Menu




Autor: | Editorial:



Vive cada día en plenitud. Se tú mismo. Hijo de Dios
VIVE CADA DIA EN PLENITUD

Hoy es el día más importante de tu vida. Por eso, aprovéchalo bien para hacer algo útil y hacer felices a los demás. Aléjate del síndrome de hacer sólo “lo estrictamente necesario”, es decir, lo mínimo indispensable. Eso es sólo para los flojos, pero tú eres un hijo de Dios y debes emplearte a fondo y esforzarte al máximo. No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. No vayas postergando las decisiones indefinidamente. Aprovecha bien el tiempo y no lo desperdicies, porque el tiempo es oro. Es más grave perder el tiempo que el dinero. El dinero lo puedes recuperar, pero el tiempo nunca volverá. Hoy es el primer día del resto de tu vida, vívelo con entusiasmo y escribe la mejor página del libro de tu vida.

Sonríe a la vida que te saluda con el aroma de una flor, con un lindo amanecer, con la inmensidad del mar, la puesta del sol o la sonrisa de un niño o de un amigo que te saluda al pasar. ¡Hay tantas cosas buenas y bellas, que Dios nos ha regalado para disfrutarlas y alegrarnos con ellas cada día!

No niegues a nadie tu saludo o tu perdón. No importa lo que hagan o digan de ti. Dios los juzgará, tú ámalos. Gánate amigos, hablando de lo que a ellos les gusta y elogiándolos sinceramente por las cosas buenas. Nunca acudas al insulto o al menosprecio para defenderte. No ridiculices a nadie por sus defectos. Sé grande para comprender y perdonar. Pero nunca acudas a la adulación falsa y barata, porque, como todo lo falso, es malo. Pero sé generoso en el elogio de las cualidades ajenas. Y no tengas envidia de los triunfos de los otros, alégrate con ellos. Y, si no eres capaz de ello, al menos, cállate y no hables mal de nadie. Como principio de tu vida, nunca mientas, sé transparente y limpio en tus obras y acciones. No acudas al engaño, no hagas de tu vida una mentira existencial.

Trata siempre de que el otro se sienta importante, habla de tus propios errores antes de criticar a los demás. Evita toda discusión, porque la única manera de ganarla es evitándola. Si estás equivocado, sé humilde para reconocerlo rápida y sinceramente. Y ten paciencia con quienes son orgullosos y nunca dan el brazo a torcer. Cuando tengas que mandar algo, no lo hagas directamente, a nadie le gusta recibir órdenes. Pídelo como un favor o hazlo por medio de una pregunta. Interésate sinceramente en los asuntos de los demás. Decía el poeta romano Publio Syro que “nos interesan los demás, cuando se interesan por nosotros”. Ciertamente que para tu vecino es más importante un dolor de cabeza que una epidemia en Afganistán. Para él es una desgracia mayor su dolor de muelas que un terremoto de millones de muertos en Africa. Piensa en esto, cuando hables con él, y preocúpate de sus problemas y ofrécele tu sincera colaboración.

No te enfades, simplemente, porque las cosas no te salen como lo habías previsto. Contrólate, no llenes del veneno de tus gritos y ofensas a todos los que te rodean y, si te excedes, reconócelo y pide disculpas inmediatamente. Decía Saint Exupery: “No tengo derecho a decir o hacer nada que disminuya a un hombre ante sí mismo. Lo que importa no es lo que yo pienso de él, sino lo que él piensa de sí mismo. Herir a un hermano en su dignidad es un crimen”.

Hay que amar siempre y a todos sin excepción para hacerlos felices. Jean Vernier, el fundador de las comunidades “El Arca”, donde recogen personas subnormales, nos habla de esta necesidad de amar a los demás para hacerlos felices. Afirma: “Por veinticinco años he tenido el privilegio de vivir con hombres y mujeres subnormales. He descubierto que, aunque tengan serios daños en su cerebro, ésa no es la fuente de su dolor más grande. Su mayor dolor viene del sentimiento de que nadie los quiere. El sentimiento de ser vistos como feos, sucios y sin valor... Ése es el dolor que he descubierto en los corazones de estas personas.

Mi experiencia me ha demostrado que, cuando descubren que son queridos y amados tal como son, ocurre una verdadera transformación, incluso, diría resurrección. Su cuerpo tenso, temeroso, deprimido, se convierte en un cuerpo relajado, pacífico y confiado. Esto se ve a través de la expresión de su rostro y a través de todo su porte exterior. Cuando descubren que se los ama y forman parte de una familia, entonces, comienza a surgir en ellos el deseo de vivir”.


Recuerdo el caso que me contó una religiosa, de un hombre minusválido que estaba solo en la vida y tenían que expulsarlo de todos los centros de acogida a donde iba. Era una persona llena de rencor y de violencia. No amaba, porque creía que nadie lo podía amar así como era. Su vida era muy triste. Un día llegó a una casa de caridad y pensaron también en expulsarlo. Pero ese mismo día proyectaron la película “La bella y la bestia”. Y, al hacer la evaluación entre todos, él dijo: “Cuando uno se siente amado, deja de ser una bestia”. Aquella película le había impactado positivamente y creyó que podía ser amado, como el hombre-bestia de la película. Empezó a creer en la sinceridad de las personas que lo rodeaban y todos empezaron también a demostrarle amor y comprensión. Poco a poco, empezó a cambiar su carácter y se hizo menos agresivo y más amable. Y se convenció de que él también, con todas sus limitaciones humanas, era un hijo de Dios y que Dios lo amaba de verdad. Murió al poco tiempo, pero su entierro atrajo a muchas personas, incluso el obispo auxiliar del Cardenal Leger de Quebec, estuvo presente. El amor había transformado su vida.

Por esto, ama a los demás sin esperar recompensa. Leo Buscaglia decía: “No te canses nunca de decir al otro que lo quieres, que significa mucho para ti, que esperas mucho de él. Sólo así superarás su inseguridad y tendrás un verdadero amigo. Él necesita oírlo mil veces, no te canses de repetírselo... y así tú mismo encontrarás tu propia felicidad. Valora y aprecia lo bueno que hay en los demás. Diles muchas veces con palabras o sin palabras que los quieres. Nunca creas que se lo has dicho bastante. El amor nunca se da por supuesto. Atrévete a amar a los otros una y otra vez sin cansarte jamás”. No escatimes los elogios sinceros. Los elogios son la luz del sol para el espíritu, no podemos vivir sin ellos. Y, sin embargo, qué fácilmente caemos en aplicar a los otros el viento frío de la crítica en lugar de la luz cálida del elogio.

Y ahora dite a ti mismo: “sólo por hoy trataré de ser feliz y hacer felices a los demás. Sólo por hoy sembraré de alegría y sonrisas las vidas de mis hermanos. Sólo por hoy”. Las metas a corto plazo se cumplen mejor. No tengas prisa en hacer cosas y más cosas. Disfruta con calma de las flores, de las montañas, de los ríos, de los pájaros. Observa el sol que desciende sobre la verde hierba, la puesta del sol sobre el mar, una noche estrellada y busca la paz junto al manantial o la inmensidad de la pradera. Dios te habla a través de la naturaleza y ¿con quién podrías estar mejor que con tu Padre Dios?

Disfruta de este día. Cada día es una nueva vida para el hombre sabio. Piensa que este día nunca más volverá a amanecer. Aprovéchalo y sigue avanzando por el camino de la vida. No te detengas, no te canses de hacer el bien ni de sonreír, incluso a tus enemigos. No te lamentes continuamente de lo que te falta. Tienes demasiadas cosas, eres demasiado rico.

Y, cuando cometas errores, perdónate a ti mismo, ríete de ti mismo, ten sentido del humor y no te hundas en tu propio pesimismo. Si los demás se ríen de ti, déjalos, Dios te felicita por haber hecho las cosas lo mejor que pudiste y con buena voluntad. Pero nunca te dejes arrastrar de lo que dicen y hacen los demás. Sé un hombre con ideas propias, con personalidad definida, con luz propia, que no se deja convencer fácilmente por la propaganda y sabe pensar por sí mismo. Lucha siempre por tu propia superación, nunca te quedes estancado, sigue adelante sin cesar.

Y, cuando haya cosas que no puedas cambiar, dile a tu Padre celestial: “Padre mío, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que puedo cambiar y sabiduría para discernir la diferencia”. Así dicen los alcohólicos anónimos. Y añaden: “Sólo por hoy me mantendré sobrio”. Sí, sólo por hoy, mañana no sé, pero que cada día sea un hoy vivido en plenitud. De esta manera, cuando tus fuerzas declinen y tus cabellos estén ya blancos como signo de madurez, podrás decir lleno de alegría: “No he vivido inútilmente”. Para que eso se haga realidad y Dios, tu Padre, esté contento de ti y cumplas bien tu misión en este mundo, comienza hoy mismo el largo camino que te queda por recorrer. Y di con Og Mandino: “Hoy comienzo una nueva vida. Hoy me levanto cantando, hoy es el mejor día de mi vida. Hoy saludo este día con amor en mi corazón. Y les diré a todos, aunque sea en silencio, que los amo. Gracias, Señor, por el regalo de este nuevo día”. Y tu Padre Dios podría decirte:

Hijo mío, todavía no he terminado contigo. Tienes mucho camino por delante. Todavía no eres todo lo que puedes llegar a ser. Por eso, no te contentes con ser primavera sin flores ni cielo sin estrellas. Sé luz, sé estrella, sé poeta de la vida, sé santo, hijo mío, y avanza un poco más cada día por el camino del amor.

- Sí, Padre mío, quiero ser un verdadero hijo tuyo y que te sientas orgulloso de mí, quiero ser un ángel en la tierra, un capullo que se abre a la vida sincera y al amor, quiero sembrar cada día de rosas y alegrías las vidas de mis hermanos. Amén.



SE TÚ MISMO

Hay muchos jóvenes que les gusta imitar en todo a sus ídolos favoritos. Visten como ellos, hablan como ellos, se peinan como ellos, etc., etc. Cuántas jovencitas, cuando asisten a espectáculos donde actúan sus ídolos, toman actitudes histéricas y son capaces de todo con tal de poder acercarse a ellos y abrazarlos. No se dan cuenta que son ídolos de barro que, cualquier día, se caen de su base ¿De qué les sirvió todas las imitaciones?

Eres un ser único y debes ser tú mismo. Dios quiere que seas lo que debes ser, de acuerdo a tu vocación y a tu misión en el mundo. No desperdicies tus energías en imitar a los demás. Sé sincero contigo mismo y con los demás y vive tu vida de verdad. No te desalientes, si no puedes llegar a ser un gran hombre, con fama internacional. Descubre tus cualidades y no te empeñes en ser lo que no puedes llegar a ser. Si eres cojo, no podrás ser un gran corredor; si eres enano, no podrás ser un buen basquetbolista; si eres corto de inteligencia, no podrás ser un gran intelectual, pero tienes otras cualidades que Dios te ha dado y con las cuales podrás realizarte como persona y ser feliz.

Mira, ha habido grandes hombres que han tenido que superar muchas limitaciones personales. Helmholz, el eximio físico, era hidrocefálico. Descartes, Kant y Milton eran de salud delicada y con un cuerpo nada hermoso. El gran orador griego Demóstenes, de niño, era un pobre huérfano tartamudo, pero con esfuerzo y ejercicio llegó a ser un famoso orador, cuyos discursos se leen todavía después de 2,300 años. Por eso, supérate, dale importancia a las cosas pequeñas, porque nada hay realmente pequeño, si el amor es grande. No seas ocioso, porque la ociosidad es la madre de todos los vicios. Ojalá tu divisa fuera la de Walter Scott: “No estar jamás ocioso”. Sé responsable para dar en cada momento lo mejor de ti mismo, no hagas las cosas a medias. Por muchas dificultades que te sucedan en la vida, siempre hay algo que puedes hacer para superarlas y piensa que tu Padre Dios te está mirando y alentando y quiere sentirse orgulloso de ti, su hijo.

Para realizarte, según el plan de tu Padre Dios, debes amar. Sin amor nunca serás feliz y tu vida estará vacía y sin sentido. Pero la felicidad no la encontrarás en los cines, en los bares, en los cabarets... ni en las cosas materiales y, mucho menos en la droga, el alcohol, o el sexo... La felicidad no se compra ni se vende. La llevas contigo, cuando Dios vive dentro de ti. Entonces, la alegría de Dios brillará en ti, porque “cuando hay amor en el corazón, brilla el rostro de felicidad” y tu sonrisa hermoseará tu rostro más que todos los cosméticos del mundo.

No te sientas esclavo del destino, tú haces tu destino. Dios te da la libertad para que guíes la barca de tu vida hacia el bien o hacia el mal. ¡Qué bello debió ser el hombre en el momento en que salió de las manos del Creador en aquel primer día de la humanidad! ¡Cuánta alegría irradiaría por su semejanza con Dios! Pero pronto se vio afeado y sucio por el pecado y Dios tuvo que perdonarlo y limpiarlo y prometerle un Salvador. Sí, nadie puede imaginar la belleza del alma en gracia de Dios. Porque, si es bello el sol, cuando brilla en todo su esplendor, mucho más brillante es la sonrisa de un ser humano. Si es hermosa el alba en primavera o una linda puesta de sol, mucho más hermosa es la mirada del hombre puro o la sonrisa de un niño. ¿Qué pasaría, si hoy tuvieras que morir? ¿Estarías suficientemente limpio y bello para presentarte a la presencia de Dios? ¿Qué harías, si sólo te quedaran veinticuatro horas de vida?

El tiempo vuela. ¡Cómo pasan los días, los meses, los años! Decía Herbel: “el que soy saluda tristemente a aquel que podría haber sido”. ¿Estás satisfecho de tu vida? Todos los niños llegan a envejecer, todas las flores se marchitan, todas las mañanas llegan a la noche, todas las primaveras se transforman en invierno, todos los hombres llegan a morir. Tú también morirás, piénsalo y vive para la eternidad. Que cada día, al anochecer, puedas decir: “Señor, hoy no solamente me he hecho más viejo y me he acercado un poco más a la muerte, sino que también me he aproximado más a Ti. Estoy un poco más maduro y soy un poco más puro y digno de Ti”.

Pero no todo termina con la muerte. Más allá de las estrellas y de la tumba, te espera tu Padre Dios con infinita bondad y vivirás feliz eternamente en la claridad de su luz divina para siempre. La muerte será para ti la puerta de entrada al paraíso. Sé tú mismo y trata de amar para encontrar así tu propia felicidad. Y ahora dile a tu Padre Dios:

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que Tú quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal de que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma, te la doy
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos, sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.


Charles de Foucauld


HIJO DE DIOS

Tú eres un hijo de Dios. El Creador del Universo es tu Padre y tú puedes decirle con plena confianza: “Abba, papᔠ(Rom 8,15). Todos los tesoros del Universo son tuyos, porque son de tu Padre. El Papá de Jesús es tu Papá. ¿Te parece poca tu dignidad? Eres príncipe del Reino celestial. ¿Por qué entonces te valoras tan poco y te crees una basura o como si fueras un número más entre los millones de hombres del mundo entero? Dios te conoce por tu nombre y apellidos y te ama personalmente, con amor infinito. ¿Cómo podría olvidarse de ti, si eres su hijo?

Él te dice: “Aunque una madre se olvide de su hijo, yo no me olvidaré de ti” (Is 49,15). “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). “Yo soy tu Dios... eres a mis ojos de gran precio, de gran estima y yo te amo mucho. No tengas miedo, porque yo estoy contigo” (Is 43,3-5). “Y te he amado desde toda la eternidad” (Jer 31,3).

Sí, “somos hijos de Dios y, si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8,17). Por eso, podemos pedirle con confianza todo lo que necesitamos. Nos dice Jesús: “Pedid y recibiréis, porque quien pide, recibe... Si vosotros siendo malos, dais cosas buenas a vuestros hijos ¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt 7,7-11). “No andéis angustiados, buscando qué comeréis o que beberéis, nuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas esas cosas. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”(Lc 12,29-31).

Ahora bien, si somos hijos del mismo Padre, también somos hermanos unos de otros. Por eso, debemos compartir nuestros bienes sin ser egoístas. “El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). “El que aborrece a su hermano está en tinieblas” (1 Jn 2,10). Nunca desprecies a nadie por ser más pobre o ignorante que tú. No lo hagas nunca, porque es tu hermano.

Vive de acuerdo a tu dignidad, superior a la de todos los reyes de la tierra. Ojalá que tu Padre Dios se sienta orgulloso de ti. Imagínate que tú tienes un hijo, a quien le das la mejor educación, la mejor atención personal, asistencia médica total, viajes, educación, facilidades para su realización personal... y a la edad de veinticinco años te das cuenta de que vive sin rumbo y sin ideales, que no quiere trabajar, que sólo piensa en fiestas y diversiones, que lleva una vida triste y vacía, sin pena ni gloria. ¿No te sentirías decepcionado de tu hijo? Pues piensa cómo se sentirá Dios de tantos hijos mediocres y desorientados que se arrastran por el mundo.

Tú debes ser hijo de Dios a tiempo completo y para siempre. Vivir en cada momento conforme a tu categoría “real”. Como aquel hombre que vino un día a visitarme y me enseñó su tarjeta de visita. Decía: “N.N.N. hijo de Dios”. En lugar de poner su título y su profesión, sólo decía “hijo de Dios”, porque es la mayor categoría que un hombre, por pobre que sea, puede poseer.

Sí, tú eres hijo de Dios y eres tan importante para Él que tiene todo su tiempo exclusivamente para ti. A cualquier hora del día o de la noche que lo llames está pendiente de ti y no necesitas hacer colas ni citas especiales ni pagar entrada. Él es tu Padre y te recibe sin hacerte esperar. Incluso, antes de que lo llames ya te está esperando, sobre todo, en la Eucaristía. Acude allí a visitarlo y a conversar con Él todos los días. Háblale conmigo en este momento y dile que te dé la paz que necesitas para aquietar tu espíritu, lleno de tantas preocupaciones de la vida diaria.

Padre mío, dame la calma interior. Dame paz. Quítame la tensión de mis nervios. Enséñame a tomarme vacaciones constantes de a minuto. Que cada minuto sepa levantar mi corazón a ti para decirte que te amo. Que sepa descansar, acordándome de ti en medio de la tensión y del trabajo agobiante en que me encuentre. Hazme comprender que Tú no quieres las prisas ni los nerviosismos ni las tensiones. Que tú eres un Dios de paz. Déjame levantar los ojos hacia los montes silenciosos, inmóviles, eternos... Hacia el cedro majestuoso que creció tanto, porque tuvo paciencia y supo esperar. Aquieta mi espíritu para que sepa apreciar los valores perdurables de la vida: el amor, la comprensión, la esperanza, la ternura, el cariño, que veo en los ojos de los niños y en las personas que me aman. Que sepa crecer hacia las estrellas y volar a las alturas para encontrar tu paz. Haz que sepa perdonar y amar siempre. Gracias, Papá.
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!