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II.- Parmenides: identificación entre el ser y el pensar
Hechas estas breves consideraciones sobre Heidegger, la pregunta surge de forma inevitable: ¿fue Parménides -según dice el pensador alemán- el filósofo que concibió la realidad del ser como presencia iluminadora i desveladora, que le permitió justificar la realidad presencial de los entes?. Para esclarecer este supuesto heideggeriano, recordemos que la cuestión fundamental de la que se hicieron cargo los primeros pensadores griegos se formuló de la siguiente manera: ¿de que materia física está constituída la naturaleza?. Para algunos de ellos esta materia como elemento primario (arjé) estaba constituída por agua, por aire o por fuego. Frente a ellos, Parménides intentará superar esta concepción unilateral y fisicista, afirmando que la realidad primigenia o principio primero está hecha de ser, puesto que las cosas tienen en común la propiedad de ser, es decir, son. Por tanto, el ser es la única propiedad que tiene todo aquello que es: el ser es la raíz última de todas las cosas existentes.

Por este motivo en la historia de la filosofía se considera a Parménides como el pensador que supo llevar la especulación filosófica a su verdadero lugar. Con su filosofía, hace su aparición la metafísica como presupuesto inicial, pero no la metafísica -como a veces incorrectamente se la interpreta- como un ir simplemente más allá de lo físico, sino como arranque originario por la pregunta fundamental sobre el ser del ente, en cuanto el ente es lo primero que aprehendemos al enfrentarnos con la realidad. El pensamiento de Parménides no se va a circunscribir en las cosas físicas, como ocurría con los anteriores filósofos, sino que va a tratar de las cosas en cuanto son , es decir, en cuanto son entes. El ente será su gran aportación filosófica.

Si afirmamos que el primer principio (arjé) es agua, aire o fuego, de algún modo se entiende lo que se pretende decir, por su misma simplicidad, pero si decimos que todo es ser, deberemos legítimamente preguntarnos ¿y qué es el ser?. Y aquí empiezan las dificultades, puesto que Parménides nunca nos dirá que es el ser, en qué consiste, que sin duda es lo importante y decisivo, sino que sólo nos dirá lo que es el ser, cuáles son sus propiedades, un lo que es, que en consecuencia aparecerá revestido de aquellos atributos propios de la total identidad. El ser, nos dirá Parménides, es uno en su radical materialidad, inmóvil, imperecedero, necesario, siempre presente... Para conocer en rigor el ser que se manifiesta eternamente a través de los entes particulares, entes que son perecederos, contingentes y plurales, no podemos utilizar el acceso de los sentidos, de la experiencia sensible, sino solamente la vía del nous o de la razón. El pensamiento será, por tanto, el único medio que tenemos para conocer el ser, más aún: el nous mismo forma una esencial identidad con el ón, el ser como tal.

La vía del pensamiento es así para Parménides la vía de la verdad, aquella que nos conduce al conocimiento del ser. En cambio, mediante los órganos de la sensación, que son los únicos que poseemos para conocer la existencia de lo sensible, ya no estamos en condiciones para poder conocer el ser con sus propiedades esenciales de unidad, inmutabilidad e identidad,puesto que la sensación como vía de conocimiento, sólo puede captar la diversidad y el cambio de las cosas concretas y singulares. La sensación, en estas condiciones, no puede conocer el ser como lo común y real de los entes, por lo que su conocimiento tendrá la validez de simple opinión o doxa. Las cosas, si las consideramos con el pensamiento o nous, antes de ser rojas, duras, calientes o sonoras, presentan una propiedad común a todas ellas: son. El ser es, por tanto, su propiedad esencial que solamente se manifiesta al nous. Las cosas vistas desde esta perspectiva noética, por medio de la razón, son ahora estrictos entes. El ón y el nous presentan en el pensamiento de Parménides una indisoluble conexión esencial, de modo que no se da el uno sin el otro. En este sentido es lo mismo el ser y el pensar.

Es innegable que las cosas sensibles y particulares aparecen y desaparecen de forma incesante; van cambiando, menguan y llegan a su fin. Surge así, la pluralidad, la diversidad, la mutabilidad y su consecuente caducidad, características, todas ellas, inaplicables a la concepción del ser inmutable e idéntico, tal como lo formula Parménides. Puesto que las cosas singulares conocidas mediante la sensación, no responden a las exigencias esenciales del ser, Parménides acabará sosteniendo que no son. En estas condiciones, no hay nada real, sino sólo el ser. Pero si resulta, que mediante la experiencia sensible no podemos tener ningún conocimiento de los atributos propios del ser, de lo absolutamente uno, imperecedero y eterno, libre de cambio, entonces se desprende que si la verdad del ser no la podemos conocer a través de la experiencia sensible, el ser sólo lo podemos conocer mediante el pensamiento. El ser, se convierte así, en un puro objeto del pensamiento. La concepción parmenídea del ser, se aleja irreversiblemente de la interpretación heideggeriana del ser como acontecimiento y presencia fenoménica, fundamentalmente por la confusión que tiene entre el ente verdadero y el ente real. Del mundo de las cosas particulares, infinitamente variado, incluidos nosotros mismos como entes singulares, no se puede decir que sea, es sólo mera apariencia, una simple ilusión.

Para Parménides, sólo aquello que es, existe; ser un ser es existir, existir es ser un ser. No hay conciliación intermedia entre ser y no ser. Pero si siguiendo su pensamiento identificamos su concepción del ser con el existir que es accesible a la experiencia, desembocamos en una serie de consecuencias antitéticas e irresolubles, puesto que si al modo de ser propio de las cosas particulares comúnmente lo denominamos como existencia, ya que no tenemos experiencia perceptiva de ningún otro tipo de realidad, surge una infranqueable diferencia entre ser y existir. Las cosas particulares cuya verdadera existencia las conocemos mediante la experiencia,son para Parménides, mera apariencia, ilusión; no son, no tienen ser, y lo que es, al no ser accesible a la experiencia, no existe. En esta tesitura se inicia en la historia del pensamiento el principio de que si el ser es verdaderamente, nada debería existir, porque el ser es lo opuesto a la existencia, ya que en el ser no hay nada que pueda dar cuenta del hecho de la existencia como tal. En los albores del pensamiento humano, la existencia actual aparece en desconexión con el ser, y en la modernidad de la filosofía existencialista, se interpretará como una fisura o agujero que ha enfermado y debilitado al ser.

En Parménides, a pesar de lo que diga Heidegger, ya está implícito el germen de la escisión del ser con la existencia, que culminará en el idealismo alemán, iniciándose con ello, el resquebrajamiento del pensamiento como vía de la verdad y la experiencia sensible como vía de la apariencia. Ello conllevará una serie de consecuencias inevitables; puesto que el ser es inmóvil y radicalmente uno, lo que implica que el movimiento no es", con lo que no será posible la física como ciencia filosófica de la naturaleza. Si el movimiento es, entonces se precisa de una idea del ser muy distinta a la que sostiene Parménides. Esta será la gran cuestión con la que se van a enfrentar los filósofos griegos posteriores, y no se encontrará una adecuada solución hasta la llegada de Aristóteles.

Al no poder compaginar Parménides los atributos del ser con los predicados de la experiencia, el ser se le ocultará y le quedará absorbido en la esencia abstracta del puro pensamiento, al desvincularse de su referencia óntica y fáctica, con lo que nos encontramos bastante alejados de la pretensión heideggeriana de interpretar el ser parmenídeo como desocultamiento y desvelamiento de su fenomenidad mostrativa y patentizadora.

A pesar de los escasos fragmentos que conservamos de Parménides, es indudable el gran avance filosófico que supuso su pensamiento respecto a los filósofos presocráticos anteriores a él. Es indiscutible su talento metafísico para intentar penetrar el ser en lo más profundo de lo real, y su ambicioso objetivo por hallar la raíz y ultimidad de todo lo que hay, que en definitiva es la cuestión fundamental que incita la especulación de los verdaderos filósofos. Se puede sostener, que el ser del ente (das Sein des Seienden)en terminología heideggeriana, fue entrevisto por él, en cuanto la verdad, iluminada por el acto de conocer, expresada en el juicio, consiste en decir y pensar lo que el ente es, pero esta brecha de una posible luz sobre el ser se eclipsará en cierto modo, en la ontología griega clásica.


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