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Clasificación de los receptores
El estudio del receptor no es, ni más ni menos, que el estudio completo del ser humano. Dejamos a un lado a aquellos receptores no humanos, como los animales, las máquinas, etc., que, a su nivel, también lo son. Nos referimos aquí a los receptores con los que se cierra el proceso de comunicación interpersonal o social.
Ya hemos agrupado anteriormente a los receptores humanos en tres grandes categorías: a) El receptor individual, b) El receptor persona moral, c) El receptor masa.
Ya hemos indicado también cómo el receptor individual debe ser contemplado en su situación y en su contexto, y cuales son algunos de los condicionamientos que inciden a la hora de "comprender" la comunicación que le llega o que él mismo solicita.
Por otra parte, el receptor persona-moral se circunscribe bajo los mismos condicionamientos anotados al emisor persona-moral.
Quisiéramos ahora detenernos en el receptor-masa, o en el que normalmente los estudiosos de los Medios llaman genéricamente público.
Cazeneuve señala que el concepto de masa "no designa un grupo propiamente dicho sino un grado de fusión del nosotros".
Georges Gurvittch explica los conceptos fundamentales de la sociología y define al "nosotros" como un todo irreductible a la pluralidad de sus miembros, como una participación mutua de la unidad en la pluralidad y de la pluralidad en la unidad".
Lo cierto es que la masa se fundamenta en un bajo índice de participación; los individuos no se interrelacionan. El individuo, dentro de la masa, pierde su individualidad si se deja arrastrar por la masa, pero puede conservarla si, a pesar de estar "enmasado", no cede a los requerimientos de la masa.
Ahora bien, no todos los integrantes de la masa responden a los mismos condicionamientos, y es aquí donde podemos intentar una clasificación de los públicos según algunas características que los agrupan y los identifican más personalmente.

El público en función del sexo

El sexo es uno de los determinantes del ser humano. El sexo no es sólo una diferenciación fisiológica sino también psicológica, lo cual imprime a los seres humanos una forma propia de ser y de comportarse en la sociedad.
Es cierto que hay gustos comunes entre los integrantes de ambos sexos; pero también es cierto que el sexo incide en los gustos de hombres y mujeres. Lazarsfeld, ya en 1949, realizó una encuesta sobre las preferencias del sexo femenino en los programas de radio matutinos llegando a la conclusión de que:
- Las amas de casa prefieren programas poco ruidosos.
- Prefieren los programas de radio que las alejen de sus preocupaciones familiares.
- Prefieren las emisiones que presenten algún interés humano.
- Les gustan las informaciones de carácter práctico.

El sexo femenino tiene, evidentemente, unos gustos distintos al sexo masculino. Quizá intervenga la educación, la propia estructura social, quizá los proyectos que se hacen para la vida... Lo cierto es que en esto, como en otras muchas cosas, los sexos se diferencian, y de ahí que los públicos que respondan a diferencias sexuales formen su propio gusto y tengan su propio comportamiento.

El público en función de la edad.

La edad es otro de los condicionantes del ser humano. A medida que vamos avanzando en la vida, vamos adquiriendo experiencia, disponemos de mayores ángulos de referencia, tenemos más posibilidades de realizar juicios críticos, hemos visto más horizontes. La edad va formando también la propia personalidad, y a medida que uno camina en edad aprecia la vida desde otras perspectivas.
Y la edad, por supuesto, condiciona los gustos. Por psicología sabemos que la edad interviene "en el móvil de la actividad". A medida que avanza la edad física el ser humano tiende a realizar actividades menos dinámicas.
Los públicos pueden ser considerados en cuanto a la edad, o agrupados por edades, estudiando las características fundamentales de estas etapas de la vida. Los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos, tienen sus propias motivaciones, sus propias características, sus propias inclinaciones, y todo esto son condicionamientos a la hora de captar, descifrar e interpretar el mensaje.

El público en función del status

Normalmente se entiende por status a una determinada posición dentro de la estructura social. Y en este sentido tenemos que la persona que pertenece a un status determinado, dentro de la estructura social, se espera de ella unas reacciones determinadas, una conducta conforme a la posición que ocupa. Es decir, que cumpla su rol, su papel.

Por ejemplo, el ser autoridad, o el pertenecer al grupo de quienes mandan, trae consigo una forma particular y característica de comportarse, de actuar en sociedad.

Pero no solamente la autoridad, es decir, la persona que cumple ese papel tiene referencia a sí misma, sino que también influye en las personas que no son autoridad. "Al poseer pocos datos en que basar nuestras opiniones y creencias, nos apoyamos en ciertas autoridades. En efecto, cuando alegamos que conocemos ciertos hechos, en realidad nos estamos refiriendo a manifestaciones sobre dichos hechos en boca de ciertas personas que gozan de prestigio ante nosotros. Por supuesto, gran parte de nuestra civilización se apoya en estas afirmaciones o en los informes de testigos oculares", afirma Morgan.

Y es cierto, continuamente estamos buscando referencias de otros que consideramos superiores, inclusive para reforzar nuestra propia posición individual.

El hecho de pertenecer al grupo de la autoridad trae implícito un prestigio, una posición social, un status. De tal forma que podemos enumerar statuts como: económico, político, religioso, cultural, deportivo, estrellato, profesión que se ejerce, etc., etc., y una enorme cantidad de status entre los cuales el ser humano tiende a encasillarse o la sociedad se encarga de encasillarlo.

En el aspecto religioso esto es sumamente importante y de gran influencia para el receptor. Ese receptor que hemos denominado masa, o que eclesiásticamente se denomina "fieles" suele comportarse como un mero receptor pasivo, un escucha forzado por el mensaje que le viene desde lo alto, desde la autoridad.

La autoridad puede ser el Vaticano, la Curia, las Conferencias Episcopales, El Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos. Da la sensación de que estos personajes, o estos entes, son los encargados de elaborar los mensajes para los otros, esto es, para los fieles.

Los fieles son meros recipientarios o, en el mejor de los casos, los practicantes de lo que los mensajes que le vienen de fuera les ordenan practicar. La práctica de la fe, no la fe, les viene desde fuera.
Este es un dato sumamente importante a la hora de calibrar el por qué muchas veces el mensaje recibido no es recibido con la confiabilidad que ameritaría o no es aceptado como debería serlo si, en principio, se trata de un mensaje de salvación; el cual, es lógico, sería un mensaje para asumirlo en la alegría.

El público según el nivel de instrucción

Otro de los grandes condicionamientos a tener en cuenta a la hora de catalogar a los públicos, es la instrucción, la educación programada que se ha realizado, uno de los elementos más significativos a tener en cuenta a la hora de la utilización de códigos para el ensamblaje de los mensajes a ser comunicados.

La mayor parte de los mensajes-documento elaborados por las altas jerarquías eclesiásticas están codificados mediante un lenguaje no apto para la instrucción de las mayorías. Para ello sería necesario una re-edición del documento, una re-codificación del mensaje. Quizá se abusa de una terminología bíblico-teológica no en consonancia con la instrucción de los fieles-masa.

Y en este sentido, valiéndose de las modernas técnicas de la comunicación y de los modernos medios de transmisión del mensaje, los agentes de pastoral deberían hacer un esfuerzo máximo para la "aclaración" del mensaje en función del público al que va destinado.
Es evidente que no puede codificarse igual para los "teólogos" que para los creyentes de a pie. Inclusive es evidente que no puede codificarse igual el mismo mensaje para los fieles de la cultura occidental o para los de la cultura oriental, para los sumidos en la pobreza o para los definitivamente estables económicamente.

La instrucción es también un condicionante, y de no poca monta, a la hora de poder captar el mensaje con la intensidad debida.

El analfabetismo, hoy por hoy, es todavía uno de los grandes males que aquejan a grandes zonas de la humanidad.

Aunque el problema real, serio, no es solamente el analfabetismo crónico, sino ese otro que se nos viene encima: el analfabetismo de no poseer juicio crítico suficiente, de no tener sistemas de valores apropiados para poder enjuiciar la vida y sus acontecimientos, el mirar a la vida bajo un sólo ángulo, en no poder discernir entre lo justo y lo injusto, el no poder darse cuenta de cuales son los verdaderos problemas que afectan al hombre en la actualidad..., y un sin fin de preguntas que podríamos hacernos y que, no cabe la menor duda, están también en función de la instrucción.

Está comprobado psicológicamente que los públicos de baja cultura y de baja instrucción no tienen los mismos gustos, ni responden a las mismas motivaciones que los públicos de cultura media o de cultura superior.

También el status está en función de la instrucción. De ahí que se tenga en mayor estima y reconocimiento a una persona que luzca un título universitario que a otra intitulada. No afirmamos que esto deba de ser así, simplemente constatamos que, desgraciadamente, así es. Tratamos de constatar los hechos, no los enjuiciamos.

El público según las creencias religiosas

La religión es otro de los factores que inciden en los públicos y bajo el cual podemos también distinguir y clasificar a éstos.

Vivimos en un mundo desacralizado, donde la técnica ha ido robándole a Dios el puesto de credibilidad, es decir, de fe, que hasta ahora tenía. Los mitos religiosos han ido desapareciendo lentamente. Las propias religiones han procurado madurar sus creencias y han formulado dogmas menos radicalizados, más a tono con la situación actual en la que vive el mundo.

Sin embargo, las grandes religiones todavía siguen teniendo peso y hasta es posible que a estas alturas de agonía del siglo las religiones estén nuevamente recuperando parte del terreno perdido.

En una sociedad como la nuestra, dominada casi exclusivamente por la idea de la religión católica, los condicionamientos son realmente fuertes. Pensemos en temas como la indisolubilidad del matrimonio, el aborto, la contracepción..., por enumerar tres de los que actualmente están en el tapete de la opinión pública.
Los verdaderos creyentes, los practicantes de la forma religiosa, aceptan los postulados de la Iglesia sin ninguna posibilidad de discusión, de entredicho. Otros, los más liberales, los cuestionan, al menos los ponen entre paréntesis.
Lo cierto es que cualquiera de estos temas enumerados saltan a la luz pública a la menor insinuación Papal y repercuten en toda la estructura social. No harán mella en los ateos, en los indiferentes o en los pertenecientes a otros credos, pero sí en la conciencia cristiana.
Por otra parte, cualquier religión tiene sus reglas de juego y los súbditos, en mayor o menor grado, las aceptan y las practican. Unas reglas de juego que a veces no coinciden con el común vivir de la mayor parte de los ciudadanos.
Los públicos están también afectados por las creencias, y no en pequeña medida.

El público según las condiciones demográficas.

Las condiciones demográficas son determinantes no sólo para las personas en cuanto entes individuales sino también para los grupos y para las masas. Las grandes aglomeraciones de personas, las enormes urbes, funcionan a un nivel totalmente distinto a como funcionan los poblados o las pequeñas ciudades.
La interrelación de las personas en las grandes ciudades es casi, e inevitablemente, impersonal, anónima; lo cual no ocurre en los pequeños centros urbanos donde todos se conocen, no solamente por "nombre y apellido" sino, y lo que es sin duda más importante, por sus características individuales, propias.
El hombre ciudadano es fundamentalmente un hombre-masa, un ser despersonalizado, un individuo que diariamente se topa con infinidad de personas con las cuales mantiene, si las mantiene, relaciones muy pasajeras. Cuando asiste a su lugar de trabajo se relaciona con sus compañeros, pero casi inevitablemente por obligación, cumpliendo una función, la cual termina cuando el reloj anota la hora de salida.
Inclusive en las celebraciones litúrgicas ocurre algo muy parecido. Se predica que es la reunión fraternal de una comunidad pero la mayor parte de los congregados en el templo son anónimos entre sí, y aunque concurran al mismo lugar para realizar una oración en común realmente no la hacen en común sino en grupo, que no es esencialmente lo mismo. Su acto litúrgico podrá denominarse un acto grupal pero en escasas comunidades se efectúa un acto realmente comunitario, de interpretación personal.

Los lugares a los cuales acude el hombre ciudadano son lugares iguales para todos, a pesar de que cada uno se comporte individualmente. Los transportes públicos, por ejemplo, ponen en contacto físico, y a veces brutal, a las personas, pero no las interrelacionan. Los espectáculos a los cuales acude son igualmente espectáculos para todos, con la única afinidad del público en que se encuentran allí porque han pagado una entrada o porque tienen gustos parecidos, pero nada más. Es posible también que coincidan en algunas otras cosas, pero esta coincidencia, ese vibrar ante el mismo acontecimiento es solamente casual. Los sentimientos unánimes de aceptación o rechazo ante lo visto u oído terminan a la salida de la sala de cine, del campo de fútbol, de la carrera de caballos, del teatro o de cualquier otro evento. Son ciertamente grandes las diferencias que atañen al hombre ciudadano y al no ciudadano.

Los mensajes codificados para los hombres de la ciudad tienen la característica de querer atrapar a los perceptores como si se tratara de gentes individualizadas. Los locutores de televisión, por ejemplo, se preocupan enormemente por mirar a la cámara para producir el efecto de que están dirigiéndose personalmente a quien se encuentra ante la pantalla. Se trata de un truco para intentar personalizar el mensaje, para simular un diálogo que en realidad no existe, pues el telespectador tiene necesariamente que conformarse con asimilar el monólogo.

Los líderes políticos principalmente han entendido a la perfección este truco y a veces se esfuerzan tanto con la rigidez de esta técnica que aparentan más falsos que la naturalidad del momento denotaría, pues no parece lógico que el entrevistado se salga del contexto de su interlocutor para dirigirse a un público posible, más allá del contexto donde se encuentra. Se aprecia una ruptura en el diálogo, lo que implica falsedad.

Pero esto no es porque la técnica sea infructuosa sino porque ha sido mal digerida, por copiar al pie de la letra las reglas del librito de la simulación.
Resulta sumamente difícil personalizar a las masas, de ahí que la más esencial de las psicologías hable del mensaje de la motivación más que del mensaje de la lógica. Esto lo ha entendido a la perfección la estructuración del mensaje publicitario, mayormente confeccionado para las masas, y con los efectos evidentes en el ámbito de la persuasión. Tal así que con frecuencia se culpa a la publicidad de manipulación de los sentimientos ciudadanos.

Los modernos Medios de comunicación se han ganado con todo merecimiento la denominación de Medios de comunicación de masas, expresión a nuestro entender poco afortunada, pues a través de estos Medios las masas no se comunican entre sí sino que gracias a ellos se convierten en receptores pasivos de una comunicación impuesta para todos y de la misma manera. Sería, por ende, más apropiado llamarlos medios de mensajes para las masas, pues el fenómeno de la participación de las mayorías valiéndose de ellos es, evidentemente, reducidísima.

¿Podría ser de otra manera?. Quizá pudiera serlo, lo cierto es que nos encontramos inmersos en una estructura de Medios masivos difícil de superar.

Lo que importa, en este momento, es estar conscientes de esta realidad y de procurar en que forma el mensaje de salvación puede ser codificado para un público tan heterogeneo e impersonal.

Es evidente que el hombre ciudadano ha perdido la noción de muchas cosas. A la vez que parece más extrovertido, por eso de su impersonalidad, por eso de su no identificación en medio de la masa, también se ha tornado más introvertido. Hay menos posibilidad de vivir los problemas en la intimidad con los otros, de ahí que tenga que vivirlos en la intimidad consigo mismo; una intimidad, por otra parte, que intentará ser rota constantemente por los más dispares mensajes que le llegan desde los más diversos sujetos y bajo las formas más disímiles.

El público según las condiciones geográficas

No solamente la cantidad numérica de las personas reunidas para vivir, aposentadas en un determinado lugar, imprime carácter singular. También las condiciones propias del lugar son determinantes.
Es cierto que el clima (calor, frío, diversidad de estaciones, lluvia, secano, etc.), influyen en las costumbres de las personas que habitan en determinados lugares.

Pero no solamente el clima, también la propia estructura geográfica de la zona. El hombre del campo abierto tiene reacciones diferentes a las del hombre que vive encuadrado entre montes. El hombre de las zonas costeras, el hombre de mar, también adquiere costumbres y motivaciones propias. Los hombres de las zonas industriales se diferencian de los hombres del trabajo campestre.

Todo esto puede apreciarse en el estudio de las fiestas, el folclore, la artesanía, los utensilios, la misma vivencia, etc., de las distintas zonas, incluso dentro de una misma razón.

El fenómeno religioso a este respecto es importantísimo. De ahí que hoy día los teólogos estén hablando tanto de la inculturización del Evangelio, que no es otra cosa más que codificar el mensaje de salvación según las características culturales de pueblos concretos. No se puede ubicar un mensaje dentro de una codificación que no se entiende. La misma palabra salvación no tiene las mismas motivaciones para unos que para otros.

El público según los países.

Cada nación posee su propia idiosincrasia. La nación se constituye no solamente por una delimitación geográfica, o por un conjunto de individuos que puebla esa determinada geografía, sino y sobre todo por los valores patrios, valores de tipo espiritual que mantienen vivo, dinámico e imperecedero el espíritu de la propia nación.

Cada nación tiene su historia, venera a sus héroes, define una forma de vida, se individualiza por sus símbolos patrios, posee sus mártires, se dinamiza en sus costumbres, en su música, en su literatura..., todo esto es lo que constituye el alma de la nación. Y esto es algo sagrado para cada uno de los individuos que conforman la nación.

Cada individuo en particular puede tener sus propios puntos de vista, su propia ideología, su propio sistema de valores, pero a la hora de defender, defiende lo nacional.
Es curioso, inclusive, ver a ciudadanos mofándose de ciertas costumbres, de ciertos hábitos, de ciertos signos que poseen valor para el conjunto de los ciudadanos; pero eso sólo lo realizan a nivel personal, en interrelación con los de su misma especie nacional.

A la hora de enfrentarse con el "extranjero" este mismo ciudadano defendrá a capa y espada esos mismos símbolos que él, en su fuero interno, hasta inclusive puede despreciar. Él sí tiene derecho a criticar lo suyo, pero nadie que no pertenezca a los de su "especie", está capacitado para criticar lo que es común a todos los integrantes de la misma nacionalidad: el alma nacional es intocable para el "extranjero". De ahí que en algunas naciones, y en momentos determinados, se produzcan indicios de xenofobia.

Todos los ciudadanos están de acuerdo en la defensa de sus fronteras; pueden opinar con respecto al cómo. Lo que no cabe discutir, porque sería incurrir en crimen de lexa patria, es la defensa de lo que es de la nación o se considera de la nación.

Esta clasificación que hemos realizado de los públicos no es, en ningún momento, exhaustiva. Todo lo más, descriptiva.

Tampoco hemos intentado realizar una descripción totalmente detallada, ni cada una de las clases de público ha sido analizada en profundidad. No era ese el objetivo. Por otra parte, corresponderá a la sociología, a la antropología y en definitiva a la psicología marcar las pautas diferenciadoras, las motivaciones, de cada uno de los públicos.

Sí hemos querido enunciarlos para dar una idea de conjunto de este problema del receptor, el cuál, en ningún momento, puede ser estudiado como público abstracto sino como seres humanos muy concretos por los factores como el sexo, la edad, la situación familiar, la economía, la profesión que se ejerce, el lugar donde se vive, la religión que se profesa, la educación que se recibe, el país donde se habita y del que se considera parte integral, etc.

Todos estos factores, no cabe duda, determinan a públicos diferentes, con sus diferentes características y sus diferentes inquietudes. Y los públicos, entendidos como receptores dentro de un proceso normal de comunicación, están condicionados por todas estas caracterísiticas enunciadas.
En definitiva, los condicionamientos del receptor son los mismos que los del emisor, tanto a nivel individual como a nivel social. La misma información no va a ser captada con la misma intensidad por los diferentes públicos, porque estos condicionamientos, estas características señaladas, actuan, o pueden actuar, en el momento determinado, como ruidos, como interferencias semánticas a la hora de descodificar el mensaje, de tal forma que un mensaje que puede haber sido estructurado bajo una óptica objetiva, puede muy bien ser captado bajo una óptica totalmente subjetiva, debido a la interferencia semántica de cualquiera de estos fenómenos que condicionan el ser y el comportamiento, y también la comprensión, del receptor.

El Feedback como problema del receptor

Pareciera que el proceso de la comuncación terminara a la hora en que el receptor capta y desinterpreta el mensaje. Pero no es así, o no necesariamente es así. Y mucho menos en la comunicación interpersonal.

En esta comunicación, el receptor casi inmediatamente que recibe el mensaje actua sobre el propio mensaje y lo toma como base, como fuente, para producir una respuesta; respuesta que inicia nuevamente el proceso de comunicación.

Xifra Heras afirma que "uno de los efectos más importantes que se producen en la comunicación es la respuesta que normalmente se provoca en el receptor, y que puede llegar hasta el emisor".

La recepción no es una aceptación pasiva, sino que suele producir un proceso causante de respuesta que, cuando llega a penetrar en el sistema del sujeto activo o emisor, da lugar al llamado feed-back o "retroalimetación".

La respuesta, o el efecto que puede convertirse en respuesta, no siempre llega al emisor. Si, como decíamos, en la comunicación interpersonal, dando origen al denominado diálogo, el cual se alimenta de las espectativas que los interlocutores van creando en el circuito pregunta-respuesta; muy pocas veces se produce en la comunicación de tipo social, donde los receptores son masas y donde el emisor, con frecuencia es anónimo, o una persona moral difícil de conseguir para ser respondida. Hasta puede influir el temor del receptor a pronunciar una respuesta ante cierto emisor-persona-moral, por las consecuencias negativas que la respuesta emitida pueda provocar en el receptor y dañar, en una forma u otra, al emisor.

El feedback o retroalimentación no es ni más ni menos que la reacción del receptor ante el mensaje a él llegado y por él descodificado. El feedback parte, por lo tanto, del hecho de la reacción del receptor ante el estímulo semántico por él captado.

Ahora bien, el feedback no es solamente válido para el receptor, no implica solamente el hecho de la posibilidad de la respuesta del receptor ante la comunicación recibida; tiene, además, influencia en el mismo emisor, en el mismo iniciador del proceso de la comunicación. Berlo lo dice bien claro: "La fuente puede utilizar la reacción de su receptor como verificación de su propia efectividad y es una consecuencia de la respuesta de la fuente. Como tal, sirve de feed-back para la fuente".

En este sentido la fuente, el emisor, el codificador, pueden darse cuenta de que el mensaje emitido por ellos ha sido comprendido; y puede tomar las medidas comunicacionales oportunas para que el verdadero objetivo del mensaje sea establecido; bien intentando otra forma de codificación, bien intentando eliminar las interferencias, tanto físicas como psicológicas que hayan podido influir en la mala captación o desinterpretación del mensaje, etc.

Nuevamente Berlo, aclara el problema: "El feedback proporciona a la fuente la información con respecto al éxito que obtuvo al cumplir su objetivo. Al hacer esto ejerce un control sobre los futuros mensajes que la fuente codifica".

De ahí que el feedback es efectivo, no solamente para el receptor en cuanto posibilidad de ejercer su derecho a la respuesta, sino también para el emisor, en cuanto puede valorar la efectividad de la comunicación por él enviada.

El feedback puede efectuarse de muchas formas: una sonrisa ante un estímulo determinado enviado por una fuente puede muy bien ser la respuesta del receptor, una respuesta positiva ante la insinuación, como un asentimiento feliz ante la comunicación enviada; y la fuente, al recoger esa respuesta, esa sonrisa, recoge a la vez la intencionalidad y refuerza su posición de continuar la comunicación emitida por esa vía.
De tal forma que el feedback está actuando ya sobre la conducta posterior que va a ejercer el ahora receptor de la respuesta. "Cuando una fuente recibe un feedback que recompensa continúa produciendo el mismo tipo de mensaje. Cuando un feedback no recompensa cambiará eventualmente de mensaje".
Como decíamos anteriormente, la respuesta del receptor en la comunicación interpersonal es inmediata, de tal forma que los interlocutores pueden también inmediatamente corregir las deformaciones interpretativas que hayan podido causar el mensaje.
En las comunicaciones de tipo no personal, no interpersonal, concretamente en los sistemas sofisticados de información colectiva, la respuesta del receptor puede darse a nivel de reacción personal, pero es muy difícil que llegue hasta la propia fuente de emisión; aunque toda comunicación produce un feedback, precisamente porque no toda respuesta emitida por el receptor, física o intencionalmente, llega a donde tiene que llegar, es decir, al emisor.
Los Medios de comunicación de masas se han inventado algunos "trucos" para solucionar este problema de truncamiento de la respuesta. Se han inventado, por ejemplo, secciones como "Cartas al Director", "Los lectores escriben", o las llamadas telefónicas a las estaciones de radio o televisivas.
Aunque en casos particulares esta respuesta sí se da, generalmente se trunca en un sólo intento: una carta, una llamada telefónica... que puede o no tener su otra respuesta. De tal forma que estos "trucos" comunicacionales de feedback deben ser puestos en entredicho.
Además, teniendo en cuenta que los receptores de los Medios de comunicación de masas son receptores-masa, los poquísimos individuos que pueden emitir una respuesta por carta o por teléfono seguirán siendo respuestas muy individuales, cuantitativamente insignificantes y cualitativamente no representativas, puesto que no son la opinión del público receptor-masa sino de algún individuo particular.
Es decir, el receptor masa no ejerce ningún tipo de influencia sobre el emisor de la comunicación, de tal forma que esa eventual respuesta queda sin efecto, no condiciona la nueva posible respuesta del emisor.
Hay una anotación importante de Berlo, digna de ser tenida en cuenta. Dice el autor que las "fuentes y los receptores de la comunicación son mutuamente interdependientes en lo relativo a su existencia y al feedback. Cada uno de ellos ejerce una continua influencia sobre sí mismo y los demás, por el tipo de respuestas que da a los mensajes que emite y recibe.
Un periódico influye en sus lectores seleccionando las noticias que les está permitido leer. Por otra parte, los lectores también influyen en el periódico (aún cuando no tanto como quisieran hacernos creer algunos publicistas). Si los lectores no compran el diario (feed-back negativo), puede ocurrir que éste cambie la sección y presentación de sus noticias".

Esta aseveración de Berlo, es cierta, pero más cierto aún es su entreparéntesis. No se trata simplemente de cambiar de sección, un tipo de diagramación o una selección de noticias. A la ideología del periódico le va a importar muy poco el juicio que puedan tener los lectores, porque aunque los lectores no estén de acuerdo con el contenido (este es el verdadero problema) de las noticias, con la línea informativa e ideológica de los responsables del periódico, éste continuará su propio objetivo.
La prensa objetiva es muy difícil que se dé, precisamente porque los dueños de la prensa no solamente venden información, no solamente ofrecen narración de acontecimientos, sino que ofrecen igualmente su visión, es decir, su punto de vista sobre los acontecimientos. Y esta línea no va a cambiarla porque los lectores no estén de acuerdo. Exactamente lo mismo ocurre en la difusión de los mensajes publicitarios.
Hay una cosa cierta: los Medios de comunicación modernos van imprimiendo en los receptores modos de vida, formas de conducta, comportamientos, creencias, ideologías...

Los Medios de comunicación son medios de "educación", entendiendo por educación la programada intencionalmente por los Medios, dependiendo de la ideología que profesan los diferentes responsables de los Medios.
El receptor ha llegado a acostumbrarse con la educación prestada, y ha ido perdiendo el sentido de respuesta, el juicio crítico ante el acontecimiento que se le ofrece.

La verdadera educación consiste en la formación del juicio crítico; y no es posible creer a estas alturas en la objetividad altruista de la mayor parte de nuestros Medios de comunicación, sabiendo, como se sabe, que cada uno de éllos responde a intereses particulares de grupo. Grupos, por otra parte, con un fuerte poder de presión dentro de la estructura social en la cual se desenvuelven y quizá hasta fuera de la sociedad en la cual ejercen.
Es también comunmente reconocido el efecto del mensaje sobre el receptor. En cierto sentido el efecto es una especie de feed-back, una especie de respuesta interna que experimenta el receptor ante el mensaje avasallador que se introduce, en la mayor parte de las veces, sin él solicitarlo.
No vamos a detenernos ahora en el problema de los efectos de los mensajes; simplemente decir que el efecto puede ser positivo, negativo y, en muy contadas ocasiones, neutro.
El efecto puede ser definido como "el comportamiento físico o mental provocado en el receptor por la interpretación del mensaje y previsto o no por el emisor".
Es claro suponer que todo mensaje produce un efecto en el receptor. Lo que ya no parece tan claro es admitir el resultado de dicho efecto. La codificación del mensaje es ya una provocación. Los distintos lenguajes pueden producir distintos efectos. Por eso, determinar el lenguaje de cada Medio será un imperativo para comprender el proceso de la comunicación y su resultado final: el efecto producido en el receptor; bien individual, bien masa.
El efecto producido por la captación del mensaje está condicionado por infinidad de circunstancias. En algunos casos un efecto determinado puede haber sido buscado y deseado directamente por el emisor-codificador. Es el caso concreto del efecto perseguido por los mensajes publicitarios.
En otras ocasiones, un efecto determinado puede obedecer a causas ajenas al mismo codificador, causas producidas por circunstancias concretas del receptor, como ya hemos enumerado anteriormente.
En este momento no podemos determinar cuales son esos efectos; solamente podemos constatar que realmente existen.

Detengámonos en este ejemplo: una misma canción puede ser motivación hacia la alegría o hacia la tristeza en distintos receptores. O, inclusive, en el mismo receptor, dependiendo de las diferentes ocasiones en las cuales el mismo mensaje puede llegar hasta él. Estos efectos dispares (alegría-tristeza) pueden obedecer a los recuerdos que la letra de la canción, el lugar y la compañía en que se escuchó, el momento en que se oyó por primera vez, o en aquellas circunstancias especiales. Es decir, el recuerdo también puede influir en esa disyuntiva del efecto.

Es lícito pensar que estos efectos tan dispares escapan a la intencionalidad del compositor y están relacionados directamente con las circunstancias del receptor. De ahí que haya que relacionar el efecto con la interpretación del mensaje por el receptor. Y de ahí la importancia también de la conjunción de códigos comunes al emisor y al receptor.

En términos más simples: todo mensaje es la elaboración materializada de una idea abstracta por medio de un código convencional, común al emisor y al receptor. La elaboración del mensaje está condicionada por múltiples aconteceres, y no siempre la intencionalidad del emisor codificada en el mensaje es interpretada de la misma manera por todos los receptores.
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