Autor: | Editorial:
Hombre honrado. Hombre Valiente. Hombre de oración.
HOMBRE HONRADO
La honradez no es una cualidad muy frecuente en nuestro mundo. Precisamente, por eso, tú debes ir siempre con la conciencia tranquila. Debes ser transparente en tus palabras y obras, ser sincero en todo y honrado hasta en las más mínimas cosas. Nunca engañes para conseguir algún beneficio económico. No olvides que el afán del dinero es la raíz de todos los males(1 Tim 6,10). No seas como el rico tonto del Evangelio que se decía a sí mismo. Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos años, descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dijo: tonto, esta misma noche te pedirán cuenta de tu alma y todo lo que has acumulado ¿para quién será? Así es el que atesora para sí mismo y no es rico ante Dios (Lc 12,19-21). De ahí que el que no es capaz de renunciar a todos sus bienes no puede ser mi discípulo (Lc 14,33).
No te olvides del joven rico, a quien Jesús miró con mucho cariño, poniendo muchas esperanzas en él. Quizás había pensado que fuera uno de sus más íntimos amigos. Y le dijo: Vete, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme. Pero ante estas palabras se anubló su semblante y se fue triste, porque tenía muchos bienes(Mc 10,21-22). En cambio, alaba a la viuda pobre que sólo tenía dos reales y los echa en la alcancía del templo. Porque los demás echaron lo que les sobraba, en cambio ella, en su indigencia, echó todo lo que tenía para vivir (Lc 21,4).
Nunca hagas del dinero el ideal de tu vida. Nunca robes ni siquiera pequeñas cosas, sé honrado hasta lo más mínimo. Nunca recibas sobornos por hacer servicios, trámites o fallos favorables. No abuses de la ignorancia o debilidad de los otros. Paga justamente a tus empleados, no cobres más de la cuenta por lo que haces. Una manera de robar es hacer los trabajos contratados mal hechos u omitirlos, no devolver lo que te han prestado o perder tiempo en tu trabajo y no rindiendo como debes. Nunca te aproveches de los bienes comunes, diciendo que te pagan poco o que son de todos. Paga tus impuestos con responsabilidad y evita el contrabando o ganar dinero con trabajos poco honrados. No te dediques a la venta de productos que hagan daño a los demás: cigarros, drogas, productos en mal estado.
Un caso especial es el de los traficantes de droga, cuya responsabilidad llega también a quienes la producen. Juan Pablo II los llama traficantes de la muerte. Ciertamente, el narcotráfico atenta contra la vida y está relacionado con otros desórdenes como el lavado de dinero, corrupción de autoridades, asesinatos, etc. Algunos de ellos, creen que con hacer obras de caridad lavan su conciencia, pero se les podría decir lo que dijo S. Pedro a Simón mago: Sea tu dinero tu perdición, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios (Hech 8,20). Pero mucho peor es, cuando las autoridades públicas fomentan el robo en connivencia con los malhechores o se aprovechan de los bienes comunes o aprovechan su puesto para sacar provecho propio y hacer favores remunerados.
Tu Padre Dios dice: El que robaba ya no robe, antes bien, trabaje honradamente con sus propias manos para que tenga algo que compartir con el necesitado(Ef 4,28). Que el pan que comes cada día tenga buen sabor para ti, porque te lo has ganado con tu esfuerzo y lo has compartido con lo más pobres. Nunca tires a la basura el pan o cosas útiles que pueden servir a los más necesitados. No comas más de la cuenta ni gastes en lujos y cosas inútiles. Decía S. Ambrosio que lo que das al pobre no es parte de tus bienes, lo que le das le pertenece, porque tú te lo apropias y la tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos. No olvides que los demás son hijos de tu mismo Padre y que son tus hermanos.
La M. Teresa de Calcuta cuenta que un día llevó ocho kilos de arroz a una familia pobre. La mamá le dijo: Espere un momento. Fue a dar cuatro kilos a la familia vecina y le dijo: Madre, ellos también tienen hambre. Eso se llama compartir desde nuestra pobreza. Porque nadie puede ser feliz él solo, cuando sabe que a su lado hay gente con hambre y con dolor.
En otra ocasión, recibió la visita de dos jóvenes esposos que le dieron mucho dinero. Y al preguntarles el porqué, le dijeron: Madre, nos amamos tanto que hemos querido compartir nuestro amor con aquellos más pobres a quienes Ud. ayuda. Habían renunciado a todos los gastos de su matrimonio, al viaje de bodas, a los gastos de la fiesta, etc., y le habían traído todo el dinero que habían ahorrado, que era bastante, por ser de familia rica. No les había importado el que diría la gente, para ellos fue más importante compartir su amor con los más pobres. Eso se llama caridad y solidaridad. Eso es amor al prójimo. Eso es ser verdaderos cristianos e hijos de Dios, que aman a Dios en sus hermanos. Por eso, tú nunca robes, sino comparte lo que tienes. Dios ama al que da con alegría (2 Co 9,7). Y, si alguna vez robas, devuélvelo de inmediato y sé sincero para reconocer tu error.
Gandhi cuenta que, cuando tenía doce años, le robó a su hermano un brazalete de oro. Pero no podía estar tranquilo. Un día decidió confesarle todo a su padre. Y escribió su confesión en un papel. Y dice: Yo sé que mi confesión sincera llenó a mi padre de un sentimiento tal de confianza para conmigo que su cariño hacía mí se acrecentó. La confesión y la promesa de no volver nunca más a cometer ese pecado fueron la forma más pura de arrepentimiento. Ser honrado es ser sincero consigo mismo y con los demás. Es amar a los demás y compartir con ellos los bienes que Dios nos ha regalado.
Sé agradecido a tu Padre Dios por todos los bienes que te ha concedido. Y pídele el don de la generosidad para poder compartirlo todo con los más pobres y necesitados. Dile: Gracias, Padre, por ser tu hijo. Gracias por todos tus regalos. Gracias por la comida de todos los días, por el trabajo y por la familia. Gracias por mis hermanos, que me dan la alegría de poder ayudarlos. Si no existieran pobres, tampoco tendría la alegría de compartir con ellos lo que tú me has dado. Gracias por mi fe católica. Gracias por todo.
A Ti Padre de la vida,
Principio sin principio,
Suma bondad y eterna luz,
con el Hijo y el Espíritu
honor y gloria, alabanza y gratitud
por los siglos de los siglos Amen.
HOMBRE VALIENTE
Ser valiente significa luchar contra los propios vicios y pecados. Es defender siempre la verdad y la justicia. Es tener la fuerza de voluntad necesaria para poder actuar en todo momento con sinceridad, honradez, decencia y responsabilidad. Tú, como hijo de Dios, debes ser valiente para cumplir siempre tus deberes y obligaciones. Porque amar y perdonar a los demás, no siempre resulta fácil. Y menos aún denunciar las injusticias ante los poderosos, que pueden tomar represalias.
Por eso, comienza por eliminar de ti el egoísmo para que tu vida sea un servicio de entrega y amor a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. Busca colaboradores, porque la unión hace la fuerza. Y no te contentes con bonitos pensamientos, debes actuar. Decídete a hacer algo ahora mismo. No esperes que los problemas se solucionen por sí mismos. No tomes una actitud pasiva y pesimista. Si te lanzas a la acción, verás cómo ceden muchas dificultades. Y, aun en los casos más difíciles, recuerda que es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.
Preocúpate de la felicidad de los demás, no te contentes con ser feliz tú solo. Lánzate audaz a la aventura de hacer algo por los demás. Sé valiente. Ciertamente, tendrás que soportar muchas incomprensiones, dificultades, problemas y, acaso la persecución, por defender la verdad y la justicia. Pero tú no cedas, mantente en tu puesto de combate y hazle frente al enemigo, sin acudir a la violencia. Cuentas con la ayuda de Dios, que nunca te abandonará. Quizás gustes los sinsabores de la cárcel o de las torturas, pero habrá valido la pena dar tu vida por Cristo.
Y ahora dile a Jesús con todo tu corazón:
Señor, Tú sabes que me gusta la comodidad, no sé privarme, frecuentemente, ni de los placeres permitidos que me ofrece la vida. En este mundo, en que todo es buscar el placer y la comodidad, a veces, me resultas incomprensible y exigente. Pero reconozco que he sido egoísta y solamente he vivido pensando en mí. Ayúdame a pensar en los que menos tienen y más sufren. Yo he sido uno de tantos culpables que no he querido ver su dolor y su miseria. Tú me recuerdas que este mundo material es pasajero y que tengo un alma, y viviré por toda la eternidad.
Ten compasión, Señor, de todos aquellos pobres que se sienten abandonados y su desesperación está en los límites de la rebeldía. Acuérdate de los que han tomado el camino de la violencia, de la delincuencia o del terrorismo.
No te olvides de esos obreros desorientados por el comunismo. Enséñales que Tú también trabajaste como ellos, para que sientan el orgullo de llamarse obreros y trabajadores. Dales a todos ellos la fortaleza, la paz y el amor que necesitan.
Te pido, Señor, fuerza para luchar y grandeza de alma para amar a todos sin excepción. Que sepa luchar para controlar mis instintos y adquirir así la madurez de la virilidad. Que comprenda la alegría de amar y respetar a los demás. Que me esfuerce por conseguir un cuerpo y un alma limpia de egoísmos y de vicios. Dame la sinceridad para no ser mentiroso, dignidad para vivir como verdadero hijo tuyo, constancia para perseverar en el bien, espíritu de sacrificio para ser más fuerte.
Señor, dame hombría para ser puro, brío para defender a mis hermanos, valentía para dar testimonio de ti y amor para amarte con toda mi capacidad de amar, aunque me cueste y aunque me duela el privarme de mis gustos y caprichos. Que la pureza, la sinceridad, la responsabilidad y la honradez sean la norma de mi vida y pueda, al morir, dejar huellas en mi camino para que otros puedan seguir mis pisadas. Me gustaría que mi epitafio fuera: Aquí yace un verdadero hijo de Dios. ¡Ah, y enséñame a orar y hablar contigo todos los días!
HOMBRE DE ORACIÓN
La oración, decía S. Agustín, es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios, ya que nuestro Padre Dios no puede negar nada, que sea bueno, a quien se lo pide con humildad. Por eso, Jesús nos dice: Pedid y recibiréis (Mt 7,7). Todo cuanto pidiereis con fe en la oración lo recibiréis (Mt 21,22). De ahí que todos los días debemos hablar con nuestro Padre Dios para exponerle nuestras necesidades y problemas. ¡Hay tanto que pedir y tanto que agradecer! Decía S. Agustín: La gran sabiduría del hombre y toda su ciencia es ésta: saber que por sí mismo nada es y que, si algo es, lo es ciertamente por Dios (En in ps 70; Sermo 1,1).
La oración es el alimento del alma, la energía del espíritu, ya que sin la oración nos faltará la fuerza de Dios para superar los problemas y tentaciones de cada día. Decía el premio Nóbel de Medicina Alexis Carrel, después de convertirse: La oración es una poderosa energía del espíritu y su influencia sobre el espíritu y el cuerpo humano es tan demostrable como la secreción de las glándulas. La oración es una fuerza tan verdadera y real como la gravitación del Universo. Rezar es un acto de madurez, indispensable para el desarrollo de la personalidad. Sólo rezando se puede llegar a esa completa y armoniosa unión del cuerpo, de la inteligencia y del alma que da fuerza al frágil ser humano. La vida entera debe ser una plegaria, porque se vive como se reza.
Ahora bien, ¿qué es orar? Orar es hablar con confianza con nuestro Padre Dios, como un hijo habla con su padre. Orar es una comunicación personal y amorosa con Él. Puede ser con palabras o sin palabras, lo importante es el amor. Puede ser un amor silencioso o un silencio amoroso. Decía Sta. Teresa que lo importante no es pensar mucho, sino amar mucho. Y decía: Orar es un tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama (Vida 8,5). Sin embargo, es triste pensar que muchos ven la oración como si fuera una obligación y sienten disgusto y fastidio de orar.
¿Qué amor podría haber, si les resulta pesado hablar con su Padre Dios? Muchas veces, en mi vida religiosa he acudido a la oración sin saber qué hacer o decir. Simplemente leía o escuchaba los puntos de meditación. Pero pensar no es orar, porque falta amor. Otras veces, el cansancio me dominaba y me dormía. ¿Por qué? Probablemente, porque no tenía mucha voluntad de orar. Y para orar y amar hay que querer. El primer requisito indispensable para orar bien, es querer orar. Lo cual significa, muchas veces, tener que vencer el cansancio o el sueño o la pereza.
Es preciso hacer algo para decir y manifestar el amor a Dios. Se puede, simplemente y con sencillez, repetir sin cesar: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti. Y repetirlo miles de veces con amor o, al menos, con buena voluntad, aunque no se sienta nada. El Padre Dios se sentirá feliz y, el día y la hora que menos pensemos, nos hará sentir su paz y su amor. Lo importante es querer orar, estar con Él, lo cual es ya una buena oración. He aprendido por experiencia que hay que dedicar tiempo a la oración. Si se quiere progresar en el amor, hay que buscar tiempo para estar a solas con Él.
Recuerdo que, después de un retiro espiritual, tomé la decisión de retirarme todas las mañanas una hora a orar yo solo. Para ello tuve que renunciar a muchos compromisos y a emplear mi tiempo en otras cosas útiles. Creo que fue una de las decisiones más importantes de mi vida. Observé que podía hacer más cosas de las que hubiera hecho sin oración. El tiempo de oración no era tiempo perdido para el apostolado, pues lo importante no es tanto la cantidad de tiempo empleado, sino la calidad de tiempo. Y podía dar más amor, porque hacía más oración.
Algunos parece que le miden el tiempo a Dios. Incluso, hay quienes dicen que están todo el día en oración, porque todo el día están haciendo cosas para Él. Pero eso no basta, si falta amor. Orar es hacerle compañía para consolarlo. Como aquel campesino que decía: Yo lo miro y Él me mira. Y, sin palabras, se decían que se amaban. Orar es conversar con el amigo que nos comprende, con el Padre que nos escucha para darnos lo que necesitamos.
Orar es demostrarle nuestro amor. Como aquel volatinero que daba saltos y saltos por los pueblos para alegrar a la gente. Un día, cansado de esa vida, quiso entrar en un convento y fue aceptado por su buen corazón. Pero, cuando los monjes iban a la Iglesia a rezar en sus grandes libros, él estaba triste, porque no sabía leer y debía estar callado sin cantar las alabanzas a Dios. Un día, cuando todos estaban dormidos, fue a la capilla y le dijo: Señor, tu sabes que yo no sé leer, pero te amo y te lo quiero demostrar con mis saltos y piruetas, como cuando hacía reír a la gente. Quiero alegrarte, Jesús, y voy a hacer un programa para ti solo. Y así empezó su sesión de saltos y más saltos para alegrarlo. Pero el Superior escuchó ruidos y fue a la capilla. Y, cuando le iba a llamar la atención, vio que Jesús se sonreía desde su imagen y entendió que estaba contento de aquella sencilla manera de orar y demostrarle su amor.
Orar no es decir palabras bonitas, sino manifestar humildemente nuestro amor. Como aquel campesino que todos los días llevaba su librito al campo para orar en los momentos de descanso. Pero, un día, se olvidó y se sintió triste, porque ese día creía que no podría orar, porque era muy ignorante y no tenía palabras bonitas para decirle a su Dios. Pero con humildad le dijo: Señor, tú conoces las oraciones, yo te voy a recitar las letras del alfabeto y tú juntas las letras y compones las oraciones bellas que yo quisiera decirte. Y empezó simplemente a recitar varias veces el alfabeto: A, B, C, D, E, F, G, H, I, J... Y Dios se sintió muy contento de su oración, pues la hacía con mucho amor y Dios no mira tanto lo que decimos, sino el amor con que lo decimos.
Ahora bien, la mejor oración es la santa misa. Ojalá que todos los católicos fueran conscientes de su importancia para asistir todos los días y así poder recibir tantas bendiciones que Dios les tiene preparadas. Pero, al menos, hay obligación grave de ir a misa los domingos. Sin embargo, hay quienes van a misa y no comulgan, como si fueran a un banquete y no comieran. A este respecto, la Iglesia insiste, aunque no obliga, en la comunión con ocasión de la misa dominical. Y recomienda encarecidamente la comunión, siempre que se asista a la misa por cualquier motivo.
Los que no puedan asistir a la Iglesia por motivos de enfermedad, incapacidad o cualquier causa grave, pueden oírla por radio o televisión. Para ellos, esto sería de una preciosa ayuda, sobre todo, si se completa con el generoso servicio de ministros extraordinarios, que lleven la comunión a los enfermos, transmitiéndoles el saludo y la solidaridad de toda la Comunidad (DD 54). Pero qué fácilmente muchos católicos se excusan de no tener tiempo, porque están muy ocupados o por otros fútiles motivos para no ir a misa ni siquiera los domingos. ¡Cuántas bendiciones se pierden! Estoy seguro de que, si repartieron cien dólares por cada misa, irían todos los días sin faltar. Pues bien, Dios nos da muchísimo más, pero no creemos en sus gracias y preferimos nuestra comodidad o nuestras fiestas y paseos a cumplir con esta obligación de amor con nuestro Padre Dios.
Por esto, ya en la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas ¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la Palabra de vida y nutrirse con el alimento divino, que es eterno?. Decía el Papa Juan Pablo II: En la Eucaristía recibís el alimento que os sustenta para los retos espirituales de cada día. Vuestra pertenencia a la Iglesia no puede encontrar mayor expresión o apoyo que el compartir la Eucaristía cada domingo. Haced de la celebración dominical en vuestras parroquias un encuentro real con Jesús (Saint Louis, USA, 26-1-99).
Jesús te espera y te invita a su cena. No faltes y vete a visitarlo cada día en la Eucaristía.
Déjame entrar, Señor, y estar contigo.
Déjame gozar del remanso de paz de tu sagrario.
Déjame pensar un poco y dialogar contigo.
Soy el mismo de ayer, tu viejo amigo.
Déjame entrar, Señor, que tengo prisa
y déjame decirte que te quiero.
Te quiero, Jesús, y para siempre.
Te quiero con tu Corazón y con María.
Y unidos al Espíritu divino
digamos todos juntos:
TE QUIERO, PADRE SANTO, SOY TU HIJO.
La honradez no es una cualidad muy frecuente en nuestro mundo. Precisamente, por eso, tú debes ir siempre con la conciencia tranquila. Debes ser transparente en tus palabras y obras, ser sincero en todo y honrado hasta en las más mínimas cosas. Nunca engañes para conseguir algún beneficio económico. No olvides que el afán del dinero es la raíz de todos los males(1 Tim 6,10). No seas como el rico tonto del Evangelio que se decía a sí mismo. Alma mía, tienes muchos bienes almacenados para muchos años, descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dijo: tonto, esta misma noche te pedirán cuenta de tu alma y todo lo que has acumulado ¿para quién será? Así es el que atesora para sí mismo y no es rico ante Dios (Lc 12,19-21). De ahí que el que no es capaz de renunciar a todos sus bienes no puede ser mi discípulo (Lc 14,33).
No te olvides del joven rico, a quien Jesús miró con mucho cariño, poniendo muchas esperanzas en él. Quizás había pensado que fuera uno de sus más íntimos amigos. Y le dijo: Vete, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme. Pero ante estas palabras se anubló su semblante y se fue triste, porque tenía muchos bienes(Mc 10,21-22). En cambio, alaba a la viuda pobre que sólo tenía dos reales y los echa en la alcancía del templo. Porque los demás echaron lo que les sobraba, en cambio ella, en su indigencia, echó todo lo que tenía para vivir (Lc 21,4).
Nunca hagas del dinero el ideal de tu vida. Nunca robes ni siquiera pequeñas cosas, sé honrado hasta lo más mínimo. Nunca recibas sobornos por hacer servicios, trámites o fallos favorables. No abuses de la ignorancia o debilidad de los otros. Paga justamente a tus empleados, no cobres más de la cuenta por lo que haces. Una manera de robar es hacer los trabajos contratados mal hechos u omitirlos, no devolver lo que te han prestado o perder tiempo en tu trabajo y no rindiendo como debes. Nunca te aproveches de los bienes comunes, diciendo que te pagan poco o que son de todos. Paga tus impuestos con responsabilidad y evita el contrabando o ganar dinero con trabajos poco honrados. No te dediques a la venta de productos que hagan daño a los demás: cigarros, drogas, productos en mal estado.
Un caso especial es el de los traficantes de droga, cuya responsabilidad llega también a quienes la producen. Juan Pablo II los llama traficantes de la muerte. Ciertamente, el narcotráfico atenta contra la vida y está relacionado con otros desórdenes como el lavado de dinero, corrupción de autoridades, asesinatos, etc. Algunos de ellos, creen que con hacer obras de caridad lavan su conciencia, pero se les podría decir lo que dijo S. Pedro a Simón mago: Sea tu dinero tu perdición, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios (Hech 8,20). Pero mucho peor es, cuando las autoridades públicas fomentan el robo en connivencia con los malhechores o se aprovechan de los bienes comunes o aprovechan su puesto para sacar provecho propio y hacer favores remunerados.
Tu Padre Dios dice: El que robaba ya no robe, antes bien, trabaje honradamente con sus propias manos para que tenga algo que compartir con el necesitado(Ef 4,28). Que el pan que comes cada día tenga buen sabor para ti, porque te lo has ganado con tu esfuerzo y lo has compartido con lo más pobres. Nunca tires a la basura el pan o cosas útiles que pueden servir a los más necesitados. No comas más de la cuenta ni gastes en lujos y cosas inútiles. Decía S. Ambrosio que lo que das al pobre no es parte de tus bienes, lo que le das le pertenece, porque tú te lo apropias y la tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos. No olvides que los demás son hijos de tu mismo Padre y que son tus hermanos.
La M. Teresa de Calcuta cuenta que un día llevó ocho kilos de arroz a una familia pobre. La mamá le dijo: Espere un momento. Fue a dar cuatro kilos a la familia vecina y le dijo: Madre, ellos también tienen hambre. Eso se llama compartir desde nuestra pobreza. Porque nadie puede ser feliz él solo, cuando sabe que a su lado hay gente con hambre y con dolor.
En otra ocasión, recibió la visita de dos jóvenes esposos que le dieron mucho dinero. Y al preguntarles el porqué, le dijeron: Madre, nos amamos tanto que hemos querido compartir nuestro amor con aquellos más pobres a quienes Ud. ayuda. Habían renunciado a todos los gastos de su matrimonio, al viaje de bodas, a los gastos de la fiesta, etc., y le habían traído todo el dinero que habían ahorrado, que era bastante, por ser de familia rica. No les había importado el que diría la gente, para ellos fue más importante compartir su amor con los más pobres. Eso se llama caridad y solidaridad. Eso es amor al prójimo. Eso es ser verdaderos cristianos e hijos de Dios, que aman a Dios en sus hermanos. Por eso, tú nunca robes, sino comparte lo que tienes. Dios ama al que da con alegría (2 Co 9,7). Y, si alguna vez robas, devuélvelo de inmediato y sé sincero para reconocer tu error.
Gandhi cuenta que, cuando tenía doce años, le robó a su hermano un brazalete de oro. Pero no podía estar tranquilo. Un día decidió confesarle todo a su padre. Y escribió su confesión en un papel. Y dice: Yo sé que mi confesión sincera llenó a mi padre de un sentimiento tal de confianza para conmigo que su cariño hacía mí se acrecentó. La confesión y la promesa de no volver nunca más a cometer ese pecado fueron la forma más pura de arrepentimiento. Ser honrado es ser sincero consigo mismo y con los demás. Es amar a los demás y compartir con ellos los bienes que Dios nos ha regalado.
Sé agradecido a tu Padre Dios por todos los bienes que te ha concedido. Y pídele el don de la generosidad para poder compartirlo todo con los más pobres y necesitados. Dile: Gracias, Padre, por ser tu hijo. Gracias por todos tus regalos. Gracias por la comida de todos los días, por el trabajo y por la familia. Gracias por mis hermanos, que me dan la alegría de poder ayudarlos. Si no existieran pobres, tampoco tendría la alegría de compartir con ellos lo que tú me has dado. Gracias por mi fe católica. Gracias por todo.
A Ti Padre de la vida,
Principio sin principio,
Suma bondad y eterna luz,
con el Hijo y el Espíritu
honor y gloria, alabanza y gratitud
por los siglos de los siglos Amen.
HOMBRE VALIENTE
Ser valiente significa luchar contra los propios vicios y pecados. Es defender siempre la verdad y la justicia. Es tener la fuerza de voluntad necesaria para poder actuar en todo momento con sinceridad, honradez, decencia y responsabilidad. Tú, como hijo de Dios, debes ser valiente para cumplir siempre tus deberes y obligaciones. Porque amar y perdonar a los demás, no siempre resulta fácil. Y menos aún denunciar las injusticias ante los poderosos, que pueden tomar represalias.
Por eso, comienza por eliminar de ti el egoísmo para que tu vida sea un servicio de entrega y amor a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. Busca colaboradores, porque la unión hace la fuerza. Y no te contentes con bonitos pensamientos, debes actuar. Decídete a hacer algo ahora mismo. No esperes que los problemas se solucionen por sí mismos. No tomes una actitud pasiva y pesimista. Si te lanzas a la acción, verás cómo ceden muchas dificultades. Y, aun en los casos más difíciles, recuerda que es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.
Preocúpate de la felicidad de los demás, no te contentes con ser feliz tú solo. Lánzate audaz a la aventura de hacer algo por los demás. Sé valiente. Ciertamente, tendrás que soportar muchas incomprensiones, dificultades, problemas y, acaso la persecución, por defender la verdad y la justicia. Pero tú no cedas, mantente en tu puesto de combate y hazle frente al enemigo, sin acudir a la violencia. Cuentas con la ayuda de Dios, que nunca te abandonará. Quizás gustes los sinsabores de la cárcel o de las torturas, pero habrá valido la pena dar tu vida por Cristo.
Y ahora dile a Jesús con todo tu corazón:
Señor, Tú sabes que me gusta la comodidad, no sé privarme, frecuentemente, ni de los placeres permitidos que me ofrece la vida. En este mundo, en que todo es buscar el placer y la comodidad, a veces, me resultas incomprensible y exigente. Pero reconozco que he sido egoísta y solamente he vivido pensando en mí. Ayúdame a pensar en los que menos tienen y más sufren. Yo he sido uno de tantos culpables que no he querido ver su dolor y su miseria. Tú me recuerdas que este mundo material es pasajero y que tengo un alma, y viviré por toda la eternidad.
Ten compasión, Señor, de todos aquellos pobres que se sienten abandonados y su desesperación está en los límites de la rebeldía. Acuérdate de los que han tomado el camino de la violencia, de la delincuencia o del terrorismo.
No te olvides de esos obreros desorientados por el comunismo. Enséñales que Tú también trabajaste como ellos, para que sientan el orgullo de llamarse obreros y trabajadores. Dales a todos ellos la fortaleza, la paz y el amor que necesitan.
Te pido, Señor, fuerza para luchar y grandeza de alma para amar a todos sin excepción. Que sepa luchar para controlar mis instintos y adquirir así la madurez de la virilidad. Que comprenda la alegría de amar y respetar a los demás. Que me esfuerce por conseguir un cuerpo y un alma limpia de egoísmos y de vicios. Dame la sinceridad para no ser mentiroso, dignidad para vivir como verdadero hijo tuyo, constancia para perseverar en el bien, espíritu de sacrificio para ser más fuerte.
Señor, dame hombría para ser puro, brío para defender a mis hermanos, valentía para dar testimonio de ti y amor para amarte con toda mi capacidad de amar, aunque me cueste y aunque me duela el privarme de mis gustos y caprichos. Que la pureza, la sinceridad, la responsabilidad y la honradez sean la norma de mi vida y pueda, al morir, dejar huellas en mi camino para que otros puedan seguir mis pisadas. Me gustaría que mi epitafio fuera: Aquí yace un verdadero hijo de Dios. ¡Ah, y enséñame a orar y hablar contigo todos los días!
HOMBRE DE ORACIÓN
La oración, decía S. Agustín, es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios, ya que nuestro Padre Dios no puede negar nada, que sea bueno, a quien se lo pide con humildad. Por eso, Jesús nos dice: Pedid y recibiréis (Mt 7,7). Todo cuanto pidiereis con fe en la oración lo recibiréis (Mt 21,22). De ahí que todos los días debemos hablar con nuestro Padre Dios para exponerle nuestras necesidades y problemas. ¡Hay tanto que pedir y tanto que agradecer! Decía S. Agustín: La gran sabiduría del hombre y toda su ciencia es ésta: saber que por sí mismo nada es y que, si algo es, lo es ciertamente por Dios (En in ps 70; Sermo 1,1).
La oración es el alimento del alma, la energía del espíritu, ya que sin la oración nos faltará la fuerza de Dios para superar los problemas y tentaciones de cada día. Decía el premio Nóbel de Medicina Alexis Carrel, después de convertirse: La oración es una poderosa energía del espíritu y su influencia sobre el espíritu y el cuerpo humano es tan demostrable como la secreción de las glándulas. La oración es una fuerza tan verdadera y real como la gravitación del Universo. Rezar es un acto de madurez, indispensable para el desarrollo de la personalidad. Sólo rezando se puede llegar a esa completa y armoniosa unión del cuerpo, de la inteligencia y del alma que da fuerza al frágil ser humano. La vida entera debe ser una plegaria, porque se vive como se reza.
Ahora bien, ¿qué es orar? Orar es hablar con confianza con nuestro Padre Dios, como un hijo habla con su padre. Orar es una comunicación personal y amorosa con Él. Puede ser con palabras o sin palabras, lo importante es el amor. Puede ser un amor silencioso o un silencio amoroso. Decía Sta. Teresa que lo importante no es pensar mucho, sino amar mucho. Y decía: Orar es un tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama (Vida 8,5). Sin embargo, es triste pensar que muchos ven la oración como si fuera una obligación y sienten disgusto y fastidio de orar.
¿Qué amor podría haber, si les resulta pesado hablar con su Padre Dios? Muchas veces, en mi vida religiosa he acudido a la oración sin saber qué hacer o decir. Simplemente leía o escuchaba los puntos de meditación. Pero pensar no es orar, porque falta amor. Otras veces, el cansancio me dominaba y me dormía. ¿Por qué? Probablemente, porque no tenía mucha voluntad de orar. Y para orar y amar hay que querer. El primer requisito indispensable para orar bien, es querer orar. Lo cual significa, muchas veces, tener que vencer el cansancio o el sueño o la pereza.
Es preciso hacer algo para decir y manifestar el amor a Dios. Se puede, simplemente y con sencillez, repetir sin cesar: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti. Y repetirlo miles de veces con amor o, al menos, con buena voluntad, aunque no se sienta nada. El Padre Dios se sentirá feliz y, el día y la hora que menos pensemos, nos hará sentir su paz y su amor. Lo importante es querer orar, estar con Él, lo cual es ya una buena oración. He aprendido por experiencia que hay que dedicar tiempo a la oración. Si se quiere progresar en el amor, hay que buscar tiempo para estar a solas con Él.
Recuerdo que, después de un retiro espiritual, tomé la decisión de retirarme todas las mañanas una hora a orar yo solo. Para ello tuve que renunciar a muchos compromisos y a emplear mi tiempo en otras cosas útiles. Creo que fue una de las decisiones más importantes de mi vida. Observé que podía hacer más cosas de las que hubiera hecho sin oración. El tiempo de oración no era tiempo perdido para el apostolado, pues lo importante no es tanto la cantidad de tiempo empleado, sino la calidad de tiempo. Y podía dar más amor, porque hacía más oración.
Algunos parece que le miden el tiempo a Dios. Incluso, hay quienes dicen que están todo el día en oración, porque todo el día están haciendo cosas para Él. Pero eso no basta, si falta amor. Orar es hacerle compañía para consolarlo. Como aquel campesino que decía: Yo lo miro y Él me mira. Y, sin palabras, se decían que se amaban. Orar es conversar con el amigo que nos comprende, con el Padre que nos escucha para darnos lo que necesitamos.
Orar es demostrarle nuestro amor. Como aquel volatinero que daba saltos y saltos por los pueblos para alegrar a la gente. Un día, cansado de esa vida, quiso entrar en un convento y fue aceptado por su buen corazón. Pero, cuando los monjes iban a la Iglesia a rezar en sus grandes libros, él estaba triste, porque no sabía leer y debía estar callado sin cantar las alabanzas a Dios. Un día, cuando todos estaban dormidos, fue a la capilla y le dijo: Señor, tu sabes que yo no sé leer, pero te amo y te lo quiero demostrar con mis saltos y piruetas, como cuando hacía reír a la gente. Quiero alegrarte, Jesús, y voy a hacer un programa para ti solo. Y así empezó su sesión de saltos y más saltos para alegrarlo. Pero el Superior escuchó ruidos y fue a la capilla. Y, cuando le iba a llamar la atención, vio que Jesús se sonreía desde su imagen y entendió que estaba contento de aquella sencilla manera de orar y demostrarle su amor.
Orar no es decir palabras bonitas, sino manifestar humildemente nuestro amor. Como aquel campesino que todos los días llevaba su librito al campo para orar en los momentos de descanso. Pero, un día, se olvidó y se sintió triste, porque ese día creía que no podría orar, porque era muy ignorante y no tenía palabras bonitas para decirle a su Dios. Pero con humildad le dijo: Señor, tú conoces las oraciones, yo te voy a recitar las letras del alfabeto y tú juntas las letras y compones las oraciones bellas que yo quisiera decirte. Y empezó simplemente a recitar varias veces el alfabeto: A, B, C, D, E, F, G, H, I, J... Y Dios se sintió muy contento de su oración, pues la hacía con mucho amor y Dios no mira tanto lo que decimos, sino el amor con que lo decimos.
Ahora bien, la mejor oración es la santa misa. Ojalá que todos los católicos fueran conscientes de su importancia para asistir todos los días y así poder recibir tantas bendiciones que Dios les tiene preparadas. Pero, al menos, hay obligación grave de ir a misa los domingos. Sin embargo, hay quienes van a misa y no comulgan, como si fueran a un banquete y no comieran. A este respecto, la Iglesia insiste, aunque no obliga, en la comunión con ocasión de la misa dominical. Y recomienda encarecidamente la comunión, siempre que se asista a la misa por cualquier motivo.
Los que no puedan asistir a la Iglesia por motivos de enfermedad, incapacidad o cualquier causa grave, pueden oírla por radio o televisión. Para ellos, esto sería de una preciosa ayuda, sobre todo, si se completa con el generoso servicio de ministros extraordinarios, que lleven la comunión a los enfermos, transmitiéndoles el saludo y la solidaridad de toda la Comunidad (DD 54). Pero qué fácilmente muchos católicos se excusan de no tener tiempo, porque están muy ocupados o por otros fútiles motivos para no ir a misa ni siquiera los domingos. ¡Cuántas bendiciones se pierden! Estoy seguro de que, si repartieron cien dólares por cada misa, irían todos los días sin faltar. Pues bien, Dios nos da muchísimo más, pero no creemos en sus gracias y preferimos nuestra comodidad o nuestras fiestas y paseos a cumplir con esta obligación de amor con nuestro Padre Dios.
Por esto, ya en la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas ¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la Palabra de vida y nutrirse con el alimento divino, que es eterno?. Decía el Papa Juan Pablo II: En la Eucaristía recibís el alimento que os sustenta para los retos espirituales de cada día. Vuestra pertenencia a la Iglesia no puede encontrar mayor expresión o apoyo que el compartir la Eucaristía cada domingo. Haced de la celebración dominical en vuestras parroquias un encuentro real con Jesús (Saint Louis, USA, 26-1-99).
Jesús te espera y te invita a su cena. No faltes y vete a visitarlo cada día en la Eucaristía.
Déjame entrar, Señor, y estar contigo.
Déjame gozar del remanso de paz de tu sagrario.
Déjame pensar un poco y dialogar contigo.
Soy el mismo de ayer, tu viejo amigo.
Déjame entrar, Señor, que tengo prisa
y déjame decirte que te quiero.
Te quiero, Jesús, y para siempre.
Te quiero con tu Corazón y con María.
Y unidos al Espíritu divino
digamos todos juntos:
TE QUIERO, PADRE SANTO, SOY TU HIJO.


