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VIII.- Suarez: El ser como esencia real
Al granadino Francisco Suárez se le puede considerar como uno de los más genuinos representantes del esencialismo del ser y más concretamente de lo que podríamos denominar como metafísica de los posibles. Suárez parte del presupuesto de que el término ente (ens) no sólo sirve para referirse a las cosas que poseen su propia existencia actual, sino que también sirve para designar a aquellos entes que tienen la capacidad, o mejor, la posibilidad de existir. Ens se convierte en lo que Suárez llama una esencia real. Estas esencias reales son verdaderas en cuanto son susceptibles de realización actual. Esto se aclarará mejor, si tenemos en cuenta que Suárez acepta la clásica distinción del ente como participio y como nombre. Para el filósofo granadino el ente como participio expresa la esencia actualmente existente, o la esencia como presencia. El ente como nombre expresa la esencia real, prescindiendo de la existencia actual. Por tanto, el ente como nombre tiene una mayor amplitud que el ente como participio, pues este último es una concreción o particularización existencial del ente como nombre, con lo que en rigor, el ente como nombre es la más acabada expresión del ente como tal (o de la esencia real como tal). Y el sentido de esta esencia real es que es apta para existir, y es todo aquello que no repugna que exista, es decir, todo lo que es inteligible y no contradictorio con todo lo que es verdadero. La totalidad como posible es equivalente a lo real como esencia, cuya capacidad es existir.

Por tanto, en la doctrina de Suárez, la realidad de las esencias viene determinada por su capacidad de adquirir la existencia, lo que hace innecesaria establecer la distinción originariamente aviceniana entre la esencia y la existencia. Efectivamente, si las esencias reales lo son en la medida que tienen capacidad de existir o realizar la existencia, entonces la esencia de la posibilidad es la posibilidad de existir. En esta situación la esencia recobra su intrínseca relación con el ser, surgiendo de nuevo la doble virtualidad escotista del ser en cuanto posible y del ser en cuanto actual (el ser en general engloba al ser como posible y como actual). El ser actual como existente, es una esencia que ha sido actualizada por su causa y extraída de la posibilidad a la actualidad. Lo primero que le pertenece a una cosa es su esencia, el lo que la hace ser un determinado y específico ser.

La cuestión que plantea esta metafísica es saber si un ser en acto no es más que su esencia. En una mente racional cualquiera, una esencia está en acto por la existencia real del sujeto que la piensa, por tanto, es erróneo el que Suárez diga que una esencia está en acto por su actualización en cuanto esencia. En estas condiciones es coherente el que afirme que entre una esencia actualizada y su existencia no hay distinción real, sino una mera distinción de razón, aceptando de alguna forma la amortiguada distinción de los escotistas, que rememorando a Avicena, hacen de la existencia un simple apéndice de la esencia. Pero será justo aclarar que en la metafísica suarista, la existencia no tiene la función de simple accidente, pues para una esencia es lo mismo ejercer su acto de esencia y existir. Es una concepción del ser que no deja un lugar propio para la existencia como tal, con su propio acto de existir.

Quizás sea el momento oportuno para preguntarnos si la actualidad de una esencia real, no requiere un acto existencial para que se pueda convertir en actualidad existente, pero Suárez no se hace ninguna pregunta al respecto, porque para él la esencia es idéntica con el ser. Por otra parte nos parece sintomático el que Suárez no adscriba a las esencias posibles una especie de ser eterno, ya que probablemente ha caído en la cuenta que como meros posibles no son nada real. Destaquemos que si una esencia de suyo es un posible, y si un mero posible no es nada, su resultado como actualización tampoco es nada. De haber visto las implicaciones que esta consecuencia significaba para su doctrina, quizás esta nada existencial de la esencia posible, le hubiera impulsado a Suárez, a buscar fuera del plano de la esencia una causa intrínseca de su realidad actual. Pero al identificar el ser con su esencia, Suárez se incapacita para hallar en el ser un es que no fuera una esencia, y por esto no reconoce a la existencia cuando la ve. Al reducir el ente a esencia, también se reduce a lo que es inteligible, y la existencia o se desatiende o queda absorbida en la misma esencia, o lo que es lo mismo, en lo que es inteligible de suyo.

Se puede decir que con Suárez llega a su madurez, la tendencia esencialista que iniciaron Parménides y Platón, y este esencialismo se irá imponiendo de manera resuelta en muchos filósofos posteriores, especialmente en Wolff. Por eso, el pensador granadino es uno de los responsables de la expansión en la Edad Moderna, de una metafísica de las esencias que desatiende a la existencia actual. Aunque él mismo no había descartado a las existencias como irrelevantes al identificarlas con las esencias actuales, aquellos que prosiguieron o se inspiraron en su filosofía, no tuvieron ningún reparo en excluir a la existencia del pensamiento metafísico. A partir de ahí, la esencia misma será una esencia real, la raíz y principio primero de toda operación del ser. Lo real ya no se opondrá con lo posible, ni se mezclará con lo actual o existente, puesto que se medirá con la misma equivalencia tanto a lo posible como a lo existente actual. En este marco especulativo, lo posible es tan real como lo actual, e incluso se llegará a la extrema situación de que al pensar un ser como real ya no se le pensará como existente ni tampoco como posible, porque para pensarlo como posible tendríamos que prescindir de la existencia, término éste que en el pensamiento moderno ni siquiera hay que mencionar. Y es que un filósofo de la modernidad no debe manchar su mente plena de “a prioris” lógicos, con el impuro pensamiento de la existencia actual, ni siquiera para excluirla. El intelecto humano, tiende a rebelarse contra aquella realidad que no se sujeta ni es dócil a sus conceptos o que se hace impenetrable a sus aprehensiones abstractas, y no se le ocurre otro recurso para dar cuenta de lo que no proviene de su propia razón, como es el hecho de la existencia actual, que reducirla a la nada. Esto es lo que ha hecho el esencialismo en todos los órdenes del pensamiento, reduciendo a la nada el acto mismo en virtud del cual el ser es actualmente.
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