Autor: | Editorial:
La madurez humana
Capítulo 3
LA MADUREZ HUMANA
Concluimos el capítulo anterior hablando de la importancia de la madurez humana. Todavía podemos preguntarnos por qué el hombre tiene que ser maduro o qué distingue al hombre maduro del in-maduro. Al inicio dijimos que sólo en Dios el hombre encuentra el sentido y el fin de su vida. Por eso, hablamos de la opción fundamental como elección consciente y amorosa por conformar la vida con el plan de Dios. Hecha la opción fundamental, el siguien-te paso es ser coherente con ella, pero el hombre como "imago Dei" difuminada por el pecado debe trabajar toda su vida para adquirir esta coherencia.
Ahora bien, este trabajo de identificación con la opción por Dios necesita como plataforma y cimiento de construcción, la madurez humana.
El gran edificio de la santidad siempre encontrará dificultades, a veces insoslayables, donde falta esta formación humana. Es un hecho que la gracia de Dios es lo que más perfecciona al hombre. Pero la gracia no tiene sentido sin el hombre. Necesita un hombre maduro como tierra fecunda para que crezca la semilla. Sin esta base, la semilla de Dios cae en medio de abrojos.
Muchos proyectos de vida y programas espiritua-les buenos mueren porque falla el hombre. Se pretende ser sin poner los medios adecuados, cuando no se llega a la insensatez de aplicar los contrarios. ¡Cuántas veces después de un retiro, un momento de refle-xión, se proponen unas metas que acaban muriendo en un cajón de cosas por hacer! ¡Cuántas personas han llegado a fracasos morales, económicos, familiares, sabiendo bien lo que debían hacer, pero sin haber puesto los medios necesarios para realizarlo! Todo esto se debe en gran parte a la inmadurez.
Además de ser el cementerio de buenos proyectos, la falta de madurez es causa de inestabilidad y frustración en la vida. Pues una persona que vive según las pasiones, según las impresiones del momento, no puede hacer una opción en la vida sin dejar de replanteársela, ponerla en duda, traicionarla, muchas veces, perdiendo así tiempo y energías en una serie de obras emprendidas y nunca terminadas. Es como aquel artista que destruía toda obra comenzada con la ilusión de hacer una mejor, siempre insatisfecho y sin lograr terminar ninguna.
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La madurez humana y sus contrarios
Siendo tan importante la madurez humana, conviene precisar un poco lo que es, porque el concepto que uno tiene de ella determina mucho el modo de buscarla. La madurez no es una cualidad única, sino una virtud formada por muchos y variados aspectos. Es como una melodía, un tejido de notas, que juntas dan la armonía que produce en nosotros diversos sentimientos de alegría, de paz o de nostalgia al escucharla. No se puede reducir la melodía a una de las notas. Así la madurez se nos presenta como una gama de actitudes ante la vida. Recurramos a la descripción de sus manifestaciones para discernir el mejor modo de entenderla. Si vamos a describir la madurez, la pregunta ¿qué es la madurez? puede convertirse en ¿quién es el hombre maduro?
En el documento "Optatam totius", los Padres del Concilio Vaticano II lo describen con estas cua-lidades:estabilidad de espíritu; capacidad para tomar decisiones prudentes; y rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres (cf. 10).
Difícilmente se puede dar una mejor descripción de la madurez humana. Comprende todos los conceptos involucrados en el término "madurez". Sin embargo, si todavía parece genérica, podemos concretarla analizando algunas de la cualidades más destacadas de una persona madura. Pero primero, veamos una opinión que se suele dar acerca de lo que es la madurez humana.
Para algunos, la madurez consiste en llegar a una edad en la que se puede hacer todo lo se quiera, sin límite. Tal es el caso de aquella universidad de Londres que ofrece gratuitamente a los nuevos alumnos una copia de un libro llamado "All the questions I always wanted to ask, but was afraid to ask" ("Todas las preguntas que siempre quise hacer, pero tuve miedo de hacerlas"). Detrás de este título misterioso, se encuentran una serie de ayudas prácticas para el joven que está viviendo fuera de casa por primera vez, es decir, ya "maduro", sobre cómo moverse mejor en la vida. Entre otras cosas, el libro ofrece información de cómo usar y dónde encontrar contraceptivos, dónde se encuentran los clubes homosexuales, cómo conseguir dinero para el aborto y mucho más.
En muchos países, a veces sucede que, llegada cierta edad, el joven es considerado automáticamente "maduro", lo cual implica el derecho a consumir bebidas alcohólicas y frecuentar ciertos lugares reservados para personas "maduras".
El error fundamental, podemos decir, en estos casos, es una concepción unilateral de la madurez. Quienes así piensan se preocupan más de lo que se puede hacer que del por qué hacerlo. Ser maduro es mucho más que poder realizar ciertos actos considerados maduros. En realidad, lo importante es que el joven que llega a esta edad sepa no solamente lo que puede hacer, sino por qué y en función de qué puede hacerlo.
El uso de las cosas tiene que estar determinado por un fin que el mismo hombre pone y no viceversa. El hombre no toma cualquier carretera por el mero hecho de tener un coche. Para saber qué carretera tomar, es preciso tener una idea de dónde quiere ir. Por eso, es necesario que el joven tenga un claro objetivo de lo que se pretende en la vida, lo cual determinará el uso de los medios que tiene.
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Algunas cualidades de la madurez humana
Procedamos ahora a un análisis de algunas de la cualidades más destacadas de la madurez humana. Es decir, nos pon emos con los ojos bien abiertos ante el cuadro de la persona madura tratando de identificar lo que en ella se destaca.
En primer lugar, una persona madura se nos presenta como alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente. Es decir, una persona que hace opciones conscientes y responsables, con estabilidad, sin tener que pasarse la vida replan-teándose sus decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza sobre ellas.
Entendámonos bien, no se trata de no cometer nunca errores o de no cambiar nunca de opinión, sino de tener claros algunos principios fundamentales en la vida. Un ejemplo común de lo contrario a la ma-durez son las personas que han dicho sí a Dios, y después replantean mil veces su decisión. Hay personas casadas o consagradas que cada vez que surge una dificultad en su vida, sea en la castidad, en la obediencia, en la vida familiar o profesional, se replantean la vocación como si no hubiera habido libertad cuando optaron por Dios.
Esto no quiere decir que no haya momentos de dificultad o que las dificultades no cuesten; al contrario, cuesta ser fiel. Pero las dificultades no significan un error en la opción.
Una segunda cualidad de la persona madura es la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón. Esto quiere decir que la persona madura está lejos de vivir de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias. Como vimos en el ejemplo de Cristo, la persona madura vive de principios, de dominio personal, de convicciones aunque a veces los sentimientos quieran dominarla. En cambio, no es raro encontrarse con muchas personas que viven aferradas a los sentimientos, a las pasiones del momento, olvidando principios, su orientación y estado de vida.
¡Cuántas personas se encuentran con buenas intenciones que nunca pueden realizar porque viven encerradas en el sentimentalismo! Por ejemplo, hay personas que pierden de vista todos sus principios por una razón tan banal como es perder un partido de fútbol u otra competición deportiva, o por una pequeña discordia familiar. Es un espectáculo triste el hombre que no ha formado la madurez para ejercer un control sobre sus fuerzas emotivas, y que vive como una marioneta de sus pasiones. Lo que se requiere es el control emotivo que vemos en Cristo en aquel momento difícil de su vida en Getsemaní. Sí, Cristo estaba triste y nos lo dijo, pero tenía muy claro lo que era la voluntad del Padre y se agarró con todas sus fuerzas a ella:
«Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras» (Mt 26, 38-39).
Si la madurez exige autocontrol emotivo, también implica una estabilidad en los proyectos de vida personales en un clima de aceptación y serenidad. La capacidad de aceptar el propio estado de vida y llevarlo adelante con responsabilidad. Lo contrario de esto es el capricho. El que quiere todo y nada sigue, compromete todo y deja todo, el que está siempre abierto a la moda, a lo nuevo, sea o no compatible con su estado de vida. El inmaduro es el hombre casado que quisiera ser religioso o el religioso que quisiera estar casado. Este escollo es un infantilismo que no permite ninguna continuidad en la vida.
El hombre maduro es más, es el que se comporta según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la luz de la ley natural y de la fe en Dios. El hombre maduro es capaz de sacar de su interior juicios rectos sobre los acontecimientos y los hombres. Es el que no depende de los criterios de moda o las ideas llamativas que pululan a su alrede-dor. Esto no se refiere solamente a los grandes acontecimientos políticos o económicos. Se refiere también a la manera de juzgar y ver las cosas normales y cotidianas. Es signo de inmadurez cuando una persona, habiendo elegido libremente un compromiso, pasa parte de su tiempo viviendo fuera de los parámetros que se asumen al contraer este compromiso. Por ejemplo, ir a la Universidad y, en vez de acudir a clases, quedarse charlando en la cafetería o, ir a misa y salirse del templo durante la homilía para fumarse un cigarillo.
Por último, y no por ello menos importante, el hombre maduro vive en actitud de donación y de apertura, de servicio, de entrega a los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en sí mismo, de particularismo y de individualismo. Todas estas cualidades manifiestan la actitud de una persona que ha hecho una opción delante de Dios y vive de cara a él. Para este cristiano maduro, el único fin en la vida es Dios, las demás cosas son sólo medios para alcanzar su fin. Por eso no puede quedarse solamente en las creaturas como si fuesen todo. Es una persona que se entrega no porque los hombres le ven y le aprecian, sino porque su amor a Dios le impulsa a ello. Éstas son las personas que se dedican al servicio de los demás, muchas veces con mucho sacrificio, pero nunca se quejan o llaman la atención sobre sí mismas. Viven contentos porque tienen bases profundas.
Sin embargo, es muy común en nuestra época, encontrar personas que llevan una vida aparentemente noble pero viven solamente para sí mismas, como si todo el mundo gravitara alrededor de ellas. De hecho, hace algunos años, en un sondeo que se realizó en Nueva York descubrieron que la palabra más utilizada en el teléfono es "I" (yo). Hay personas que trabajan en un puesto gozosa y desinteresadamente mientras se sienten realizadas, pero cuando se les pide un cambio en su trabajo, para el bien común, reaccionan con rebeldía y acusan a todos de falta de comprensión. Ésta es la persona inmadura. No sabe colocar cada cosa en su lugar, por eso corre el riesgo de absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto. Tendrá que redefinir bien sus opciones; la opción fundamental primero y después la propia realización, que es fruto de la coherencia con ésta.
Vistos ya algunos de los rasgos más destacados de lo que hemos llamado la personalidad madura, podemos decir en resumen que la persona madura es la que ha aceptado su vida, ha hecho una opción fundamental correcta y es fiel a la misma. Aquella que ha adquirido un control emotivo y no es esclava de sus sentimientos y pasiones, que vive en una actitud de apertura a los demás y sobre todo en una entrega desinteresada y servicial al prójimo. Esta persona vive en paz y serenidad, firme en sus opciones, coherente con sus determinaciones.
Todo este catálogo de cualidades y virtudes no se presuponen. Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la necesidad fundamental de trabajar. Pero trabajar de una manera eficaz, es decir, colaborando activamente con la gracia de Dios. Así se puede lograr y encarnar esta personalidad madura en la vida como podemos constatar en las vidas de los santos, que son, por ende, grandes hombres.
Esfuércense por alcanzar en su vida el espíritu de convicción, de sinceridad y autenticidad, y aborrezcan especialmente la hipocresía, asesina de toda verdad y rectitud de vida, que hace al hombre odioso ante Dios y causa la repugnancia de los hombres, pues ella es madre del fingimiento, de la insinceridad, de la doblez y de la mezquindad interior, y tiene por padre al diablo, señor de la mentira. Su presencia en el hombre produce insatisfacciones personales, la carencia de identidad humana y lo priva de la posibilidad de un diálogo espontáneo y sencillo con su Creador y de una relación cordial y recta con los hombres, matando, además, toda posible fuente de amor a Dios y al prójimo.
LA MADUREZ HUMANA
Concluimos el capítulo anterior hablando de la importancia de la madurez humana. Todavía podemos preguntarnos por qué el hombre tiene que ser maduro o qué distingue al hombre maduro del in-maduro. Al inicio dijimos que sólo en Dios el hombre encuentra el sentido y el fin de su vida. Por eso, hablamos de la opción fundamental como elección consciente y amorosa por conformar la vida con el plan de Dios. Hecha la opción fundamental, el siguien-te paso es ser coherente con ella, pero el hombre como "imago Dei" difuminada por el pecado debe trabajar toda su vida para adquirir esta coherencia.
Ahora bien, este trabajo de identificación con la opción por Dios necesita como plataforma y cimiento de construcción, la madurez humana.
El gran edificio de la santidad siempre encontrará dificultades, a veces insoslayables, donde falta esta formación humana. Es un hecho que la gracia de Dios es lo que más perfecciona al hombre. Pero la gracia no tiene sentido sin el hombre. Necesita un hombre maduro como tierra fecunda para que crezca la semilla. Sin esta base, la semilla de Dios cae en medio de abrojos.
Muchos proyectos de vida y programas espiritua-les buenos mueren porque falla el hombre. Se pretende ser sin poner los medios adecuados, cuando no se llega a la insensatez de aplicar los contrarios. ¡Cuántas veces después de un retiro, un momento de refle-xión, se proponen unas metas que acaban muriendo en un cajón de cosas por hacer! ¡Cuántas personas han llegado a fracasos morales, económicos, familiares, sabiendo bien lo que debían hacer, pero sin haber puesto los medios necesarios para realizarlo! Todo esto se debe en gran parte a la inmadurez.
Además de ser el cementerio de buenos proyectos, la falta de madurez es causa de inestabilidad y frustración en la vida. Pues una persona que vive según las pasiones, según las impresiones del momento, no puede hacer una opción en la vida sin dejar de replanteársela, ponerla en duda, traicionarla, muchas veces, perdiendo así tiempo y energías en una serie de obras emprendidas y nunca terminadas. Es como aquel artista que destruía toda obra comenzada con la ilusión de hacer una mejor, siempre insatisfecho y sin lograr terminar ninguna.
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La madurez humana y sus contrarios
Siendo tan importante la madurez humana, conviene precisar un poco lo que es, porque el concepto que uno tiene de ella determina mucho el modo de buscarla. La madurez no es una cualidad única, sino una virtud formada por muchos y variados aspectos. Es como una melodía, un tejido de notas, que juntas dan la armonía que produce en nosotros diversos sentimientos de alegría, de paz o de nostalgia al escucharla. No se puede reducir la melodía a una de las notas. Así la madurez se nos presenta como una gama de actitudes ante la vida. Recurramos a la descripción de sus manifestaciones para discernir el mejor modo de entenderla. Si vamos a describir la madurez, la pregunta ¿qué es la madurez? puede convertirse en ¿quién es el hombre maduro?
En el documento "Optatam totius", los Padres del Concilio Vaticano II lo describen con estas cua-lidades:estabilidad de espíritu; capacidad para tomar decisiones prudentes; y rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres (cf. 10).
Difícilmente se puede dar una mejor descripción de la madurez humana. Comprende todos los conceptos involucrados en el término "madurez". Sin embargo, si todavía parece genérica, podemos concretarla analizando algunas de la cualidades más destacadas de una persona madura. Pero primero, veamos una opinión que se suele dar acerca de lo que es la madurez humana.
Para algunos, la madurez consiste en llegar a una edad en la que se puede hacer todo lo se quiera, sin límite. Tal es el caso de aquella universidad de Londres que ofrece gratuitamente a los nuevos alumnos una copia de un libro llamado "All the questions I always wanted to ask, but was afraid to ask" ("Todas las preguntas que siempre quise hacer, pero tuve miedo de hacerlas"). Detrás de este título misterioso, se encuentran una serie de ayudas prácticas para el joven que está viviendo fuera de casa por primera vez, es decir, ya "maduro", sobre cómo moverse mejor en la vida. Entre otras cosas, el libro ofrece información de cómo usar y dónde encontrar contraceptivos, dónde se encuentran los clubes homosexuales, cómo conseguir dinero para el aborto y mucho más.
En muchos países, a veces sucede que, llegada cierta edad, el joven es considerado automáticamente "maduro", lo cual implica el derecho a consumir bebidas alcohólicas y frecuentar ciertos lugares reservados para personas "maduras".
El error fundamental, podemos decir, en estos casos, es una concepción unilateral de la madurez. Quienes así piensan se preocupan más de lo que se puede hacer que del por qué hacerlo. Ser maduro es mucho más que poder realizar ciertos actos considerados maduros. En realidad, lo importante es que el joven que llega a esta edad sepa no solamente lo que puede hacer, sino por qué y en función de qué puede hacerlo.
El uso de las cosas tiene que estar determinado por un fin que el mismo hombre pone y no viceversa. El hombre no toma cualquier carretera por el mero hecho de tener un coche. Para saber qué carretera tomar, es preciso tener una idea de dónde quiere ir. Por eso, es necesario que el joven tenga un claro objetivo de lo que se pretende en la vida, lo cual determinará el uso de los medios que tiene.
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Algunas cualidades de la madurez humana
Procedamos ahora a un análisis de algunas de la cualidades más destacadas de la madurez humana. Es decir, nos pon emos con los ojos bien abiertos ante el cuadro de la persona madura tratando de identificar lo que en ella se destaca.
En primer lugar, una persona madura se nos presenta como alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente. Es decir, una persona que hace opciones conscientes y responsables, con estabilidad, sin tener que pasarse la vida replan-teándose sus decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza sobre ellas.
Entendámonos bien, no se trata de no cometer nunca errores o de no cambiar nunca de opinión, sino de tener claros algunos principios fundamentales en la vida. Un ejemplo común de lo contrario a la ma-durez son las personas que han dicho sí a Dios, y después replantean mil veces su decisión. Hay personas casadas o consagradas que cada vez que surge una dificultad en su vida, sea en la castidad, en la obediencia, en la vida familiar o profesional, se replantean la vocación como si no hubiera habido libertad cuando optaron por Dios.
Esto no quiere decir que no haya momentos de dificultad o que las dificultades no cuesten; al contrario, cuesta ser fiel. Pero las dificultades no significan un error en la opción.
Una segunda cualidad de la persona madura es la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón. Esto quiere decir que la persona madura está lejos de vivir de sentimentalismo, de impulsos, de tendencias. Como vimos en el ejemplo de Cristo, la persona madura vive de principios, de dominio personal, de convicciones aunque a veces los sentimientos quieran dominarla. En cambio, no es raro encontrarse con muchas personas que viven aferradas a los sentimientos, a las pasiones del momento, olvidando principios, su orientación y estado de vida.
¡Cuántas personas se encuentran con buenas intenciones que nunca pueden realizar porque viven encerradas en el sentimentalismo! Por ejemplo, hay personas que pierden de vista todos sus principios por una razón tan banal como es perder un partido de fútbol u otra competición deportiva, o por una pequeña discordia familiar. Es un espectáculo triste el hombre que no ha formado la madurez para ejercer un control sobre sus fuerzas emotivas, y que vive como una marioneta de sus pasiones. Lo que se requiere es el control emotivo que vemos en Cristo en aquel momento difícil de su vida en Getsemaní. Sí, Cristo estaba triste y nos lo dijo, pero tenía muy claro lo que era la voluntad del Padre y se agarró con todas sus fuerzas a ella:
«Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras» (Mt 26, 38-39).
Si la madurez exige autocontrol emotivo, también implica una estabilidad en los proyectos de vida personales en un clima de aceptación y serenidad. La capacidad de aceptar el propio estado de vida y llevarlo adelante con responsabilidad. Lo contrario de esto es el capricho. El que quiere todo y nada sigue, compromete todo y deja todo, el que está siempre abierto a la moda, a lo nuevo, sea o no compatible con su estado de vida. El inmaduro es el hombre casado que quisiera ser religioso o el religioso que quisiera estar casado. Este escollo es un infantilismo que no permite ninguna continuidad en la vida.
El hombre maduro es más, es el que se comporta según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la luz de la ley natural y de la fe en Dios. El hombre maduro es capaz de sacar de su interior juicios rectos sobre los acontecimientos y los hombres. Es el que no depende de los criterios de moda o las ideas llamativas que pululan a su alrede-dor. Esto no se refiere solamente a los grandes acontecimientos políticos o económicos. Se refiere también a la manera de juzgar y ver las cosas normales y cotidianas. Es signo de inmadurez cuando una persona, habiendo elegido libremente un compromiso, pasa parte de su tiempo viviendo fuera de los parámetros que se asumen al contraer este compromiso. Por ejemplo, ir a la Universidad y, en vez de acudir a clases, quedarse charlando en la cafetería o, ir a misa y salirse del templo durante la homilía para fumarse un cigarillo.
Por último, y no por ello menos importante, el hombre maduro vive en actitud de donación y de apertura, de servicio, de entrega a los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en sí mismo, de particularismo y de individualismo. Todas estas cualidades manifiestan la actitud de una persona que ha hecho una opción delante de Dios y vive de cara a él. Para este cristiano maduro, el único fin en la vida es Dios, las demás cosas son sólo medios para alcanzar su fin. Por eso no puede quedarse solamente en las creaturas como si fuesen todo. Es una persona que se entrega no porque los hombres le ven y le aprecian, sino porque su amor a Dios le impulsa a ello. Éstas son las personas que se dedican al servicio de los demás, muchas veces con mucho sacrificio, pero nunca se quejan o llaman la atención sobre sí mismas. Viven contentos porque tienen bases profundas.
Sin embargo, es muy común en nuestra época, encontrar personas que llevan una vida aparentemente noble pero viven solamente para sí mismas, como si todo el mundo gravitara alrededor de ellas. De hecho, hace algunos años, en un sondeo que se realizó en Nueva York descubrieron que la palabra más utilizada en el teléfono es "I" (yo). Hay personas que trabajan en un puesto gozosa y desinteresadamente mientras se sienten realizadas, pero cuando se les pide un cambio en su trabajo, para el bien común, reaccionan con rebeldía y acusan a todos de falta de comprensión. Ésta es la persona inmadura. No sabe colocar cada cosa en su lugar, por eso corre el riesgo de absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto. Tendrá que redefinir bien sus opciones; la opción fundamental primero y después la propia realización, que es fruto de la coherencia con ésta.
Vistos ya algunos de los rasgos más destacados de lo que hemos llamado la personalidad madura, podemos decir en resumen que la persona madura es la que ha aceptado su vida, ha hecho una opción fundamental correcta y es fiel a la misma. Aquella que ha adquirido un control emotivo y no es esclava de sus sentimientos y pasiones, que vive en una actitud de apertura a los demás y sobre todo en una entrega desinteresada y servicial al prójimo. Esta persona vive en paz y serenidad, firme en sus opciones, coherente con sus determinaciones.
Todo este catálogo de cualidades y virtudes no se presuponen. Para adquirirlas el hombre tiene que convencerse de la necesidad fundamental de trabajar. Pero trabajar de una manera eficaz, es decir, colaborando activamente con la gracia de Dios. Así se puede lograr y encarnar esta personalidad madura en la vida como podemos constatar en las vidas de los santos, que son, por ende, grandes hombres.
Esfuércense por alcanzar en su vida el espíritu de convicción, de sinceridad y autenticidad, y aborrezcan especialmente la hipocresía, asesina de toda verdad y rectitud de vida, que hace al hombre odioso ante Dios y causa la repugnancia de los hombres, pues ella es madre del fingimiento, de la insinceridad, de la doblez y de la mezquindad interior, y tiene por padre al diablo, señor de la mentira. Su presencia en el hombre produce insatisfacciones personales, la carencia de identidad humana y lo priva de la posibilidad de un diálogo espontáneo y sencillo con su Creador y de una relación cordial y recta con los hombres, matando, además, toda posible fuente de amor a Dios y al prójimo.


