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Dios demuestra su amor en la cruz
Dijo Juan Pablo II, citando el Evangelio de Juan:
Al hombre atormentado por la duda y el pecado la Cruz le revela qué tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). En una palabra, la Cruz es el símbolo supremo del amor.

En efecto, Cristo tiene que expiar el pecado, en su cuerpo y en su espíritu, o alma. Con la muerte sufre el castigo del cuerpo y el alma sufre la carencia de la visión beatífica que le correspondería como hombre inocente. Antes de morir ya ha sentido el abandono de Dios, que corresponde a la pena de daño. Al morir experimenta en su alma la privación de la visión beatífica, la ausencia de Dios, característica principal del infierno. Y su cuerpo es solidario con los muertos para experimentar el polvo eres y poder ser el primogénito de los muertos. Así es como expía el pecado, cuyo castigo es la muerte; y no sólo lo expía, sino que vence la muerte por haber pasado por ella.

El Dios del Antiguo Testamento es un Dios grande, poderoso, vencedor de sus enemigos. En una teofanía grandiosa, en el imponente macizo rocoso del Sinaí, precedido por la solemne manifestación cósmica del retumbar de los truenos, del fulgurar de los relámpagos y de la oscuridad de la nube espesa en el monte humeante, se manifestó Dios tres veces santo al pueblo aterrorizado en el campamento. Hoy se conocen las leyes físicas de estos fenómenos naturales causados por descargas eléctricas, pero en aquellos tiempos impresionaban a los pueblos extraordinariamente.

El Dios del Éxodo es el Dios que se manifiesta en la zarza ardiente y que hace vacilar los fundamentos de los montes, que tronó desde los cielos, que hizo sonar su voz, que lanzó sus saetas y los desbarató, fulminó sus rayos y los consternó. Es el Dios que arranca los cedros de raíz, que se sienta sobre el aguacero. El Dios de las plagas de Egipto, el que mata a los primogénitos del país, el Dios que separa las aguas del mar Rojo. El Dios que hace caer serpientes en el desierto, el Dios que hace brotar agua de la roca.


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