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XII.- Hegel: Identidad entre el Ser y No- Ser
Los problemas planteados por Wolff en su ontología, inspirarán el comienzo de la lógica de Hegel. Este considera que en la filosofía de Wolff, el análisis especulativo que efectúa sobre los objetos de la razón, es precisamente lo que debe hacerse en filosofía. Pero el error de esta ontología fue pensar que para conocer la realidad absoluta era suficiente añadirle, por vía deductiva y conceptual, una serie de predicados, sin preocuparse por su contenido o valor real. Por ello esta ontología se asentará en un dogmatismo ingenuo, ausente de crítica, al pensar que dados unos determinados conceptos, su relación predicativa con sus respectivos sujetos, será verdadera con tal que no incluyan ninguna contradicción racional. No obstante, Hegel sostendrá que la ontología wolffiana, es en muchos aspectos superior al criticismo kantiano, pues este criticismo está afectado por las limitaciones del empirismo, al poner un dato de pura posición fáctica, en el origen mismo de lo real, pero que paradójicamente sobre la naturaleza y realidad de este dato,
nada podemos saber. Tal es, para Hegel, la cosa en sí kantiana, un abstracto total, un nóumeno vacío, relegado en un más allá incognoscible. Por eso, en el idealismo de Kant no hay en rigor, más que en el idealismo de Berkeley, puesto que si el ser en sí es incognoscible, en última instancia, el ser se reduce a ser percibido. Hegel pretende superar esta extraña situación partiendo de una total confianza en la razón, pero no en una razón cualquiera, sino en una razón especulativa y dialéctica, elevando así a la filosofía a la condición de saber absoluto. Es por ello, que en su proceso dialéctico, la cosa en sí como una x desconocida y misteriosa, como raíz incognoscible de la que brotan todas las apariciones fenoménicas, es despejada y aclarada, ya que la cosa es conocida en sí misma y tal como es, sin limitaciones de ninguna clase.
Al concebir la racionalidad como realidad, sostendrá su conocido principio de que todo lo real es racional, y todo lo racional real, determinando la estricta identidad entre los seres reales y los conceptos o ideas. La razón contemplándose a sí misma, descubre que toda realidad que se da o que pueda darse, es una realidad racional. El progresar de la filosofía consistirá justamente en el despliegue de un método absoluto que incremente de forma acumulativa y dialéctica, las diversas determinaciones de lo real, discurriendo desde lo más abstracto hasta lo plenamente concreto, desde lo más indeterminado hasta lo más determinado, de forma tan absoluta que todas las determinaciones parciales, todavía parcialmente indeterminadas, lleguen a ser superadas. Para fundamentar todo este sistema, Hegel partirá de las esencias y de los conceptos como los medios más adecuados para alcanzar la realidad absoluta. Frente a las nociones lógicas y abstractas de Wolff, precisa de universales concretos, es decir, de esencias concretas que sean captadas mediante conceptos concretos. Estas esencias merecen el título de concretas porque en la unidad de su devenir dialéctico, pueden desarrollar la absoluta totalidad de sus determinaciones constitutivas. El concepto de Dios como espíritu absoluto expresa la esencia más concreta de todas las determinaciones posibles al incluir, en la unidad de su esencia, todo el infinito número de las posibles determinaciones. Si para Kant no se puede deducir la existencia de Dios de ninguna esencia, para Hegel, rememorando a San Anselmo en versión idealista, el concepto de Dios sólo se puede pensar como existente, puesto que la existencia está incluida en su esencia como una de sus múltiples determinaciones.

En la filosofía hegeliana predicar la existencia es lo mismo que predicar el ser. Pero ¿qué es el ser para Hegel?. El ser en su inicio, es el más pobre y abstracto de los conceptos, es lo menos que una cosa puede hacer, es lo más ínfimo que la mente puede conocer, es lo inmediato indeterminado. El ser en el comienzo, es la pálida sombra inicial de la Idea. Solamente las cosas finitas, externas y sensibles, como por ejemplo un papel, es algo tan indigente como el ser. Hegel escribirá al respecto: No hay en el espíritu cosa que encierre menos contenido que el ser. No hay sino una cosa que puede encerrar aún menos, y es lo que a veces se toma por el ser, a saber, una existencia sensible exterior, como la del papel que tengo delante de mí (6).

Si el ser es tan abstracto e indeterminado ¿cómo puede constituir el resorte inicial del proceso que mueve una génesis tan impresionante como es la lógica hegeliana que se presenta como el proceso de autogeneración del Absoluto?. Para Hegel es precisamente ahí, en su pobreza y vaciedad, en la absoluta negatividad de su comienzo donde paradójicamente se encuentra la fuerza que habrá de poner en marcha todo el devenir dialéctico. Se trata del portentoso poder que posee lo negativo, de la energía del pensamiento puro como motor de la dialéctica. Por tanto, tomado en sí mismo, el ser es la indeterminación inmediata y absoluta que precede a todas las posibles determinaciones. La indeterminación es el contenido mismo que constituye al ser, en cambio la esencia entraña muchas determinaciones agregadas al ser.

Si la pobreza del ser es idéntica a su abstracción, no puede entonces percibirse mediante la sensación, y al estar vacío de contenido, no puede ser objeto de ninguna intuición intelectual, que es, frente a la intuición sensible de Kant, el acto original y originario del conocimiento. Si el ser no puede percibirse ni intuirse y, sin embargo, es pensado, sólo queda el recurso de afirmar que el ser es idéntico al pensamiento. Cuando Parménides identificó el ser con el ente absoluto, identificó la realidad con el pensamiento puro. Hegel vuelve a retomar este experimento, por cuanto pensar es pensar el ser, pues el ser es idéntico al pensamiento, y puesto que el ser no es esto ni aquello, ni ninguna cosa, entonces el ser no es nada. Una nada que no es una negación relativa, esto no es lo otro, sino la absoluta negación en su inmediatez, que precede a cualquier otra negación, y como no hay nada que el ser sea, el ser se identifica con la nada. La deducción es inevitable: el puro ser y el puro no-ser, son equivalentes, cada uno de ellos es tan vacío y abstracto como el otro con el mismo grado de indeterminación. Decir que el ser es el no-ser supone unir sintéticamente estos dos términos que engendran un tercer término que es el devenir, puesto que la verdad del ser está interaccionada en el no-ser y la del no-ser está en el ser. Esta verdad como unidad, que consiste en el pasar del uno al otro, desemboca en el movimiento como devenir.

La ontología wolffiana consideraba a la contradicción como un caso de imposibilidad lógica. Al ser una lógica de conceptos abstractos, utilizaba los elementos de la realidad para dividir y excluir; ninguna cosa podía ser en ese plano conceptual, simultáneamente ella misma y su contraria. En Hegel ocurre lo contrario; las cosas comprendidas en sus conceptos, pueden ser a la vez ellas mismas y sus contrarias, pues la contradicción es concebida en su sistema como la ley misma de la realidad, la fuerza motriz que engendra su dialéctica. Es un sistema que aspira a racionalizar lo irracional a base de superar los principios de identidad y contradicción, pues la contradicción es nada menos que la médula real de la realidad viva y concreta. La antigua metafísica elegía entre dos términos contradictorios, Hegel no elige entre dos cosas, sino que asume a ambas mediante el recíproco pasar de la una a la otra en que consiste la tesis (afirmación del ser), la antítesis (negación del ser), uniéndose sintéticamente para originar la concreción de una tercera cosa, que expresa la verdad completa, derivada de la parcialidad unilateral de la tesis y la antítesis.

Hegel pretende construir un sistema constituido por esencias concretas y cognoscibles por medio de conceptos. Así cuando el pensamiento está pensando el ser como la nada, y la nada como el ser, obtiene la unidad recíproca de estos dos extremos, logrando alcanzar el primer objeto concreto del pensamiento que es el devenir captado como devenir. El devenir es, por tanto, algo dado, un dasein o ser ahí, que se da como determinación y concreción primera que antecede a todas las otras determinaciones. Se puede decir que la nada del ser tiene un contenido propio, pues si el ser es la nada, y la nada el ser, el darse concreto como devenir se está creando a sí mismo de la nada, porque es la nada misma lo que aparece como aparición del devenir, y este darse como devenir aparece como la ya conquistada unidad de su propia contradicción. Vemos, pues, que el ser de la lógica hegeliana está cruzado de negatividad. El puro ser justamente por su absoluta vaciedad incluye en sí mismo su propia contradicción, es lo absolutamente no-idéntico consigo mismo; es decir, la nada. De la tensión entre ambos contradictorios, el puro ser y la nada como puro no-ser, surgirá el devenir (Werden) como primera negación de la negación

Lo dado como devenir, surgido del movimiento dialéctico entre el ser y la nada, como noción concreta y primera determinación inmediata tiene cualidad, y donde hay algo dado, dotado de una cualidad determinada, se puede decir que es según es la realidad. Lo dado como esencia concreta y real es ahora lo que es, y ser lo que es, consiste para Hegel en ser relación consigo mismo. Cualquier realidad dada será, a partir de ahí, un sí mismo, que es la índole fundamental de la esencia. La esencia es, por tanto, la aparición misma de la realidad a sí misma, y constituye el fundamento de la existencia en cuanto ésta procede de la autoidentidad de la esencia consigo misma en cuanto aparición. Hegel conecta así, con la mismidad que analizábamos de las esencias platónicas, que fundan la diversidad de lo real en la autoidentidad consigo mismas. En Wolff, esta autoidentidad de las esencias procedía de la identidad puramente formal del ser como sujeto con el ser como predicado. Hegel con su dialéctica del Absoluto, pretende superar este intelectualismo predicativo para sumergirse especulativamente en la realidad concreta y reproducir su interno despliegue histórico. Así como en Schelling el Absoluto constituía el comienzo como unidad inmediata, en Hegel el Absoluto constituye el resultado de todo el proceso dialéctico, su síntesis y conclusión suprema.

Cuando son alcanzados los límites de la realidad actual, la lógica hegeliana llega a su término al determinarse el ser como idea. Empieza entonces la filosofía de la naturaleza en la que el ser camina por sí sólo, transformándose en un ser otro, como lo negativo y externo a sí mismo, objetivándose en naturaleza, en la idea fuera de sí . Al recuperarse la idea para sí misma surgirá la filosofía del espíritu. El puro ser como forma primera e indeterminada del Absoluto, lo meramente en sí, habrá de alcanzar la forma absoluta del ser para sí, cuando al final devenga Idea Absoluta, tras el proceso de las sucesivas mediaciones y determinaciones, que no son sino negaciones, tal como ya había formulado Spinoza: omnis determinatio est negatio. A través del ser de la negación se llega al Absoluto strictu senso como ser pleno, mediante un implacable movimiento que se despliega de negación en negación.

El Absoluto es el devenir mismo que sólo se hace real a través de su desarrollo y de su propio fin. Un Absoluto que es inmamente a la totalidad, aunque engloba y supera, cada uno de sus momentos, en que lo perfecto como determinación supera a lo imperfecto como indeterminación. A través del método dialéctico la vida del Espíritu se encuentra in vía, en camino de retorno desde el en sí del ser al para sí del concepto. La plenitud no está en el comienzo, pues el Absoluto sólo es plenamente en su cumplimiento. Una vez se ha desplegado el desarrollo completo, toda mediación ya ha sido superada, más esta superación conserva en sí todas las mediaciones y determinaciones de sus diversos momentos, a través de los cuales la Idea llega a su conocimiento absoluto, cuyo contenido es el concepto que se concibe a sí mismo. Al término de este proceso especulativo se alcanza la identificación dialéctica del final con el comienzo, y sólo tiene sentido real y concreto en el seno del despliegue del método absoluto. Un final en el que ya no resta determinación alguna, en cuanto esta superación es una aufhebung, es decir, tanto una eliminación que conserva como una conservación que elimina. Este proceso desde su comienzo hasta su final es un automovimiento del Absoluto, que se encuentra presente en las diversas fases y momentos, tanto en el inicio como en el término, dándose su propia determinación y representando el desarrollo inmanente del concepto. Cuando a partir de la vacía noción del ser, el desarrollo del Absoluto se ha hecho exhaustivo, el concepto llega a su total autoconciencia y a su total libertad, merced a la plena expansión de sus determinaciones.

En este sistema, el mundo y el hombre son como el reflujo de la fuerza expansiva y difusiva del Espíritu Absoluto, de la vital y activa fuerza de un Dios que se extraña fuera de sí para retornar a sí mismo. Por eso, para Hegel, es el Absoluto como Dios quien piensa en el hombre cuando el hombre piensa en Dios. De ahí que su filosofía no se pueda reducir a un subjetivismo antropocéntrico, puesto que el pensamiento humano es una derivación del saber absoluto y no a la inversa. No es Dios quien parece estar en entredicho, sino más bien el mundo, al que se le priva, como en el pensamiento platónico, de su estabilidad y consistencia ontológica. Es, por tanto, un idealismo que se basa en la afirmación del Absoluto y en la superación de lo accidental finito. Pero con ello lo finito no queda sin más, eliminado, ya que por medio de la superación se integra en lo infinito, pues su continuo traspasar hacia el infinito es su verdadero ser. Como la identidad sumida en lo contradictorio, así queda reabsorbido lo finito en lo infinito, lo inmediato en lo mediato, el ser en el concepto, el hombre y el mundo en Dios. Dios es el ser del mundo y el mundo es la esencia de Dios, y Dios necesita retroactivamente del mundo y del hombre para plenificar de contenido su propia esencia, pues se compone y alimenta de ellos, para dejarlos reducidos a una cáscara fuera de Él.

El idealismo hegeliano es una rehabilitación del antiguo esencialismo, pues en el proceso de la esencia contra la existencia, la esencia ganará totalmente la partida. Ha sido el esfuerzo filosófico más logrado para expulsar del ente, no ya sólo la existencia, sino incluso la realidad, esa difusa realidad de la esencia real que todavía se conservaba en el esencialismo metafísico de Suárez. Al determinar Hegel la identificación entre el ser y el no-ser, el ser como pensado se reduce a la pura apariencia y lo real a la misma nada. A pesar de su intento de superar el esencialismo formal y abstracto de Wolff, el ser una vez privado de su existencia actual se idealiza completamente y se convierte también en una pura abstracción. Hegel escribirá en ese tour de force gigantesco que es su obra filosófica: ahora este ser puro es la abstracción pura, y por consiguiente lo negativo absoluto que, tomado de manera inmediata, es la nada (7).
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