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Autor: | Editorial:



Desde el corazón de Cristo en la cruz
Los novillos de Basán se han desbocado,
los mastines en jauría me acorralan,
la soledad es total cruda y sarcástica,
cual la hiel, de tu Cruz, retama amarga.

¡Ay si me descubrieses un momento,
aunque fugaz, tu Rostro luminoso,
Jesús del terremoto, Jesús de mi agonía!
¡Si tus ojos deslumbrantes me miraran!

Pero no, es la hora inexorable
del misterioso poder de las tinieblas,
la de la angustia y dolor sin analgésico,
la del frenesí y de la locura sin fronteras.


Getsemaní y lluvia de sangre,
Señor Jesús, no es poesía.
Getsemaní es amar, morder el polvo,
Pleamar que se estrella en tus brazos.

Los pies y las manos taladrados en la Cruz,
me horrorizan y me aterran,
alrededor se oyen gritos de martillos,
martillos y puñales y lanzadas.

Y apalabras y palabras y palabras,
envenenadas con falaz caridad por vaselina,
pretextando y juzgando ley en mano,
porque no asimilaron tu Doctrina.

Como un árbol colmado de granadas
se levanta la Cruz majestuosa,
entre el escalofrío del silencio
de dolor, de rencor y de ignominia.

Tiritando de fiebre y sin su túnica,
sin honor, sin amor, hecho un leproso;
te me acercas y me eclipsan tus tinieblas,
y me quemas, y me incendias y te alejas.

Jesús Dios en el cepo y ultrajado.
¡No hay piedad para Ti, que la entregaste
a inagotables chorros a cualquiera!
¡Es blasfemo! te insultan, y te callas

Diriges tus ojos bellos hacia el Padre,
e imploras perdón para la algarabía.
Miras a Juan y nos das a tu Madre
traspasada, y al ladrón fiel le das la vida.

Tienes sed y la sufres, Tú, la fuente,
eres Pastor y te quedas sin ovejas,
toda la Iglesia está en María y Juan
y a Pedro que te negó, no lo desechas.

Le disculpas y rocías con tu sangre.
A tu Padre le dices que qué saben
Ese es el Amor, el de tu Reino,
que nos dejas como Ley, Valor Supremo.

Todo está ya cumplido, ¿qué más queda?
Que tu Cuerpo consumido dé cosecha,
de esmeraldas y perfumadas primaveras.
El Ungido está aquí, el Seducido espera.

¿Qué hay en tu corazón que, triturado,
sigue, mientras sangra y grita, perdonando?
Dime, ¿qué hay en tu corazón, Maestro,
que soy un aprendiz y no comprendo?

El Padre te abandona y Tú le gritas,
tu garganta reseca balbucea,
el clamor del populacho se desploma
sobre tu Cuerpo Santo y tu alma bella.

Los pies y las manos taladrados,
ya en la Cruz, me horrorizan y me aterran,
alrededor se oyen gritos y golpes de martillos.
Martillos y puñales y lanzadas.

¿Abres tus ojos bellos para mirar al Padre,
y pides perdón para los deicidas?
Otra vez los abres y nos das
a tu bella Madre traspasada,
y le prometes al ladrón la vida.

Tienes sed y la sufres, Tú, la fuente,
eres Pastor y te quedas sin ovejas,
y al morir, tu Iglesia es María y Juan y Magdalena.
Y aunque Pedro te negó, no lo desechas.

Y Tú en la Cruz sigues y sigues,
sin huir, ni maldecir, ni fulminar un rayo
¡Esa fuerza, Señor, no es la de un hombre!
¡Esa fuerza es la de un Dios Crucificado!



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