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Autor: | Editorial:



Las cavernas
San Juan compara nuestras facultades espirituales a cavernas iluminadas por los admirables resplandores de las lámparas de fuego, que son las propiedades divinas. Así expresa que, igual que las cavernas sólo tienen luz cuando son iluminadas y la luz que reciben la reverberan con el mismo resplandor, plenitud y calor, el alma recibe todo lo que tiene y lo devuelve a Dios. Hay aquí tres acciones: iluminar, ser iluminado y reverberar lo iluminado. Es decir, el alma recibe la vida divina de la mano blanda del Padre, de quien procede la vida. Cuando el alma la recibe brilla, transformada en Dios, con las propiedades divinas y reverbera en Dios esa vida totalmente divina.

Recibir la vida del Padre y comunicarla es propio del Hijo. Luego, el alma es otro hijo que bebe en la misma fuente, que es el Espíritu Santo. En Él conoce el alma esposa su identificación con el Hijo de Dios. En Él ama al Hijo y en Él hace donación del Hijo al Padre. De este modo el don que Dios hace al alma refluye de nuevo en Dios, su Hijo Unigénito que el Padre engendra en el alma por el Espíritu Santo, para que ella sea para Él otro hijo.

Esta relación del alma con el Hijo de Dios no significa que su relación con el Padre y el Espíritu Santo sea menos íntima y perfecta. Por la unidad de la divina esencia, y de la inseparable unidad de las tres divinas Personas que sólo se distinguen en la manera de poseer la una e indivisa vida divina, es imposible el matrimonio con el Hijo y su transformación en Él, sin matrimonio simultáneo con el Padre y el Espíritu Santo, que es la manera de introducir al alma como hijo en la vida trinitaria. Se puede decir que el alma entra en contacto con esa divina Persona, y que ese contacto la introduce cada vez más en el misterio de la Santa Trinidad.

Aunque el matrimonio espiritual como estado místico es tan sublime, comparado con la vida del cielo, es imperfecto, pues sólo es una imagen, una sombra de esa vida pero no la misma vida. El alma posee a Dios, pero no lo puede contemplar como en la otra vida por medio de la luz de gloria. Aun en ese estado perfecto terreno de la unión de amor, la pura fe no es el lumen gloriae, aunque la fe ilustradísima es perfectísima y encierra todo lo que Dios es y todo lo que puede dar sin la luz de gloria. Con San Juan no nos resulta difícil entender esto desde la pura fe, pues ya el alma iluminada deseaba y ha recibido una comunicación de Dios, sólo en pura fe, que ya en la Subida del Monte Carmelo considera misterio, solamente cognoscible en la contemplación.



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