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La autoridad de Santo Tomás cede el paso a San Juan de la Cruz
La autoridad teológica de Santo Tomás es excelsa. Podríamos citar un rimero apabullante de testimonios. Valgan entre todos, los del cardenal Sforza Pallavicini, que dice: Los más grandes elogios que se han tributado al Doctor Angélico, siempre son inferiores a sus méritos, como el sol es más grande en realidad, que lo que aparece en la tierra. Yo sigo su doctrina y la seguiría aunque me la prohibiesen. El padre Luis de La Puente dice: El Doctor Angélico vale por diez mil testigos. Pedro Labbé afirma que Cristo es el Verbo del Padre; Santo Tomás, el adverbio del Hijo. Quien conoce a Santo Tomás, conoce a todos los demás Padres y Doctores; pero conociendo a todos estos no llega a conocerle a él.

En donde el mismo San Agustín es oscuro, Santo Tomás es claro; donde los otros dudan, Tomás no vacila; donde acaban los demás comienza Santo Tomás. El Padre Gratry admira la densidad metálica de su estilo, cuyas fórmulas breves y enérgicas parecen inspiradas por Dios para fijar definitivamente la verdad. Santo Tomás es la más alta santidad unida al genio más elevado.

Valga este preámbulo para enmarcar la siguiente afirmación mía, previo el conocimiento de que San Juan de la Cruz conoce a Santo Tomás y es tomista. Pues bien, cuando San Juan escribe acerca del amor, a mi parecer, excede a Santo Tomás en el análisis, en la profundidad y en la claridad, probablemente por su seguimiento filosófico de Aristóteles, más que el teológico de San Agustín y, probablemente, místicamente no está en el cenit de la mística, pues escribe la I parte de la Suma en 1266 y vivirá otros seis años más. Por algo San Juan de la Cruz es designado como el Doctor del Amor. Escuchemos a Juan de la Cruz:

Dios así como no ama ninguna cosa fuera de sí, así no ama a ninguna cosa más bajamente que a sí porque todo lo ama por sí mismo. Amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, con el mismo amor con que Él se ama (CB 32,6).

Dios ama no porque sea buena la criatura, sino que la criatura es buena porque Dios la ama. En este sentido dice San Pablo: ¿Quién es el que a ti te hace superior? ¿Qué tienes que no hayas recibido? ¿Y si lo recibiste, a qué tanto orgullo como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,7). El pensamiento, según la filosofía aristotélica, recibe, y así ocurre que, cuando recibimos algún archivo que no cabe en nuestro buzón, se bloquea el correo y no es capaz de entrar en el Outlook. Por eso dirá San Juan de la Cruz: ¿Porqué como Dios es impensable, no cabe en la imaginación?. El amor en cambio, que no recibe sino da, como Dios es infinito es también infinita su capacidad de recibir nuestro amor. Por eso el mismo santo doctor enseña que es gran negocio para el alma ejercitar mucho el amor para que, consumándose en breve, no se detenga acá a allá sin ver a Dios (Ll 1,34).



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