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V.- Aristólteles: el ser como sustancia
Como Platón, Aristóteles pretende conocer la naturaleza de todo aquello que es, aunque su interpretación de la idea platónica como realidad óntica, sea muy diferente. En principio, para Aristóteles, la realidad es algo individual y actualmente existente, se la puede observar y experimentar: este hombre determinado, esta flor concreta... son realidades ontológicas individuales y precisas, capaces de subsistir en sí mismas. Al estagirita no le interesa, como le ocurrió a Platón, el hombre en sí mismo, como idea universal, sino el hombre individual y concreto, al que puedo llamar Pedro o Juan. En esta tesitura, Aristóteles tratará de encontrar que es lo que hay en las cosas existentes que hace que sean una ousía, una determinada sustancia real, capaz de subsistir y proseguir en sí misma.

En su búsqueda para aclarar esta cuestión, observa que algunas de las cosas que experimentamos, aunque se hacen presentes en un ser real, consideradas en sí mismas no tienen un ser propio; su único modo de ser es ser en otro. Así determinadas cosas que nos son dadas, como un color o un sonido, no tienen pertenencia propia, sino que pertenecen a un sujeto o realidad que tiene color o emite un sonido. A estas propiedades que no son en sí mismas, sino que son en otro, Aristóteles las denomina accidentes. Pero al no ser capaces de subsistir en sí mismos y no cumplir, por tanto, con los requisitos de lo que verdaderamente es, estos accidentes no son las ousías o realidades que está buscando. Por otra parte, encuentra que un determinado ser es un hombre o una flor y que estas propiedades no tienen su ser en otro como les ocurre a los accidentes, sino que pertenecen necesariamente a unos determinados sujetos. Un hombre sin ser hombre, o una flor sin ser flor, es imposible, aunque es posible que el primero no sea blanco o la segunda roja. La hominidad o la floreidad, si así puede decirse, no son propiedades o ideas que puedan estar o no estar, sino que son propiedades esenciales a esos sujetos. A estas propiedades esenciales o conceptos abstractos, Aristóteles les aplica el término de predicabilidad, y aunque no existan por sí mismos ni tengan realidad propia, significan lo que se puede describir o predicar necesariamente de los hombres o de las flores reales y concretas.

Si Aristóteles concibiera a estos predicables o nociones abstractas como si fueran seres reales, entonces estaría reproduciendo el error de Platón que consideraba a estas propiedades o ideas como realidades de hecho, existiendo más allá del mundo sensible. Pero esto, inicialmente no ocurre, puesto que Aristóteles ha procedido a una doble eliminación de lo que no es la realidad; por un lado los accidentes, y por otro las propiedades o predicables esenciales del ser. Es así que si el ser verdadero no puede ser un accidente o una mera predicabilidad esencial, deberá ser un sujeto individual en el cual los accidentes son simples determinaciones sobreañadidas. Aristóteles denominará con el término de sustancia al sujeto individual, ya que la sustancia se puede representar racionalmente como lo que está debajo (sub-stans) y soportando a los accidentes. Coincidirá con Platón al rehusar que las cualidades sensibles, como meros accidentes, tengan un ser real, pero se apartará de él, por la circunstancia de que Platón, atribuía el ser real a las nociones universales y abstractas.

Es indudable que con Aristóteles nos introducimos en un mundo distinto al de Platón, en el cual el ser ya no es pura mismidad, sino energía y eficacia operativa. El concepto de ser, se convierte en una palabra activa y dinámica que fundamentalmente significa ejercicio de un acto (enérgeia, ya sea el acto mismo de ser, ya sea el acto de ser blanco. De ahí el doble significado del término acto en Aristóteles, ya que puede referirse a la sustancia misma en cuanto es (acto primero),o referirse a la operación que ejerce esta sustancia que es (acto segundo). Con el nombre de ousía designará a la verdadera realidad, esto es, a la sustancia individual, y cualquier ousía se manifiesta por sus operaciones, y en este sentido se llama naturaleza o fisis, a condición de que esta sustancia sea un acto, pues el acto es el principio de toda actividad. Por tanto, el fondo último de la realidad es el acto sustancial, o también acto primero.

Hasta aquí todo parece bastante claro, no obstante, llegados a este punto Aristóteles no acaba de decirnos qué es lo que hace ser a la realidad como tal, qué es lo que hay en un sujeto individual, que realmente le hace ser, pues las sustancias en su más íntima realidad nos son desconocidas. Sólo lo que podemos saber es que, puesto que actúan, son, y son actos. Aristóteles se apercibe de que ser es ser en acto, pero decir qué es un acto, esto ya no logra decírnoslo. Se da cuenta del simple darse del acto, ya que solamente podemos conocer la actualidad con tal que la percibamos y se haga presente, y por este motivo nunca la pondrá aparte como irrevelante para la realidad, ya que la realidad no está por encima del ser, sino que está en el ser, aunque esta realidad al estar más allá del alcance de cualquier concepto, no se la puede definir adecuadamente. Pero este mismo ser que una sustancia es, en la medida que es un acto ¿qué clase de ser es? o también ¿qué significa cuando dice de un ser en acto, que es?. Se trata de esclarecer si cuando habla del ser actual está pensando en la existencia como acto o en otra cosa. Es cierto que para Aristóteles, las cosas reales y concretas son cosas actualmente existentes, pero también es cierto que no se detuvo a considerar el acto de la existencia en sí mismo, y deliberadamente procedió a excluirla del ser. Por eso se ha señalado con cierta razón que el mundo de Aristóteles está compuesto de existentes sin existencia, en cuanto su existencia actual nada tiene que ver con lo que los existentes son. En efecto, Aristóteles cuando habla del ser nunca piensa en la existencia como tal y la pasa por alto.

Intentemos avanzar en estas reflexiones. Como discípulo de Platón, Aristóteles considera que el primer significado del ser es aquél en que significa lo que es. Este es, es el qué de la sustancia que la hace pertenecer a una determinada especie o esencia, no el hecho de que sea. Una vez captada por los sentidos, la existencia ya no tiene nada más que decirnos, por eso Aristóteles la da por supuesta y prescinde de ella. Si una sustancia existe se referirá sólo acerca de lo que es, no acerca de la existencia, convirtiendo a ésta en un mero prerequisito del ser sin tener ninguna función en su estructura. Por tanto, el verdadero nombre del ser es el de sustancia, que es equivalente a lo que es un ser, o también a la quididad o esencia de la cosa como su mismo ser. Ahora bien, una sustancia no es lo que es por su materia, puesto que ésta es lo que hay de más inferior en el individuo debido a su indeterminación, sino que es lo que es, porque posee un principio interior que explica la razón de su sistema orgánico, de sus accidentes y de la dinamicidad de sus operaciones. Este principio interior es para Aristóteles la forma que es precisamente el acto mismo por el cual una sustancia es lo que es. Eso supone que si en una sustancia algo es en acto, es por su forma, y si una sustancia es primariamente lo que es, cada ser es una forma sustancial, siendo, por tanto, ésta forma sustancial, el fondo último de la realidad, puesto que es lo mismo que el acto sustancial como tal.

Esto explica que la metafísica aristotélica no reconoce ningún acto que sea superior a la forma, ni siquiera el acto de ser. Pero si no hay nada por encima del ser, y en el ser en acto no hay nada por encima de la forma, entonces se deberá concluir, que la forma de un ser dado es un acto del cual no hay acto. Se desconoce en esta doctrina la posibilidad de poner por encima de la forma, un acto que de razón de ser al acto de la forma. En cuanto inteligible e inteligida, a la forma se la denomina como esencia, y esta esencia es común para todos los sujetos individuales de una misma especie. Al llegar aquí, se apercibe que estas formas aristotélicas no son más ni menos, que las Ideas de Platón, trasladadas del mundo ideal al mundo sensible. El reparo de Aristóteles hacia Platón de que el hombre en sí mismo como noción abstracta, no existe, pues lo único que podemos conocer no es el hombre como concepto predicable, sino los hombres individuales. Pero este reparo hacia su maestro, se le vuelve contra sí mismo, puesto que al establecer que la forma, como principio del individuo, es la misma para toda la especie, resulta que el ser del individuo singular no difiere del ser de la especie común, con lo que a semejanza de Platón, su filosofía ya no precisará de los individuos ni les dará cabida, a pesar de su reconocido interés por el individuo como tal. Aristóteles sabe que sólo este hombre concreto, no el hombre como predicable, es real, pero por otra parte, al sostener que lo últimamente real de este hombre individual se debe a lo que cada hombre es; es decir, a su forma, esta es lo que le hace ser tal o cual sustancia. En esta situación, ya no puede compaginar la realidad concreta de los individuos con la unidad formal de la especie, surgiéndole una extraña y aparente paradoja.

Aristóteles que empezó afirmando que la verdadera realidad es la sustancia individual, terminará diciendo que lo más importante de la realidad es la forma sustancial, que es el principio de la especie o esencia. Este es el proceso en el que desemboca la metafísica aristotélica al detenerse al nivel de la sustancia, pues en última instancia será la especie y no los individuos los que constituirán el verdadero ser y la verdadera realidad, a pesar de que para evitar el desdoblamiento de la realidad, dirá que las esencias de las cosas, lo propiamente inteligible, no se distingue más que accidentalmente de las cosas individuales, lo propiamente existente. Una concepción del ser, que siendo realista de intención, se liga finalmente a la esencia o a lo inteligible formal de suyo, con descuido de los problemas auténticamente existenciales.
La imprecisión del pensamiento aristotélico se pone de relieve en sus consecuencias posteriores, especialmente en la Edad Media, con la famosa controversia de los universales, cuya cuestión central era la de dilucidar como la especie puede estar presente en la pluralidad de individuos, y simultáneamente, como los individuos pueden participar de la unidad de la especie. Los nominalistas, desde su perspectiva empírica, dirán que la forma de la especie es simplemente el nombre común y nominal que atribuimos a los individuos que entre sí poseen una semejanza externa, puramente fenoménica; los de filiación neoplatónica (realismo exagerado) dirán que la forma de la especie esen sí, y debe ser por sí, ya que es por ella que los individuos son. Una polémica, que en gran parte procede del equívoco de Aristóteles de usar el verbo ser con un sólo significado, cuando en realidad tiene dos significados. Si queremos significar que una cosa es, como acto real, entonces sólo los individuos son, y las formas no son, pero si nos referimos al ser como lo que una cosa es, en su vertiente esencial, entonces sólo las formas son y los individuos no son. Si las esencias existieran no podrían ser participadas por los individuos, pues de lo contrario perderían su unidad específica y su ser, si los individuos son, entonces cada uno de ellos tendría que constituir una especie distinta, con lo que no podría haber especies que pudieran incluir en su unidad una pluralidad de individuos, pero las esencias son y los individuos existen. Cada esencia es en y por algún individuo, como por su esencia cada individuo participa de una determinada especie. Esto exige que distingamos entre individuación e individualidad, darse cuenta que más que la misma esencia, la existencia forma parte de la estructura del ser actual.

Por lo dicho, se constata en la filosofía de Aristóteles como un doble aspecto. Por un lado se muestra como un perspicaz biólogo, atento observador de los seres existentes y concretos, por otro se aproxima a Platón al sostener prevalentemente que los individuos poseen una forma común y específica. Al prevalecer esta última en épocas posteriores, los hombres pensarán saber de las cosas en cuanto conozcan su esencia común, lo que son, y no sentirán la necesidad de mirar las cosas para conocerlas. Será suficiente establecer los atributos comunes a la pluralidad de individuos de una vez por todas, pues dentro de cada especie todos son iguales, conocido uno, conocidos todos. Pero esto supondrá un empobrecimiento ontológico de la diferencia y peculiar riqueza del ser individual como acto.

En definitiva, podemos decir que la noción aristotélica de sustancia, al ser en última instancia ajena al acto de ser,éste no jugará ningún papel en la descripción del ser. La actualidad de la sustancia como tal, constituye toda la actualidad del ser como tal. Ser es ser sustancia; si esta es incorpórea será pura forma, si es corpórea constituirá la unidad sustancial de materia-forma. En ambos casos las sustancias son en virtud de su forma, que es acto por definición, y como no hay nada por encima del acto, toda la realidad de un ser se explica por la actualidad de su forma, que informa y determina toda la realidad.
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