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Autor: | Editorial:



Las aportaciones de Juan Pablo II al pensamiento filosófico


Sería imposible en estas páginas enunciar y mucho menos explicar todas las
aportaciones filosóficas en las enseñanzas de Juan Pablo II. Sin embargo, a
modo de ejemplo quisiéramos señalar algunos temas, y especialmente aquellos
que muestran la presencia del enfoque personalista y fenomenológico en el
interior de la enseñanza pontificia.


Todo hombre es filósofo.


Todo hombre es filósofo, nos recuerda la Fides et Ratio. No hay persona en la que
no tomen parte las afirmaciones sobre el sentido de la vida o de la muerte, la
pregunta por el dolor humano o por el significado de su acción diaria. Estas
cuestiones se encuentran permanentemente oscurecidas por actividades útiles y
constantes pero, a menudo, innecesarias o poco esenciales. Recuperar la confianza
en la fuerza de la razón era clave para afirmar la dignidad de toda persona. La
máxima capacidad como imágenes de Dios la poseemos en el gozo por la verdad
y el bien, la sabiduría mediante la cual sobrepasamos los acontecimientos
cotidianos. La persona es un ser emergente de la historia y recibe del Creador una
clara vocación metafísica de ultimidad.

Es en Fides et ratio en donde el Papa asegura la existencia de una Única Verdad,
aunque exista un doble orden de conocimiento, con objeto y metodología propias.

Este doble orden, filosófico y teológico, es expresión de la bondad del Creador y
de la bondad de nuestro mundo. El Papa tiene especial interés en sobrepasar la
desconfianza de la razón. Este optimismo proviene de la mirada creyente sobre el
mundo. La persona no se abre a la trascendencia, sino que nace abierta a ella.

El concepto de “filosofía cristiana”.


Fides et ratio defiende con claridad la noción de la verdad universal,
sobrepasando los historicismos que la puedan condicionar. Tenemos la
posibilidad de efectuar juicios críticos y lúcidos sobre las cuestiones últimas. No
se trata de una gnosis para privilegiados. En los principios comunes a la
reflexión de toda persona se encuentra la explicitación del sentido común y de
la filosofía realista del ser.

“La noción de “filosofia cristiana” no debe ser mal interpretada: con ella no se
pretende aludir a una filosofía oficial de la Iglesia, puesto que la fe como tal no
es una filosofía. Con este apelativo se quiere indicar más bien un modo de
filosofar cristiano, una especulación concebida en unión vital con la fe. No se
Joan Martínez Porcell, El pensamiento filosófico de Juan Pablo II


hace referencia simplemente, pues, a una filosofía hecha por filósofos
cristianos, que en su investigación no han querido contradecir su fe. Hablando
de filosofía cristiana se pretende abarcar todos los progresos importantes del
pensamiento filosófico que no se hubieran realizado sin la aportación, directa o
indirecta, de la fe cristiana” (Fides et Ratio, n.76)

El reconocimiento de la filosofia tanto en el auditus fidei (propedéutica de la fe)
como también en el intellectus fidei (explicación de la fe) no convierte al filósofo
en un teólogo, simplemente es el contenido objetivo propio de la filosofía
cristiana.


La Persona y su comunión


Karol Wotjyla escribió hacia 1976 un ensayo que tiene la amplitud de un
pequeño libro y que pretende continuar algunos de los temas y problemas del
capítulo final de Persona y acto. Este texto se llama La persona: sujeto y comunidad.
En él se busca articular una teoría de la relación interpersonal que supere la
noción de intersubjetividad monadológica propia de la filosofía de Husserl. Con
este esfuerzo, Wojtyla se coloca dentro de la tradición del pensamiento
dialógico ( Martín Buber, Emmanuel Levinas ,etc.) que sostiene que la persona
es un sujeto relacional llamado a la entrega sincera a los demás. Esta misma
idea reaparece y se intensifica al momento en que Juan Pablo II escribe sus
catequesis sobre el amor humano5. Dios crea al hombre como unidad-de-losdos,
como varón y mujer, para que el hombre no esté solo. La creación del
hombre es un acto comunional (de las Personas divinas) que hace radicar
justamente la imagen y semejanza de lo humano con Dios en su carácter
relacional. El Papa insistirá en esta idea posteriormente en Mulieris dignitatem: el
fundamento de la imagen y semejanza con Dios no es sólo la razón y la
voluntad libre – como sostiene, entre otros, Santo Tomás de Aquino – sino la
constitutiva ordenación del varón a la mujer y de mujer al varón. Para Juan
Pablo II, el ser humano ha sido creado como “unidualidad relacional”.


La subjetividad del trabajo y de la sociedad


Karol Wotjyla dio una conferencia en la Universidad Católica de Milán en 1977
titulada: El problema del constituirse de la cultura a través de la “praxis” humana.6
En ella expone la prioridad del hombre como sujeto de la acción humana y su
consecuencia metodológica: la acción como camino para entender a la persona.

Utilizar la acción como vía para comprender mejor qué significa ser persona es
posible debido a que toda actividad transeúnte posee una dimensión
intransitiva sin la cual no puede apreciarse el actuar humano en sentido
estricto. Existe no sólo una prioridad, entonces, metafísica sino propiamente
“praxeológica” de lo humano cuando el hombre se realiza a sí mismo a través
de la acción. Esta comprensión del hombre se introducirá como propuesta
esencial, años después, en la Encíclica Laborem exercens donde se afirma la
prioridad del trabajo sobre el capital, y la prioridad de la dimensión subjetiva
del trabajo sobre la objetiva. La fecundidad de la prioridad praxeológica de lo
humano al interior de la acción permitirá entender cómo la persona se
construye a sí misma (construye en cierto sentido parte de su objetividad) en el
momento de construir el mundo. Además ayudará a entender que la
subjetividad de la persona se participa al ser y hacer-junto-con-otros. Por lo que
será posible hablar propiamente de que la sociedad posee “subjetividad” será
una de las claves para comprender la propuesta de las Encíclicas Solicitudo rei
socialis y Centesimus annus. El Estado, la democracia y el mercado sólo pueden
constituirse a la altura de la dignidad humana cuando se diseñan y operan a
favor de la subjetividad personal y social.

La norma personalista de la acción


Karol Wotjila en su obra Amor y responsabilidad realiza una amplia relectura de
la segunda modalidad del imperativo categórico kantiano. Para nuestro autor
es imposible explicar la autoteleología de la persona si ésta no es propiamente
un fin. Justamente su condición de fin es la que permite entender que la persona
es “digna”, es decir, posee un valor absoluto incuestionable. Este valor es el
fundamento y origen de la norma más importante y primaria de todas: Persona
est affirmanda propter seipsam! ¡Hay que afirmar a la persona por sí misma y
nunca usarla como medio! Karol Wojtyla denomina a este imperativo moral:
norma personalista de la acción. Es curioso que justamente una de las Encíclicas
de Juan Pablo II más fuertemente acusadas de ser – según algunos de sus
críticos – una regresión neo-tomista sea precisamente el documento en el que la
norma personalista de la acción campea en todo su planteamiento y en su
formulación explícita. Nos referimos a la Encíclica Veritatis Splendor. En ella el
fundamento de la moral no es un cierto código heterónomo, una exposición
teórica de “valores” o una suerte de ideal de decencia preconcebido. El
fundamento de la moral cristiana es el encuentro con una presencia.


Apertura a la modernidad


Al Papa no le incomoda referirse aún en documentos magisteriales a autores
tan variados cómo: Carl Gustav Jung, Rudolf Otto, Paul Ricoeur, C. S. Lewis o
Max Scheler. Todos ellos son mencionados en las catequesis sobre el amor
humano. Él mismo reconocerá con gran libertad en la Encíclica Fides et ratio la
aportación de Antonio Rosmini, John Henry Newman, Vladimir S. Soloviov,
Jacques Maritain y Edith Stein, entre otros. En Cruzando el umbral de la esperanza
el Papa mostrará su admiración hacia Martín Buber y Emmanuel Levinas.
También serán muy conocidas sus palabras al elogiar a figuras como Maurice
Blondel7 y al ya mencionado Paul Ricoeur8 por sus aportaciones al diálogo entre
la fe y la razón. En resumen, otra contribución filosófica de Juan Pablo II es
precisamente el tener una lectura analítica y diferenciada de la modernidad,
basada en un auténtico amor a la verdad.

No es menos cierto que la mirada de Fides et ratio es lúcida al hablar de la
posmodernidad. Con la fragmentación de la ciencia y el pluralismo, hemos
llegado a menudo a una duda escéptica que provoca silencio e infecundidad. El
Papa insiste en que hay lugar para el conocimiento verdadero y para la
metafísica del ser.

Al cumplirse veinticinco años del Pontificado de Juan Pablo II es preciso
reconocer que el Papa ha contribuido sin dudas a renovar el pensamiento
filosófico contemporáneo. “La perfección del hombre no está en la mera adquisición
del conocimiento abstracto de la verdad sino que consiste también en una relación viva
de entrega y fidelidad hacia el otro”.9

En efecto la persona se realiza principalmente en la entrega sincera a los demás. Tanto el evangelio como la razón natural nos muestran la verdad de esta afirmación. Toda la filosofía del Papa parece reconducirse al contenido de este texto sumamente sencillo y sumamente profundo. Toda su filosofía resulta ser una meditación de lo único necesario, un
auténtico retorno a lo esencial.


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