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Capítulo I: La pedagogía de Dios, fuente y modelo de la pedagogía de la fe


CAPITULO I

La pedagogía de Dios,
fuente y modelo de la pedagogía de la fe (486)

La pedagogía de Dios


139. « Como a hijos os trata Dios; y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? » ( Hb 12,7). La salvación de la persona, que es el fin de la revelación, se manifiesta también como fruto de una original y eficaz « pedagogía de Dios » a lo largo de la historia. En analogía con las costumbres humanas y según las categorías culturales de cada tiempo, la Sagrada Escritura nos presenta a Dios como un padre misericordioso, un maestro, un sabio (487) que toma a su cargo a la persona —individuo y comunidad— en las condiciones en que se encuentra, la libera de los vínculos del mal, la atrae hacia sí con lazos de amor, la hace crecer progresiva y pacientemente hacia la madurez de hijo libre, fiel y obediente a su palabra. A este fin, como educador genial y previsor, Dios transforma los acontecimientos de la vida de su pueblo en lecciones de sabiduría (488) adaptándose a las diversas edades y situaciones de vida. A través de la instrucción y de la catequesis pone en sus manos un mensaje que se va transmitiendo de generación en generación, (489) lo corrige recordándole el premio y el castigo, convierte en formativas las mismas pruebas y sufrimientos. (490) En realidad, favorecer el encuentro de una persona con Dios, que es tarea del catequista, significa poner en el centro y hacer propia la relación que Dios tiene con la persona y dejarse guiar por El.

La pedagogía de Cristo

140. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a la humanidad a su Hijo, Jesucristo. El entregó al mundo el don supremo de la salvación, realizando su misión redentora a través de un proceso que continuaba la « pedagogía de Dios », con la perfección y la eficacia inherente a la novedad de su persona. Con las palabras, signos, obras de Jesús, a lo largo de toda su breve pero intensa vida, los discípulos tuvieron la experiencia directa de los rasgos fundamentales de la « pedagogía de Jesús », consignándolos después en los evangelios: la acogida del otro, en especial del pobre, del pequeño, del pecador como persona amada y buscada por Dios; el anuncio genuino del Reino de Dios como buena noticia de la verdad y de la misericordia del Padre; un estilo de amor tierno y fuerte que libera del mal y promueve la vida; la invitación apremiante a un modo de vivir sostenido por la fe en Dios, la esperanza en el Reino y la caridad hacia el prójimo; el empleo de todos los recursos propios de la comunicación interpersonal, como la palabra, el silencio, la metáfora, la imagen, el ejemplo, y otros tantos signos, como era habitual en los profetas bíblicos. Invitando a los discípulos a seguirle totalmente y sin condiciones, (491) Cristo les enseña la pedagogía de la fe en la medida en que comparten plenamente su misión y su destino.

La pedagogía de la Iglesia

141. Desde sus comienzos la Iglesia, que es « en Cristo como un sacramento », (492) vive su misión en continuidad visible y actual con la pedagogía del Padre y del Hijo. Ella, « siendo nuestra Madre es también educadora de nuestra fe ». (493)

Estas son las razones profundas por las que la comunidad cristiana es en sí misma catequesis viviente. Siendo lo que es, anuncia, celebra, vive y permanece siempre como el espacio vital indispensable y primario de la catequesis.

La Iglesia ha generado a lo largo de los siglos un incomparable patrimonio de pedagogía de la fe: sobre todo el testimonio de las catequistas y de los catequistas santos; una variedad de vías y formas originales de comunicación religiosa como el catecumenado, los catecismos, los itinerarios de vida cristiana; un valioso tesoro de enseñanzas catequéticas, de expresiones culturales de la fe, de instituciones y servicios de la catequesis. Todos estos aspectos constituyen la historia de la catequesis y entran con derecho propio en la memoria de la comunidad y en el quehacer del catequista.

La pedagogía divina, acción del Espíritu Santo en todo cristiano

142. « Dichoso el hombre a quien corriges tú, Yahvéh, a quien instruyes con tu ley ».(9 Sal 94,12) En la escuela de la Palabra de Dios acogida en la Iglesia, gracias al don del Espíritu Santo enviado por Cristo, el discípulo crece como su Maestro en « sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres » ( Lc 2,52) y es ayudado para que se desarrolle en él la « educación divina » recibida, mediante la catequesis y las aportaciones de la ciencia y de la experiencia. (494) De este modo, conociendo cada vez más el misterio de la salvación, aprendiendo a adorar a Dios Padre y « siendo sinceros en el amor », trata de « crecer en todo hacia Aquel que es la cabeza, Cristo » ( Ef 4,15).

Se puede decir que la pedagogía de Dios alcanza su meta cuando el discípulo llega « al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo » ( Ef 4,13). Por eso no se puede ser maestro y pedagogo de la fe de otros, sino se es discípulo convencido y fiel de Cristo en su Iglesia.

Pedagogía divina y catequesis

143. La catequesis, en cuanto comunicación de la Revelación divina, se inspira radicalmente en la pedagogía de Dios tal como se realiza en Cristo y en la Iglesia, toma de ella sus líneas constitutivas y, bajo la guía del Espíritu Santo, desarrolla una sabia síntesis de esa pedagogía, favoreciendo así una verdadera experiencia de fe y un encuentro filial con Dios. De este modo la catequesis:

– es una pedagogía que se inserta y sirve al « diálogo de la salvación » entre Dios y la persona, poniendo de relieve debidamente el destino universal de esa salvación; en lo que concierne a Dios, subraya la iniciativa divina, la motivación amorosa, la gratuidad, el respeto de la libertad; en lo que se refiere al hombre, pone en evidencia la dignidad del don recibido y la exigencia de crecer constantemente en El; (495)

– acepta el principio del carácter progresivo de la Revelación, de la transcendencia y carácter misterioso de la Palabra de Dios, así como su adaptación a las diversas personas y culturas;

– reconoce la centralidad de Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, que determina a la catequesis como « pedagogía de la encarnación« , por la que el Evangelio se ha de proponer siempre para la vida y en la vida de las personas;

– reconoce el valor de la experiencia comunitaria de la fe, como propia del Pueblo de Dios, de la Iglesia;

– se enraíza en la relación interpersonal y hace suyo el proceso del diálogo;

– se hace pedagogía de signos, en la que se entrecruzan hechos y palabras, enseñanza y experiencia; (496)

– encuentra tanto su fuerza de verdad como su compromiso permanente de dar testimonio en el inagotable amor divino, que es el Espíritu Santo, ya que ese amor de Dios es la razón última de su revelación. (497)

La catequesis se configura de este modo como proceso, o itinerario, o camino del seguimiento del Cristo del Evangelio en el Espíritu hacia el Padre, emprendido con vistas a alcanzar la madurez en la fe « según la medida del don de Cristo » ( Ef 4,4) y las posibilidades y necesidades de cada uno.

Pedagogía original de la fe (498)

144. La catequesis, que es por tanto pedagogía en acto de la fe, al realizar sus tareas no puede dejarse inspirar por consideraciones ideológicas o por intereses meramente humanos; (499) no confunde la acción salvífica de Dios, que es pura gracia, con la acción pedagógica del hombre, pero tampoco las contrapone y separa. El diálogo que Dios mantiene amorosamente con cada persona se convierte en su inspiración y norma; de ese diálogo la catequesis es « eco » incansable, buscando constantemente el diálogo con las personas, según las indicaciones fundamentales que ofrece el Magisterio de la Iglesia. (500)

He aquí unos objetivos concretos que inspiran sus opciones metodológicas:

– promover una progresiva y coherente síntesis entre la adhesión plena del hombre a Dios ( fides qua ) y los contenidos del mensaje cristiano ( fides quae );

– desarrollar todas las dimensiones de la fe, por las cuales ésta llega a ser una fe conocida, celebrada, vivida, hecha oración; (501)

– impulsar a la persona a confiarse « por entero y libremente a Dios »: (502) inteligencia, voluntad, corazón y memoria;

– ayudar a la persona a discernir la vocación a la que el Señor la llama.

La catequesis desarrolla así una acción que es, al mismo tiempo, de iniciación, de educación y de enseñanza.

Fidelidad a Dios y fidelidad a la persona (503)

145. Jesucristo constituye la viva y perfecta relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De El recibe la pedagogía de la fe « una ley fundamental para toda la vida de la Iglesia (y por tanto para la catequesis): la fidelidad a Dios y al hombre, en una misma actitud de amor ». (504)

Por eso, será auténtica aquella catequesis que ayude a percibir la acción de Dios a lo largo de todo el camino educativo, favoreciendo un clima de escucha, de acción de gracias y de oración, (505) y que a la vez propicie la respuesta libre de las personas, promoviendo la participación activa de los catequizandos.

La « condescendencia » (506) de Dios, escuela para la persona

146. Queriendo hablar a los hombres como a amigos, (507) Dios manifiesta de modo particular su pedagogía adaptando con solícita providencia su modo de hablar a nuestra condición terrena. (508)

Eso comporta para la catequesis la tarea nunca acabada de encontrar un lenguaje capaz de comunicar la Palabra de Dios y el Credo de la Iglesia, que es el desarrollo de esa Palabra, a las distintas condiciones de los oyentes; (509) y a la vez manteniendo la certeza de que, por la gracia de Dios, esto es posible, y de que el Espíritu Santo otorga el gozo de llevarlo a cabo.

Por eso son indicaciones pedagógicas válidas para la catequesis aquellas que permiten comunicar en su totalidad la Palabra de Dios en el corazón mismo de la existencia de las personas. (510)

Evangelizar educando y educar evangelizando (511)

147. Inspirándose continuamente en la pedagogía de la fe, el catequista configura un servicio a modo de un itinerario educativo cualificado; es decir, por una parte, ayuda a la persona a abrirse a la dimensión religiosa de la vida, y por otra le propone el Evangelio de tal manera que penetre y transforme los procesos de comprensión, de conciencia, de libertad y de acción, de modo que haga de la existencia una entrega de sí a ejemplo de Jesucristo.

A este fin, el catequista conoce y se sirve, desde una perspectiva cristiana, de los resultados de las ciencias de la educación.


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