Menu




Autor: | Editorial:



XIV.- Nietzsche: el Ser como apariencia
Desde su perspectiva cósmica, Nietzsche es el filósofo vital por antonomasia. Equipado con una ontología de la voluntad como fundamento de lo real inspirada en la filosofía de Schopenhauer, y en una gnoseología de cadencia kantiana, considerará que en la constitución de lo real, es mucho más lo que ponemos con nuestras representaciones subjetivas, que lo que nos es dado por una supuesta realidad objetiva y en sí. Las cosas o realidades en sí, ya no son solamente inaccesibles a nuestro conocimiento, como afirmaba Kant, sino que son simples ilusiones psicológicas, al modo de una especie de velo místico que encubre la vaciedad ontológica del ser y, que, mediante la falacia de los conceptos abstractos, basados en inexistentes realidades metafísicas, pretenden explicar arrogantemente la totalidad de lo real. En todo caso, para Nietzsche, lo en sí procede de errores cometidos en el juego combinatorio de la imaginación perceptiva, y que por la inercia de la costumbre se ha interpretado durante siglos como lo que funda la verdad, revistiéndola con el disfraz de unas determinadas categorías metafísicas. Una vez disueltas en el futuro estas categorías, quedará abolida la distinción entre la cosa en sí y lo subjetivamente representado en mí, dejando inservibles el conjunto de estas categorías que se han irrogado la autorización para separar un mundo en sí de un mundo como representación propia.

Para el filósofo alemán el ser no es más que un término introducido y forjado por una simple utilidad práctica que lleva más de dos milenios, y que sirve para proyectar en un inexistente "más allá", esencias e ideas inmutables y universales, que no son más que pretendidas pseudorealidades opuestas a la facticidad cambiante de los acontecimientos vitales. Por eso dirá Nietzsche, que la creencia en el ser ha surgido por la falta de fe y desconfianza en el "devenir", por el recelo y la sospecha respecto a la fluencia evolutiva de lo real fenoménico.

Desde nuestras perspectivas psicológicas como contenido de nuestros sentimientos y deseos afectivos, se configura imaginativamente el mundo de lo aparente que desvela mejor el sentido de la vida que el tradicionalmente llamado mundo real de la metafísica clásica. Estas perspectivas psicológicas elaboradas al nivel reflexivo de la conciencia, configuran la estructura fluyente y sucesiva del proceso de la temporalidad, al reproducir fielmente la estructura del ser como apariencia, del ser incesantemente cambiante sumergido en la corriente del devenir. Nietasche sólo aceptará como real, grados diversos de intensidad en la forma de reflejarse el mundo de la apariencia, y no un supuesto ser en sí, con el pretexto de constituir y fundar los conceptos abstractos de los metafísicos, y las esencias formales de los teólogos. Estos aspectos, son todos ellos inconciliables con la vida como contenido vivencial en mí. Por otra parte, el ser de los clásicos, con sus atributos de atemporalidad e inmutabilidad, intenta "fijar" tiránicamente el proceso fluyente y azaroso de la temporalidad, aquello que por naturaleza es permanentemente mutable y aparente. No hay, por tanto, verdades absolutas, no hay esencias permanentes, no hay hechos eternos, sólo hay verdades aparentes, relativas a nosotros, para nosotros, según las conciben nuestras representaciones y sentimientos. El mundo aparente transmutado en forma de contenidos psicológicos, (psicologización del ser), es equivalente a la verdad. Si en nuestras representaciones inventivas e imaginativas rechazamos la realidad del mundo aparente, ya no queda ninguna verdad. La verdad se identifica con la apariencia, la vida humana está totalmente sumergida en la contra-verdad y de ahí no podemos salir.

Nietzsche niega la verdad como realidad en nombre de la verdad como apariencia, la verdad de lo eterno e inmutable se niega frente a la instantaneidad de lo presente mutable; no sólo oposición entre pensamiento y ser como ocurre en Kierkegaard, sino rechazo radical de la verdad del ser frente a la verdad de lo aparente. Nietzsche dice sentir verguenza del concepto de verdad, de esa palabra imperativa y orgullosa, y quiere alcanzar la victoria sin el auxilio de la verdad, derrotada ésta por la vaciedad ontológica de sus falsas objetivaciones, y que será sustituida por la contra-verdad, que ya no va a fundarse en el principio de realidad de las sustancias aristotélicas, sino que será engendrada por la corriente vivencial de nuestras representaciones, por aquel sentimiento subjetivo que obtiene su eficacia creativa y constituidora de realidad, en función de su mayor o menor instinto de "fuerza" como expresión de su voluntad de poder.

El profundo trueque que se produce entre lo real y lo aparente en el ámbito de la realidad, determinará que sea la voluntad quien configure el vacío ontológico dejado por el ser, siendo la voluntad misma la que establezca según sus intensidades de fuerza el criterio de la verdad y de los valores. El querer absoluto de la voluntad reclama el querer ser sin condiciones, sin aquellos límites impuestos por las doctrinas de la trascendencia. Un querer surgido de las propias instancias desiderativas y afectivas del sujeto, al convertirse el deseo como derecho incondicional de la vida, y por la fuerza impulsora de la voluntad de poder, para que la realidad dada, sea así, como lo determine la voluntad, y para que toda configuración de lo real en el ámbito de la inmanencia fenoménica se amolde a este absoluto querer.

Lo esencial es suprimir el mundo-verdad, en cuanto supone el más grave atentado contra la vida, por el mundo-aparente. La expulsión de la creencia en la verdad propiciará la fecunda irrupción del nihilismo nacido de las ruinas del ser, de su radical negación y, por tanto, como afirmación positiva de la nada. El ser como apariencia o, lo que es lo mismo, la nada para el ser, será concebido como fluencia en decurso infinito hacia el devenir, en un "eterno retorno" de la vida. Nietzsche deseaba creer que en su época se estaban fraguando las condiciones para el resurgir de un nuevo futuro, de una nueva aurora para la vida, donde el mundo recobrará su natural sentido, su original inocencia, haciendo inviable la admisión de un universo inspirado en el ser metafísico. Con la aparición del nihilismo como fase transitoria, nos introduciremos posteriormente en la esfera de un mundo radicalmente inmanente, donde la vida, desgajada y liberada de las doctrinas de la trascendencia griego-cristianas, desarrollará todas sus potencialidades y adquirirá su pujante fuerza. Nietzsche afirmará que "el nihilismo es una forma divina de pensar como negación de todo mundo verdadero, de todo ser". (8).

Frente a la negación de la vida auspiciada por la razón socrática, que ha debilitado los instintos del placer, por medio del más allá platónico y la trascendencia cristiana, que a través de su concepción dualista de la realidad han originado la escisión del único mundo inmanente y natural. Frente a ello, lo decisivo es la afirmación dionisíaca de la vida y de los valores. El lugar vacío dejado por el ser como soporte de los antiguos valores será ocupado por la fuerza de sí de la voluntad de poder que mediante una profunda transvaloración, constituirá el nuevo orden de los valores, y en cuanto puestos por la autodecisión del sujeto, estos nuevos valores dependerán totalmente de la creatividad estética e inventiva del sujeto, de su modo de sentir y posicionar estos valores, lo que implica que su realidad se sustentará en última instancia en la dinámica fluctuante de los deseos y sentimientos subjetivos. Al carecer de toda fundamentación en el principio de la realidad que se ha esfumado con la pérdida del ser como acto, la nada misma se convierte en el fundamento de los nuevos valores, aspecto que se confirma al comprobar mediante una adecuada evaluación el contenido real de estos valores. En ella no aparece ningún valor al que se le pueda atribuir algún contenido nuevo o alguna cualidad desconocida en el plano axiológico, con lo que deberemos deducir que estos supuestos nuevos valores se disuelven en la nada. El conocimiento sumido en la corriente de sus subjetivas vivencias representativas sólo puede acceder a la verdad-aparente como sustitutivo de la verdad del ser en el plano ontológico, constituyéndose como una nueva verdad anhelante de la nada, determinando el valor de la vida y de las cosas según el sentimiento de fuerza de un puro acto de la voluntad como última razón y fundamento de sí misma.

En su crítica del ser, Nietzsche invierte el pensamiento de Parménides. Para el filósofo de Elea sólo lo que tiene ser es, para Nietzsche sólo lo que es, no tiene ser. Si para el primero no hay ninguna conexión entre el ser y el no-ser, para el segundo la verdad del no-ser aniquila la verdad del ser. En Parménides lo aparente no es y sólo el ser es, en Nietzsche el ser no es y lo aparente es. Quizás cuando Heidegger se refería a Nietzsche como el último metafísico de la historia de la filosofía, bien podría ser que lo considerase como el último filósofo que ha dado cuenta de la metafísica del ser con su anti-metafísica del no-ser como fundamento de su metafísica. El acta de defunción de la metafísica será proclamada a los cuatro vientos por numerosos filósofos del S.XX, pero estas precipitados y pesimistas anuncios, no han podido borrar del espíritu humano su natural vocación metafísica, su profundo y constante anhelo por la trascendencia.
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!