Autor: | Editorial:
La opción fundamental
Capítulo 2
LA OPCIÓN FUNDAMENTAL
Cuando por fin los trabajadores británicos y franceses unieron los dos lados del túnel que se cons-truyó debajo del Canal de la Mancha, festejaron el acontecimiento con una celebración llena de emociones y esperanzas. Por primera vez en la historia, Inglaterra estaba conectada al continente europeo por tierra. Detrás de este hecho histórico, se encontraba una obra que había requerido grandes esfuerzos humanos. Para llevar a cabo este proyecto intervinieron ingenieros, arquitectos, marineros, banqueros, políticos, empresarios, abogados, psicólogos y muchas otras personas. Cada uno de ellos tenía muy claro lo que quería lograr: construir un túnel debajo del mar conectando Inglaterra y Francia. Con la meta fijada, trabajaron con mucho empeño empleando los medios que tenían para realizar la empresa.
Lo mismo, o mucho más, podemos decir de la vida humana. Lo más importante que poseemos es la vida. Sin ella nada tiene sentido. Además, el hombre vive una sola vez. Tiene esta vida para vencer o fracasar. Por eso es muy importante que tenga muy claro lo que busca en la vida. Sólo así puede coordinar todos sus esfuerzos para realizar su proyecto de vida.
De lo que dijimos en el capítulo anterior, queda claro que, el hombre al preguntarse sobre la propia vida no puede hacer nada mejor que acudir al Dios que le creó y le sigue manteniendo vivo. En él puede encontrar el plan de su vida. Puede descubrir a dónde tiene que llegar su túnel, es decir, dónde va a encontrar su realización como hombre y su felicidad ahora y en la eternidad. Tratar de buscar un sentido a la vida fuera del plan de Dios será una pérdida de energías.
Puede haber muchas opiniones sobre cuál es el camino de una vida humana, pero todas deben centrarse sobre estos dos principios: conocer lo que Dios quiere y hacerlo.
Esto no es puramente teórico, se trata de echarle una mano a Dios para que lo que está proyectado en su plan sobre cada uno se realice.
Como se ve, es un prestarse, no un acatamiento pasivo a un Dios tremendo y Todopoderoso. Es una decisión de un hombre libre que responde en su libertad al amor del amado que es su Creador. A esta decisión consciente y madura la llamamos la opción fundamental.
La llamamos fundamental porque orienta toda la vida hacia la realización del ideal elegido. Hablaremos más tarde de ella. Ahora contemplaremos algunas actitudes negativas, pero comunes, que suelen surgir ante esta opción por Dios.
Tristemente, hay muchas personas que viven toda su vida sin hacerse esta pregunta fundamental sobre lo que están buscando y dónde lo van a encontrar. A veces uno se encuentra con estas personas que van de un lugar a otro como mariposas en primavera; viven muchos años en una inseguridad tremenda, en una búsqueda continua de algo para sentirse tranquilos y en paz, para sentirse realizados. Viven como viajeros sin destino. Sus vidas parecen guiadas por una serie de ilusiones, de emociones y sentimien- tos, producto de la rutina y la superficialidad ambien-tales. Por eso, caen víctimas de la primera tentación o desviación que encuentran, o mejor dicho, no se desvían porque el que no tiene dirección nunca puede desviarse.
Proceder así es malgastar la vida con poco fruto. Es vivir, en el fondo, siempre descontento. No hay un principio de unidad al cual debe orientarse toda vida. Esta falta de orientación se manifiesta, sobre todo, cuando surgen las dificultades, que son normales en la vida y causan, no pocas veces, desesperación, insinceridad y doblez.
Por otro lado, hay algunas personas que ven a Dios como un juez estricto que coarta la libertad del hombre. Dicen que aceptar la voluntad de Dios en la vida es atarse y restringir la libertad.
Muchas personas creen que amar a Dios significa sacrificar placeres, cargarse con compromisos pesados como ir a misa los domingos, etc. Otros dicen que la ley de Dios les priva del "derecho de escoger" opciones como el aborto y la eutanasia.
En el punto de partida de estas personas, se encuentra una concepción errónea de Dios. Como vimos en las reflexiones anteriores, la relación entre Dios y el hombre se encuentra en el orden del amor. Dios nos quiere libres, no esclavos de su ley; nos hubiera podido crear sin la posibilidad de escoger y seríamos robots o como plantas. Sin embargo, nos quiso libres con una voluntad que puede conformarse con la suya.
Lo importante es captar que Dios es amor, no un juez que obliga al hombre con compromisos difíciles. Dios, como nos dice san Juan, es amor. Dios es el que nos dio la libertad y nos la respeta. Es verdad que el infierno existe y no es un lugar feliz. Pero Dios no nos pide tanto el miedo y temor del infierno, cuanto un amor generoso y gozoso: el amor de un hijo agradeci-do por lo que le ha hecho su Padre.
El hombre feliz es el que ha encontrado a Dios y trata en la vida de corresponder a lo que Dios quiere de él.
1
Una opción en el amor y la libertad
Anteriormente vimos que la cosa más importante en la vida es encontrar lo que Dios quiere de uno y seguirlo; a esto lo hemos llamado opción fundamental. Ahora bien, como cualquier opción profunda, tiene que plantearse bien para que pueda ser el fundamento de una vida feliz.
Si pensamos en los corredores de cien metros en las olimpiadas, vemos que tienen la meta muy clara: llegar al final en el menor tiempo posible. Lo mismo aquí, Dios es la meta de toda vida humana. Él es el único fin último. Todo lo demás son medios que Dios pone a nuestra disposición para hacernos más fácil el camino hacia él. Por ejemplo, la fe, la vocación, el matrimonio, la amistad, la salud, el carácter personal, el bienestar... son medios que bien aprovechados nos llevan a Dios.
Siguiendo la imagen de la carrera, la opción fundamental a la que nos referimos arriba es como el primer impulso. Se puede decir que todo depende de éste. Si se hace bien, se tiene la seguridad de salir con éxito. Cuando la salida es mala, el atleta pasa toda la carrera tratando de superar el efecto de este error inicial.
Por eso, lo primero que necesitamos es conocer el rumbo que Dios nos marca. Hay que hacerse la siguiente pregunta:
¿Qué es lo que Dios nuestro Señor en su admirable providencia tiene reservado para mí?
Claro, no se tiene una respuesta cierta y general. En la búsqueda del propio camino para realizar el plan de Dios, el hombre utiliza los medios ordinarios con que Dios le ha dotado: su inteligencia y su corazón. El hombre reflexivo considera la providencia de Dios en las circunstancias de la vida: el ambiente que le rodea, los encuentros que tiene, los pensamientos que le animan, los acontecimientos que presencia, las palabras que escucha. A través de todo ello la mano de Dios va guiando sabiamente al hombre hacia su destino.
Además, cuenta con los dones naturales y sobrenaturales que confirman esta presencia divina: sensibilidad ante las cosas espirituales o ante las necesidades del mundo, pasión por los hombres necesitados de Dios, nobleza en las aspiraciones y valores, impulso hacia determinadas formas de servicio, la oración, el consejo de hombres experimentados, etc. Así es como el hombre encuentra la voluntad de Dios en su vida.
Conociendo la voluntad de Dios, sea ésta servir a Dios y a los hombres como investigador, sacerdote, soltero, casado, banquero, político, médico, albañil, profesor o cualquier otra profesión, el hombre puede hacer la opción profunda y amorosa de seguirla. Así tendrá un punto de partida sobre el cual fijar su actividad humana, en definitiva, su propia felicidad.
Para poder ser coherente con esta opción, toda la vida, todos los días, es importante que la decisión brote de la libertad personal. No se puede hacer una opción fundamental coaccionado o motivado por fuerzas ajenas a la propia convicción, tampoco puede plantearse la cuestión con superficialidad de modo que a la primera dificultad en el seguimiento del camino elegido, surja la duda y el replanteamiento de la misma. Todo esto presupone un grado de madurez del cual hablaremos más tarde.
El por qué de la adhesión firme a la voluntad de Dios no se agota solamente en la libertad; es decir, no se escoge seguir la voluntad de Dios solamente porque se es libre y se tiene la capacidad de escoger. Esto no basta. El hombre se mueve por motivos. El impulso hacia la acción nace de necesidades que piden ser satisfechas y valores que piden ser poseídos, es decir, por un dinamismo motivacional. Nadie escapa de esta realidad; todo acto de voluntad tiene un contenido y está orientado hacia un fin, mediato o inmediato.
El camino de la voluntad de Dios es arduo, nadie desea seguirlo si no está profundamente motivado. El dinero, la comodidad, la fama, el placer, el deseo egoísta de la propia realización, el prurito filantrópico, son motivaciones en la vida. ¿Qué puede motivar a un hombre para entregarse a la búsqueda de la gloria de Dios y al servicio de los demás?
La única fuerza es la del amor. San Agustín decía que el amor determina el "peso" de una persona:
«Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado» (Confesiones, XIII [IX], 10).
El amor hace al hombre capaz de sacrificios, de grandes realizaciones.
«El hombre tiene necesidad profunda de amar y de ser amado. El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida carece de sentido si no se revela al amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace suyo, si no participa de él vivamente».
(Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).
En el amor encuentra el sentido de su existencia, aquello que polariza y orienta todos sus anhelos, actividades y comportamientos.
Cuando falta el amor los pretextos abundan, pero cuando hay amor «la carga es suave y la cruz ligera», porque el amor todo lo puede, todo lo sufre, todo lo supera.
La opción fundamental por Dios, entonces, es un acto libre, motivado y sostenido en el amor y por el amor.
2
Cristo, ideal
Para lograr esta adhesión amorosa a Dios, la inteligencia y el corazón tienen necesidad de un ideal que les inspire, les impulse y les mueva; una persona, modelo cuya contemplación marque siempre el cami-no a seguir e infunda nuevas fuerzas en todos los momentos. Muchos en el mundo forjan sus ideales personales en la carrera, o en el futuro matrimonio o en cualquier plan humano por realizar. El que aspira a vivir una vida auténtica y cristiana debe tener como ideal la persona adorable de nuestro Señor Jesu-cristo.
Por su encarnación, Cristo, Dios y hombre verdadero, ha querido unirse con el hombre en todo, menos en el pecado. Él es el modelo del "hombre perfecto" (cf. Gaudium et spes, 38). En él encontramos el ejemplo más perfecto de cómo vivir amando a Dios y a los hombres.
Un breve recorrido por el evangelio nos muestra de una manera clara cómo Cristo vivió su adhesión a la voluntad del Padre. Desde un inicio nos lo presenta en un actitud de entrega, consecuencia de aquella opción fundamental de su vida.
«He aquí, oh Dios, que vengo a hacer tu voluntad» (Hb 10, 7).
También nos lo presenta con un dominio absoluto sobre sus emociones y sentimientos, que nunca fueron obstáculos en su camino hacia el Padre ni en la realización de su misión, sino una ayuda preciosa para ese camino.
«Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor. Entonces dice a sus discípulos:La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 35-38)
Lo vemos siempre en una actitud de entrega y servicio incansable, predicando el amor como la forma más perfecta de santidad y realización.
«De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: "Todos te buscan". Él les dice: "Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he venido". Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: "Si quieres, puedes limpiarme". Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio» (Mc 1, 35-42).
No es menor en la persona de Cristo esa cohe-rencia, esa serenidad, como quien sabe a dónde va y por dónde va; nunca una duda, nunca un titubeo, y no porque no le costase nuestra redención, sino porque él ya había optado por salvarnos y no podía echarse atrás.
«Cuando tuvo doce años (...) lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban maravillados por su inteligencia y sus respuestas. Cuando lo vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". Él les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?"» (Lc 2, 41-49).
Y, finalmente, impresiona hondamente en Cristo esa conciencia santísima que le permite exclamar al final de su vida: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).
Y que hace rabiar a los fariseos con aquel reto: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?» (Jn 8, 46).
Éste es el ideal del cristiano: adquirir la fisonomía de Cristo. Pero identificarse con Cristo implica su imitación. Y ésta, para ser auténtica, debe basarse en el amor real y personal a Cristo porque quien ama piensa en el amado, busca estar con él, desea asemejarse él. Dado que nadie ama lo que no conoce, este amor personal a Cristo debe partir de un conocimiento personal de Cristo. ¿Y qué mejor medio tenemos que el Evangelio y la Eucaristía para llegar a este conocimiento sencillo y real?
Nuestra pretensión no es tratar de una manera completa y profunda las dimensiones espiritual y sacramental de la relación del hombre con Cristo. Baste decir que, en la obra de la transformación en Cristo, Dios como primer interesado, concede todas las gracias necesarias. Si hay un fallo, eso viene más bien del hombre que ha hecho una opción, pero no ha puesto los medios para ser coherente con ella, y no de la gracia de Dios.
3
La identidad de vida y la coherencia
Queda claro, entonces, que no solamente es necesaria la decisión de amar a Dios, sino que también hay que ser coherente con aquella. Ser coherente implica buscar una identidad de vida entre lo que uno es y lo que uno pretende ser. Como dijimos, el hombre es una imagen de Dios deformada, por eso, este trabajo de identificarse con su ideal no resulta fácil. Necesita un esfuerzo continuo que abarca todos los instantes de su existencia de tal manera que toda su vida consiste en conformarse con su opción fundamental.
Entendámonos bien, esto no significa que en cada momento tiene que replantearse su opción por Dios, sino que tiene la oportunidad de consolidarla y crecer o dejarse llevar por el camino de la dualidad en donde uno pretende una cosa y actúa diversamente. Esta dualidad se da cuando un hombre que ha optado conscientemente por Dios se deja llevar por el amor propio, el egoísmo, la pereza y la sensualidad, el deseo de quedar bien, de dar buena imagen, todo al precio de su opción fundamental. Es verdad que muchas veces estas incoherencias se dan por debilidad humana, pero el aceptarlas es hacer daño a la propia conciencia y al propio equilibrio humano.
Para ser coherente es necesario que el pensar y el obrar vengan de unas convicciones profundas comunes. No se puede tener el ambiente, los sentimientos, la opinión de los demás "por muy buenas que sean" como base de la vida. El único que puede mantenerse fiel es el que ha hecho su opción por Dios basada en las convicciones profundas, como son: el amor de Dios para con nosotros, el amor personal de Cristo, la propia responsabilidad de corresponder a este amor predilecto del Creador y Salvador.
Ahora bien, todo esto presupone una cierta madurez humana. Ésta no se da normalmente en el hom-bre sin formación y esfuerzo. El hombre caído tiene que trabajar para lograr su madurez humana. Ésta le servirá como cimiento sólido y agarradera maciza que le ayude a ser fiel a sus compromisos para con Dios, para con los demás y para consigo mismo. Sin esta madurez se pierde la vida trabajando afincado sobre una serie de ilusiones, emociones y sentimientos.
Cultiven la madurez humana, que consiste en la coherencia entre lo que se es y lo que se profesa, y que tiene su expresión externa más convincente en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la Iglesia y con los hombres. Para ello, esfuércense por lograr la capacidad de tomar prudentes decisiones y opciones definitivas, la estabilidad de espíritu, la integración serena de las fuerzas emotivas y de los sentimientos bajo el dominio de la razón y de la voluntad, de la fe y de la caridad, la actitud de apertura y de donación constante a los demás, sin acepción de personas, y la rectitud en el modo de juzgar sobre las personas y sobre los acontecimientos de la vida.
LA OPCIÓN FUNDAMENTAL
Cuando por fin los trabajadores británicos y franceses unieron los dos lados del túnel que se cons-truyó debajo del Canal de la Mancha, festejaron el acontecimiento con una celebración llena de emociones y esperanzas. Por primera vez en la historia, Inglaterra estaba conectada al continente europeo por tierra. Detrás de este hecho histórico, se encontraba una obra que había requerido grandes esfuerzos humanos. Para llevar a cabo este proyecto intervinieron ingenieros, arquitectos, marineros, banqueros, políticos, empresarios, abogados, psicólogos y muchas otras personas. Cada uno de ellos tenía muy claro lo que quería lograr: construir un túnel debajo del mar conectando Inglaterra y Francia. Con la meta fijada, trabajaron con mucho empeño empleando los medios que tenían para realizar la empresa.
Lo mismo, o mucho más, podemos decir de la vida humana. Lo más importante que poseemos es la vida. Sin ella nada tiene sentido. Además, el hombre vive una sola vez. Tiene esta vida para vencer o fracasar. Por eso es muy importante que tenga muy claro lo que busca en la vida. Sólo así puede coordinar todos sus esfuerzos para realizar su proyecto de vida.
De lo que dijimos en el capítulo anterior, queda claro que, el hombre al preguntarse sobre la propia vida no puede hacer nada mejor que acudir al Dios que le creó y le sigue manteniendo vivo. En él puede encontrar el plan de su vida. Puede descubrir a dónde tiene que llegar su túnel, es decir, dónde va a encontrar su realización como hombre y su felicidad ahora y en la eternidad. Tratar de buscar un sentido a la vida fuera del plan de Dios será una pérdida de energías.
Puede haber muchas opiniones sobre cuál es el camino de una vida humana, pero todas deben centrarse sobre estos dos principios: conocer lo que Dios quiere y hacerlo.
Esto no es puramente teórico, se trata de echarle una mano a Dios para que lo que está proyectado en su plan sobre cada uno se realice.
Como se ve, es un prestarse, no un acatamiento pasivo a un Dios tremendo y Todopoderoso. Es una decisión de un hombre libre que responde en su libertad al amor del amado que es su Creador. A esta decisión consciente y madura la llamamos la opción fundamental.
La llamamos fundamental porque orienta toda la vida hacia la realización del ideal elegido. Hablaremos más tarde de ella. Ahora contemplaremos algunas actitudes negativas, pero comunes, que suelen surgir ante esta opción por Dios.
Tristemente, hay muchas personas que viven toda su vida sin hacerse esta pregunta fundamental sobre lo que están buscando y dónde lo van a encontrar. A veces uno se encuentra con estas personas que van de un lugar a otro como mariposas en primavera; viven muchos años en una inseguridad tremenda, en una búsqueda continua de algo para sentirse tranquilos y en paz, para sentirse realizados. Viven como viajeros sin destino. Sus vidas parecen guiadas por una serie de ilusiones, de emociones y sentimien- tos, producto de la rutina y la superficialidad ambien-tales. Por eso, caen víctimas de la primera tentación o desviación que encuentran, o mejor dicho, no se desvían porque el que no tiene dirección nunca puede desviarse.
Proceder así es malgastar la vida con poco fruto. Es vivir, en el fondo, siempre descontento. No hay un principio de unidad al cual debe orientarse toda vida. Esta falta de orientación se manifiesta, sobre todo, cuando surgen las dificultades, que son normales en la vida y causan, no pocas veces, desesperación, insinceridad y doblez.
Por otro lado, hay algunas personas que ven a Dios como un juez estricto que coarta la libertad del hombre. Dicen que aceptar la voluntad de Dios en la vida es atarse y restringir la libertad.
Muchas personas creen que amar a Dios significa sacrificar placeres, cargarse con compromisos pesados como ir a misa los domingos, etc. Otros dicen que la ley de Dios les priva del "derecho de escoger" opciones como el aborto y la eutanasia.
En el punto de partida de estas personas, se encuentra una concepción errónea de Dios. Como vimos en las reflexiones anteriores, la relación entre Dios y el hombre se encuentra en el orden del amor. Dios nos quiere libres, no esclavos de su ley; nos hubiera podido crear sin la posibilidad de escoger y seríamos robots o como plantas. Sin embargo, nos quiso libres con una voluntad que puede conformarse con la suya.
Lo importante es captar que Dios es amor, no un juez que obliga al hombre con compromisos difíciles. Dios, como nos dice san Juan, es amor. Dios es el que nos dio la libertad y nos la respeta. Es verdad que el infierno existe y no es un lugar feliz. Pero Dios no nos pide tanto el miedo y temor del infierno, cuanto un amor generoso y gozoso: el amor de un hijo agradeci-do por lo que le ha hecho su Padre.
El hombre feliz es el que ha encontrado a Dios y trata en la vida de corresponder a lo que Dios quiere de él.
1
Una opción en el amor y la libertad
Anteriormente vimos que la cosa más importante en la vida es encontrar lo que Dios quiere de uno y seguirlo; a esto lo hemos llamado opción fundamental. Ahora bien, como cualquier opción profunda, tiene que plantearse bien para que pueda ser el fundamento de una vida feliz.
Si pensamos en los corredores de cien metros en las olimpiadas, vemos que tienen la meta muy clara: llegar al final en el menor tiempo posible. Lo mismo aquí, Dios es la meta de toda vida humana. Él es el único fin último. Todo lo demás son medios que Dios pone a nuestra disposición para hacernos más fácil el camino hacia él. Por ejemplo, la fe, la vocación, el matrimonio, la amistad, la salud, el carácter personal, el bienestar... son medios que bien aprovechados nos llevan a Dios.
Siguiendo la imagen de la carrera, la opción fundamental a la que nos referimos arriba es como el primer impulso. Se puede decir que todo depende de éste. Si se hace bien, se tiene la seguridad de salir con éxito. Cuando la salida es mala, el atleta pasa toda la carrera tratando de superar el efecto de este error inicial.
Por eso, lo primero que necesitamos es conocer el rumbo que Dios nos marca. Hay que hacerse la siguiente pregunta:
¿Qué es lo que Dios nuestro Señor en su admirable providencia tiene reservado para mí?
Claro, no se tiene una respuesta cierta y general. En la búsqueda del propio camino para realizar el plan de Dios, el hombre utiliza los medios ordinarios con que Dios le ha dotado: su inteligencia y su corazón. El hombre reflexivo considera la providencia de Dios en las circunstancias de la vida: el ambiente que le rodea, los encuentros que tiene, los pensamientos que le animan, los acontecimientos que presencia, las palabras que escucha. A través de todo ello la mano de Dios va guiando sabiamente al hombre hacia su destino.
Además, cuenta con los dones naturales y sobrenaturales que confirman esta presencia divina: sensibilidad ante las cosas espirituales o ante las necesidades del mundo, pasión por los hombres necesitados de Dios, nobleza en las aspiraciones y valores, impulso hacia determinadas formas de servicio, la oración, el consejo de hombres experimentados, etc. Así es como el hombre encuentra la voluntad de Dios en su vida.
Conociendo la voluntad de Dios, sea ésta servir a Dios y a los hombres como investigador, sacerdote, soltero, casado, banquero, político, médico, albañil, profesor o cualquier otra profesión, el hombre puede hacer la opción profunda y amorosa de seguirla. Así tendrá un punto de partida sobre el cual fijar su actividad humana, en definitiva, su propia felicidad.
Para poder ser coherente con esta opción, toda la vida, todos los días, es importante que la decisión brote de la libertad personal. No se puede hacer una opción fundamental coaccionado o motivado por fuerzas ajenas a la propia convicción, tampoco puede plantearse la cuestión con superficialidad de modo que a la primera dificultad en el seguimiento del camino elegido, surja la duda y el replanteamiento de la misma. Todo esto presupone un grado de madurez del cual hablaremos más tarde.
El por qué de la adhesión firme a la voluntad de Dios no se agota solamente en la libertad; es decir, no se escoge seguir la voluntad de Dios solamente porque se es libre y se tiene la capacidad de escoger. Esto no basta. El hombre se mueve por motivos. El impulso hacia la acción nace de necesidades que piden ser satisfechas y valores que piden ser poseídos, es decir, por un dinamismo motivacional. Nadie escapa de esta realidad; todo acto de voluntad tiene un contenido y está orientado hacia un fin, mediato o inmediato.
El camino de la voluntad de Dios es arduo, nadie desea seguirlo si no está profundamente motivado. El dinero, la comodidad, la fama, el placer, el deseo egoísta de la propia realización, el prurito filantrópico, son motivaciones en la vida. ¿Qué puede motivar a un hombre para entregarse a la búsqueda de la gloria de Dios y al servicio de los demás?
La única fuerza es la del amor. San Agustín decía que el amor determina el "peso" de una persona:
«Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado» (Confesiones, XIII [IX], 10).
El amor hace al hombre capaz de sacrificios, de grandes realizaciones.
«El hombre tiene necesidad profunda de amar y de ser amado. El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida carece de sentido si no se revela al amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace suyo, si no participa de él vivamente».
(Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).
En el amor encuentra el sentido de su existencia, aquello que polariza y orienta todos sus anhelos, actividades y comportamientos.
Cuando falta el amor los pretextos abundan, pero cuando hay amor «la carga es suave y la cruz ligera», porque el amor todo lo puede, todo lo sufre, todo lo supera.
La opción fundamental por Dios, entonces, es un acto libre, motivado y sostenido en el amor y por el amor.
2
Cristo, ideal
Para lograr esta adhesión amorosa a Dios, la inteligencia y el corazón tienen necesidad de un ideal que les inspire, les impulse y les mueva; una persona, modelo cuya contemplación marque siempre el cami-no a seguir e infunda nuevas fuerzas en todos los momentos. Muchos en el mundo forjan sus ideales personales en la carrera, o en el futuro matrimonio o en cualquier plan humano por realizar. El que aspira a vivir una vida auténtica y cristiana debe tener como ideal la persona adorable de nuestro Señor Jesu-cristo.
Por su encarnación, Cristo, Dios y hombre verdadero, ha querido unirse con el hombre en todo, menos en el pecado. Él es el modelo del "hombre perfecto" (cf. Gaudium et spes, 38). En él encontramos el ejemplo más perfecto de cómo vivir amando a Dios y a los hombres.
Un breve recorrido por el evangelio nos muestra de una manera clara cómo Cristo vivió su adhesión a la voluntad del Padre. Desde un inicio nos lo presenta en un actitud de entrega, consecuencia de aquella opción fundamental de su vida.
«He aquí, oh Dios, que vengo a hacer tu voluntad» (Hb 10, 7).
También nos lo presenta con un dominio absoluto sobre sus emociones y sentimientos, que nunca fueron obstáculos en su camino hacia el Padre ni en la realización de su misión, sino una ayuda preciosa para ese camino.
«Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor. Entonces dice a sus discípulos:La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 35-38)
Lo vemos siempre en una actitud de entrega y servicio incansable, predicando el amor como la forma más perfecta de santidad y realización.
«De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: "Todos te buscan". Él les dice: "Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he venido". Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios. Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: "Si quieres, puedes limpiarme". Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio» (Mc 1, 35-42).
No es menor en la persona de Cristo esa cohe-rencia, esa serenidad, como quien sabe a dónde va y por dónde va; nunca una duda, nunca un titubeo, y no porque no le costase nuestra redención, sino porque él ya había optado por salvarnos y no podía echarse atrás.
«Cuando tuvo doce años (...) lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban maravillados por su inteligencia y sus respuestas. Cuando lo vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". Él les dijo: "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?"» (Lc 2, 41-49).
Y, finalmente, impresiona hondamente en Cristo esa conciencia santísima que le permite exclamar al final de su vida: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).
Y que hace rabiar a los fariseos con aquel reto: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?» (Jn 8, 46).
Éste es el ideal del cristiano: adquirir la fisonomía de Cristo. Pero identificarse con Cristo implica su imitación. Y ésta, para ser auténtica, debe basarse en el amor real y personal a Cristo porque quien ama piensa en el amado, busca estar con él, desea asemejarse él. Dado que nadie ama lo que no conoce, este amor personal a Cristo debe partir de un conocimiento personal de Cristo. ¿Y qué mejor medio tenemos que el Evangelio y la Eucaristía para llegar a este conocimiento sencillo y real?
Nuestra pretensión no es tratar de una manera completa y profunda las dimensiones espiritual y sacramental de la relación del hombre con Cristo. Baste decir que, en la obra de la transformación en Cristo, Dios como primer interesado, concede todas las gracias necesarias. Si hay un fallo, eso viene más bien del hombre que ha hecho una opción, pero no ha puesto los medios para ser coherente con ella, y no de la gracia de Dios.
3
La identidad de vida y la coherencia
Queda claro, entonces, que no solamente es necesaria la decisión de amar a Dios, sino que también hay que ser coherente con aquella. Ser coherente implica buscar una identidad de vida entre lo que uno es y lo que uno pretende ser. Como dijimos, el hombre es una imagen de Dios deformada, por eso, este trabajo de identificarse con su ideal no resulta fácil. Necesita un esfuerzo continuo que abarca todos los instantes de su existencia de tal manera que toda su vida consiste en conformarse con su opción fundamental.
Entendámonos bien, esto no significa que en cada momento tiene que replantearse su opción por Dios, sino que tiene la oportunidad de consolidarla y crecer o dejarse llevar por el camino de la dualidad en donde uno pretende una cosa y actúa diversamente. Esta dualidad se da cuando un hombre que ha optado conscientemente por Dios se deja llevar por el amor propio, el egoísmo, la pereza y la sensualidad, el deseo de quedar bien, de dar buena imagen, todo al precio de su opción fundamental. Es verdad que muchas veces estas incoherencias se dan por debilidad humana, pero el aceptarlas es hacer daño a la propia conciencia y al propio equilibrio humano.
Para ser coherente es necesario que el pensar y el obrar vengan de unas convicciones profundas comunes. No se puede tener el ambiente, los sentimientos, la opinión de los demás "por muy buenas que sean" como base de la vida. El único que puede mantenerse fiel es el que ha hecho su opción por Dios basada en las convicciones profundas, como son: el amor de Dios para con nosotros, el amor personal de Cristo, la propia responsabilidad de corresponder a este amor predilecto del Creador y Salvador.
Ahora bien, todo esto presupone una cierta madurez humana. Ésta no se da normalmente en el hom-bre sin formación y esfuerzo. El hombre caído tiene que trabajar para lograr su madurez humana. Ésta le servirá como cimiento sólido y agarradera maciza que le ayude a ser fiel a sus compromisos para con Dios, para con los demás y para consigo mismo. Sin esta madurez se pierde la vida trabajando afincado sobre una serie de ilusiones, emociones y sentimientos.
Cultiven la madurez humana, que consiste en la coherencia entre lo que se es y lo que se profesa, y que tiene su expresión externa más convincente en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la Iglesia y con los hombres. Para ello, esfuércense por lograr la capacidad de tomar prudentes decisiones y opciones definitivas, la estabilidad de espíritu, la integración serena de las fuerzas emotivas y de los sentimientos bajo el dominio de la razón y de la voluntad, de la fe y de la caridad, la actitud de apertura y de donación constante a los demás, sin acepción de personas, y la rectitud en el modo de juzgar sobre las personas y sobre los acontecimientos de la vida.


