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Estructuración del proceso comunicacional
La Teoría de la comunicación establece un cronograma, el cual es apto para conseguir el objetivo que se persigue; un cronograma que responde a una necesidad esencial, fundamental del ser humano: la necesidad de interrelacionarse. Esto es debido al hecho de que el hombre es un ser social y sociable, no aislado ni aislable; no solo, ni desamparado, sino sujeto a un mundo al cual llegó y en el cual encontró todo un complejo estructurado de reglas que marcan las relaciones sociales. No cabe la menor duda de que el ser humano es un ser circunstanciado y, por ende, sujeto, lo quiera o no, a las circunstancias que lo rodean. Quien da forma y clarifica esta necesidad esencial de interrelación es precisamente la comunicación estructurada.

Descripción - Definición

Una definición muy simple de comunicación, pero que refleja a cabalidad lo que estamos comentando, nos la proporciona la raíz etimológica: común-unión, poner en común (comunión).

Y es en esta común-unión en donde la interrelación se hace efectiva. La puesta en común, en nuestro caso, son simplemente ideas, pensamientos, significados ensamblados en significantes comunes y oportunos. Estos significantes comunes van a ser la materia prima de los códigos.

La comunicación cumple, por tanto, la necesidad humana de entrar en relación, más que a nivel físico a nivel intencional, emotivo, significativo, de unos con otros.

Son muchas las definiciones que se han dado sobre Comunicación. Al griego Aristóteles se le consideró siempre como uno de los más conspicuos filósofos en toda la historia de la humanidad. Su filosofía se centra en torno al realismo. Aunque Aristóteles no nos dejó una definición concreta sobre la comunicación sí, al menos, en su Retórica, dejó señalado lo que a su juicio, era el propósito de la comunicación: influir. Efectivamente, define a la comunicación, que él llama retórica, como "la búsqueda de todos los medios de persuasión que tenemos a nuestro alcance".
El gran medio de comunicación de los griegos era la Oratoria, la persuasión por medio de la palabra hablada. Y el manejo de las técnicas de comunicación oral llegó a límites insospechados. Si Aristóteles daba importancia a los medios de persuasión, a su búsqueda, a su selección, es porque, indudablemente, sabía que toda la comunicación es, al menos, un intento de persuasión.

Pareciera que Aristóteles nos está introduciendo ya en un tipo de comunicación muy concreta: la hoy considerada comunicación publicitaria y/o propagandística, la cual en este siglo se ha convertido en la mayor de las industrias comunicacionales.

En efecto, la comunicación publicitaria-propagandística va a basar toda su estrategia en la persuasión del receptor para la adquisición de un determinado producto.

Y hoy día, ya no se trata de productos exclusivamente de consumo material sino, y quizá lo que sea más rentable, de productos de consumo anímico: vale decir comportamientos, actitudes, referencias, ansias, formas de ser, impulsos hacia el conseguir; y sin otro fin de ideologías no tipificadas precisamente como filosóficas sino, como decíamos al principio, de comportamiento.

No se refería a ésto Aristóteles, puesto que la publicidad, en aquella Grecia dramática no había adquirido aún los hábitos de consumo de nuestro tiempo. Pero, aun sin sospechar lo que en el tiempo iba a ser esta forma de comunicación publicitaria, Aristóteles toca ya el talón de Aquiles: comunicación es simple y llanamente persuadir.
Ahora bien, ¿sobre qué hay que persuadir? ¿Para qué hay que persuadir? O, en otras palabras, ¿cuál debe ser el contenido del mensaje? Esta pregunta no se la plantea Aristóteles, pero es necesario plantearla, dado el desarrollo que ha experimentado el fenómeno de la comunicación.
Adelantando mucho la historia nos venimos a nuestra época. Es en el siglo XIX y sobre todo en el XX cuando las definiciones sobre comunicación han proliferado. Los estudiosos de las distintas disciplinas, desde las más humanísticas a las más técnicas, han incursionado en este campo de la comunicación: filósofos, psicólogos, técnicos de las ciencias informáticas, profesionales de la denominada comunicación social, arquitectos, médicos, ingenieros, biólogos..., ven en la comunicación humana el elemento fundamental que debe humanizar sus respectivas tareas. Y es precisamente por lo que surge el axioma: "En sentido estricto, sólo hay convivencia cuando existe comunicación".

De tal forma que otro estudioso de este problema, el profesor Castilla del Pino, llegó prácticamente a la conclusión de que, a pesar de vivir en un mundo inundado por las más sofisticadas técnicas de la difusión de conocimientos, podemos considerarnos anclados en la era de la incomunicación.

Pero esto ya responde a otro problema: la manipulación que se puede realizar de la comunicación y, concretamente, de la información elaborada profesionalmente.

No vamos a detenernos en el análisis de las diferentes definiciones que, desde diversos ángulos, se han venido dando; pero parece claro que la influencia, la persuasión, es nota común en casi todas ellas. De tal forma que el proceso comunicacional se nos presenta como un proceso dictatorial, por medio del cual yo intento modificar tu conducta, tus aspiraciones, tus sentimientos, tus acciones... imponiéndote mis puntos de vista, mis ideas, mis formas de ser, mi conjunto de valores.

Y, a la vez, tú intentas no solamente zafarte a mi intento sino ejercer la misma presión sobre mis sentimientos, mis aspiraciones, mis acciones... De tal forma que el acto de la comunicación pareciera ser un acto violento.

Ya no se queda en el simple hecho de poner en común sino de presionar "por todos los medios de persuasión" para que el proceso que yo utilizo cale en tu personalidad hasta tal punto que logre modificarla. Una lucha que no puede darse a partes iguales, en igualdad de condiciones; sino que tienen las de ganar quienes, personas o instituciones, disponen de los mejores implementos o resortes para planificar la persuasión.

Algunos autores, por ejemplo Lasswell, no se detiene con tanta insistencia en este hecho de la influencia o persuasión. Ensambla su definición comunicacional bajo una supuesta apariencia objetiva. Dice que la comunicación es "un acto por el cual dos personas entienden el mismo significado del mismo modo". Lasswell entiende el acto comunicativo como un acto netamente denotativo, omitiendo en el acto todo el proceso emocional, subjetivo, ideológico; esto es, todos los poderes de presión en los que se ve envuelto el emisor y el receptor, no haciendo énfasis en el problema de las interferencias, tanto a nivel técnico como a nivel ambiental y personal. Sin embargo, cada uno de los elementos del proceso de comunicación posee un conjunto de factores que no les permiten ser, la mayor parte de las veces, eminentemente objetivos.

Entender "el mismo significado del mismo modo" debería ser el objetivo fundamental de la comuncación objetiva, netamente humana y netamente informativa. Esto, más que nada, es un objetivo a perseguir, nunca a negar, puesto que negarlo, rechazándolo de principio, estaríamos dando pie a considerar a la comunicación como un método naturalmente manipulante y opresivo.

Hacia esto apunta Colley cuando define a la comunicación como el mecanismo "por medio del cual existen y se desarrollan relaciones humanas, es decir, todos los símbolos de la mente, junto con los medios para transmitirlos a través del espacio y conservarlos en el tiempo".

Podemos llegar a la conclusión de que prácticamente todos los autores ven a la comunicación como un proceso para influenciar, para persuadir, para entablar relaciones humanas, para materializar ideas, estados subjetivos, etc., los cuales hacen que la vida humana pueda cumplir con esa finalidad de interrelación social. El que esto se cumpla o no, no depende tanto de la comunicación como principio teórico cuanto de la intencionalidad de los agentes del proceso de emisión de los mensajes.

Los elementos del proceso y sus circunstancias

El acto de la comunicación se desarrolla en base a un proceso, y como tal necesita seguir unos pasos. Desde que se inicia el primer momento de la comunicación hasta que llega al receptor, produciendo en él un efecto determinado, positivo o negativo, el acto de la comunicación sigue unos pasos, anda un camino, es decir, se desarrolla.
Las distintas etapas que integran este proceso han sido objeto de diseño por los distintos estudiosos del problema comunicacional. Ya Aristóteles establecía este proceso en base a tres elementos: la persona que habla, el discurso que dice quien habla y la persona que escucha.
Se ha querido ampliar más esta concreción, haciendo énfasis en otras fases intermedias y determinando también lo cualitativo del proceso. El esquema de Lasswell es, por demás, gramatical: quién dice, intenciones con que lo dice, canal que utiliza para decir, a quién lo dice, bajo que condiciones lo dice, y efectos producidos por lo dicho.

Es evidente que el mensaje (lo que se dice) es el punto fundamental del esquema de Lasswell. Pero lo dicho no aparece como neutro, sino que está previamente condicionado en una u otra forma, por los restantes elementos que componen el proceso de la comunicación. De tal forma que el sujeto o lo que más adelante llamaremos emisor, no solamente es la persona que dice algo sino que lo dicho parte ya de un condicionamiento: la intencionalidad del Emisor. Esta intencionalidad puede estar presente en el dicho o puede estar oculta. De tal forma que para comenzar el proceso comunicacional, para analizarlo, no podemos desligar al quién de sus circunstancias, tanto individuales como sociales.

El ejemplo (anotado anteriormente) sobre la construcción de laboratorios para la confección de mensajes es un claro ejemplo de esta distorsión de la comunicación objetiva, pero a la vez un claro ejemplo de cómo la intencionalidad cumple un objetivo bien determinado.
Esta intencionalidad del sujeto al realizar el acto de comunicar va a estar relacionada directamente con los efectos que toda comunicación produce en el receptor, y va a estar condicionada igualmente por la propia personalidad del receptor.
El receptor puede ser una persona reacia tanto al mensaje como a la persona que dice tal mensaje, de manera que el efecto producido en él por el mensaje no responda a las espectativas intentadas por el quién de la comunicación.

Como podemos apreciar, el esquema simple de Aristóteles ha quedado reducido a una sencilla enumeración de tres fases del proceso. Aristóteles no soñaba con esta complicación del proceso comunicacional. En su esquema la "persona que habla" engloba tanto a la Fuente como al Codificador o cifrador y al Emisor.

Uno de los equemas más comunmente aceptados en el proceso de comunicación es el de David Berlo. Berlo acepta también la nomenclatura de Fuente, desligándola de Codificador, a la vez que coloca al Descifrador después del Canal. El esquema de David Berlo responde a la siguiente progresión:

Fuente - Codificador - Mensaje - Canal - Descifrador - Receptor.

Una vez que se cumplan a cabalidad todos estos elementos, el proceso de comunicación se realiza y el acto de comunicar comienza a ser efectivo. Sin embargo, hay que indicar que todos estos elementos funcionan estructuralmente, esto es, en forma interrelacionada, de tal forma que cuando falla alguno de ellos el proceso no se efectúa, o no convenientemente; y por ende el acto de comunicación no se cumple o no eficientemente.

Fuente - Emisor - Codificador - Comunicador

A veces, indiscriminadamente, se identifican estos cuatro elementos del proceso de comunicación. Lo cierto es que, aunque a veces coinciden, se dan en un mismo sujeto, otras muchas no; sobre todo cuando se trata de la emisión de una comunicación profesionalizada. Y es preciso saber detectar las diferencias y las semejanzas, las identificaciones y las separaciones, pues en ello puede residir el que un mensaje goce de objetividad o esté marcado por la manipulación.

Un ejemplo claro en el cual la identificación es absoluta, es el de Jesús de Nazaret como sujeto de la comunicación. Otro, completamente inverso, es el ya aducido, como la creación de los laboratorios de confección interesada de mensajes.

La Fuente es el principio, el fundamento, el origen de algo. La "Fons" latina es el manantial de donde brota el agua.

Por otra parte la Emisión es el acto de arrojar, exhalar o echar hacia afuera una cosa. Y, como afirma el diccionario: "tratándose de juicios, dictámenes, opiniones, etc., darlos, manifestarlos por escrito o de viva voz". Y desde el punto de vista netamente técnico o electrónico, emitir es "lanzar ondas hertzianas para hacer oír señales, noticias, música, imágenes, etc.". Esta última acepción técnica está, como veremos, íntimamente ligada a los canales técnicos comunicacionales, como son la radio, la televisión, el teléfono, los satélites artificiales, etc.

A su vez el Codificador es quien "hace o forma un cuerpo de leyes metódico y sistemático"; leyes que estarán concebidas en un código, creado personalmente o creado socialmente.

Y por último, el Comunicador: quien realiza el acto de comunicar o "el que hace a otro partícipe de lo que uno tiene".

Podemos apreciar cómo todas estas palabras, siginificativamente, tienen algo en común; pero cómo también, significativamente, se diferencian en algo.

La Fuente, retomando su significación original, es el lugar de donde fluye una cosa, una comunicación, una idea, una intención si este "lugar" es la persona humana. David Berlo, refiriéndose concretamente a la "persona o grupo de personas con un objetivo y una razón para ponerse en comunicación".

Por lo tanto, las ideas fluyen, manan, emergen de la persona-fuente; y no solamente las ideas sino también las necesidades, la información y un propósito por el cual se realiza el acto comunicativo.

Es evidente que este propósito debe de ser materializado para lo cual es preciso utilizar un código; de tal forma que la Fuente, en muchas ocasiones, es a la vez el codificador de su propia idea.
Generalmente en la comunicación de tipo didáctico, o de tipo dialogal, fuente-emisor-codificador-comunicador, coinciden en la misma persona. El profesor está impartiendo unos conocimientos, es decir, está haciendo que de su mente vayan fluyendo las ideas que configuran el mensaje didáctico; a la vez, él mismo las materializa, utilizando el código apropiado para ello: fórmulas matemáticas, fórmulas químicas, normas éticas, palabras comunes, etc., de tal modo que se convierte en el codificador de sus propias ideas.

A la vez, existen las fuentes de inspiración para la confección de las ideas. Jesús de Nazaret utilizaba como fuente de inspiración lo más común y a mano, precisamente para que la confección del mensaje fuera entendida por el común de la gente: las flores del campo, la siembra, las redes y los pescadores, cualesquiera de las actividades humanas al igual que los fenómenos de la naturaleza le servían como fuente de inspiración para confeccionar su mensaje. Toda la comunicación en base a la técnica de las parábolas estaba motivada por esta fuente de inspiración. A la vez, Él mismo era el sujeto que emitía los mensajes, de tal forma que Él mismo era el auténtico comunicador: el sujeto que realizaba el acto de comunicar después de haber materializado sus ideas conforme a un código apto para que tales ideas llegaran a los receptores.

Podemos ir aclarando conceptos y, a partir de la Fuente, del lugar de donde procede o dimana la idea a ser comunicada, la cual puede ser tanto la mente humana o un acontecimiento que actúa como estímulo ante la mente humana, podemos adentrarnos en el Emisor, ese ser con capacidad de dar a conocer el mensaje, ese Quien que, a partir de una idea, de un significado, de un estímulo, y en muchas oportunidades de un mandato, pone en acción todos los requisitos para materializar con el fin de darlo a conocer o de hacerlo común, el mensaje.

Es así como el Emisor se convierte en Comunicador, y si es él realmente quien ha materializado la idea por medio de la utilización de un código oportuno, es él también el sujeto Codificador. Por tanto, junto al Emisor puede aparecer el Codificador.

Ambos elementos del proceso, como hemos podido apreciar, pueden pertenecer a una misma realidad, aunque esto no quiere decir que siempre ambos sujetos coincidan. Puede darse el caso en el que un sujeto codifique un mensaje y otro diferente sea quien lo emita, quien lo transmita. Los locutores, por ejemplo, son simples emisores-transmisores de una información previamente codificada por un redactor, la cual no necesariamente ha sido ideada por él: el acontecimiento ha sido la fuente de donde parte tal información.
El Codificador, evidentemente, puede ser el mismo sujeto emisor, pero en muchísimos casos no lo es. Pongamos el ejemplo de la comunicación publicitaria. Generalmente quienes codifican los mensajes a ser transmitidos son varias personas trabajando en equipo debido a la complejidad técnica de los códigos manejados en este tipo de comunicación. Existe una interrelación entre todos los elementos que integran el anuncio publicitario para lograr la estructura comunicativa; pero la elaboración de esos requisitos está en función de diferentes personas: unas se encargarán de la redacción lingüística, otras de la diagramación, otras de la selección de gráficas, colores, tamaños y tipos de letras, etc.; de tal forma que la confección final del mensaje publicitario o anuncio, es decir de la codificación definitiva no es obra de un solo codificador sino de un conjunto de personas especializadas técnicamente en la elaboración de los distintos elementos que dan forma definitiva al mensaje.

Como, por otra parte, el sujeto individual, el Codificador o codificadores del mensaje publicitario, permanecen en el anonimato y el único responsable que se muestra como tal es la Agencia Publicitaria, tendremos que hablar, si acaso, de un codificador plural, es decir, de una Agencia.
Nos encontramos ya dentro del concepto Persona Moral, concepto que, en este caso, se aplica no solamente al Codificador sino también al emisor: quien envía el Mensaje es la Agencia, no una persona individual. Y, a su vez, quien a la Agencia le ha dado la idea para ensamblar tal mensaje ha sido el dueño o responsable del producto publicitario que, en definitiva, es quien lo paga. Se ha elaborado un mensaje con objetivo netamente comercial, un producto para la motivación hacia la compra o adquisición de otro producto.
La persona moral como sujeto emisor-codificador es sumamente importante a la hora de calibrar la intencionalidad del mensaje y, por ende, su objetividad: una persona moral está compuesta por un grupo de individuos organizados en base a una misma razón social.
Aunque el mensaje transmitido lo realice una persona individual, ésta no actua por iniciativa propia, ni bajo una sola responsabilidad, sino que, aunque hable individualmente, comunica el pensamiento del grupo.

Vamos a colocar, a modo de ejemplo, algunas personas morales y algunos individuos que, en su actuación, lo hacen no como individualidades sino como pertenecientes a la persona moral a la cual representan: los Partidos Políticos, Fedecámaras, la Iglesia Católica, el Sindicato, los Gobiernos..., y sus portavoces van a ser los delegados: el secretario general del partido, el presidente de la patronal, el obispo o arzobispo, el delegado del sindicato o el portavoz del gobierno.

Es posible que el emisor-persona-moral no esté, individualmente, de acuerdo con la comunicación que transmite (aunque hable en "nosotros"), pero se constituye en emisor porque es representante, actuando en ese momento como totalidad.

La naturaleza de este emisor-persona-moral está aún más condicionada que la propia naturaleza del emisor estrictamente individual. El emisor-persona-moral ha de dejar de lado su identidad particular para hablar en nombre de la colectividad de la cual es integrante y su representante, y de la cual, a su vez, depende. Por eso casi siempre tendrá que utilizar el plural "nosotros" como punto de referencia. Es el lenguaje común y típico de los dirigentes de los partidos políticos.

Decíamos que no se identifican necesariamente, aunque puedan identificarse en algunos casos: Fuente, Emisor, Codificador y Comunicador. Lo que, a todas luces es interesante tener en cuenta a la hora de captar y reinterpretar el mensaje recibido. No solamente saber quien lo dice, sino también de donde viene. Detectar no solamente la posible buena imagen de quien lo transmite, sino lo que esa buena imagen puede esconder detrás de élla: la fuente de donde emana la comunicación.

Ya sólo con estas breves apreciaciones podemos calibrar lo complejo que puede resultar un mensaje y cómo éste puede llevar camuflado un objetivo que aparentemente no se ve, no se capta.

Los riesgos del comunicador

Uno de los principales retos que tiene que afrontar el comunicador, no solamente el de hoy, sino el de siempre, es el de enfrentar a su conciencia con el contenido del mensaje que desea transmitir. En el caso de Jesús de Nazaret los riesgos acechaban en cada momento.

En principio, este planteamiento se torna un tanto utópico, pues ese desear transmitir choca, en la mayor parte de las veces, con las barreras que imponen los intereses diversos, extraños, al profesional de la comunicación.

En efecto, no es desvelar ningún secreto el afirmar que en un porcentaje más bién elevado, el comunicador tiene que ceder a la presión de la autocensura; bien para mantenerse en el lugar de trabajo o bien para optar a tener o perder un medio que le sirva de portavoz para enviar su mensaje. Son de sobra conocidos los impedimentos típicos, que a la vez se convierten en impedimentos tópicos.

Decir, por ejemplo, que estamos viviendo el ocaso de las ideologías, no deja de ser una presunción concienzudamente planificada. Ocurre que hoy día las ideologías son menos de libro, menos de aula, y más de procedimiento. Y es precisamente por el procedimiento, o en lo que estéticamente pudiéramos denominar estilo, por donde se cuela la más sofisticada autocensura y, por ende, la más descarnada desfiguración de la realidad. De tal forma que no es válido el argumento de la multiplicidad de los Medios para estar más y mejor informado, lo que equivale a decir más objetivamente. Porque, aunque es cierto que una misma noticia es explicada mediante diversas tildes, también es cierto que la mayoría de los ciudadanos se ven incapacitados para tabular lo que de coincidencia tienen todos los mensajes y lo que tienen de divergencia, según las diferentes redacciones; y no se trata tanto de "puntos de vista", los cuales necesariamente deben existir, cuanto de la "fabricación de los diferentes puntos de vista".

Todo el mundo sabe que se fabrican noticias con intención bien determinada, productos para cubrir ciertas necesidades, esto es, todo el mundo sabe que se implementan laboratorios para redactar, inventar, desfigurar o tergiversar acontecimientos. Evidentemente, se trata de laboratorios camuflados, y quienes en ellos trabajan saben perfectamente cual es su cometido. Pero, sin caer en estos artilugios de la política, de la economía y de otras artes que marcan el devenir de nuestro tiempo, tenemos a los profesionales, personas o instituciones, que fungen como responsables del quehacer diario de la comunicación.

Así que resulta difícil, si no imposible, teorizar más sobre lo que los Medios deben de ser; los Medios no deben de ser de tal manera. La realidad es que son de tal manera. Y que serán de otra si los protagonistas tienen a bien cambiarlos. Hay, necesariamente, que afrontarlos tal cual son.

El Código

Ya hemos identificado al Codificador como el Quien que utiliza, con el fin de mostrar un mensaje, de materializar una idea, un sistema de signos y de símbolos comunes al emisor y al receptor. Cuando hablamos de sitemas nos referimos a un conjunto ordenado de elementos y de reglas.

En realidad, el concepto de sistema funciona a todos los niveles, y el mismo proceso de comunicación se totaliza como sistema. Así damos el nombre de sistema económico a ese conjunto de principios y reglas que constituyen la base para el ordenamiento de la economía de la sociedad, teniendo en cuenta las grandes ideas de carácter económico, de repartimiento de riqueza, etc. De esta forma nos encontramos con los dos grandes sistemas económicos: el capitalista y el socialista.

Dentro del mundo de la lingüística apareció el término sistema para referirse a una totalidad organizada, compuesta en base a una serie de elementos enlazados entre sí, solidarios, dependientes; con la particularidad de que cada uno de ellos no puede definirse "si no es en relación de unos a otros y en función de su puesto en dicha totalidad".

Si analizamos el proceso de comunicación bajo el concepto de sistema nos daremos cuenta de la realidad de la interrelación, de la solidaridad y de la dependencia de los distintos elementos que conforma y cómo es prácticamente imposible definir uno de ellos si nos desprendemos del otro.
Porque, efectivamente, existe un Comunicador, un Emisor y un Codificador siempre en la base de la existencia de un Receptor, de un Descodificador, de un sujeto que esté en capacidad de entender el comunicado que le llega. De tal forma que no habrá Emisor en la práctica si no hay Receptor en la práctica.

Así como el mensaje, el significado, no llegará hasta el receptor si no se dispone de una materialización precisa, oportuna, común, realizada mediante un conjunto de signos y/o símbolos, y si no se dispone de un medio apropiado por el cual transcurra el mensaje.

Cada uno de estos elementos del proceso está íntimamente ligado al resto, y sin el apoyo necesario de cada uno el proceso comunicativo no podrá efectuarse. De ahí que habláramos de interferencias como obstáculos que afectan a todos los elementos del proceso, o a cualquiera de ellos en particular.

Inclusive, podemos hablar de sistemas dentro de los propios sistemas; y en este sentido, igual que afirmamos que el Código es un elemento dentro del Sistema que permite el funcionamiento del proceso de comunicación; podemos, igualmente, comprender al Código dentro de su propio sistema, esto es, dentro de unas reglas que le son inherentes, de unos elementos propios que dan forma a su propia estructura. Es un subsistema dentro del proceso de comunicación pues si no funciona como subsistema tampoco puede ser elemento efectivo dentro del sistema global del proceso comunicacional.

Se han intentado diferentes definiciones de Código; "todo grupo de símbolos que puede ser estructurado de manera que tenga algún significado para alguien", o "un sistema de convenciones explícitas y socializadas". Todo lo cual implica diferentes posibilidades de codificación.
Nosotros preferimos una definición más sencilla: "conjunto de signos y/o símbolos, comunes al emisor y al receptor, por medio de los cuales podemos materializar significados en significantes para construir estructuras comunicacionales".
En definitiva, todas las definiciones coinciden en sus elementos fundamentales. El Código sirve para codificar, esto es, para realizar una operación por medio de la cual la persona que tiene interés en enviar mensajes, a partir de la idea de la Fuente, elabora el significado por medio de elementos que soporten esa idea, y soportarán esa idea si los signos y/o símbolos utilizados pertenecen a un repertorio común a quien emite y a quien recibe, siguiendo, lógicamente, unas reglas previamente establecidas.
Codificamos palabras por medio de l-e-t-r-a-s: estas letras están todas llas ubicadas dentro del repertorio de un determinado alfabeto. Codificamos pensamientos uniendo palabras: estoy - alegre; estas palabras están ubicadas también dentro del repertorio que constituye el léxico de una determinada lengua; en nuestro caso, el castellano. Codificamos mensajes por medio de signos no lingüísticos, como son los mensajes que nos llegan a través de las luces de un semáforo; y estas señales de colores luminosos están ubicadas igualmente dentro de un repertorio convencionalmente establecido, el cual constituye el lenguaje social de las señalizaciones de tráfico. Codificamos mensajes por medio de gestos, bien sean gestos de procedencia innata, bien que respondan a convencionalismos sociales; e, igualmente, éstos están ubicados dentro del repertorio gestual preestablecido.
De tal manera que la posibilidad de utilizar códigos es prácticamente indefinida, ya que si nos adentramos en el tema de la comunicación artística (pintura, escultura, ballet, música, etc.), los signos utilizados por los codificadores del mensaje artístico pueden salirse fuera de la común captación de las mayorías; para las masas estas formas de codificación serían inefectivas y la propia forma artística completamente arbitraria actuaría como interferencia para la comprensión cabal del mensaje transmitido.
A este respecto anota el profesor Aranguren: "La obra de arte no existe sino en cuanto es percibida por una reducidísima élite, por una minoría o por el gran público. Y por lo mismo, es susceptible de descodificaciones o interpretaciones completamente diferentes". Lo cual implica que el factor "común" asignado al signo codificable, en las obras de arte, no es "tan común"; de ahí que no pueda ser interpretado de la misma manera: la significación tendrá, por lo mismo, diferentes interpretaciones. Por eso, los sistemas de codificación empleados no responden todos al mismo concepto de denotación.
Algunos estudiosos de la comunicación se atrevieron a establecer diferentes grados en la codificación de mensajes, dando prioridad esencial al denominado código lingüístico fonético, mediante el cual el ser humano puede cifrar mensajes hablados, configurando así el lenguaje por antonomasia.

Como un grado inmediato vendría el segundo: es decir, el lenguaje escrito.

Es cierto que estos dos tipos de comunicación continúan siendo los más generalizados, los más usables y, por ende, los más comunes.

Pero también es verdad que los modernos Medios de comunicación han venido diseñando otras formas de comunicación ya generalizadas; y si bien es cierto que aún la mayoría de los receptores no están en capacidad técnica de manejar esos códigos para emitir una respuesta con ellos, también lo es que están capacitados para recibir, esto es, descifrar los mensajes como si se tratara ya de algo natural.

El cine y masivamente la televisión, han conseguido hacer del "código audio-visual" algo de uso común, de tal forma que ya nos vemos más inmersos en el contexto de la imagen tecnificada que de la palabra.

El código audio-visual asalta hoy día al ser humano desde todos los ángulos, y desde todas las vertientes. Lo mismo da que se trate de mensajes para la distracción que para el más serio de los trabajos científicos. Algunas de las actividades humanas parecieran no poder realizarse si no están apoyadas en la proliferación de mensajes audiovisuales: cabe decir, el comercio, la actividad económica, la oferta y la demanda, actividades que generalmente van precedidas y después apuntaladas por la actividad publicitaria, la cual se nutre, para la emisión de mensajes o proclamas, de la codificación audio-visual.

Sin exagerar, podríamos decir que hoy, lamentablemente, "es más aceptada la credibilidad por la imagen que por la palabra", aunque es evidentemente cierto que el lenguaje hablado continúa siendo el de uso común para la comunicación interpersonal.

Así que hoy día podríamos hablar de dos primeros grados en el proceso de la comunicación para el ensamblamiento de mensajes: conserva el lenguaje hablado la prioridad para la comunicación masiva, el primer grado de codificación audio-visual.
Tiene en su haber, además, "la comunicación audio-visual", el hecho de nutrirse de diferentes tipos de codificadores, en donde la imagen ciertamente ocupa el primer lugar en impacto pero que se refuerza a sí misma, tanto con la palabra como con la música, con la coloración, con la "diagramación", vale decir, la ubicación de la misma imagen en contextos diferentes, etc.
A esto puede haber contribuido, entre otras razones, la "emotividad" que caracteriza a la imagen. Si la palabra tiene ya de por sí un alto grado de emotividad, la imagen la supera; y es que la imagen, aún la misma imagen, puede ser "preparada", tratada, confeccionada, maquillada y, si se quiere, "manipulada", para poder ser "leída", es decir, captada según una gran pluralidad de emotividades.

No es ningún secreto afirmar, por ejemplo, que la imagen utilizada para la codificación publicitaria, emite o sugiere mensajes mucho más allá de su propia materialidad, vale decir, de lo que aparentemente deja ver. Las sugerencias a nivel de imagen comunicacional son de un alto grado de exposición, y muy bien podemos afirmar que, además del mensaje patente, emerge el mensaje oculto o, más técnicamente, el metamensaje (subliminal).

Abríamos estas reflexiones con el ejemplo de Jesús-Comunicador. Es obvio que Él, a la hora de elegir los códigos apropiados para la emisión de su mensaje se veía "condicionado" por las técnicas de la época: no pudo utilizar la codificación audiovisual simplemente porque entonces se desconocía. Pero de alguna manera la usó, y no en poca proporción.
La utilización tanto de la metáfora como de la parábola no es más que un primer intento de visualizar, de trasladar a imágenes mediante la narración, contextos visuales.
Este es uno de los recursos fundamentales del que dispone tanto la codificación del lenguaje hablado como del lenguaje escrito: "evocar imágenes en la mente del receptor", crear imágenes intencionales más que valerse de imágenes materiales para la codificación de mensajes. De tal forma que la imagen, aún en este sentido de imagen intencional, tiene una gran dosis de fuerza para la confección de mensajes comunicacionales.
Al analizar el fenómeno Jesús-Comunicador nos encontrábamos con el hecho de la elección de los códigos para la emisión de su mensaje. No siempre hablaba con la misma "claridad", ni siempre desvelaba con idéntica nitidez su "discurso". También el tipo de personas a las cuales se dirigía en un momento concreto imponía la elección del código. En algunos pasajes nos encontramos con el fenómeno "enigmático", con el "qué querrá decir", y también en ocasiones su misma actuación era interpretada "de distinta manera".
Además de la frase llana, de la frase común, Jesús utilizó la más "complicada", la metafórica, esa técnica que, inclusive, "induce a captar distintos significados o distintos grados de un mismo significado". Así la codificación gestual estuvo también en la base de su mensaje: gestos como la imposición de manos, o el colocar barro en los párpados de un ciego, o el hecho de someterse al rito bautismal de Juan y, por supuesto, el ritual de la Última Cena, son mensajes estructurados en base a signos completos en unos casos o tradicionales en otros (sacramentos).

Tal fue así que la fe de algunos de sus seguidores desveló esta posibilidad de codificación efectiva de Jesús; es el caso, por ejemplo, del centurión, cuando le insta a curar a su siervo "a distancia", con una sola palabra, sin necesidad de que se desplace hasta su tienda para imponerle las manos.
La referencia de los escritores de los Evangelios al intentar visualizar el comportamiento de Jesús como alegre, templado, triste, furioso, contemporizador con los niños, serio con escribas y fariseos, denota ya la utilización de un código muy concretizado, tanto en lo gestual como en lo lingüístico, según los públicos diferentes.
Dificilmente podremos encontrar una estampa bíblica en donde, en su relación con fariseos y escribas, no sea de gesto adusto, casi rayando en el desprecio; a la vez que en su trato o referencia a pecadores sociales, tales como publicanos o prostitutas, el gesto, el comportamiento se torna apacible, comprensivo, contemporizador (teología del pecador y opción por los marginados).
Todo esto quiere decir, primero, que un correcto comunicador debe ser una persona capaz de asimilar y emplear correctamente las diferentes posibilidades de codificación; vale decir, las distintas técnicas, para que su mensaje llegue y sea captado con el mayor grado de intensidad por el receptor.
Y en esto, con no poca frecuencia, se ha fallado a la hora de codificar los mensajes evangélicos.

Vamos a decir, a modo de ejemplo, que se ha creado una especie de lenguaje eclesiástico, identificado muchas veces como frío, ajeno, lejano, incomprensible o indiferente, poco fiable. Por las causas que sean, y no es este el momento ni el lugar de analizarlas.

Algo parecido a lo que en este momento está ocurriendo en el mundo del lenguaje político: un lenguaje reiterativo, acartonado, estereotipado y no solamente en la palabra, en la frase, sino también en el tono, en el gesto. A veces ya no importa quién lo diga: el rechazo está ya en la forma; ese tipo de codificación ha perdido valor porque ha perdido credibilidad.

La proliferación indiscriminada de mensajes del mismo tono, (denuncias de corrupción a troche y moche, difamación indiscriminada, sabotaje a pretensiones de liderazgo, promesas del mismo tono para los electores; en fin, todo ese montaje de "declaraciones", de "titulares", de "propuestas", enunciaciones, hacen que, en muchos casos, la sinceridad objetiva que puedan llevar implícita quede desfigurada, minimizada o anulada, por la desconfianza.

Como podemos apreciar, el sistema de comunicación empleado no es algo cerrado, sujeto a leyes intocables. Son muchos los elementos que van introduciéndose en el camino que tiene que seguir el proceso de comunicación para que ésta se haga efectiva.

Ya nos habíamos topado, al hablar de la Fuente-Emisor-Comunicador, con todo el problema implícito en la persona del quién, con todos los condicionamientos que en él deja el proceso de socialización. Lo mismo ocurre en el Código. La misma elección de un determinado código a la hora de intentar materializar un mensaje es ya una elección parcializada, y por lo tanto, teñida de subjetividad, de intencionalidad.

Las modernas técnicas publicitarias nos ilustran ampliamente sobre este fenómeno. No se trata solamente de elegir un código para llegar al receptor sino de elegir el mejor para influir en él más convenientemente, para que el mensaje transmitido tenga toda la fuerza emotiva proyectada.

Sin embargo, hay que entender que existen grados también en el proceso de objetividad. No podemos medir por el mismo rasero a la codificación publicitaria y a la codificación científica.

Ahora bien, se nos plantean algunos problemas con respecto a la codificación lingüística verbal, como a la no verbal, y sobre todo a la confluencia de ambas.

Resumiendo podemos concluir que el Codificador es la persona que utiliza, con el objeto de materializar un mensaje, bien consciente bien inconscientemente, un sistema de signos y/o símbolos comunes a los dos extremos del proceso comuncacional: Emisor-Receptor, por medio del cual podemos convertir un significado en significante logrando una significación y comunicándola.

Los sistemas para ensamblar mensajes son de muy variada categoría: oscilan entre lo primario, (lo más consustancial al ser humano), hasta lo más elaborado.

Todas las profesiones, todas las artes, todas las actividades humanas, poseen sus propios sistemas de codificación. Inclusive, existen los códigos secretos, solamente utilizados por personas o entidades muy concretas y restringidas.

Las finanzas, por ejemplo, poseen su código especializado, al igual que la medicina, la aeronáutica o los distintos tipos de realización artística.

Un código universalmente técnico es, por ejemplo, el utilizado para la confección de mensajes musicales, como una forma de escritura perfectamente delimitada, la cual responde también a sonidos, tiempos, ritmos, etc.

Existe, igualmente, un lenguaje eclesiástico, y no solamente en la elaboración de la literatura religiosa y ritual sino también en el uso normal de la palabra, del protocolo, de las poses, de los comportamientos externos.

A modo de ejemplo, y por la importancia que tienen los gestos en la confección de mensajes para ser emitidos por los modernos Medios de comunicación, enumeraremos algunos: en primer lugar, los denominados paralingüísticos que son utilizados o para relevar al lenguaje usual o para sustituirlo o para auxiliarlo: el morse, el braile, el sistema marinero de señales con banderas, son ejemlos típicos de relevos del lenguaje: los jeroglíficos, los pictogramas, los signos del argot de sociedades secretas son ejemplos de códigos sustitutos del lenguaje; las entonaciones sonoras, la mímica, los gestos son ejemplos de auxiliares del lenguaje. Basta, por ejemplo, que en la pantalla del televisor veamos a uno de los personajes hablar por teléfono con otro, independientemente de lo que se digan, captamos de inmediato otro mensaje sin palabras: el de que ambos no se encuentran presentes, el de que existe una distancia física entre éllos; se ha utilizado el código proxémico, el cual codifica el espacio existente entre el emisor y el receptor.
Es importante hacer notar la diferencia de estos tipos de códigos lógicos paralingüísticos. Los códigos de relevo del lenguaje están cumpliendo la misma función que cumpliría el lenguaje verbal, de tal forma que las letras del alfabeto no hacen más que dibujar los sonidos que corresponden al lenguaje verbal. Sin embargo, los códigos sustitutivos del lenguaje no dependen del lenguaje verbal: lo sustituyen. Los ideogramas chinos tienen un signo preciso para nombrar a la realidad árbol, y ese ideograma no corresponde a una traslación fonética sino más bien a una designación directa del objeto al cual se refieren. Son códigos "autónomos e independientes del lenguaje articulado".

A su vez, los códigos prosódicos, kinésicos y proxémicos no sustituyen al lenguaje ni lo reconstruyen sino que lo intensifican, es decir, lo auxilian. Los gestos, la entonación, la distancia o proximidad entre los locutores refuerzan el mensaje que se está emitiendo oralmente.
Quizá uno de los conjuntos de códigos más importantes, utilizados hoy día en la elaboración de mensajes, sean los denominados códigos estéticos.

Se trata de sistemas de codificación utilizados más para materializar lo subjetivo que lo objetivo; más las apreciaciones personales y las propias experiencias interiores que la objetividad informativa.
Los códigos estéticos son, inclusive, de elaboración personal, y constituyen algo parecido a lo que podríamos denominar "estilo".

El estilo es una peculiaridad del procesador, del ensamblador, y mediante él, no solamente apreciamos su forma de ver las cosas, sino como es él a través de las cosas.

Alguien ha dicho que el estilo es el hombre: el repertorio de signos que utiliza para codificar sus sentimientos dice más de él que de la obra realizada. De ahí que podamos afirmar que los códigos estéticos son todos aquellos sistemas de codificación que dejando a un lado la experiencia lógica, se abocan más a la experiencia afectiva o estética.

Ya no se refieren, como en el caso de los códigos lógicos, a la codificación de la percepción objetiva del mundo exterior sino más bien a la codificación que cada uno de nosotros realizamos de nuestros gustos. Se trata de una codificación de la subjetividad, es decir: no lo que la realidad objetivamente nos presenta sino lo que a mí me inspira, que por supuesto, puede ser totalmente ajena a la inspiración de otra persona. Esta codificación se refiere fundamentalmente a la creatividad artística, de ahí que reciban el nombre de códigos estéticos.

No menos importantes en los actuales sistemas de comunicación son los denominados Códigos Sociales o del comportamiento del individuo dentro de un determinado contexto social. En la confección de mensajes para la divulgación masiva estos códigos han adquirido una importancia capital.

Existen los denominados signos de identidad, que no están tanto para cumplir la necesidad de la identificación individual de una persona cuanto la "diferencia" que esta persona o grupo de personas tienen con respecto al resto del grupo.

El grupo de los denominados "protocolos" es sintomático de lo que decimos y hasta los mismos oyentes de Jesús de Nazaret, según el relato de los Evangelios, se lo atribuían; en no pocas oportunidades se le denominaba Maestro, lo cual implicaba un título.

Pero estos títulos, estas etiquetas, eran ya de uso común en aquella época y así vemos como se diferenciaba a las personas según la etiqueta de publicanos, fariseos, samaritanos, doctores, leprosos, viudas, pecadores, justos, prostitutas, discípulos, etc. Cada una de estas etiquetas servían para "individualizar" a personas o grupos, para diferenciarlas del resto y, a veces, se hacía con el fin objetivo de precisar y también con el de difamar.
La sociedad moderna cuida mucho estos detalles, tal así que cada vez más se están encumbrando las denominadas páginas de sociedad, un título un tanto conflictivo y separatista, casi discriminatorio, pues encumbra como a auténticos sujetos sociales a quienes "aparecen" sólo por la "categoría" que les da la separación del resto.
Sirven, además, estos códigos sociales, para aclarar, rubricar, enfatizar cualquier mensaje. En otras palabras, que el mensaje puede adquirir mayor, menor o nula importancia dependiendo de quien lo diga.
De ahí la importancia que le dan los Medios a la codificación protocolar del emisor. Un periódico tituló: "Clinton aconsejó a Yeltsin desconfiar de los japoneses". Una noticia, no cabe la menor duda, de capital importancia internacional, precisamente por la categoría del emisor y del receptor de tal mensaje. No hubiese ocurrido absolutamente nada, no hubiese llegado ni siquiera a la categoría de noticia, si tal comentario se hubiese dado entre dos ciudadanos comunes; la diferencia, y la importancia, radica en el quién de los hablantes, en su categoría actual, ni siquiera en quien son individualmente estos señores sino en quienes son socialmente: presidentes de las naciones más importantes del mundo, expresión que en sí ya constituye una etiqueta más. "Cuando los japoneses dicen si, quieren decir que no", dijo Clinton a Yeltsin en un acto privado, pero tal "papel" se extravió, dando a parar a manos de un periodista, por lo que la Casa Blanca "se apresuró a declarar este comentario (para evitar un revuelo diplomático) con el cual el presidente norteamericano aconsejó a su colega ruso que desconfiara de los japoneses". ¿Se trata simplemente de un incidente diplomático?. Posiblemente sí, pero que condicionó el nerviosismo de mucha gente durante algunas horas.

Etiquetas, títulos, saludos, fórmulas de cortesía, al igual que los maquillajes, los tatuajes, los peinados, los logotipos, las marcas de fábrica, las profesiones..., son algunos de los tantos códigos sociales utilizados con prodigalidad hoy día en la confección de mensajes masivos de comunicación; los modernos Medios de transmisión los utilizan a veces agresivamente, siempre como una forma de distanciamiento entre "los protagonistas" y el común de los receptores.
Como podemos apreciar, se ha intentado realizar una completa ubicación de todas las codificaciones que puede realizar el ser humano, tanto a nivel individual como motivado o presionado por la influencia social, por el tiempo en el que vive, por el grupo al cual pertenece, por la ideología que profesa, por la fe en la que cree...
Es evidente que ameritaría un estudio serio cada una de estas clasificaciones, y en qué sentido pueden poseer importancia social, en qué forma pueden ser realmente codificaciones significativas.
Siempre hay que tener en cuenta la relación entre el Emisor y el Receptor, porque si yo pertenezco a un determinado grupo social y quiero, por pertenecer en él, hacer valer para todos las codificaciones que se manejan en mi "grupo", puedo llegar a crear un tipo de confusión significactiva, o dejar simplemente que el receptor no capte la totalidad o parte de mi mensaje.
Por eso no podemos hablar de códigos en estado puro, es decir, de códigos con valor universal. Siempre ha de estar presente la idea de que los signos y/o símbolos utilizados por el codificador sean aceptados como tales (aceptados significativamente) por el receptor. De lo contrario, la codificación no será significativa, no tendrá valor.
En esto hay que ser muy claros. Muchas veces las artes quedan sin ser comprendidas por un exceso demasiado técnico en rebuscar codificaciones subjetivas. Cada Emisor artístico tendría que dar un curso explicativo de los signos y símbolos que utiliza para que el receptor masa (si queremos hablar de arte para el público) pueda entenderlo. Con razón afirma el profesor Aranguren que el arte es una comunicación para las élites (intelectuales), esto es, para aquellos receptores que, por su formación, puedan captar los significados imbricados en esa determinada codificación, en la utilización de esos signos y símbolos concretos.

El mensaje

Técnicamente hablando, el mensaje es el contenido significativo del proceso de comunicación. Un estudio del proceso de la comunicación no debe detenerse en la clase de mensaje. Para este proceso lo objetivo es que exista un mensaje.
Cuando se habla del mensaje como algo neutro solamente puede ser aceptado en este sentido del proceso de comuncación. Sin embargo, el mensaje lleva siempre, inherente, un contenido, esto es, un significado intencionado. En el proceso de comuncación interesa, pues, que exista un mensaje, independientemente de su calidad, de su intencionalidad, de su finalidad.

Sin embargo, el problema es más profundo, pues todo mensaje es un significado y el significado está en función de una intencionalidad, lo queramos o no. La intencionalidad será más o menos manifiesta, perseguirá objetivos más o menos ocultos, pero la finalidad en el significado es imprescindible.

Cuando decimos que el mensaje es el contenido significativo de la comunicación estamos en lo cierto. Y es que en ese contenido es donde se encuentra el objetivo de la comunicación: bien se trate de comunicación eminentemente interpersonal, bien de comunicación para las masas o bien de comunicación simplemente informativa. El mensaje es el contenido real de toda comunicación. Y cuando decimos "real" nos estamos refiriendo a todas las implicaciones que tiene el significado.

Lo cierto es que no se puede desligar el mensaje de su contenido. Y más teniendo en cuenta que, en la mayor parte de las veces, y en este proceso de la comunicación masiva, ya no se puede hablar de un solo contenido en un determinado mensaje sino de la duplicidad o multiplicidad de contenidos o, de lo que se ha dado en llamar, de contenidos paralelos.

Esto, evidentemente, nos lleva a plantearnos el qué del contenido del mensaje, o el significado del significado.

Hay, o puede haber, varios significados dentro de un mismo significado o dentro de un mismo mensaje. En este sentido de la utilización de contenidos paralelos se pronunció el obispo venezolano, Pío Bello, al afirmar que los Medios de comuncación "no resultan educativos sino todo lo contrario, deseducativos; es decir, pregonan una serie de falsos valores y pregonan una serie de conductas inaceptables socialmente, tales como la violencia, el hedonismo, el consumismo y otros; de tal manera que las personas que ven esos programas se sienten llamados, de una manera falsa, pero realmente llamados a imitar esos modelos como si ellos fueran de verdad y dando la impresión a la gente, por la otra parte, de que esos falsos modelos de mala conducta, violencia, falta de solidaridad egoísta, etc., fueran la verdad y muchas gentes tienden a interpretar así lo que muestra la televisión es lo común y lo normal".

Muchos de estos contenidos paralelos, significados aparentes, latentes, connotativos o como quiera llamárseles, vienen ya implícitos a la hora de la selección de los códigos para el ensamblaje del que podemos denominar significado principal.

Ocurre que, a veces, el significado principal, una vez cumplido su objetivo, se desvanece para dar paso a esa otra cantidad de mensajes secundarios que terminan motivando al receptor hacia otros objetivos.

Cuando se habla, por ejemplo, de que los mensajes inducen a la violencia, no es porque, en principio, se instigue a la violencia; se trata simplemente de que el mensaje principal ha sido ubicado, codificado, en un contexto de violencia que puede tornarse hasta atrayente, porque, en principio, pareciera haber logrado un objetivo justo. Si para lograr un determinado bien hay que matar, pareciera decirse que el matar viene a ser el medio idóneo para la consecución del bien; por ende, no sólo está permitido sino que aparece como la solución única y por ende, moral. Una conclusión que no necesariamente ha de aparecer a nivel consciente, superficial, pero sí condición eficaz para la conquista del bien apetecido, deseado.

Surge, entonces, como válido el principio de que el fin justifica los medios, o el más antiguo del diente por diente y ojo por ojo. En esto opera con evidente eficacia el código de la imitación del ídolo; un ídolo que puede encarnar a una persona real o a una persona ficticia, esto es, a un protagonista novelesco.

Lo que se dice para el caso del contexto de violencia sirve para otros temas tantas veces denunciados por psicólogos, sociólogos, teólogos o simples analistas de los Medios de comunicación social.

"Los modelos falsos" a los que se ha hecho referencia anteriormente son de muy diversa categoría. Y también estos modelos falsos o no acordes con el sentimiento y el procedimiento del común, responden a una codificación establecida.
La comunicación publicitaria vende en base a modelos de la más diversa índole: modelos de belleza, modelos de categoría social, modelos de desenvolvimiento, modelos de prestigio profesional, modelos en los que el factor económico es evidente, etc.

Y esto, a la larga, crea un tipo de complejo o frustación social, cuando el gran público se percata de que lo propuesto es para él inalcanzable, con todo lo que esto significa tanto a nivel de la realización personal como de las relaciones sociales.

Aún en el caso de que tales modelos o, sobre todo, parte de ellos, puedan ser alcanzados por algunos "privilegiados" la frustación no disminuye sino que adquiere otra categoría: la del vacío existencial, la del comportamiento ficticio, la de la actuación fingida, la del desdoblamiemto imprevisto: el personaje, muy en el fondo de sí, pasa a convertirse en un personaje-otro, en alguien que se mira al espejo sin reconocer su propio espíritu.

Otro de los puntos a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre el contenido del mensaje, es el contenido de la programación en general y hacia quien va dirigido dicho contenido: es decir, quien es y cómo es el receptor y como está o no está preparado para asimilar sin frustración la programación y el contenido de la misma. Pero esto es un asunto para ser abordado más adelante, cuando afrontemos el tema del receptor.

Los Medios de comunicación social, y todos y cada uno de los elementos que constituyen el proceso de la comunicación masiva, no pueden ser evaluados en abstracto. Si algo es eminentemente concreto es el acto comunicativo. Estos elementos del proceso comunicativo actúan en una determinada sociedad, la cual tiene unas relaciones complejas. De ahí el cuidado sumo a la hora de la elección de la programación, de la selección de programas que están enmarcados en el contexto de relaciones sociales distintas a la nuestra. Aquí reside lo que en tantas veces se ha criticado como la infiltración cultural en base a los "enlatados".

Son muchos, y de muy variada categoría, los condicionantes del contenido del mensaje televisivo. Algunos de ellos, y en forma esquemática, fueron señalados por el sacerdote jesuita Arturo Sosa en una entevista. Por ejemplo, pareciera que los denominados "programas de opinión" actuarían como una especie de pararrayos que mitigaran la cantidad de deformaciones a que se somete a la información; es decir, que la objetividad pareciera salir a flote gracias a esos programas. El sacerdote jesuita afirma categóricamente que en tales programas no existe ninguna representación del país "porque siempre es la misma elite política la que es invitada a estos espacios audiovisuales. Ahí no opina el país, ahí sólo lo hace un reducido grupo de gente".
Si esto es así, como efectivamente lo es, habría que buscar alternativas viables, como la implementación de espacios de opinión, perfectamente elaborados, y con el cuidado, esmero y técnicas adecuadas, para la gente del común, pero no por esnobismo ni ocasionalmente, ni buscando excusas para la "compensación", sino como auténtica base de una programación que tienda a la objetividad y al equilibrio de las fuerzas de opinión que integran las relaciones sociales.
Esto adquiere más relevancia en momentos conflictivos, y por ende, de auténtica decisión del común, porque pueden ser intentos de desestabilización del sistema vigente. ¿No sería una auténtica programación social efectiva el implementar programas de opinión que sean manejados por el común y no por los intereses de los protagonistas del conflicto social?.

Porque de lo contrario nos exponemos a una manipulación afianzada en eslóganes que suenan trascendentes pero que no son más que puro camuflaje.

Efectivamente, "una de las grandes dificultades de la televisión es que se trata de un Medio pasivo para el espectador; o sea, el televidente observa la televisión y además adopta una actitud pasiva ante la programación y en que no puede decidir en nada".

Pasiva en el sentido de que se trata de un receptor sin decisión, auténticamente receptor, esto es, almacenador; ahí van quedando los mensajes y aunque no surtan efecto en el mismo momento, poco a poco van saturando el espacio emotivo del receptor; cuando salgan a flote actuarán en forma "natural", como si se tratara de algo inevitable, que no pudiera ser de otra manera.
Así que el receptor es pasivo en cuanto almacenador de contenidos, y que los sufre. Cuando actúa lo hace presionado por las motivaciones que se han adueñado de él.
Por lo tanto el fondo del planteamiento es quién maneja la televisión, como cualquier otro instrumento; así como para qué la maneja.
Si la televisión no forma parte de un proceso social organizativo más amplio siempre va a ser el mensaje del dueño del Medio el que prevalece sobre el conjunto de la sociedad, sin que haya ninguna articulación entre ellos.

Sabemos que la televisión que tenemos está articulada a un tipo de correlación de fuerzas, a un modelo social y a un tipo de poder político.
Un diagnóstico de este cariz pareciera sumirnos en un contexto fatalista, de resignación, de imposibilidad.

Si esto es así, como seguramente lo es, la conclusión pareciera clara: la sumisión a la dictadura de la estructura de los Medios, la cual ha sido hecha así y no hay posibilidad de cambiarla.

La Iglesia católica se ha quejado de esto en muchas oportunidades; a veces oportunamente, otras no tanto. Lo cierto es que la Iglesia latinoamericana está sumamente preocupada por la programación que se viene imponiendo en nuestras empresas televisivas, de la que no escapan ni siquiera las televisiones estatales. Los obispos insisten en que "Las programaciones de la televisión privada son dañinas, son producciones de países industrializados, éticamente decadentes que, sumadas a producciones nacionales trasculturizadas son productos altamente destructivos". Un juicio realmente apocalíptico.
Para la Iglesia católica esta degradación del mensaje televisivo estriva fundamentalmente en la escalada programación tanto del sexo degradado como de la degradante violencia.

Quizá no sean los únicos tópicos, y hasta podría asegurarse que ni siquiera los más importantes en eso de la ética decadente y de la trasculturización, pero sí son los que más preocupan a la Iglesia.
Al parecer, la Iglesia latinoamericana quiere poner el cascabel a un gato que no se le amilana a la hora de seguir lanzando arañazos. Y creemos que este asunto lo han clarificado mejor los empresarios televisivos que la misma Iglesia, al afirmar que "la Iglesia había llegado tarde al manejo de la televisión".

Lo correcto es pensar que la Iglesia no ha tenido éxito en su mensaje de educación cristiana de los Medios de comunicación. Los criterios de ética y moral, predicados por la Iglesia, carecen de soporte a la hora de planificar una programación televisiva, es decir, no tienen rating.

Los representantes de la Iglesia católica se han preocupado más de "regañar" que de orientar, más de divulgar lo que a su juicio es malo que en demostrar lo que, también a su juicio, debe de ser correcto; más en denigrar de lo negativo que en proporcionar pautas para el ensamblaje televisivo de lo positivo. Es decir, que "han llegado tarde" a la hora de enderezar este entuerto de la programación de la televisión.

La típica sospecha con respecto al mensaje de la Iglesia sigue siendo la de siempre: que se trata de un mensaje sumamente aburrido. No que lo sea sino que se muestra como tal.

El codificador religioso continúa siendo típico y tópico: misas dominicales, homilías de idéntico corte, consejos paternalistas, bendiciones desde el Vaticano, Viacrucis y algunos viajes papales. Es demasiado reiterativo. Es una especie de telenovela sin avance, con capítulos todos idénticos, sin posibilidad de un desenlace final.

La Iglesia, y hay que decirlo con todo el pesar que ello supone, no ha sido capaz de producir programación para la televisión con el lenguaje que la televisión, como Medio, exige. Ha llegado demasiado tarde a meterse en este Medio.

Es discutible eso de que la Iglesia no puede dedicarse a producir para la televisión. Es discutible sobre todo si tenemos en cuenta que hoy, la televisión es el púlpito moderno y efectivo, como lo fue en épocas pasadas el de las catedrales (oral) y el de las obras pictóricas y escultóricas pendientes en los altares y fachadas (visual). Hoy nadie discute este aspecto.

Hoy día el debate se centra más bien en que si la Iglesia debe disponer o no de Medios propios. Más adelante responderemos a este planteamiento.
Pero aún dejando a la opinión libre de este interrogante, queda otro más serio por resolver: ¿cómo es que la Iglesia no ha sido capaz, ni siquiera en las naciones "cristianas", de educar a los comunicadores sociales para que se hagan responsables de un mensaje ético y moral sin desvirtuar las exigencias técnicas del lenguaje televisivo?. Y es en este aspecto donde realmente la Iglesia ha llegado tarde.

Pretender que la televisión se nutra de programas "religiosos" es una utopía en la cual ni la misma Iglesia cree. Se trata entonces de falta de orientación, no de falta de crítica. Se trata de formar conciencia cristiana para que el programa "no religioso" sea cristiano, sin dejar de ser televisivo; esto es, conservando rating. Quizá sea este el camino de la nueva evangelización. Y si los obispos están realmente preocupados por lo que se ve "en la pantalla, deben de trabajar para que en la pantalla se vea con agrado lo que se debe ver".

Quizá entonces, sí se trate de rescatar un tiempo perdido. Porque son incontables las formas, las corrientes, los temas y los medios por los que puede discurrir el proceso de evangelización. Podría decirse que cualquier tópico de expresión y de contenido auténticamente humano puede ser utilizado como apto para la expresión cristiana.

Igual que la cultura se manifiesta bajo diversos matices, todos ellos válidos, igual la evangelización puede aceptar esas formas de comunicación humana que van desde las más naturales hasta las más sofisticadamente técnicas.

La evangelización, a la postre, no es ni más ni menos que la comunicación del mensaje de Jesús de Nazaret en su más genuina expresión. Hablar de nueva evangelización significa, pensamos, hablar de nevas formas para amplificar dicho mensaje y no tanto hablar de un mensaje distinto, a no ser que reconozcamos que el mensaje que ha imperado hasta ahora en los procesos evangelizadores no fuera el auténtico o hubiese sido, quizá inconscientemente, deformado o manipulado.

Un editorial católico ha plasmado, en efecto, que al igual que son múltiples las manifestaciones culturales "también son muchas las formas de evangelización cristiana, es decir: de proclamación de Jesucristo y de su mensaje. Desde las palabras proféticas al martirio cruento por el reino de Dios; de la lucha por la justicia a la promoción y liberación de personas y pueblos. Todo eso es anuncio y buena noticia del Evangelio".

Preservando, por lo tanto, lo esencial, caben las formas, las maneras, o lo que los semiólogos dicen, el significante, la materialización del significado.

Los nuevos tiempos han traido nuevos medios, nuevos "materiales", nuevas formas de implementar signos y símbolos, nuevos lenguajes y codificaciones, nuevos vehículos transmisores y amplificadores.

Y creemos que la Iglesia no ha sabido aprovecharse lo suficientemente de éllos con fines de evangelización. A lo sumo se ha querido echar vino nuevo en odres viejos y la mezcla no ha resultado beneficiosa.

También ha habido un empeño, y no cabe que justificado en escritos pontificios y episcopales, por denunciar, después de analizar críticamente, el influjo que sobre las personas y pueblos producen los mensajes emitidos a través de los modernos Medios de comunicación social. Pero se ha quedado en esta unilateral parte del problema sin ahondar en los beneficios que para el proceso evangelizador pueden aportar dichos instrumentos.

Ahora sí. Ahora la Iglesia quiere rescatar este tiempo perdido con respecto al uso de los Medios y tomarlos en todo su significado y en toda su fuerza con el propósito de encauzar a través de ellos el mensaje liberador.

Es la moda. Y bienvenida sea.

Puede que haya un afán desmesurado en querer utilizar estos Medios masivos de comunicación, lo cual puede acarrear sus "percances" evangelizadores. Por muy bueno que sea el Medio, éste no debe ser usado por quien no sabe usarlo.

Los modernos Medios de comunicación social no son un juguete, y para que McLuhan no tenga razón hay que cuidar muy bien de que el medio no se convierta en mensaje, esto es, no lo desfigure, no lo manipule, no lo reduzca, no lo deshumanice.
Cabe decirlo en otras palabras: la Iglesia tiene necesidad urgente de preparar técnicamente a profesionales que puedan codificar el mensaje para los Medios modernos según las reglas técnicas de los mismos. Lo cual no implica la necesidad de que tales profesionales tengan que ser eclesiásticos. Ahora que se habla tanto de la incorporación del laico a la tarea evangelizadora, ahí hay un campo abierto y muy poco explotado. En otro capítulo se harán sugerencias sobre este planteamiento.
Cristianizar a los Medios de comunicación no quiere decir eclesiastiquizarlos; ni siquiera tienen por qué ser apellidados como Medios cristianos. El Medio que más ha utilizado siempre la Iglesia para anunciar la buena noticia ha sido la palabra, el más natural de todos, y no podemos decir que sea un medio cristiano; simplemente humano.
Es bueno que la Iglesia esté tomando en serio ésto, y sabemos que ya se están realizando trabajos profesionalmente idóneos. Ahí, por poner el último ejemplo, las producciones de Audio-Video-Misión, una empresa no eclesiástica pero sí con auténticas motivaciones cristianas. Y como medio moderno, en alguna manera compensatorio, hay que tener en cuenta el vídeo, por el uso que se le puede dar, y por la ya facilidad de su utilización. Pero sobre este particular será conveniente hablar más adelante.

El canal

Todo canal, dentro del proceso de comunicación, puede ser considerado bien como un medio físico, bien como un medio mecánico; el cual tiene como objetivo permitir que por él pase el contenido de la comuncación, es decir, el significante (puesto que el significado se produce en el receptor), en el espacio, en el tiempo o en el espacio-tiempo.
No cabe la menor duda de que el canal fundamental en el orden de la comunicación interpersonal es el canal natural. Así podemos aventurarnos a clasificar los canales según tres opciones fundamentales: los canales naturales, los físicos y los mecánicos.
David Berlo, al estudiar el problema del Canal dentro de la teoría de la comunicación, afirma que ningún término "ha sido objeto de tanto uso y abuso como la palabra canal". Inclusive, el mismo autor propone detenerse a considerar tres siginificados atribuidos a esta palabra:

a) Formas de codificar y es codificar mensajes.
b) Vehículos de transmisión de los mensajes.
c) Medio de transporte (posibilidad de que el vehículo circule por un lugar determinado)

Lo cierto de todo esto es que el mensaje codificado necesita llegar hasta el receptor para que la comunicación logre el efecto deseado. Esta necesidad de traslado de los mensajes la cumple el canal independientemente de la forma que tenga y de la calidad que posea. Es cierto que pueden surgir interferencias, pero de ésto se hablará más adelante.

Generalmente cuando se habla de canales o medios físicos se limita este significado a los canales técnicos o mecánicos: a aquellos que han sido denominados como los "Medios de comunicación de masas".

Pero es evidente que ni éstos son los únicos canales, ni son los más representativos en la comunicación interpersonal.

Más todavía, muchos opinan que tales canales ofrecen una enorme interferencia para la comunicación interpersonal.

En resumen, los canales son los encargados de enviar información por medio de unidades significativas. Después habrá que ir descifrando estas unidades significativas para completar la estructura del mensaje, es decir, el contenido total.

Cuando definíamos al canal como un medio físico nos referíamos al hecho de que previamente el codificador ha ensamblado ya el contenido en base a unos elementos físicos facilitados por el código correspondiente.

Si el mensaje tiene ya un soporte material (la voz, la fotografía, las ondas hertzianas, la música, los tonos musicales, el lienzo, el celuloide, etc.) necesariamente el medio por el cual han de llegar al receptor esas unidades significativas ha de ser un medio físico; puede ser un medio físico natural: la voz lo es, y el espacio por el que circula la voz, la sonrisa, una lágrima..., son la manifestación, el soporte de la comunicación íntima, interna, las cuales se manifiestan por medio de canales fisiológicos.

Los medios mecánicos corresponderían a cualquier tipo de artefacto o invento mecánico que sea capaz de hacer llegar una información dese el arranque emisor hasta el punto receptor.

Los sentidos humanos no solamente son receptores de información sino también transmisores de la misma, y en este sentido se constituyen en canales fisiológicos.

Los canales técnicos vienen siendo una prolongación de los fisiológicos. El mensaje emitido en base al sonido es evidente que tiene sus limitaciones en cuanto a la distancia natural. El oído puede captar solamente sonidos más o menos cercanos.

Cuando los interlocutores amplían las distancias, los sonidos se pierden, de manera que se necesitarán unos amplificadores de prolongación y transporte de esos sonidos en el espacio, y quizá también en el tiempo. La técnica moderna ha ayudado a este órgano natural y ha dado quizá razón a McLuhan cuando afirmaba que los Medios de comunicación son la prolongación de nuestros sentidos.

Exactamente lo mismo ocurre con el sentido de la vista, y con el resto de los sentidos. Tienen una captación limitada de los estímulos, de tal forma que se necesitarán refuerzos para que tales estímulos lleguen hasta el receptor en condiciones aptas para ser captados.

Resumiendo, y remitiéndonos concretamente al problema de la transmisión de información, el canal, según la expresión de Jorge Xifra Heras, es "el medio que materializa la transmisión del mensaje". Los medios naturales de transmisión, que fueron utilizados desde siempre, y que son válidos fundamentalmente para la comunicación interpersonal, son, entre otros, la voz, el contacto físico, la cita, la visita..., pero cuando ya salimos de este entorno interpersonal de la comunicación directa, es decir, del "face-to-face", entonces necesitamos de auxiliares, de complementos a lo natural, y estos complementos son los canales artificiales.

Podemos citar, entre otros, el teléfono, que si bien sirve para establecer una comunicación interpersonal, la proximidad entre los interlocutores no es "face-to-face"; es decir, puede existir una proximidad emotiva, pero no una proximidad física.

Otros medios técnicos de los cuales nos servimos casi a diario, son el telégrafo, el teletipo, el telefoto, el fax, el ordenador, la prensa, la radio, el cine, la televisión, los libros, los carteles publicitarios, los graffiti y un sin fin más de medios.

En épocas antiguas se utilizaron también como canales de transmisión de información medios netamente naturales, aunque no fisiológicos, como el fuego, el humo, los tambores...

Luego, ya casi en nuestros días, fueron apareciendo los denominados medios eminentemente técnicos, sin olvidar, lógicamente, la invención de los tipos móviles y la consiguiente multiplicación de los mismos mensajes impresos.

A este respecto cabe destacar inventos como el telégrafo óptico, el telégrafo terreste, el telégrafo submarino, el teléfono, el telefacsimil, la televisión y sobre todo los satélites artificiales. Es evidente que todos estos inventos han revolucionado el mundo de la transmisión de información.

Ahora bien, es bueno aclarar que todos estos canales de transmisión de información no coinciden con el denominado concepto de Medios de comunicación social o de masas. También es cierto que todos ellos constituyen un apoyo considerable para que los denominados Medios de comunicación de masas puedan cumplir su objetivo.

Sin entrar ahora en mayores detalles sobre los Medios de comunicación social, sí queremos dejar constancia ya de que, como afirma Jorge Xifra Heras, la palabra medio debe interpretarse aquí en el sentido más general..., como sustancia a través de la cual actúa una fuerza o se transmite un efecto. Medio equivale, pues, a elemento que envuelve o difunde. El aire, por ejemplo, es el medio del sonido.

Los grandes Medios de comunicación de masas, que son evidentemente canales técnicos, podemos clasificarlos en prensa, radio, televisión, cine, disco, cartel, libro, revista... Hay más, por supuesto. Bástenos ahora poder enmarcar dentro del proceso de la comunicación al elemento canal, y a las distintas posibilidades que hay de canales, aunque no todos ellos cumplan las mismas funciones, ni individual ni colectivamente.

La Iglesia católica ha dispuesto durante muchos siglos, y en exclusividad, de uno de los medios más poderosos para llegar a los fieles. El predicador ascendía a ese sitial, estratégicamente ubicado en los templos, para desde allí enviar el mensaje al público. Hablar desde el púlpito no era igual que hablar desde otro lugar. El púlpito, como medio, daba categoría, infundía prestigio, inclusive a quien hablaba desde él.

Hoy día el púlpito es ya más un nombre simbólico que un lugar apropiado para enviar el mensaje y, en las celebraciones litúrgicas, ha sido suplantado por el altar y el ambón.

Quizá sea, sin duda, mucho más litúrgico éste, más acomodado a los tiempos, más a tono, inclusive, con el procedimiento.

Pero permanece la palabra púlpito como realidad incuestionable de un medio apto durante mucho tiempo; entre otras razones porque desde el púlpito se veía y se oía mejor al emisor del mensaje que desde el altar; también por razones de arquitectura interna de las catedrales y templos.

Hoy día, es cierto, el púlpito como medio está en desuso, pero no debería de estarlo la realidad que encierra, es decir, la disponibilidad de un medio o canal apto para la difusión del mensaje. A nadie escapa el hecho de que la tribuna desde la que se amplifica hoy día cualquier tipo de mensaje son los modernos Medios de comunicación social. Incluso algunos de ellos han adoptado la característica de la "especialización" con el fin de enviar mensajes igualmente especializados, o mensajes en una sola dirección.

Los avatares de la política, de la economía, del deporte, del arte, de la ciencia, de la cultura, de la diversión o de cualesquiera otra de la actividades humanas, tienen su soporte de divulgación en los grandes y poderosos Medios de comunicación social. Ellos han sido los grandes "socializadores" de la información, del conocimiento, del progreso, de la evolución de la vida y de la sociedad en todas sus parcelas.
Con todas las restricciones que tienen, y con todos los condicionamientos a los que son sometidos, los Medios de comunicación social han logrado hacer que la información ya no sea derecho exclusivo de unos pocos privilegiados sino patrimonio de todos los habitantes de esa enorme "aldea global" señalada por McLuhan.

Son, que duda cabe, la gran tribuna, el gran púlpito. Lo que ocurre es que semejante tribuna no ha sido, o no ha podido ser utilizada en igualdad de condiciones por todos los sectores representativos de la enorme aldea global.

Se ha hablado mucho de la "manipulación" de la información y de cómo los Medios sirven, o pueden servir, a intereses de distinta índole; lo que no necesariamente son los intereses de las mayorías.

Con respecto a la información religiosa, los Medios, y habría que indagar en el por qué, no han sido la gran tribuna, como correspondería, para satisfacer las exigencias de los ciudadanos en una materia tan importante como es la de la creencia.

Y no nos referimos a una fe en particular sino a la creencia en general, a esa necesidad de la relación del hombre con aquello que está por encima de sí mismo.

Son muy escasos los Medios que utilizan espacios normales para la difusión de la información y la opinión religiosa. El tema religioso, desde el punto de vista informativo, no pasa de ser más que un tema curioso. Escándalos eclesiásticos, rupturas cismáticas como la de Lefebvre, amonestaciones a supuestos disidentes como los protagonistas de la Teología de la Liberación, conflictos esporádicos entre gobiernos y jerarquías, finanzas vaticanas, viajes papales y otros renglones igualmente "noticiosos"; pero un tratamiento sistemático del quehacer religioso como correspondería a una sociedad tradicionalmente tenida como tal, no existe.

Habría que indagar en las causas. Una posible es que habitualmente el tema religioso, periodísticamente hablando, no ha sido tratado como tema "interesante"; es decir, como noticia del diario acontecer que atañe a la esencia individual del ser humano y de la sociedad en la que vive. Otra podría ser que estos temas tampoco han sido tradicionalmente tratados por profesionales de la información, sino por profesionales del "hecho" religioso, los cuales desconocían el lenguaje apto para insertar el mensaje en los Medios. Cabría decir que en este caso el desinterés del lector no está tanto en el contenido del mensaje cuanto en la forma de codificarlo y de transmitirlo. Y quizá otra causa, que se desprende de esta misma, es el hecho de que los profesionales de lo religioso han mirado a los Medios de comunicación como instrumentos aptos para servirse de ellos y no para servir a ellos. De tal forma que estas técnicas modernas del proceso de la comunicación se han escapado de las manos: ha podido más el Medio que la tradicional codificación de este mensaje en él ubicado.

En este momento clave de la vida de la Iglesia, la cual desea implementar una nueva evangelización, el tratamiento del fenómeno religioso en los medios parece decisivo y fundamental.

Hay, eso sí, que enfocar religiosamente cualquiera de los acontecimientos de la vida social. Lo religioso no debe de ser confundido exclusivamente con un acontecimiento eclesiástico; lo fundamentalmente religoso en una sociedad considerada como tal debe ser el enfoque que se le imprime a los hechos humanos: individuales y sociales. Cualquiera de las actividades humanas, por ser precisamente humanas, caben en el enfoque religioso. También lo político. O sobre todo lo político. Toda noticia, por muy general que sea, toca siempre a un dato de la actividad humana o que tiene intrínseca relación con ella.

No necesariamente debe lucir el rótulo de religioso o utilizar palabras teológicas y eclesiásticas para que lo sea. Una vez más hay que decir que la forma también cuenta y que ésta es una vestidura (que no hace al monje pero que lo identifica) del fondo, haciendo asequible al lector o simplemente indiferente.

No confundir lo uno con lo otro. Tampoco divorciarlos. El mensaje no es su codificación, pero no puede darse éste si no está convenientemente codificado según el medio apropiado y adecuado al destinatario.

En repetidas ocasiones se han quejado los obispos de que los documentos emanados de sus respectivas Conferencias Episcopales no han sido debidamente publicitados a través de los Medios de información. Tenemos datos de una encuesta realizada en España, precisamente sobre la difusión allí de los documentos episcopales y el resultado es idéntico. "El análisis de los datos de la encuesta muestra una insatisfacción generalizada de los encuestados respecto a la difusión de los documentos episcopales, tanto en el ámbito diocesano como en el nacional, agudizándose el descontento en este último caso".

Naciones que se confiesan católicas necesitan de un servicio adecuado de divulgación de su mensaje y de la implementación de éste en los Medios masivos y modernos de difusión para que el católico sepa, al menos, cuales son las directrices de sus respectivas jerarquías en torno a los problemas más acuciantes que tienen relación con la fe en la que creen, y con la puesta en práctica de ésta en el contexto social.

Si el mensaje de la Iglesia no sigue las pautas correctas de cualquier proceso de comunicación, dificilmente llegará al destinatario, y si llega, quizá no con las intenciones y los objetivos trazados por los emisores que, en este caso, sería la Iglesia como institución.

Entre las causas aducidas en la encuesta de por qué tal mensaje no llega a los destinatarios, las hay de índole interna y las hay de índole externa. Entre éstas destacan "las reticencias hacia el magisterio y la desconexión de la base con la jerarquía". Entre las internas, "el lenguaje inadecuado de los documentos, su excesiva extensión, la desorganización de los cauces de distribución intraeclesiales y la frecuencia excesiva de los documentos".

Es cierto que las causas, allá y acá, no pueden ser idénticas, pero es también cierto que muchas de ellas coinciden. Sería bueno analizar, por ejemplo, por qué esas "reticencias hacia el magisterio", al igual que por qué esa desconexión de la base con la jerarquía. Se nos ocurre pensar si la segunda no será efecto de la primera, o de si la inversa también funciona: desconexión de la jerarquía con las bases.

La desconexión entre jerarquía o ministros del culto con los fieles, como puede apreciarse, es más que abultada. Las causas no están plasmadas en la encuesta, y sería de mucho valor para la pastoral el indagarlas. ¿Por qué las bases se han apartado de sus autoridades religiosas? ¿Por dejadez? ¿Por creer que no se puede llegar hasta esa instancia superior? ¿O quizá porque las autoridades eclesiásticas han tendido un manto de separación, así sea inconsciente e involuntariamente, entre éllas y los fieles?.
Son interrogantes aptos para una reflexión y, si es necesario, para una conversión.

Lo que parece cierto es que, en la época de la proliferación de Medios técnicos para la difusión del mensaje, el eclesiástico y menos el religioso no está llegando a sus destinatarios ni con la calidad ni con la asiduidad deseada.

En el caso español se han dado estas sugerencias y propuestas: "Para mejorar la difusión, los encuestados proponen que los documentos episcopales sean pocos, breves, sencillos, resumidos, baratos, con materiales divulgadores de apoyo, con participación de las bases en su elaboración y difundidos a través de los Medios de comunicación social".

Se sugería también la utilización de publicidad, cassettes, vídeos y cómics, la creación de un servicio de divulgación en la Conferencia Episcopal y en las Diócesis... y el cambio de "caras" de los informadores religiosos.

Aunque el púlpito ha desaparecido, lo cierto es que se ha extendido más. Ocurre o que no nos hemos dado cuenta, o que todavía tenemos miedo escénico. O quizá, lo más significativo: que no nos hemos preocupado de aprender el lenguaje netamente particular y técnico de cada uno de los púlpitos modernos: los Medios de comunicación social.

El receptor

Dentro del proceso de la comunicación el Receptor es el punto de llegada del mensaje. Todo mensaje se envía para alguien, para que sea captado y comprendido por alguien, para que sea desinterpretado y, por supuesto, para que surta un efecto.

El Receptor, por lo tanto, es la persona que recibe el mensaje captando el significante como un estímulo para el significado y, potencialmente, para la respuesta.

La respuesta no siempre se efectúa sobre todo cuando la comunicación es unidireccional, de ahí que se diga potencialmente; pero si se trata de una comunicación personal o interpersonal la respuesta del receptor es, no solamente necesaria sino, además, el inicio de un nuevo proceso comunicacional en el cual el Receptor se constituye en Emisor y el proceso continúa para la realización de la comunicación dialogal.

Receptor es todo sujeto con capacidad de recibir (de ahí receptor) e interpretar un mensaje, sea de la índole que sea este mensaje, y sea cual fuera el código empleado para su materialización y los canales elegidos para su transporte.

Ya se enumeraron anteriormente dos tipos claves de comunicación: la interpersonal y la social. En cualquiera de ambas formas la característica del receptor cambia, puesto que la comunicación interpersonal es mucho más afectiva y, como afirma Jorge Xifra Heras, "acontece en el seno de la estructura afectiva o sympathetica de la persona e invade su lado sentimental".

Por otra parte, la comunicación social se desvía un tanto del lado afectivo, porque se trata de una comunicación "simbólica o artificial, en la que uno de los interlocutores es colectivo o plural y rehuye toda posibilidad de contacto amoroso o inefable, que es precisamente lo singular, lo individual".

De tal forma que podríamos afirmar que solamente la comunicación interpersonal es efectivamente comunicación, esto es, común unión, comunión, participación en la interioridad de los comunicantes.

La presencia, elemento fundamental en la comunicación interpersonal, desaparece casi completamente en la comunicación social. El receptor de esta comunicación es anónimo, pertenece a un público y no es identificado como individuo.

Voyenne realiza una buena distinción entre comunicación colectiva y comunicación interpersonal. Define a la colectiva por las características siguientes: 1) El emisor y el receptor no son individuos sino grupos más o menos extensos. 2) Los mensajes se transmiten a través de un órgano de información, con una repetición periódica que tiende a ser permanente. 3) Tales mensajes son múltiples y muy numerosos.

Todo esto incide en el receptor. Para conocer la verdadera naturaleza del receptor de la comunicación hay que tener presente cual es el tipo de comunicación que se está ejerciendo: individual o colectiva. Porque también los objetivos de la comunicación varían si es de un tipo u otro.

Ahora bien, para que el receptor se constituya en tal, es decir, en descifrador y comprensor del mensaje, ha de estar dependiendo del resto de los elementos que integran el proceso. Antonio Pascuali afirma que la operación del Perceptor o receptor incluye: a) La elección del canal artificial, b) La interpretación del código natural, c) La comprensión del mensaje, d) La posible respuesta.

La elección del canal no siempre es libre, sino que cuando se trata de comunicación social la mayor parte de las veces esta elección está condicionada, en otras palabras: es impuesta. No es mucha la posibilidad de elección de los canales audiovisuales, por ejemplo, la televisión.

Si bien es cierto que en casi todos los países existen diversos canales televisivos o posibilidades de elección del Medio, esta elección no se refiere solamente a la posibilidad de sintonizar uno u otro, sino a la posibilidad de elegir el programa por ellos transmitido, esto es, el mensaje que se emite.

Hay momentos en los cuales el receptor social no tiene más remedio que seleccionar el programa "establecido": telenovelas a la misma hora en todos o casi todos los canales; películas del mismo corte y a la misma hora; programas de variedades a la misma hora.. De tal forma que la elección de cambio de sintonía de un canal a otro no constituye una auténtica elección sino quedarse con aquella comunicación que invariablemente se ofrece, aunque ese tipo de comunicación no sea la más adaptable a los propios deseos. Lo mismo ocurre con las emisoras de radio.

En algunos lugares la elección es totalmente negativa, por la sencilla razón de que ni siquiera existe la posibilidad de seleccionar, pues no existen alternativas mínimas de elección; solamente hay un canal.

Pero los receptores sociales, además, son de diferente categoría, inclusive de distinta categoría económica, y esto puede hacer que los económicamente débiles no puedan tener acceso a las transmisiones de determinados canales porque no pueden adquirir los instrumentos o aparatos por los cuales se transmiten dichos mensajes.
El problema de la interpretación del código es mucho más complejo. La elaboración sofisticada de ciertos mensajes, la utilización de códigos de difícil comprensión, la utilización de signos y símbolos no acordes con la educación, la cultura, la idiosincrasia, etc., de gran número de receptores, hace que el mensaje no sea comprendido en su totalidad e, inclusive, que sea mal interpretado. No siempre el receptor social está en capacidad de comprender el mensaje social.

Aquí podríamos incluir gran cantidad de escritos emitidos por Medios de comunicación masiva, como la prensa; películas con una técnica altamente sofisticada; programas televisivos estructurados no de acuerdo con las posibilidades de comprensión de grandes masas de la población.
Todo esto no quiere decir que los mensajes hayan de utilizar codificaciones simples e, inclusive, chabacanas, sólo por la simple razón de hacer comprensible el mensaje a todos los públicos. Tampoco quiere decir que haya que despreciar los simbolismos. Esto sería condenar el progreso técnico comunicacional y las nuevas posibilidades de ensamblaje de mensajes que cada día se nos ofrecen. Sería insensato condenar la codificación pictórica de Picasso por la simple razón de que su mensaje no es captado en la misma intensidad por todos los receptores masa.

Estamos simplemente describiendo un hecho: el receptor es muy variado, con muchos condicionamientos y la comprensión del mensaje emitido no siempre es efectiva aunque el medio de transporte de la comunicación se denomine Medio de masas.

Hay que dejar claro, como afirma Pascuali, que "la comprensión del mensaje es el verdadero acto de recepción del mensaje, su asimilación por parte del receptor, la importancia de la cantidad de información que transporta a las formas del saber ya poseídas por el recipiendario".
Esta comprensión del mensaje, este desciframiento cabal de los signos y símbolos utilizados para que la comunicación sea verdaderamente efectiva, es lo que permite que el receptor ejerza su derecho a la réplica, es decir, a la respuesta. "Para que la comunicación sea perfecta -afirma Xifra Heras- es necesario que tanto la codificación como la descodificación respondan a un criterio de alta fidelidad, o sea, que expresen e intrepreten en forma perfecta el significado de la fuente".

Lo lógico en la comunicación colectiva sería cuidar de que la significación (la coincidencia entre significante y significados, entre el emisor o codificador y el receptor) fuera perfecta. Sin embargo, sabemos muy bien de los condicionamientos del receptor, iguales o parecidos a los condicionamientos del emisor.

En toda codificación del mensaje, como en toda recepción del mismo, intervienen ruidos, elementos distorsionadores, tanto técnicos como de índole personal (subjetiva, ideológica); estos condicionamientos son las grandes interferencias a las cuales hay que hacer frente y de las cuales es muy difícil que, tanto el emisor como el receptor, puedan librarse.

Como podemos apreciar, el receptor puede ser tanto una persona individual como una persona moral, o puede ser una masa en la que los individuos se despersonalizan para captar un tipo de comunicación impersonal, unos mensajes que van dirigidos al montón. La masa abarcaría la totalidad de los individuos receptores no encasillados en un grupo determinado, no distanciados por circunstancias particulares sino considerados como un todo.

Masa puede ser identificada con la totalidad de la población, bien a plano nacional, bien internacional. La "aldea global" de McLuhan sería esta gran masa. Y masa, en última instancia, podría ser considerada como ese destinatario anónimo al cual van dirigidos los mensajes emitidos por los Medios llamados precisamente de comunicación de masas.

Es cierto que algunos Medios de comunicación de masas se dirigen, no a un todo sino a un público concreto y definido. En este caso casi ni los mensajes ni los medios utilizados para su transporte debería ser denominados Medios de masas.

Existen revistas con destino exclusivamente a la mujer, y en este sentido el medio revista femenina sería un Medio de masas, o para la "masa-mujer".
El público ha quedado poco reducido, pero el concepto de masa no ha variado. Igualmente ocurre con revistas exclusivamente de tema deportivo, o de temas eminentemente juveniles o infantiles. Lo que ocure en estos casos es que las masas se han estratificado en clases, se han reducido cuantitativamente, pero el concepto cualitativo de masa no ha variado.

Las excepciones siempre confirman la regla, y aquí tenemos la excepción de revistas dirigidas no ya a masas sino a públicos muy concretos y diferenciados; por ejemplo, revistas para médicos, revistas filosóficas, revistas para técnicos en alguna rama del saber, revistas inclusive para comerciantes...

En alguno de estos casos podemos afirmar que los públicos se identifican más como personas morales que como masas identificadas. Pero los grandes Medios de comunicación social no formulan distinciones tan precisas, y sí engloban en su público a las masas.

Estudiar al receptor es enmarcarlo en su entorno, en sus circunstancias individuales y sociales. Y muchas veces los mensajes transmitidos por los Medios publicitarios (mensajes con objetivos no tanto comunicacionales cuanto comerciales o ideológicos), los mensajes emitidos por los canales televisivos o de radio... no tienen éxito porque han olvidado ese receptor concreto y circunstanciado al que pretenden llegar.

No es necesario solamente que el receptor esté en capacidad de entender o descifrar tal mensaje, sino que esté en capacidad de aceptarlo como mensaje, esté emotivamente dispuesto a "comprenderlo", a "descifrarlo para sí".

Los codificadores, en muchas ocasiones, olvidan o dejan de lado las características individuales y sociales de los receptores posibles, su proceso de socialización, su situación económica, sus tabues religiosos, ideológicos, su formación cultural, sus costumbres sociales, su ambientación geográfica, su forma de vida; en una palabra: sus circunstancias.
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