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Autor: | Editorial:



Gobierna tu cuerpo


La revelación que Dios ha dado a su Iglesia se centra principalmente en dos puntos: el significado y la razón del misterioso estado presente del hombre y el método para su restauración. Todo lo demás es subsidiario a lo siguiente: la caída y la restauración del hombre. La revelación es hecha al hombre para el hombre, y siempre para fines prácticos, no especulativos.
En cuanto a la cuestión del misterio del ser del hombre, las grandes mentes de la antigüedad nunca logran acercarse a la simplísima solución que da la revelación: el hombre fue creado a imagen de Dios y cayó. Al ser creado a imagen de Dios, siempre es perseguido por grandes ideales; siempre buscando a Dios e intentando ser como Dios. Es caído y el tirón de la caída ha dislocado todo su ser y le ha robado ese don sobrenatural que preservaba el orden y armonía de su naturaleza y mantenía al cuerpo bajo el control del espíritu.

(A lo largo de la historia el hombre ha vivido una lucha entre cuerpo y espíritu).

Las especulaciones con respecto a la causa de esta lucha han llegado casi siempre a la conclusión de que la materia es mala y el alma divina, y que éstas han de luchar hasta que el alma se emancipe y libere del contacto con la materia.

En el Evangelio encontramos dos clases de máximas con respecto al cuerpo: de alerta o en referencia a su himen y dignidad.

Hay momentos en los que puede parecernos que el origen de todo mal está en el cuerpo. Sentimos como el cuerpo corruptible arrastra al espíritu incorruptible: sentimos efectos de la marea de la pasión y el materialismo que sube en el cuerpo y cómo arrastra e inunda al espíritu, pareciendo entonces que la naturaleza animal es la vencedora.

Otras veces parecería que el cuerpo se eleva y participa de y contribuye a las alegrías del espíritu. Ola tras ola del gozo espiritual irrumpe a través de los canales abiertos de la carne y le llena de un nuevo e intoxicante gozo, ante el cual los placeres de la carne parecen pobres y enemigos. En estos momentos apreciamos sumamente la posibilidad de que el cuerpo sea levantado y espiritualizado y entre en una unión más íntima en la vida del alma.

El cuerpo no es malo, ni es la fuente de todo mal en nuestra vida.

[Los momentos de exaltación espiritual nos alertan que la lucha no ha terminado y que antes de lograr la unión de cuerpo y alma, necesitamos una vigilancia y autodisciplina renovadas.

¿Llegará este viejo conflicto entre cuerpo y alma a su fin?

Nadie recuerda cuando empezó esta lucha, pero de acuerdo a la experiencia, no acaba en esta tierra; no escapamos de ella capitulando a la carne o viviendo para el espíritu. Nadie ha llegado a la cumbre espiritual donde puede relajar la vigilancia y dejar de luchar.

El dualismo existe donde hay hombres. Sabemos bien que a pesar del gran enriquecimiento de la vida en lo material y de la gran extensión del conocimiento, aún no se ha tomado ni el más pequeño paso para lograr la unidad interna del hombre.

No podemos suponer que el Dios del orden y la unidad haya creado al hombre en este estado de desorden como excepción a toda su creación.

No trates de aplastar al alma o al cuerpo

Algunos han vivido como si pudiesen aplastar o conquistar el espíritu, hasta ahora su último aliento, mientras las pasiones desencadenadas de la carne irrumpen como aguas sin cauce y lo inundan. Hoy existen personas que parecen haber tenido éxito en haber sacado de sí, a golpes al hombre y haber introducido en sí, a golpes al animal. Pero no importa que tan bajo hayan caído, lo fuerte de la naturaleza animal y lo débil de los espiritual, el espíritu continúa viviendo aunque sea para reprobar y condenar. El hombre no puede destruirlo y vivir feliz como bestia. Cuando ha caído en lo más bajo, empieza a soñar con la Casa de su Padre y en posibilidad de levantarse de esta degradación. Ha tratado esforzadamente y por largo tiempo de destruir el dualismo que lo atormente asesinando su naturaleza espiritual, pero es imposible porque es su propio ser.

Otros han buscado acabar con esta lucha interna por la destrucción del cuerpo. Han visto al mismo como una trampa en la que el hombre, ser espiritual, se ha quedado atrapado. Si lo aplasta, detesta, mata de hambre e intenta vivir lo más posible como si no tuviese cuerpo, el alma se fortalecería y lo haría a un lado para siempre como un espíritu puro.

El cuerpo se rehúsa a ser sacrificado de tal manera sin dejar profundas huellas de esa protesta a través de las heridas morales que provoca al alma. Los efectos de un absentismo pagano sin una violación de la naturaleza. El alma no se levanta ni fortalece; se torna soñadora e irreal. Entre ésta práctica y la ascesis cristiana hay una diferencia tan grande como aquella que existe entre la vida y la muerte.

El cuerpo frecuentemente se revela a ser tratado con severidad poco razonable, más aún a cualquier esfuerzo por ignorarlo y asaltará al alma con las mismas tentaciones de las que ha buscado escapar.

Después de la caída la lucha se tornó más feroz; en ocasiones parecía que la carne vencía y destronaba al espíritu; los hombres se preguntaban unos a otros cuál será el fin. No hubo respuesta completa sino hasta la venida de Cristo.

Su respuesta fue que el dualismo que nos encadenan y tortura no es obra de Dios sino propia. Tuvo un principio y tendrá un fin. Es la pena por la desobediencia de Adán por la cual sacrificó la unión sobrenatural con Diosa que mantenía el cuerpo sujeto al alma. El alma sino ser auxiliada no es capaz de mantener a la naturaleza con un orden armónico.
La unión se perdió por el pecado. Sin embargo el cuerpo, por rebelde que sea. Es parte integral de la naturaleza humana. Ha de ser salvado en cuerpo y alma o no puede ser salvado en lo absoluto.

El cuerpo se levantará otra vez, y ese cuerpo resucitado y glorioso vivirá en perfecta unión con el alma

La respuesta de la revelación cristiana a la confusión del hombre se encuentra en revelan el pasado y el futuro, la caída y la resurrección.

Entre ambas se encuentra la dispensa de Cristo por la cual otorga al hombre el don sobrenatural de la gracia por la que se restaura la unidad con Dios. No es una unidad como la que tenía antes de la caída pero de al hombre un poder por el cual puede tener control sobre el cuerpo para disciplinarle y mostrarle su lugar como siervo y no señor del alma. Así se preparará para la resurrección donde una vez más, el cuerpo y el alma se encontrarán y vivirán en perfecta unión en la que no existe lucha o discordia. Esta unión se logra cuando acaba de pagarse el precio de la caída y el hombre es restaurado en su unidad.

En su vida terrena, nuestro señor se negó a tratar al hombre como un ser meramente espiritual. En todas sus acciones, en toda curación (cuál fue el instrumento que utilizó? Su cuerpo. El toque de sus manos resucitó a los muertos. La humedad de sus labios dio luz a los ojos carentes de vista. Sus dedos abrieron los oídos de los sordos a la escucha. Con tocar su vestido la hemorroisa fue curada. En su trato en el hombre lo trató como un ser compuesto y le enseñó a reverenciar el cuerpo.

La Iglesia enseña lo mismo. El ascetismo cristino prepara al cuerpo para el cielo. Sena los que sean los cambios que experimente el cuerpo por la resurrección, la vanidad orgánica entre el cuerpo resucitado y el mortal será preservada: “...y desde mi carne yo veré a Dios” (Job 19, 26).


Tu carácter afecta tu cuerpo

El carácter se imprime en la propia fisonomía; la manera en la cual camina o se sienta un hombre nos muestra algo de su carácter.

El rostro es el espejo en el que se refleja el alma, en el que quedan marcadas con arrugas cada vez más profundas sus pensamientos, pasiones y ambiciones.

El cuerpo nos habla de la historia moral de la vida del alma. Muchas características están tan claramente marcadas que es imposible no verlas.

El cuerpo es el testigo material del alma.

Tu dominio propio afectará tu cuerpo resucitado

El cuerpo ha de resucitar llevando impresos en él, para bien o para mal, los trazos de su vida terrena.

Si somos capaces de formarnos una idea sobre la condición del cuerpo resucitado, nos ayudará y guará en la práctica del dominio propio. El objetivo de toda disciplina es conquistar al cuerpo y llevarle a un estado de obediencia por el que se prepare para la vida resucitada.

[Será un cuerpo, nos dice San Pablo, incorrupto, gloriosos, poderoso y espiritual (I Cor 15, 4 2-44). No podemos experimentar esto en la tierra pero podemos esperar experimentar en nosotros aquello de lo que se derivan esos resultados: los movimientos espirituales del alma y la demás del cuerpo. Priva a tu cuerpo de cualquier cosa que debilite la unión tu alma con Dios.

El cuerpo terreno es sujeto de sufrimiento y corrupción y siempre encara a la muerte. En la resurrección. Todo dolor, sufrimiento y corrupción habrán pasado para siempre. Ya no existirán el duelo o el sufrimiento “... porque todo esto es ya pasado (ap. 21, 4).

Cuando al fin de la vida el cuerpo y el alma se encontraban juntos, la agonía de la mente los acechaba. [Una vez resucitado el hombre], se encuentran otra vez unidos, y por las venas fluyen los torrentes de la vida. El tiempo ya no significa nada y el trabajo no fatiga. Los siglos se suceden y el cuerpo, no tocado por el tiempo, es perennemente joven. La energía de la vida divina [es patente].

¿De dónde obtiene el cuerpo esta vitalidad maravillosa? El cuerpo no posee en sí mismo el don de la inmortalidad. Su fuente se encuentra en el alma; fluye al cuerpo desde el alma.

¿De dónde obtiene el alma su poder? Lo recibió aquí en la tierra. Sus primeros gérmenes le fueron dedos en la fuente bautismal.

Esta vida abundante recibida en el bautismo es nutrida por los sacramentos y desarrollada por la lucha con el pecado. Surge de la unión con El que es la fuente y el manantial de la vida eterna. Esa vida que fluye en la resurrección con tanta energía debió ser cultivada y desarrollada en medio de las dificultades terrenas. Cada lucha la fortaleció, cada sacramento aumentó su poder. Y ahora cuando su periodo de prueba ha concluido, toda dificultad ha sido vencida y su unión con Cristo se perfecciona, la vida que tiene el alma fluye al cuerpo, lo transforma y convierte en coheredero de sus alegrías.

Para obtener este glorioso don para el cuerpo, el alma, durante la vida terrena, tuvo que luchan constantemente con él para disciplinarlo, rehúsan sus demandas y corregir sus exageraciones. Frecuentemente tuvo que ser estricta con el cuerpo, haciéndole sufrir a veces para domarle. Todo para ganarle el regalo de bodas glorioso de la inmortalidad con el que habría de obsequiarle en la mañana de la resurrección.

Este debe ser entonces el primer principio de la practica del auto-dominio: negar al cuerpo aquello que pueda debilitar o posponer la unión del alma con nuestro Señor. Es bueno recordar que al negarle indulgencia, le estamos ganando la mejor indulgencia: la inmunidad del sufrimiento eterno.


Cultiva el fuego de la santidad en tu alma

Después de la muerte, cuando el cuerpo sea glorificado, brillará con una luz que lo transformará. “entonces los justos brillarán (...)” (mt 13,43). La palidez y el deshonor de la muerte han pasado como la noche pasa ante el nuevo día.

El cuerpo recibe ésta luz del alma.

¿y el alma? ¿cuándo fue encendida por esta luz divina que irradia y no le consume? La primera chispa de ese fuego fue encendida en la tierra y fue cuidada y guardada a lo largo de todas las tormentas y problemas terrenos. Es el don de la santidad, la presencia en el alma del espíritu que descendió sobre los apóstoles en Pentecostés en forma de lenguas de fuego (Hechos 2,3).

Ese fuego es encendido primero en el bautismo, y avivado por el trabajo de la vida hasta ser una flama cada vez más y más brillante. El fuego debe estar dentro, brillando hacia fuera.

Debemos tener el fuego de la santidad personal ardiendo en nosotros y brillando desde nosotros, por poco que sea, si después hemos de brillar como estrellas en los cielos. “ustedes”, dice el Señor, “son la luz del mundo (...)” (Mt 5,14); así ha de lucir su luz ante los hombres (...)”(Mt 5,16).

La obra de la vida es, pues, alimentar el fuego de la santidad que ha sido cuidado desde dentro de cualquier corriente que lo haga peligrar; y cada acción y pensamiento santos ayuda alimentar y proveer de oxígeno a la flama. En la proporción a la brillantez del fuego que arde en el alma cuando vaya al encuentro de su juez será la gloria con la que vista el cuerpo en la mañana de la resurrección.

Hay otro fuego que puede arder en nosotros, ante cuyas horribles flamas la luz divina palidece y disminuye hasta extinguirse: el fuego que al principio, como la más débil chispa, arde en la carne y crece con atemorizante rapidez, exigiendo más y más combustible, has que todo lo que es noble en el alma es sacrificado para atender estas llamas devoradoras, y el fuego divino se extingue exhausto y descuidado.

Por ello, constantemente tenemos que elegir. No podemos matan de inanición a uno para alimentar al otro. Al alimentar el fuego divino en el alma, el fuego de la carne muere por falta de alimento.

Existe un solo camino seguro y cierto. Utiliza todos tus esfuerzos para alimentar el fuego del alma; sacrifica todo aquello que pueda alimentar a la carne y ese fuego morirá. Quien pone todos sus pensamientos y esfuerzos al cuidado del fuego del cielo encontrará con el tiempo, que el fuego terreno se ha extinguido.

Ningún hombre ha tenido éxito en encadenar sus pasiones. El único remedio es volverse a Dios, vivir cada vez más cerca de El y negar al cuerpo dedicando todos nuestros intereses y energías al cultivo del espíritu. Al irse venciendo el desorden de la naturaleza, las pasiones purificadas y disciplinadas, encuentran su sitio propio.


Somete tu cuerpo a tu espíritu

[Justo después de la muerte, cuando el hilo de la vida se rompe, el alma avanza en soledad y el cuerpo está vencido].

Cuando resucita, el cuerpo es un gigante refrescado con renovado, revigorizado, pleno de energía, con un poder inagotable o interminable. Los movimientos del hombre completo [cuerpo y alma], están unidos perfectamente; la carne corruptible ya no detiene al espíritu incorruptible. Marchar a la vez con movimientos gloriosos.

Este don no es inherente al cuerpo; se imparte al mismo desde el alma. Se imparte al alma por su unión con nuestro Señor por el don de la divina gracia.

Fue el don al que el Señor se refería cuando dijo, “Porque me consume el celo de tu casa (...) (Sal 69,9). Fue de esto de los que su gran servidor habló cuando clamó “(...) dando al olvido a lo que ya queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, (...) hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús “(Fil 3,13-14).

Nada puede detener a ese espíritu que fue enardecido desde lo alto, y el pobre cuerpo exhausto debe obedecer y seguirle mientras lo arrastra con su tempestuosos celo de este a oeste, de un extremo de Europa u otro.

Cada uno en su grado y medida debe manifestar una chispa de ese fuego divino aquí en la tierra si ha de enriquecer su cuerpo con él después. Cada victoria del espíritu sobre la carne obtendrá un obsequio más rico para el cuerpo que somete. Cada hora de oración, cada noche de vigilia, cada día de ayuno, cada obra de caridad y cada acto de misericordia hecho por amor a Dios y calentado por el fuego del santo celo, a pesar de las protestas de la carne, fortalecerán en el espíritu esa divina energía que le permitirá revestir al cuerpo con su fuerza en la mañana de la resurrección.


Evita consentir a tu cuerpo

Por naturaleza el hombre está compuesto por alma y cuerpo.

Un cuerpo espiritual, como el que tendremos después de la resurrección, no ha dejado de ser cuerpo. Es uno que recibe algunos de los atributos del espíritu, vive a partir de entonces una vida de espíritu, se espiritualiza. Es uno transformado y glorificado pero sigue siendo cuerpo.

La intensidad de la vida del espíritu se irradia a través de cada nervio y tejido, quema todo lo burdo y terreno, y lo eleva a una sociedad perfecta con su vida gloriosa.

El poder que esto obra lo recibe el alma en la tierra y ha de desarrollarse en medio de las dificultades de la vida. El alma auxiliada por el poder de la divina gracia y alimentando el fuego del amor de Dios, debe esforzarse lo más que pueda para espiritualizar el cuerpo, refinándola y purificándole. Hay muchas cosas que no son pecado y que pueden ser o no consentidas. Mientras más fuerte sea el influjo de las cosas buenas de este mundo tengan sobre el cuerpo, más débil será el alma. Existe algo llamado la vida en los sentidos- el deleite de los sentidos a través de su propio goce- lo que san Pablo llama “in tras la carne”. No es lo que ordinariamente llamamos sensualidad serio que es simplemente el reverso de lo espiritual. Es la proporción en que vivimos esa vida, la vida espiritual se debilita la vida espiritual y las cosas de la fe pierden algo de su poder.

En la lucha del alma para vencer esta tendencia [a permitirse todo lo permitido que corre el riesgo de insubordinarse] el alma desarrolla un poder que, en la resurrección eleva al cuerpo a esa unión con ella por la que es un “cuerpo espiritual resucitado”.

Así, la resurrección se convierte en el pensamiento más práctico de la vida diaria del Católico. La visión por la que trabaja y el por qué ejercita su cuerpo para la santificación, cuando el dualismo terrenal habrá cesado, y, abrazada por los poderosos brazos del alma, entrará en su gozo y participará de su gloria.





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