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2. La influencia de la universidad en la creación y desarrollo de valores en una sociedad
2.1. El Evangelio se encarna en las culturas, las redime y las lleva a su cumplimiento

La carta apostólica Tertio millennio adveniente del Papa Juan Pablo II con motivo del Jubileo del año 2000 está fundamentada en el Misterio de la Encarnación: «El Verbo se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros; y nosotros hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (26). Este Misterio señala el camino prioritario y concreto de la Nueva Evangelización: la Iglesia está llamada a actualizar en todas las culturas la relación entre Encarnación e historia, para asumir en forma adecuada la propia presencia de la iluminación y de la vida en el camino de la humanidad.

Los creyentes en Jesucristo están llamados a traspasar la puerta que abre el tercer milenio, tomando conciencia de la fecundidad histórica del Evangelio en la construcción de la ciudad de los hombres. La construcción de la civilización del amor es obra del Espíritu a través de la comunidad cristiana, que en el mismo Evangelio encuentra la fuerza para un renovado impulso misionero. El tercer milenio viene al encuentro nuestro para que como creyentes anunciemos el Evangelio de tal manera que pueda alcanzar y transformar los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación (27).

"Fomentar" y "elevar" las culturas o dialogar con ellas no es propiamente evangelizarlas. La acción evangelizadora, respetando las culturas, quiere llegar a «sacudir profundamente la conciencia del hombre», «a transformar verdaderamente al hombre de hoy», a inscribir el Evangelio en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia (28). Cuando se llega de esta manera con la Buena Noticia se está tocando totalmente y en profundidad las raíces de las culturas, y la evangelización será un aspecto no simplemente decorativo sino fundamental para las personas que conforman las culturas (29).

El evangelizador no puede olvidar que el Evangelio se anuncia para que las realidades terrenas sean transformadas y ayuden plenamente al hombre a ser plenamente hombre. El Evangelio se anuncia para que pueda generar un "cielo nuevo y una tierra nueva", sin perder la perspectiva escatológica pero sin huir de la propia realidad necesitada de salvación. El mensaje evangélico no es pura y simplemente aislable de la cultura, en la que se insertó desde el principio, y ni siquiera es aislable, sin grave depauperación de las culturas en las que ya se ha expresado a lo largo de los siglos; aquél no surge por generación espontánea, sino de un humus cultural; y se ha venido transmitiendo siempre mediante un diálogo apostólico, que está inevitablemente inserto en un cierto diálogo de culturas. La fuerza del Evangelio en todas partes transforma y regenera (30). Cuando ésta penetra una cultura, ¿quién no se maravillaría de que rectifique no pocos de sus elementos? No se daría la evangelización si su contenido doctrinal tuviese que alterarse al entrar en contacto con las culturas. El auténtico misionero sabe que la verdadera predicación enriquece a las culturas, ayudándolas a superar sus deficiencias y humanizándolas, comunicándoles a sus valores legítimos la plenitud de Cristo (31).

La cultura es el mundo creado por el hombre. Este mundo es mediado y estructurado por la significación, por el sentido que el hombre va imprimiendo a las respuestas que da a sus necesidades vitales, y es impulsado por los valores. La significación consiste en el sentido, la orientación, la finalidad, la clave de inteligibilidad y coherencia del mundo que construimos. La significación la descubrimos en las cosas: es la estructura que las constituye y las relaciona ontológicamente. Pero la significación también la creamos, la producimos. Es entonces cuando se convierte en cultura. Cuando el Evangelio comienza a dar significación, a crear sentido, comienza a convertirse en cultura (32). La cultura es parte de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo anima y que al ser participados en común por sus miembros los reúne con base en una misma "conciencia colectiva" (33). La cultura comprende también las formas a través de las cuales aquellos valores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social cuando no son impedidas o reprimidas por la intervención de otras culturas dominantes.

Al lado de los valores propios de las culturas crecen una serie de desvalores que debilitan las culturas y que podríamos denominar anti-culturas. Todo aquello que no ayuda a la realización plena del hombre y lo esclaviza es un antivalor que a su vez atenta contra las culturas auténticas. Aquí el Evangelio, anunciado en favor de un hombre que sea realmente libre, cumple su misión de purificación y redención de las culturas, llevándolas a que éstas se conviertan en instrumentos de salvación para el mismo hombre.

2.2. En la universidad se conservan, crean y desarrollan los valores culturales


El cultivo de la inteligencia propio de la universidad plantea un reto a la Iglesia. El aumento bastante rápido del número de los estudiantes, la crisis de la universidad y los fenómenos de indiferencia, frialdad más o menos generalizada representan para la Iglesia un compromiso prioritario en los umbrales del tercer milenio. Los jóvenes, globalmente considerados, manifiestan una generosa disponibilidad a valores evangélicos tales como la justicia, la fraternidad, el servicio, la generosidad, y claman más con actitudes que con palabras por un contacto verdadero y auténtico que los acerque a las Bienaventuranzas. Para llegar a ellas y mostrar su cercanía hacia la juventud la Iglesia está esforzándose por adaptar su lenguaje para poder escuchar sus interrogantes. Ella, para responder, ofrece, de una manera que ellos puedan entender, la totalidad del mensaje del Evangelio. La experiencia milenaria y la presencia del Espíritu le exigen por la fidelidad a Dios y al mismo hombre velar por que el mensaje sea transmitido sin ser desvirtuado. Desvirtuar el Evangelio significa hacer partícipe al hombre de una esclavitud peor que la anterior. La Buena Noticia que toca la totalidad de la vida humana, cuando viene reducida a una mera cultura o confundida con una ideología, asesina la esperanza que intrínsecamente transmite. No se trata exclusivamente de que los evangelizadores hablen el lenguaje de los jóvenes, sino que sepan traducir y transmitir la totalidad de la fe de manera comprensible, siendo respuesta para sus interrogantes.

En nuestro tiempo, en el cual la función crítica de la inteligencia es más activa que nunca, constituye una tarea difícil pero necesaria una profundización pluridisciplinar en las preguntas fundamentales: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿a dónde vamos? Las preguntas son formuladas frecuentemente y reciben respuestas diversas, según tiempos y lugares. No se trata de un problema teórico, sino de un interrogante práctico: ¿qué futuro queremos construir? La construcción del futuro depende en gran parte de aprovechar al máximo el presente, sirviéndose de las experiencias positivas del pasado y descartando aquellas que en sí mismas se han demostrado incapaces de ayudar al hombre en su realización plena. No es lícito para un cristiano proyectar el pasado en el futuro y mirar el futuro a partir de las tinieblas del pasado. Aquí el Evangelio proclama cotidianamente que Dios puede hacer siempre nuevas todas las cosas y muestra la inutilidad de quedarnos contemplando angustiados una problemática que humanamente nos sobrepasa. La gran verdad, que encierra el anuncio íntegro de Jesús de Nazaret, proclama la incapacidad del hombre en sí mismo para responder con sus solas fuerzas y radicalmente a sus problemas. Conocer con serenidad y verdad las capacidades limitadas del hombre y abrirse a la acción de Dios para que actúe a través del mismo hombre es proclamar en la vida que todo lo que es imposible para el hombre es posible para Dios (34). Se trata de un camino por recorrer, ciertamente difícil. La Iglesia presenta a la universidad en una relación estrecha con la cultura y ésta, a su vez, está en íntima relación con la dignidad humana. Cultura es solamente aquello que eleva al hombre; todo aquello que lo degrade es más bien anti-cultura.

La universidad tutela y desarrolla la cultura para que pueda ser transmitida y progrese sin perder su propia identidad. En la vida universitaria hay dos momentos importantes en relación con la cultura: el momento creativo y el momento de difusión. En el momento creativo juega un papel invaluable la búsqueda de la verdad, mientras que en el momento de difusión la vigilancia debe ir dirigida a transmitir con fidelidad la verdad que se ha descubierto. Estos dos momentos vividos intensamente en el ambiente universitario no pueden realizarse fuera del rigor crítico propio de la ciencia, garantizando así la solidez de una cultura.

Las dos actividades propias de la universidad, la investigación y la enseñanza, han permitido al hombre, a través de su historia, responder al progreso científico y técnico de la humanidad. Ni investigación ni enseñanza pueden ir desligadas de la búsqueda. La universidad es el crisol donde se forja la cultura, una caldera en la que está en ebullición la vida intelectual, en la que se establece una íntima interrelación entre los distintos campos del saber, una comunidad viva cuya fecundidad intelectual, cultural y espiritual nace de la participación activa y de la colaboración generosa de todos aquellos que toman parte en ella. En este ambiente vivo, la universidad forma personas, personas maduras, personas que deben agregar una cierta plenitud al desarrollo de la propia capacidad (35).

La universidad debe ser como un verdadero ecosistema; con su equilibrio, con la delicada interrelación entre cada una de las personas que la componen, con toda su complejidad, que no es la de un sistema mecánico, sino la de un conjunto de vidas que se integran en una armonía superior. La vida que empuja la universidad es la vida del espíritu. En la universidad se cultiva el espíritu de la persona humana, y esto es infinitamente más delicado que el más sublime de los ecosistemas. Esta humanidad, por tanto, debe impregnar todo el ambiente universitario. En otras palabras, no se puede desligar la institución académica de la dimensión educativa de la persona. Esto supone --como ha afirmado el Papa Juan Pablo II-- que los educadores sepan transmitir a los estudiantes, además de la ciencia, el conocimiento del mismo hombre, de su dignidad, de su historia, de sus responsabilidades morales y civiles, de su destino espiritual, de sus vínculos con toda la humanidad (36).

El hombre, en efecto, no es una computadora que sirve para acumular información; es un ser capaz de elegir, de dialogar y de amar. El alumno tiene necesidad no solamente de investigación, sino también de educación; no solamente de aprender, sino también de comprender; no sólo de nociones intelectuales, sino también de valores morales; no sólo de ciencia, sino también de sabiduría (37).

El Evangelio lleva de manera armoniosa a su máximo desarrollo todas las facultades humanas, todo aquello que constituye el ser del hombre. De ahí que no pueda ser extraño a la universidad.

Nuestro diálogo interdisciplinar, por necesario que pueda aparecer, lejos de agotar el encuentro entre la fe y la cultura, es una fase preliminar, una propedéutica, un acompañamiento, una profundización en un camino de fe en Cristo, revelador del Padre en el Espíritu.

2.3. La universidad, areópago privilegiado de la evangelización y de la inculturación de la fe


Por vocación una universidad es centro de pensamiento, presente en los problemas del mundo contemporáneo y sensible a las exigencias modernas. La universidad al hacer la búsqueda desinteresada de la verdad no queda subordinada ni condicionada a intereses particulares de cualquier género. Nuestra época tiene urgente necesidad de esta forma de servicio desinteresado, de proclamar la verdad, valor fundamental sin el cual se pierden la libertad, la justicia y la dignidad del hombre. Es ésta la contribución particular de la universidad, una universidad que se dedica completamente a la búsqueda de todos los aspectos de la verdad en unión esencial con la verdad suprema, que es Dios. Presenta unas directrices, en cuanto contribuye eficazmente a dar sentido a la vida de la persona humana que se educa y, por medio de ésta, también a la sociedad. La universidad, por lo tanto, da un aporte valioso a la realización auténtica de la persona en su vida y responde así a su vocación más profunda, porque la verdadera finalidad de la vida es el conocimiento existencial, integral de la verdad, la comunión y la vida en ella. La verdad es la iluminación y la transformación de la existencia y del universo.

La elección prioritaria: la inculturación de la fe

Ante ustedes se abre una perspectiva quizás insospechada: la inmensa tarea de la inculturación del Evangelio. A este mundo, lo conocemos con su afán de franqueza, de autenticidad, de sinceridad, de sencillez, con su oposición al conformismo revestido y protegido por la cortesía, mezclada a menudo con la hipocresía. Aquí la cultura no aparece ya en función de comprender el pasado, sino de comunicar el presente, la cultura para vivir. Esta nueva cultura pide ser evangelizada. No se trata de proponer modelos prefabricados, sino de caminar con los otros, tomando, por así decir, sus dimensiones, y aceptando los modelos no sin frecuencia desconcertantes con los cuales el hombre expresa su íntima experiencia. Una vez aceptada esta condición, lo que no siempre ocurre sin desgarros, es necesario y no simplemente opcional confrontar todo con el Evangelio.

«Está escrito: he creído, por esto he hablado; también nosotros creemos y por esto hablamos» (38). El Apóstol usa un tiempo presente, motivando el deber y el derecho del creyente a expresar su fe y a ser anunciador del Evangelio siempre y en todas partes. Por el simple hecho de ser cristianos tenemos como misión hablarle al mundo del Dios de Nuestro Señor Jesucristo. Pero nuestro hablar depende del creer. El primer aspecto de la fe que nos permite hablar es no ser voz sin contenido, sino lenguaje que sabe comunicar una realidad viva y eficaz.

El hablar por haber creído convierte al hombre en testigo cualificado del anuncio; es la mejor manera de evangelizar las culturas e inculturar la fe. Sólo con actitudes que brotan de una profunda convicción de fe podemos lograr que ésta se haga cultura. Aquí me vienen a la mente, ya para concluir, las palabras del Santo Padre al instituir el Pontificio Consejo para la Cultura en 1982: «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (39).

El diálogo entre la fe y la cultura no se ha realizado nunca como por encanto, sino a precio de un costoso discernimiento. La prueba para la Iglesia y, al mismo tiempo, la oportunidad que se le ofrece radica en aceptar los interrogantes del propio tiempo a través de los cuales puede injertar en las culturas las promesas de Dios. Dar sentido a la historia y una finalidad a la aventura humana está en el corazón del Evangelio. Así se cumplirá en nuestros días el anuncio del Concilio Vaticano II: el futuro de la humanidad está en las manos de quienes saben dar a las generaciones de mañana razones de vida y de esperanza.


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Notas

26. Jn 1,14. [Regresar]

27. Ver Evangelii nuntiandi, 19. [Regresar]

28. Ver Evangelii nuntiandi, 4. [Regresar]

29. Ver Evangelii nuntiandi, 20. [Regresar]

30. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 65. [Regresar]

31. Ver Catechesi tradendae, 53. [Regresar]

32. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 67. [Regresar]

33. Ver Evangelii nuntiandi, 18. [Regresar]

34. Ver Lc 1,36-37. [Regresar]

35. Ver Card. Paul Poupard, Il Vangelo nel cuore delle cultura, ob. cit., p. 124. [Regresar]

36. Ver Juan Pablo II, Discurso a los representantes de la Universidad, Reales Academias e investigadores, Madrid, 3/11/1982. [Regresar]

37. Card. Paul Poupard, Cristo come principio ermeneutico dell´uomo e della cultura umana, en Dio e libertà. Una proposta per la cultura moderna, Città Nuova, Roma 1991, pp. 87-88. [Regresar]

38. 2Cor 4,13. [Regresar]

39. Juan Pablo II, Carta al Cardenal Secretario de Estado Agostino Casaroli, 20/5/1982
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