Autor: | Editorial:
Evangelio y cultura en los umbrales del tercer milenio
Conferencia del Card. Paul Poupard en la Universidad "La Sapienza" para el Movimiento de Vida Cristiana
26 de mayo de 1998
Introducción
Llegados desde diversos países de América Latina ahora ustedes forman parte de la comunidad universitaria de Roma. En los umbrales del tercer milenio, esto debe representar para ustedes una tarea y un desafío frente a la cultura y al Evangelio que está llamado a impregnarla para llevarla a la plenitud. Este encuentro es una invitación a abrir perspectivas nuevas con miras a una preparación consciente frente al inicio del nuevo milenio y el nuevo siglo.
El tercer milenio como punto de partida no puede olvidar los aciertos y desaciertos de la historia ya vivida, pero está llamado a proyectar con serenidad una acción marcada por el optimismo de la fe. La universidad sirve a la verdad. Ella ha sido instituida para descubrirla y transmitirla. Es trabajo del hombre superar los confines de las diversas disciplinas para orientarlos a la verdad como una contribución irrenunciable para la realización de la humanidad. El hombre tiene conciencia viva del hecho de que la verdad está fuera y por "encima" de sí mismo. El hombre no crea la verdad, sino que ésta se revela ante él cuando la busca con perseverancia. El conocimiento de la verdad genera el gozo espiritual, único en su género: ¿Quién de vosotros, queridos jóvenes, no ha vivido, en mayor o menor medida, ese momento en su trabajo de investigación? En esta experiencia del gozo de conocer la verdad se pueden saborear las primicias de la vocación trascendente del hombre.
1. Evangelización de la cultura: gozo y esperanza
1.1. La cultura en la reflexión eclesial actual
El diálogo de la Iglesia con las culturas no ha cesado nunca de entrelazarse desde los orígenes en una simbiosis fecunda. Esta historia ha estado constantemente marcada por el enraizamiento cultural de la revelación judeo-cristiana (1).
El Concilio miró desde una perspectiva pastoral, siendo consciente de que las culturas son los ambientes normales en los cuales la Iglesia desempeña su misión. La Iglesia ha contribuido, por su experiencia propia, al progreso de las culturas, se ha esforzado, a lo largo de su historia, por penetrar en las culturas más diversas y expresarse a través de ellas. La conciencia clara de su universalidad (2), ya que ha sido enviada a todos los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares, la lleva necesariamente a no identificarse con ninguna cultura particular y a permanecer disponible para entrar en comunión con todas las civilizaciones. No está ligada de una manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre antigua o reciente. Su actitud de universalidad y de comunión es doblemente fecunda; de ahí el enriquecimiento que resulta tanto para ella como para la cultura (3).
La Iglesia actúa sobre la cultura para renovar al hombre. Por eso no cesa de purificar y elevar incesantemente la moralidad de los pueblos. Mediante el anuncio del Evangelio ofrece una nueva mirada, contempla al hombre insertado en su propia cultura como el lugar privilegiado para actuar. Desde esta perspectiva las culturas se convierten en un nuevo espacio siempre renovado para la acción eclesial. Una de las evoluciones más asombrosas de nuestra época es la valoración que se hace de las culturas. Nunca hasta ahora el hecho cultural se había afirmado con tanto vigor en la vida de los individuos y de las sociedades humanas. La decadencia de las ideologías y de las utopías ha llevado al ser humano a buscar su nueva identidad y es él mismo quien se ha convertido en sujeto y actor de la cultura. Esta dirección propia de la modernidad al mismo tiempo que se manifiesta como una promesa hace patente una renovada inquietud (4).
El diálogo con las culturas y su comprensión revisten un carácter decisivo en la obra de la evangelización, porque en el poder llegar con la Buena Nueva al corazón de las culturas se juega el destino del hombre. Los cambios rápidos y universales que dominan nuestras sociedades desfiguran la identidad cultural de los pueblos y quieren propugnar una globalización. Semejante perspectiva exige una reafirmación de las identidades culturales, y un diálogo respetuoso entre las culturas, que permitan un intercambio benéfico y una apertura que evite un aislamiento empobrecedor.
La cultura, que defiende su propia identidad y está abierta al diálogo y a la trascendencia, puede dejarse iluminar, purificar y fortalecer por el Evangelio. El anuncio de la fe que propone la Iglesia no es una cultura más, ni una propuesta negociable frente a las culturas. La predicación esparce la Palabra que se encarna en los hombres, que pertenecen a determinadas culturas, para que éstos puedan imprimirles a las mismas la defensa de la dignidad de la persona humana. Desde esta perspectiva el magisterio de la Iglesia ha anunciado que gracias a la cultura el ser humano puede sobrevivir y progresar, y que el futuro del hombre depende por lo tanto de su cultura. El cristianismo asume en ese sentido con libertad y desinterés la promoción integral. Así se pone de manifiesto una cierta connaturalidad que a través del Evangelio tienen el ser humano y la cultura (5).
El principio de la inculturación, que parte de un diálogo leal, basado en el reconocimiento y la estima por las riquezas culturales, encuentra en el decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, un estímulo. En las «semina Verbi», expresión ya usada a mediados del siglo II por San Justino, mártir laico y filósofo en Roma, se encuentra un valioso fundamento para toda la acción de inculturación de la fe y evangelización de las culturas (6).
1.2. La cultura y las culturas
La cultura, por dimanar inmediatamente del carácter racional y social del hombre, está llamada a promover a la persona humana, es decir a interesarse por que la expresión privilegiada que es la cultura, en sus principios, ayude al hombre a ser cada vez más hombre. El Evangelio que ha sido revelado para que lleve al hombre a su plenitud, se encuentra en este punto con toda cultura auténtica y por lo tanto éste puede ser anunciado en el contexto cultural de las diversas sociedades (7).
Los vínculos que existen entre el mensaje de la salvación y la cultura pueden ser múltiples. Dios, al revelarse paulatinamente a su pueblo hasta la plena manifestación en su Hijo encarnado, escogió una cultura como vehículo para su Palabra, para preservar la integridad de la cultura del pueblo elegido en consonancia con su carácter profundamente religioso: la Torah de las prescripciones propias y rígidas (8). La cultura hebrea es el resultado de una experiencia recíproca de encuentros pluriculturales que a través de una historia de siglos dio como resultado una forma de vida para el pueblo de la Antigua Alianza. Del mismo modo, la Iglesia se ha servido de los recursos de las distintas culturas para difundir y exponer más perfectamente el mensaje de Cristo a la comunidad de los fieles (9).
La diversidad cultural reconocida y aceptada en la Iglesia manifiesta la dimensión católica de su unidad. La unidad de la Iglesia no es reductora, sino por el contrario abierta a la comunión. Por eso el Concilio no teme las diversidades litúrgicas, artísticas. En lo referente a la pastoral y para la expresión y la comunicación catequética de las verdades de la fe, hay que tener muy en cuenta las diferentes culturas y conocerlas con profundidad para penetrarlas desde su interior.
La cultura como cultivo de las relaciones del hombre con la sociedad
Con la palabra cultura se indica el modo particular, como en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios, de modo que puedan llegar a un nivel plenamente humano. Es el estilo de vida común que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de pluralidad de culturas (10).
La anterior descripción nos da la posibilidad de presentar los términos básicos de la relación del hombre con la naturaleza, con el mismo hombre y con Dios. El hombre, participando de su experiencia colectiva como pueblo, trata de responder imprimiendo el sello de su particularidad y estilo a su vocación de perfeccionar la creación (11) y con ella sus capacidades y cualidades espirituales y corporales. Este cultivo, así entendido, crea un "estilo de vida", una "modalidad" propia, que caracteriza a los diversos pueblos. Naturalmente la libertad juega un papel determinante, ya que ella implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas, como hermanos; y con Dios, como hijo.
La cultura como proceso histórico y social
El hombre nace, crece y se desarrolla en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular: la recibe, la modifica de manera creativa y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social.
Por ser proceso histórico y social, tiene algunas características: la cultura es una actividad creadora y dinámica, envuelta en situaciones dramáticas de lucha, en medio de luces y sombras, acicateadas por contradicciones y desgarramientos. Necesita ser cultivada, es decir requiere una atención continua y consciente a su evolución, especialmente en los momentos de crisis y de formación de nuevas síntesis.
Naturaleza totalizante de la cultura
La cultura engloba y abarca todos los aspectos de la vida humana. Abarca todas las formas de relación del hombre con la realidad: el mundo, los demás hombres y Dios. Está presente en todo el proceso de la vida humana: en la formación de la conciencia con sus valores y desvalores, en las formas diversas de comunicación, y en medio de la vida como proceso histórico y social (12). En la vida de los pueblos todo se halla dentro del marco de la cultura.
En este contexto hablaba el Santo Padre en la universidad de Lovaina y afirmaba: «La cultura no es un asunto exclusivamente de científicos y mucho menos ha de encerrarse en los museos. Es el hogar habitual del hombre, el rasgo que caracteriza todo su comportamiento y su forma de vivir, de cobijarse y de vestirse, la belleza que descubre, sus representaciones de la vida y de la muerte, del amor, de la familia y del compromiso, de la naturaleza, de su propia existencia, de vida en común de los hombres y de Dios» (13).
Dimensión comunitaria y tradicional de la cultura
La cultura hace referencia exclusiva al hombre como parte de una comunidad. La cultura organiza las relaciones del hombre en cuanto ser social, que se define y constituye por los lazos estables y dinámicos que construye con los demás, constituyendo así el núcleo cultural.
No hay sujeto humano sin identidad; y no hay identidad sin un flujo de continuidad histórica. No hay futuro sin presente y sin pasado. El ser histórico del hombre no es algo adjetivo sino constitutivo; estamos constituidos integralmente por la historia. El sujeto colectivo implica siempre una tradición, que marca la identidad fundamental desde la cual actúa. Por eso la cultura hace presente siempre una tradición que aun cuando sea dinámica y dialéctica no deja de ser tradición (14). Este aspecto tiene gran importancia para la evangelización, ya que la evangelización, que va dirigida de manera específica a la persona, no puede deslindarse de la colectividad con toda la influencia que ésta ejerce sobre el individuo. Para que la misión de la Iglesia se realice radicalmente ha de tener en cuenta la colectividad, con todos los elementos que ésta transmite de generación en generación. Es evidente que no podemos hablar hoy de unidad cultural. El individuo se descubre como participante en grupos culturales diferentes, desplazándose de uno a otro grupo con el consiguiente cambio de actitudes y valores. Pero, ¿cuál es realmente su cultura? Es decir, ¿cuál es la comunidad con que realmente se identifica? Esta situación se hace más compleja, aún, con los medios de comunicación que la técnica moderna lleva a todas partes y con los cuales se propaga la mentalidad urbana en todos los ambientes (15).
Las personas a quienes queremos evangelizar generalmente no tienen un mundo simbólico claro, pues su significación se encuentra llena de una multitud de objetos que no alcanzan a integrar plenamente para encontrarles su verdadero sentido, por el influjo de los medios de comunicación. Ante tal disociación se hace necesaria una tarea de identificación cultural, que exige una nueva pedagogía que responda a los requerimientos fundamentales de su vida hoy. El cristianismo ofrece en su mensaje los puntos fundamentales que responden a tal significación y los puede integrar maravillosamente en el propio contexto cultural, desde la comunidad que determine efectivamente la pertenencia del individuo (16).
1.3. La evangelización de las culturas y la inculturación de la fe
Mutua integración cultura-Evangelio
Evangelización y cultura no son separables: la cultura informa a la revelación y a la vez queda integrada en ella; pasa a mí y en último término queda englobada en la revelación. El Evangelio por principio es distinto de la cultura, pero no puede ser separado de ella, porque utiliza las expresiones culturales como vehículo para manifestarse. El Evangelio es una manera de hacer cultura y por eso la evangelización tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, creándolas y recreándolas sin que sea una simple repetición inveterada.
El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, nos lo recuerda la Evangelii nuntiandi, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Por otro lado, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (17).
El fundamento de la fe está formulado por acontecimientos realizados en el tiempo y el espacio, que como tales pertenecen a la historia. Estos hechos han sido vividos y transmitidos a través de la cultura de los evangelizadores. Sin embargo, el auténtico evangelizador no transmite su cultura sino la Buena Nueva para que ésta se haga vida en el interlocutor y pueda encontrar los elementos necesarios para transformar su propia cultura. Este encuentro de las personas con el Evangelio, a través de la predicación explícita de la Iglesia, permite a la misma Iglesia acercarse a las culturas para ofrecerles lo único que ella posee: Jesucristo. El Evangelio una vez anunciado busca al hombre que lo escucha y en él llega a las culturas. Evangelizando al hombre la Iglesia promueve el diálogo con las culturas. El cristianismo no es sólo histórico en sus orígenes sino en su trayectoria a través de los siglos. De ahí que en cada época el anuncio de la fe se ha encontrado con la cultura de los pueblos para transformarlos, rescatándolos y dándoles la dimensión de plenitud que sólo el Evangelio puede transmitir. La revelación cristiana es histórica (18); y por ende cultural. Ningún hombre ha escuchado la "nuda vox Dei", independiente de toda cultura.
Esta relación tan estrecha comporta riesgos que es necesario afrontar y superar. El primero de ellos es reducir el mensaje del Evangelio sometiéndolo a ambigüedades. El evangelizador puede sentir la tentación de reducir su misión a dimensiones puramente temporales con objetivos exclusivamente antropocéntricos (19). El Evangelio, anunciado, no puede perder su especificidad; y al mismo tiempo debe crear una cultura, que siendo distinta en cada pueblo, tenga notas comunes. El Evangelio no puede perder su nota de catolicidad (20). Un criterio fundamental sin el cual no hay verdadera inculturación de la fe es la universalidad de la Iglesia y la comunión entre las Iglesias particulares. Cada cultura no puede proclamar su propio Evangelio. Las Iglesias particulares no son una federación con diversidad de credos, que por solidaridad crean unos vínculos de relaciones más o menos profundas. Ellas tienen un elemento común que les hace vivir una dimensión profunda de comunión, de tal manera que son la única Iglesia, en medio de culturas distintas. Las Iglesias particulares hacen presente sin agotarla a la Iglesia universal, y son tales porque tanto en Roma, como en la India, como en América Latina, o en cualquiera de los continentes proclaman la misma y única fe. El misterio de la Encarnación se convierte como tal en paradigma de una evangelización inculturada; es el único Señor Jesucristo que toma carne en las diversas culturas (21).
Otras dificultades se presentan frente al surgimiento de algunos elementos de las culturas que bloquean, hacen imposible o distorsionan la experiencia evangélica. Los elementos propios de una cultura materialista atrofian la capacidad trascendente del hombre, o hacen una distorsión de lo religioso, a través de la magia y la superstición.
La secularización propia de nuestro tiempo ha creado una mentalidad que no percibe la necesidad de salvación, queriendo presentar al mundo como desarrollado plenamente y a la cultura como autosuficiente, con la pretensión de tener bajo dominio, al menos potencial, todas las fuentes de la vida y de la muerte, del bien y del mal.
En un mundo donde el "poder" es muy importante y hace parte de la cultura de los pueblos, el mensaje del Evangelio al respecto puede encontrar oposición. El cristianismo no se puede cansar de presentar el poder como un servicio, como tampoco puede recurrir a la violencia como método frente a los conflictos y frente al dominio del más fuerte. No tiene otro anuncio distinto del perdón, la reconciliación y la misericordia. Frente a la cultura la Iglesia no puede callar el mensaje de la cruz y no dejará de proclamar la predilección de Dios por el pobre, el pequeño y el marginado.
El concepto de inculturación en el documento de Santo Domingo
El documento de Santo Domingo de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano no presenta una definición propiamente dicha de evangelización. Sin embargo se esconde constantemente una pregunta: ¿cómo debe hacerse la evangelización? Santo Domingo nos presenta una descripción breve de las diversas situaciones que quiere afrontar; y ante ellas indica los desafíos y las líneas pastorales. Pero el convencimiento que recorre todo el documento es la necesidad de una seria evangelización del Continente de la Esperanza. El contenido esencial de la evangelización no puede ser cambiado porque pertenece a la naturaleza misma de la misión de la Iglesia. Sin embargo, en el mensaje que la Iglesia anuncia existen otros múltiples elementos secundarios cuya presentación depende de las circunstancias cambiantes (22). Desde esta perspectiva la Iglesia en América Latina ha hablado de la evangelización inculturada.
Santo Domingo presenta como base teológica de la inculturación los tres grandes misterios de la salvación: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnación; la Pascua, que a través del sufrimiento conduce a la purificación de los pecados; y Pentecostés, que manifiesta la fuerza del Espíritu dando a todos la capacidad de entender en su propia lengua las maravillas de Dios (23). La inculturación del Evangelio tiene como tarea la purificación de las culturas (24). La inculturación pide una actitud de diálogo, que a su vez exige una conciencia de identidad clara, para interpelar a las culturas, sin claudicar en el núcleo invariable del Evangelio (25).
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Notas
1. Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas. Orientación para una pastoral de inteligencia, EDICEP, Valencia 1985, p. 15. [Regresar]
2. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura. Nuove frontiere dell´inculturazione, Città Nuova, Roma 1988, p. 77. [Regresar]
3. Ver Gaudium et spes, 58. [Regresar]
4. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., pp. 16-17. [Regresar]
5. Ver allí mismo, pp. 111-112. [Regresar]
6. Ver San Justino, Apología, II, 13. [Regresar]
7. Ver Gaudium et spes, 59. [Regresar]
8. Ver el anatema, Lev 27,28-29; Jos 6,17. [Regresar]
9. Ver Gaudium et spes, 58. [Regresar]
10. Ver Gaudium et spes, 53. [Regresar]
11. Ver Gén 1,26-30. [Regresar]
12. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 53. [Regresar]
13. Juan Pablo II, Discurso a la comunidad universitaria de Lovaina, 20/5/1985, 1. [Regresar]
14. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 121. [Regresar]
15. Ver allí mismo, p. 189. [Regresar]
16. Ver allí mismo, p. 146. [Regresar]
17. Ver Evangelii nuntiandi, 20. [Regresar]
18. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 144. [Regresar]
19. Ver Evangelii nuntiandi, 32-34. [Regresar]
20. Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas, ob. cit., p. 18. [Regresar]
21. Ver Santo Domingo, 230. [Regresar]
22. Ver Evangelii nuntiandi, 25. [Regresar]
23. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., pp. 142-145. [Regresar]
24. Ver Santo Domingo, 13, 22, 230. [Regresar]
25. Ver Santo Domingo, 24, 138. [Regresar]
26 de mayo de 1998
Introducción
Llegados desde diversos países de América Latina ahora ustedes forman parte de la comunidad universitaria de Roma. En los umbrales del tercer milenio, esto debe representar para ustedes una tarea y un desafío frente a la cultura y al Evangelio que está llamado a impregnarla para llevarla a la plenitud. Este encuentro es una invitación a abrir perspectivas nuevas con miras a una preparación consciente frente al inicio del nuevo milenio y el nuevo siglo.
El tercer milenio como punto de partida no puede olvidar los aciertos y desaciertos de la historia ya vivida, pero está llamado a proyectar con serenidad una acción marcada por el optimismo de la fe. La universidad sirve a la verdad. Ella ha sido instituida para descubrirla y transmitirla. Es trabajo del hombre superar los confines de las diversas disciplinas para orientarlos a la verdad como una contribución irrenunciable para la realización de la humanidad. El hombre tiene conciencia viva del hecho de que la verdad está fuera y por "encima" de sí mismo. El hombre no crea la verdad, sino que ésta se revela ante él cuando la busca con perseverancia. El conocimiento de la verdad genera el gozo espiritual, único en su género: ¿Quién de vosotros, queridos jóvenes, no ha vivido, en mayor o menor medida, ese momento en su trabajo de investigación? En esta experiencia del gozo de conocer la verdad se pueden saborear las primicias de la vocación trascendente del hombre.
1. Evangelización de la cultura: gozo y esperanza
1.1. La cultura en la reflexión eclesial actual
El diálogo de la Iglesia con las culturas no ha cesado nunca de entrelazarse desde los orígenes en una simbiosis fecunda. Esta historia ha estado constantemente marcada por el enraizamiento cultural de la revelación judeo-cristiana (1).
El Concilio miró desde una perspectiva pastoral, siendo consciente de que las culturas son los ambientes normales en los cuales la Iglesia desempeña su misión. La Iglesia ha contribuido, por su experiencia propia, al progreso de las culturas, se ha esforzado, a lo largo de su historia, por penetrar en las culturas más diversas y expresarse a través de ellas. La conciencia clara de su universalidad (2), ya que ha sido enviada a todos los pueblos de todos los tiempos y de todos los lugares, la lleva necesariamente a no identificarse con ninguna cultura particular y a permanecer disponible para entrar en comunión con todas las civilizaciones. No está ligada de una manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún género de vida particular, a ninguna costumbre antigua o reciente. Su actitud de universalidad y de comunión es doblemente fecunda; de ahí el enriquecimiento que resulta tanto para ella como para la cultura (3).
La Iglesia actúa sobre la cultura para renovar al hombre. Por eso no cesa de purificar y elevar incesantemente la moralidad de los pueblos. Mediante el anuncio del Evangelio ofrece una nueva mirada, contempla al hombre insertado en su propia cultura como el lugar privilegiado para actuar. Desde esta perspectiva las culturas se convierten en un nuevo espacio siempre renovado para la acción eclesial. Una de las evoluciones más asombrosas de nuestra época es la valoración que se hace de las culturas. Nunca hasta ahora el hecho cultural se había afirmado con tanto vigor en la vida de los individuos y de las sociedades humanas. La decadencia de las ideologías y de las utopías ha llevado al ser humano a buscar su nueva identidad y es él mismo quien se ha convertido en sujeto y actor de la cultura. Esta dirección propia de la modernidad al mismo tiempo que se manifiesta como una promesa hace patente una renovada inquietud (4).
El diálogo con las culturas y su comprensión revisten un carácter decisivo en la obra de la evangelización, porque en el poder llegar con la Buena Nueva al corazón de las culturas se juega el destino del hombre. Los cambios rápidos y universales que dominan nuestras sociedades desfiguran la identidad cultural de los pueblos y quieren propugnar una globalización. Semejante perspectiva exige una reafirmación de las identidades culturales, y un diálogo respetuoso entre las culturas, que permitan un intercambio benéfico y una apertura que evite un aislamiento empobrecedor.
La cultura, que defiende su propia identidad y está abierta al diálogo y a la trascendencia, puede dejarse iluminar, purificar y fortalecer por el Evangelio. El anuncio de la fe que propone la Iglesia no es una cultura más, ni una propuesta negociable frente a las culturas. La predicación esparce la Palabra que se encarna en los hombres, que pertenecen a determinadas culturas, para que éstos puedan imprimirles a las mismas la defensa de la dignidad de la persona humana. Desde esta perspectiva el magisterio de la Iglesia ha anunciado que gracias a la cultura el ser humano puede sobrevivir y progresar, y que el futuro del hombre depende por lo tanto de su cultura. El cristianismo asume en ese sentido con libertad y desinterés la promoción integral. Así se pone de manifiesto una cierta connaturalidad que a través del Evangelio tienen el ser humano y la cultura (5).
El principio de la inculturación, que parte de un diálogo leal, basado en el reconocimiento y la estima por las riquezas culturales, encuentra en el decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, un estímulo. En las «semina Verbi», expresión ya usada a mediados del siglo II por San Justino, mártir laico y filósofo en Roma, se encuentra un valioso fundamento para toda la acción de inculturación de la fe y evangelización de las culturas (6).
1.2. La cultura y las culturas
La cultura, por dimanar inmediatamente del carácter racional y social del hombre, está llamada a promover a la persona humana, es decir a interesarse por que la expresión privilegiada que es la cultura, en sus principios, ayude al hombre a ser cada vez más hombre. El Evangelio que ha sido revelado para que lleve al hombre a su plenitud, se encuentra en este punto con toda cultura auténtica y por lo tanto éste puede ser anunciado en el contexto cultural de las diversas sociedades (7).
Los vínculos que existen entre el mensaje de la salvación y la cultura pueden ser múltiples. Dios, al revelarse paulatinamente a su pueblo hasta la plena manifestación en su Hijo encarnado, escogió una cultura como vehículo para su Palabra, para preservar la integridad de la cultura del pueblo elegido en consonancia con su carácter profundamente religioso: la Torah de las prescripciones propias y rígidas (8). La cultura hebrea es el resultado de una experiencia recíproca de encuentros pluriculturales que a través de una historia de siglos dio como resultado una forma de vida para el pueblo de la Antigua Alianza. Del mismo modo, la Iglesia se ha servido de los recursos de las distintas culturas para difundir y exponer más perfectamente el mensaje de Cristo a la comunidad de los fieles (9).
La diversidad cultural reconocida y aceptada en la Iglesia manifiesta la dimensión católica de su unidad. La unidad de la Iglesia no es reductora, sino por el contrario abierta a la comunión. Por eso el Concilio no teme las diversidades litúrgicas, artísticas. En lo referente a la pastoral y para la expresión y la comunicación catequética de las verdades de la fe, hay que tener muy en cuenta las diferentes culturas y conocerlas con profundidad para penetrarlas desde su interior.
La cultura como cultivo de las relaciones del hombre con la sociedad
Con la palabra cultura se indica el modo particular, como en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios, de modo que puedan llegar a un nivel plenamente humano. Es el estilo de vida común que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de pluralidad de culturas (10).
La anterior descripción nos da la posibilidad de presentar los términos básicos de la relación del hombre con la naturaleza, con el mismo hombre y con Dios. El hombre, participando de su experiencia colectiva como pueblo, trata de responder imprimiendo el sello de su particularidad y estilo a su vocación de perfeccionar la creación (11) y con ella sus capacidades y cualidades espirituales y corporales. Este cultivo, así entendido, crea un "estilo de vida", una "modalidad" propia, que caracteriza a los diversos pueblos. Naturalmente la libertad juega un papel determinante, ya que ella implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas, como hermanos; y con Dios, como hijo.
La cultura como proceso histórico y social
El hombre nace, crece y se desarrolla en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular: la recibe, la modifica de manera creativa y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social.
Por ser proceso histórico y social, tiene algunas características: la cultura es una actividad creadora y dinámica, envuelta en situaciones dramáticas de lucha, en medio de luces y sombras, acicateadas por contradicciones y desgarramientos. Necesita ser cultivada, es decir requiere una atención continua y consciente a su evolución, especialmente en los momentos de crisis y de formación de nuevas síntesis.
Naturaleza totalizante de la cultura
La cultura engloba y abarca todos los aspectos de la vida humana. Abarca todas las formas de relación del hombre con la realidad: el mundo, los demás hombres y Dios. Está presente en todo el proceso de la vida humana: en la formación de la conciencia con sus valores y desvalores, en las formas diversas de comunicación, y en medio de la vida como proceso histórico y social (12). En la vida de los pueblos todo se halla dentro del marco de la cultura.
En este contexto hablaba el Santo Padre en la universidad de Lovaina y afirmaba: «La cultura no es un asunto exclusivamente de científicos y mucho menos ha de encerrarse en los museos. Es el hogar habitual del hombre, el rasgo que caracteriza todo su comportamiento y su forma de vivir, de cobijarse y de vestirse, la belleza que descubre, sus representaciones de la vida y de la muerte, del amor, de la familia y del compromiso, de la naturaleza, de su propia existencia, de vida en común de los hombres y de Dios» (13).
Dimensión comunitaria y tradicional de la cultura
La cultura hace referencia exclusiva al hombre como parte de una comunidad. La cultura organiza las relaciones del hombre en cuanto ser social, que se define y constituye por los lazos estables y dinámicos que construye con los demás, constituyendo así el núcleo cultural.
No hay sujeto humano sin identidad; y no hay identidad sin un flujo de continuidad histórica. No hay futuro sin presente y sin pasado. El ser histórico del hombre no es algo adjetivo sino constitutivo; estamos constituidos integralmente por la historia. El sujeto colectivo implica siempre una tradición, que marca la identidad fundamental desde la cual actúa. Por eso la cultura hace presente siempre una tradición que aun cuando sea dinámica y dialéctica no deja de ser tradición (14). Este aspecto tiene gran importancia para la evangelización, ya que la evangelización, que va dirigida de manera específica a la persona, no puede deslindarse de la colectividad con toda la influencia que ésta ejerce sobre el individuo. Para que la misión de la Iglesia se realice radicalmente ha de tener en cuenta la colectividad, con todos los elementos que ésta transmite de generación en generación. Es evidente que no podemos hablar hoy de unidad cultural. El individuo se descubre como participante en grupos culturales diferentes, desplazándose de uno a otro grupo con el consiguiente cambio de actitudes y valores. Pero, ¿cuál es realmente su cultura? Es decir, ¿cuál es la comunidad con que realmente se identifica? Esta situación se hace más compleja, aún, con los medios de comunicación que la técnica moderna lleva a todas partes y con los cuales se propaga la mentalidad urbana en todos los ambientes (15).
Las personas a quienes queremos evangelizar generalmente no tienen un mundo simbólico claro, pues su significación se encuentra llena de una multitud de objetos que no alcanzan a integrar plenamente para encontrarles su verdadero sentido, por el influjo de los medios de comunicación. Ante tal disociación se hace necesaria una tarea de identificación cultural, que exige una nueva pedagogía que responda a los requerimientos fundamentales de su vida hoy. El cristianismo ofrece en su mensaje los puntos fundamentales que responden a tal significación y los puede integrar maravillosamente en el propio contexto cultural, desde la comunidad que determine efectivamente la pertenencia del individuo (16).
1.3. La evangelización de las culturas y la inculturación de la fe
Mutua integración cultura-Evangelio
Evangelización y cultura no son separables: la cultura informa a la revelación y a la vez queda integrada en ella; pasa a mí y en último término queda englobada en la revelación. El Evangelio por principio es distinto de la cultura, pero no puede ser separado de ella, porque utiliza las expresiones culturales como vehículo para manifestarse. El Evangelio es una manera de hacer cultura y por eso la evangelización tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas, creándolas y recreándolas sin que sea una simple repetición inveterada.
El Evangelio, y por consiguiente la evangelización, nos lo recuerda la Evangelii nuntiandi, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Por otro lado, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (17).
El fundamento de la fe está formulado por acontecimientos realizados en el tiempo y el espacio, que como tales pertenecen a la historia. Estos hechos han sido vividos y transmitidos a través de la cultura de los evangelizadores. Sin embargo, el auténtico evangelizador no transmite su cultura sino la Buena Nueva para que ésta se haga vida en el interlocutor y pueda encontrar los elementos necesarios para transformar su propia cultura. Este encuentro de las personas con el Evangelio, a través de la predicación explícita de la Iglesia, permite a la misma Iglesia acercarse a las culturas para ofrecerles lo único que ella posee: Jesucristo. El Evangelio una vez anunciado busca al hombre que lo escucha y en él llega a las culturas. Evangelizando al hombre la Iglesia promueve el diálogo con las culturas. El cristianismo no es sólo histórico en sus orígenes sino en su trayectoria a través de los siglos. De ahí que en cada época el anuncio de la fe se ha encontrado con la cultura de los pueblos para transformarlos, rescatándolos y dándoles la dimensión de plenitud que sólo el Evangelio puede transmitir. La revelación cristiana es histórica (18); y por ende cultural. Ningún hombre ha escuchado la "nuda vox Dei", independiente de toda cultura.
Esta relación tan estrecha comporta riesgos que es necesario afrontar y superar. El primero de ellos es reducir el mensaje del Evangelio sometiéndolo a ambigüedades. El evangelizador puede sentir la tentación de reducir su misión a dimensiones puramente temporales con objetivos exclusivamente antropocéntricos (19). El Evangelio, anunciado, no puede perder su especificidad; y al mismo tiempo debe crear una cultura, que siendo distinta en cada pueblo, tenga notas comunes. El Evangelio no puede perder su nota de catolicidad (20). Un criterio fundamental sin el cual no hay verdadera inculturación de la fe es la universalidad de la Iglesia y la comunión entre las Iglesias particulares. Cada cultura no puede proclamar su propio Evangelio. Las Iglesias particulares no son una federación con diversidad de credos, que por solidaridad crean unos vínculos de relaciones más o menos profundas. Ellas tienen un elemento común que les hace vivir una dimensión profunda de comunión, de tal manera que son la única Iglesia, en medio de culturas distintas. Las Iglesias particulares hacen presente sin agotarla a la Iglesia universal, y son tales porque tanto en Roma, como en la India, como en América Latina, o en cualquiera de los continentes proclaman la misma y única fe. El misterio de la Encarnación se convierte como tal en paradigma de una evangelización inculturada; es el único Señor Jesucristo que toma carne en las diversas culturas (21).
Otras dificultades se presentan frente al surgimiento de algunos elementos de las culturas que bloquean, hacen imposible o distorsionan la experiencia evangélica. Los elementos propios de una cultura materialista atrofian la capacidad trascendente del hombre, o hacen una distorsión de lo religioso, a través de la magia y la superstición.
La secularización propia de nuestro tiempo ha creado una mentalidad que no percibe la necesidad de salvación, queriendo presentar al mundo como desarrollado plenamente y a la cultura como autosuficiente, con la pretensión de tener bajo dominio, al menos potencial, todas las fuentes de la vida y de la muerte, del bien y del mal.
En un mundo donde el "poder" es muy importante y hace parte de la cultura de los pueblos, el mensaje del Evangelio al respecto puede encontrar oposición. El cristianismo no se puede cansar de presentar el poder como un servicio, como tampoco puede recurrir a la violencia como método frente a los conflictos y frente al dominio del más fuerte. No tiene otro anuncio distinto del perdón, la reconciliación y la misericordia. Frente a la cultura la Iglesia no puede callar el mensaje de la cruz y no dejará de proclamar la predilección de Dios por el pobre, el pequeño y el marginado.
El concepto de inculturación en el documento de Santo Domingo
El documento de Santo Domingo de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano no presenta una definición propiamente dicha de evangelización. Sin embargo se esconde constantemente una pregunta: ¿cómo debe hacerse la evangelización? Santo Domingo nos presenta una descripción breve de las diversas situaciones que quiere afrontar; y ante ellas indica los desafíos y las líneas pastorales. Pero el convencimiento que recorre todo el documento es la necesidad de una seria evangelización del Continente de la Esperanza. El contenido esencial de la evangelización no puede ser cambiado porque pertenece a la naturaleza misma de la misión de la Iglesia. Sin embargo, en el mensaje que la Iglesia anuncia existen otros múltiples elementos secundarios cuya presentación depende de las circunstancias cambiantes (22). Desde esta perspectiva la Iglesia en América Latina ha hablado de la evangelización inculturada.
Santo Domingo presenta como base teológica de la inculturación los tres grandes misterios de la salvación: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnación; la Pascua, que a través del sufrimiento conduce a la purificación de los pecados; y Pentecostés, que manifiesta la fuerza del Espíritu dando a todos la capacidad de entender en su propia lengua las maravillas de Dios (23). La inculturación del Evangelio tiene como tarea la purificación de las culturas (24). La inculturación pide una actitud de diálogo, que a su vez exige una conciencia de identidad clara, para interpelar a las culturas, sin claudicar en el núcleo invariable del Evangelio (25).
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Notas
1. Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas. Orientación para una pastoral de inteligencia, EDICEP, Valencia 1985, p. 15. [Regresar]
2. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura. Nuove frontiere dell´inculturazione, Città Nuova, Roma 1988, p. 77. [Regresar]
3. Ver Gaudium et spes, 58. [Regresar]
4. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., pp. 16-17. [Regresar]
5. Ver allí mismo, pp. 111-112. [Regresar]
6. Ver San Justino, Apología, II, 13. [Regresar]
7. Ver Gaudium et spes, 59. [Regresar]
8. Ver el anatema, Lev 27,28-29; Jos 6,17. [Regresar]
9. Ver Gaudium et spes, 58. [Regresar]
10. Ver Gaudium et spes, 53. [Regresar]
11. Ver Gén 1,26-30. [Regresar]
12. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 53. [Regresar]
13. Juan Pablo II, Discurso a la comunidad universitaria de Lovaina, 20/5/1985, 1. [Regresar]
14. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 121. [Regresar]
15. Ver allí mismo, p. 189. [Regresar]
16. Ver allí mismo, p. 146. [Regresar]
17. Ver Evangelii nuntiandi, 20. [Regresar]
18. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 144. [Regresar]
19. Ver Evangelii nuntiandi, 32-34. [Regresar]
20. Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas, ob. cit., p. 18. [Regresar]
21. Ver Santo Domingo, 230. [Regresar]
22. Ver Evangelii nuntiandi, 25. [Regresar]
23. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., pp. 142-145. [Regresar]
24. Ver Santo Domingo, 13, 22, 230. [Regresar]
25. Ver Santo Domingo, 24, 138. [Regresar]


