realidad existente; es una realidad inherente a su condición misma de existir o de ser algo o alguien.

No hay existencia que por el hecho de "ser" no entre en comunicación con otro ser que existe.

La comunicación, de la índole que sea, con quien o con lo que sea, es "relación".

Toda relación de unos con otros implica alteridad. No existe el ser aislado que no se relacione con otro ser existente.

La alteridad será consciente o inconsciente según la cualidad existencial del ser.

El único ser adornado con la cualidad cognoscitiva o consciencia es el hombre. Por lo tanto es el hombre que analiza las diferentes formas de relación comunicacional de los otros seres entre sí y entre los otros seres y el hombre.
El hombre pues, es el único ser que puede descifrar las reglas o formas, comportamientos de relaciones entre sí, con los demás seres y entre éstos con el hombre.

El hombre actúa motivado por unos impulsos o tendencias que le reportarán respuestas satisfactorias o repelentes a sus apetencias.

Podemos afirmar que el hombre como ser es alteridad y contacto, comunicación con otro o con el otro, o no es hombre.

El hombre indaga, busca, aspira a entrar en contacto con el otro y descubre que existe un otro idéntico a él y se esfuerza por transmitir al otro algo de lo que es: deseos, actitudes, ideales, afanes, conocimientos, estados anímicos, etc.

Al relacionarse el hombre (el Yo) con otro ser (el Tú) y con otro hombre descubre el «Nosotros».

La realidad «nosotros» puede complementar, a su vez, enriquecer el «Yo» y el «Tú; y las formas de relacionar, complementar y enriquecer el «Yo» al «Tú» y el «Tú» a «Mi» por el descubrimiento del «Nosotros». Brota así la nueva realidad de grupo, masa, comunidad, es decir el hombre descubre el «nosotros», nace la nueva realidad de interrelación que llamamos «socialización» o «globalización» en su sentido prístino y no en el actual.

Por lo tanto podemos afirmar que el hombre tiene necesidad imperiosa de entrar en contacto, relacionarse, con lo existente. Contacto, relación en y a cualquier nivel es comunicación.

El hombre, pues, podemos concluir, que es esencialmente comunicativo aunque domine en algunos hombres la cualidad de introversión y aislamiento y también éllos, los introvertidos, son comunicativos en mayor o menor grado e intensidad.

La existencia de los Medios modernos de comunicación e información imprimen el ritmo a lo que se denomina la dinámica de nuestro tiempo. No hay acontecimiento relevante, o que se considere como tal, que no pase a través de la óptica de estos instrumentos técnicos. No hay actividad social que escape a su incumbencia y por lo mismo que, de alguna manera, no sea juzgada por ellos.
A la vez que los Medios informativos se convierten en el espejo de la realidad, ésta también puede ser deformada por este espejo, de tal forma que el producto que emana de los Medios, que en definitiva es la información, es un producto que hay que considerar siempre cautelosamente, y no porque el Medio sea de por sí susceptible sino porque en él interviene la intencionalidad humana que, a la postre, es la que marca de alguna manera el ritmo de la información.

Y esta es la realidad. Es, por ende, el punto de partida inevitable: los Medios están ahí. Están, además, en forma omnipresente y prepotente. Están para dar cabida a cuanta información sea codificada para ellos, y cuando hablamos de codificada no nos referimos exclusivamente al aspecto técnico sino, y sobre todo, al aspecto intencional.

Están ahí como el pan nuestro de cada día, como el alimento del ansia del saber, así sea para conocer la más trivial de las noticias, o lo que algún grupo de la sociedad puede juzgar como trivial, hasta la más aparentemente seria revelación.

A pesar de que decimos que siempre dicen lo mismo, acudimos a éllos para eso, para lo mismo; igual que se acude a la mesa diariamente para tomar casi los mismos alimentos.

La curiosidad moderna necesita del Medio, inclusive independientemente de lo que en él vaya a aparecer, sabiendo también lo que en él va a aparecer.

Igual que cuando acudimos a la mesa: lo hacemos independientemente del conocimiento previo a lo que nos van a servir. El que nos guste o disguste el manjar es ya un juicio posterior, una conclusión después del servicio. Pero el fenómeno de cumplir ese rito cotidiano de alimentarse, se ha cumplido como exigencia de la necesidad.

No es nuestro propósito enjuiciar el contenido de los Medios modernos informativos, ni siquiera de como estos podrían servir mejor o peor a la colectividad, para la cual, evidentemente, funcionan.

Lo que nos interesa en esta primera parte del trabajo es constatar su existencia, el poder que ejercen, su presencia omnipresente e imprescindible, su asombrosa capacidad de estar ahí en todo tiempo y lugar, el indudable servicio que ofrecen para quienes quieren aceptar su servicio, la utilización que, para fines específicos pueden tener y lo que mediante éllos se puede lograr.

Es evidente que no podemos pretender que todos los Medios de información sirvan a los mismos intereses; sería inícuo para la condición humana.

Una primera acotación sería la de saber considerar a los Medios informativos como medios "al servicio de". Por supuesto, sería en primer lugar Medios al servicio de la colectividad humana.

Pero esto, inevitablemente, se convierte en utopía. Porque la colectividad humana no es un ente abstracto sino una realidad que crece al amparo o al desamparo de colectividades humanas, que es lo mismo que decir, de intereses acordes a grupos o a individualidades.

Lo que, de antemano preconiza un principio: hay que partir del hecho de que los modernos Medios de información-comunicación sirven a colectividades y raramente la colectividad puede servirse de ellos.

De ahí que sea tan difícil implementar eso que se ha dado en llamar políticas de comunicación, tal como intentó definirlas la Unesco en 1976, en la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas de Comunicación para América Latina y el Caribe, celebrada en Costa Rica y a la que asistieron todos los gobiernos del continente: «Políticas de comunicación son un conjunto deliberado de principios y normas que deben regir el funcionamiento y la utilización de los Medios de comunicación y de información al servicio de los objetivos democráticamente elegidos por las comunidades nacionales y según los criterios de cada país».

Si los Medios deben ser considerados como de servicio a la colectividad, también ésta tiene el derecho a servirse de los Medios, pues son estos los máximos altavoces de los que dispone la sociedad para dejarse oír. El planteamiento que queremos hacer en el conjunto de este trabajo, especialmente en la tercera parte del mismo, por lo tanto, es cómo la Iglesia, en cuanto institución, puede y debe servirse de los Medios y cómo con los integrantes de la comunidad eclesial, es decir, la base, puede y debe también ser protagonista de los mensajes que dichos Medios deben transmitir.
No se trata de mediatizar el contenido de los Medios de información en una sola dirección, esto es, en la dirección que marque en exclusiva la institucionalidad. El objetivo apunta a lo estrictamente democrático, a la proposición igual que a la oposición.

Hacia esto apunta Andrés León cuando expuso en Lima, en noviembre de 1986 y con motivo del seminario Iglesia y Desafíos de la Comunicación y Valores Evangélicos, que «en la práctica se puede determinar que no hay políticas de comunicación explícitas de la Iglesia, integradas en un cuerpo de normas coherentes, que signifiquen un planteamiento concreto en referencia a la estructura de la comunicación y al proceso del mensaje. La Iglesia tiene implícitamente una política de comunicación que se nota en la praxis de trabajo y en documentos, especialmente hacia dentro de la Iglesia misma con carácter apologético y de resguardo doctrinal. Los lineamientos que existen dependen de cada Iglesia local, en el mejor de los casos, pero más aún de los planteamientos de los grupos y de las comunidades de base en cuanto manejan o están presentes en los medios».
Hemos de partir del principio de que toda noticia, todo acontecimiento, es cristiano o, mejor dicho, debe tener un tratamiento cristiano. De ahí que no haya actividad humana que deba ser excluida del juicio que debe dársele desde la fe.

Este principio arranca desde el mismo comportamiento de Jesús de Nazaret, quien se topó con acontecimientos de todo tipo y ante quien llegaban informaciones de todo cariz. Informaciones a veces netamente mundanas, pero con el propósito de que fueran tratadas por él bajo la óptica del comportamiento religioso vigente en la sociedad.

Y fue precisamente este tratamiento por parte de Jesús, esta reinterpretación, la que ocasionó graves desentendimientos con quienes legalmente se creían con el derecho exclusivo del tratamiento de la noticia.

Este antecedente nos da a entender que el tratamiento ético no necesariamente debe coincidir con el tratamiento legal, institucionalizado, dogmático.
Partiendo de unos principios básicos, y éstos no son otros que los de la fe, el tratamiento de la noticia humana copa todos los entresijos de la existencia, todos los quehaceres humanos que implican, positiva o negativamente, a la persona tanto en su desarrollo personal como en su desarrollo colectivo.

La fe impone, necesariamente, una óptica especial: no es mirar por mirar, no es observar con indiferencia. Precisamente la perspectiva de la fe es lo que marca la diferencia. Y esta perspectiva hace ver precisamente aquellas variables, aquellos tonos, aquellas intencionalidades que con frecuencia se dejan pasar por alto, bien intencionadamente bien desafortunadamente.
De ahí que las preguntas tradicionales sobre el tratamiento de la noticia, el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué, para que resulte un producto lo más objetivo posible, adquieran, además de la dimensión lógica, la dimensión teológica... Es decir, ¿todos estos interrogantes que rodean al acontecimiento religioso cómo deben ser enfocados para conseguir un resultado trascendente?.

La noticia como producto es, por lo mismo, el gran signo de la manifestación, del diálogo de Dios con los hombres. Un signo que narra verdades que pueden ser mentirosas, o mentiras que pueden ser verdaderas; un signo con la doble faz de lo positivo o de lo negativo; un signo para el descubrimiento, para la indagación de las fuerzas que aupan o condicionan el comportamiento de los hombres entre sí y de los hombres con Dios. Es el gran signo de nuestro tiempo. Inclusive, el gran signo teológico.
Y es el gran signo de nuestro tiempo puesto que se trata de la descripción del acontecimiento o de la degradación del mismo. Hoy día sin noticia no hay funcionamiento social o, en lenguaje actual, no hay devenir, no hay progreso. El no haber entendido esto por parte de la Iglesia institucional es quizá una de las causas de por qué los medios de comunicación han descuidado su enfoque serio.
Si esto es así, y si la noticia es el signo que alimenta el espíritu de nuestro tiempo, nada mejor que, a la luz de la fe, indagar cuál fue el tratamiento que le dió Jesús a la noticia de su tiempo, o cómo Él mismo realizó su mensaje del acontecimiento. No es aventurado afirmar que Jesús de Nazaret se comportó como un auténtico hacedor de noticia. No en balde Él era la noticia. La única. La deseada. La noticia de salvación. La noticia por la que aspira el ser humano como necesidad vital, trascendente. Aspectos que se tratarán en la segunda parte de este trabajo.
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