Menu




Autor: | Editorial:



Encuentro con Dios. Vocación de amor. Ser santo.
ENCUENTROS CON DIOS

En el libro del Exodo se nos habla de la tienda de las citas divinas o tienda del Encuentro. “Todo el que tenía algo que consultar a Dios iba a la tienda del Encuentro, que estaba fuera del campamento... Dios hablaba allí con Moisés cara a cara como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,7-11). Por supuesto que Dios, trino y uno, vive en nuestro corazón y está en todas partes, y en todo lugar podemos hablar con Él, pero hay lugares especiales, donde su presencia se siente con más intensidad. Pueden ser los santuarios, que son centro de peregrinación, donde ha habido grandes milagros o apariciones; o pueden ser también las Iglesias.

A veces, Dios nos puede sorprender, saliendo a nuestro encuentro y haciéndonos sentir su presencia de las maneras más diversas. Puede ser en una confesión, donde sentimos su amor y su perdón y quedamos con una paz inmensa, después de haber sido perdonados de pecados graves. Otras veces, puede ser a través de la lectura de un buen libro. A este respecto podría contarles la historia de Eddie Doherty, un periodista norteamericano, que ganaba miles de dólares al mes. Era rico y no creía en Dios. Un día se puso a leer el libro “Historia de un alma” de Sta. Teresita del Niño Jesús, y nos dice: “Esa noche, acostado en cama, tomé el libro con la sola intención de echarle un vistazo. Pero, una vez que comencé a leer esas páginas tan encantadoras, no pude dejarlo. A las tres de la mañana lo terminé. Pero seguí apretándolo sobre mi pecho, pasando mis dedos bañados en lágrimas por su cubierta. Ningún libro me había impresionado tanto jamás”. Eddie se convirtió y se hizo sacerdote católico. Algo parecido podemos decir de Sta. Edith Stein, que se convirtió a la fe católica, leyendo el libro de la vida de Sta. Teresa de Jesús.

Otras veces, Dios nos espera para hablarnos en la soledad de la naturaleza. Sven Hedin, explorador de fama mundial, escribió que, al descubrir en la meseta del Tíbet un lago entre dos grandes peñascos, se emocionó y ante el augusto silencio de aquel lugar, que parecía guardar un silencio de siglos, sintió la presencia de Dios y se arrodilló para adorar a Dios Creador de aquellas maravillas.

Recuerdo que en una ocasión, en 1970, me encontraba en plena selva, en el Dpto. de Junín, en el Perú. Había ido con otro sacerdote para celebrar bautismos y matrimonios. Aquel día, al anochecer, fuimos a la orilla del río y al contemplar las estrellas, y ante la majestad de la selva y los misteriosos sonidos de la noche, sentí de modo extraordinario la presencia de Dios y me sentí feliz de ser sacerdote para siempre.

En cierta ocasión, un sacerdote me contaba su encuentro con Dios como una profunda experiencia de su amor y lo comparaba a una bomba atómica que hubiera explotado en su interior. Creía que iba a morir de tanto amor y de tanto gozo. La mística mexicana Concepción Cabrera de Armida nos habla de una experiencia suya y dice: “Después de comulgar, volví a sentir el impulso divino y me dejé llevar de la voluntad de Dios. Me vi sumergida en un abismo de luz, de claridad, de eso inexplicable que arrebata el sentido, quedando el alma suspensa y en un punto fija... ese punto era Dios, abismo de pureza y de infinitos resplandores. Y ese Dios en tres personas distintas, pero con un solo corazón, diré con una sola ternura, con un amor eterno, infinito, es el que está encerrado en el más pequeño punto de una hostia consagrada. Oh Dios mío, Trinidad beatísima, te amo tanto que, si me fuera dado aumentar en un átomo tu dicha, lo haría aun a costa de mi vida”.

Mi amigo Rafael Aita tuvo la gracia de encontrarse con Dios en una experiencia de muerte y sintió profundamente su amor la noche del 20 de Enero de 1996. A raíz de este hecho cambió radicalmente su vida. Él escribe:

Gracias, Señor, porque en tu infinita misericordia
te compadeciste de mí y me enseñaste que debía acudir a Ti
para encontrar fuerza y alimento para seguir adelante.
Mi tesoro es el recuerdo de tu infinita dulzura,
de tu maravillosa ternura, de tu grandiosa nobleza,
cuando me enseñaste sin palabras que yo era tu hijo.
Llevo en mi corazón tu amor que lo llena todo
y camino incomprendido y bombardeado por tanta mezquindad,
tanta ceguera y, a la vez, tanto sufrimiento,
por no querer entregarse a Ti y amarte de todo corazón.
Todo esto me causa un profundo dolor,
pero sé que al fin del desierto de este mundo
encontraré el Jordán y lo pasaré contigo de la mano.
Y cada día, cuando despierto,
pienso que es un día menos que me queda
para llegar a la tierra prometida
y todas mis esperanzas y mis ansias
están en volver a verte y sentir tu amor divino...
correr hacia Ti, correr a tus brazos,
gritando y llorando de alegría
y así poder decirte por toda la eternidad:
¡Padre, cuánto te amo!


Ojalá tú también puedas encontrarte con Él y decir como André Frossard: “Oh Señor, te amo tanto que ni toda la eternidad será suficiente para decirte cuánto te amo”.


VOCACION DE AMOR

El origen y el fin de nuestra existencia es el amor. Esto lo explica muy bien S. Agustín, cuando habla del primer instante de la creación de nuestra alma. Él dice que, en ese momento, en que nuestra alma salió de las manos creadoras de Dios, vimos la gloria y la luz de su divinidad, sentimos su infinito amor por nosotros y experimentamos una inmensa felicidad. Por eso, él nos habla de la “Memoria Dei”, de que en todo ser humano hay como un recuerdo de Dios, de su amor, de su luz y de esa inmensa felicidad que sentimos en aquel momento. Por eso, todos quieren ser felices, todos quieren volver a disfrutar aquella inmensa felicidad que un día sintieron. Es como si Dios hubiera dejado las huellas de su amor en nuestra alma, como si la luz de aquel resplandor de su divinidad nos siguiera iluminando, como si tuviéramos impresa la imagen de Dios en nosotros de manera imborrable.

Sí, hay en el hombre una atracción natural hacia el bien, hacia la luz, la verdad y el amor, que en definitiva es hacia Dios, aunque no lo sepa. Dios es un imán que lo atrae de modo natural. Alejarse de Dios y pecar es hacer algo antinatural y antihumano, que lo hará infeliz. Por eso, S. Agustín como tantos otros convertidos, cuando al fin encuentra la paz y la felicidad en Dios, afirma: “Oh Señor, ya no me interesa saber cómo eres, sólo sé que eras tú a quien estaba buscando desde siempre y yo no lo sabía”. “Cuán tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva, cuán tarde te conocí” (Conf X,27). “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti” (Conf 1,1).

Sí, Dios es nuestro amor y nuestra felicidad. Y, por eso, podemos gritar convencidos: “Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor” (1 Jn 4,16). Y, si Dios es Amor, eso quiere decir que la materia prima del universo y de nuestro ser humano es el amor, estamos hechos de amor. La esencia de nuestro ser más íntimo es el amor, somos una partícula viva de amor de Dios. Somos “amor” y para realizarnos como seres humanos necesitamos amar.

Vayamos, pues, al Amor, caminemos hacia Dios. Digamos como S. Juan de la Cruz: “ya sólo en amar es mi ejercicio”. O como la Bta Isabel de la S. Trinidad: “mi única ocupación es el amor”. O como Sta. Teresita del Niño Jesús: “Por fin, he hallado mi vocación. Mi vocación es el amor”. Es la vocación natural de todo ser humano, lo cual es como decir: Mi vocación es Dios, de él nací y a él regresaré. Dios es mi Padre, mi Dios y mi Todo. En Él encuentro la felicidad y el sentido de mi vida. Y quiero vivir sólo para Él.

Veamos ahora lo que me escribía una religiosa contemplativa: “Hay días en que estando en oración, me parece vivir en el centro mismo del Amor. Me veo como bañada en una luz profunda, muy suave y sencilla. Esto lo experimento en el centro mismo de mi alma, en su misma sustancia. Es un estado de paz profunda, en el que Dios me posee por completo y allá en lo íntimo de mi alma, oigo una voz muy dulce que me dice: “Dame tu amor”. Tengo una necesidad inmensa de amar, es algo que no puedo contener en mi pecho, mi pobre corazón se siente asfixiar, necesita más espacio, que sólo Él puede darme y que sólo Él puede saciar. Comprendo que esto será en la patria y que ya falta menos, pero a medida que me acerco más a este fin deseado, el deseo aumenta y el camino se me hace más largo. ¡Tengo tantas ganas de verlo, de amarlo, y de fundirme con Él para siempre!”.

Otra religiosa me decía: “Quisiera tener un corazón tan grande como el mundo, amar con el corazón de todos los hombres, amar con el mismo corazón de Dios y desaparecer en Él para siempre. ¡Es tan dulce el fuego de su amor! Hay momentos en que siento una gran necesidad de perderme en Él y me encuentro como dentro de un gran globo de luz, en el que puedo ver y comprender su obra salvadora en mí. Dentro de ese globo, que es Él, yo me pierdo y sólo puedo apreciar una motita que es luz en la Luz y por la Luz... A veces, al comulgar me dice: “Eres mía. Te amo. Toma el pan de vida. Pronto pasará el invierno y te desposaré conmigo para siempre”. Mi vivir ahora es una espera. ¿Cuándo llegará el dichoso momento de la muerte y de mi encuentro definitivo con El? Entonces, mi amor llegará a su plenitud, descansaré para siempre perdida en Él y en un beso eterno me desposaré con el que siempre ha sido mi amor en el destierro”.

Otra religiosa contemplativa me escribía, llena de emoción: “Hay días en que me abraso de amor. Mi corazón es demasiado pequeño para tanto amor. Un día, estando en oración, llegó un momento en que no sabía nada de nada y me pareció oír la frase de la Bta. Isabel: Inmensidad en que me pierdo. Me pareció ver un mar inmenso, de una serenidad total, con unas aguas transparentes, de modo que podías contemplar el fondo con toda facilidad... Era Él y mi pobre ser. Yo estaba totalmente sumergida en la INMENSIDAD del Amado”.

Dios es un abismo de luz, de amor y de alegría. Sólo Él te puede dar la auténtica felicidad. En la medida en que lo ames, serás más feliz y más sabio y santo. Porque “el corazón de la santidad es el amor” (EA 30).


SER SANTO

Ser santo es amar en plenitud, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todo nuestro ser. Ser santo es ser hombre en plenitud. Y Dios quiere que todos sean santos y den lo mejor de sí mismos. Dios no quiere hijos mediocres. Ahora bien, hay muchos hijos de Dios que ni siquiera se plantean la posibilidad de ser santos. Creen que los santos son seres inalcanzables, de otro mundo. Se imaginan a los santos con caras largas, los ojos siempre mirando al cielo, flacos de tantas penitencias, sin reírse jamás. En una palabra, personas raras, anormales, que están todo el día rezando, metidos en una Iglesia o haciendo penitencia. Nada más falso. Los santos son las personas más normales y felices del mundo. Ser santo es estar siempre alegre. Un santo triste será un triste santo. Ellos son los más plenamente hombres, los que más aman, los que más son capaces de sufrir por Dios y por los demás. Son los que tienen mayor fuerza de voluntad para luchar contra sí mismos: contra su egoísmo, soberbia, impureza o debilidades humanas.

Precisamente, la mayor alegría que podemos darle a nuestro Padre Dios es querer ser santos, dejarnos amar por Él hasta las últimas consecuencias, dejarnos llevar de acuerdo a sus planes sin rebelarnos contra Él, cumplir siempre su voluntad. Y para ello, el primer requisito es querer ser santos. Tener mucha fuerza de voluntad para seguir este camino sin volver atrás. Decía Sta. Teresa de Jesús que hace falta: “una determinada determinación”. Por otra parte, pensemos que ser santo no es un privilegio de unos pocos escogidos, sino un deber de todos. La santidad no es sólo para los religiosos y sacerdotes. La santidad es para ti también seas quien seas. No importa tu pasado. Ha habido grandes santos que fueron pecadores, como Sta. María Magdalena o S. Agustín. Y, además, Dios nos quiere santos: “La voluntad de Dios es nuestra santificación” (1 Tes 4,3). “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). “Sed santos en todo vuestro proceder” (1 Pe 1,15). “Desde toda la eternidad nos ha elegido para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor” (Ef 1,4). ¿Qué dices a esto? ¿Estás dispuesto a cumplir la voluntad de tu Padre Dios y darle esa gran alegría? Pero debes tener una voluntad de hierro, porque encontrarás muchas dificultades y tentaciones en la vida. Por eso, solamente los esforzados llegarán a la cumbre.

Conseguir la santidad es sólo de los valientes. En una ocasión, en 1914, el explorador del polo antártico Sir Ernest Shackleton puso este anuncio en lo periódicos: “Se necesitan hombres valientes para una expedición peligrosa al Polo Antártico. Se les ofrece salarios modestos y les espera un frío intensísimo y largos meses en completas tinieblas. No se les puede asegurar que volverán sanos y salvos”. Se anotaron cinco mil hombres, pero de ellos sólo fueron escogidos veintiocho valientes, quienes, después de dos años de indecibles penalidades, pudieron volver de la expedición triunfadora. ¿Estás dispuesto a emprender el camino?

Un general decía a sus soldados: “Ser soldado significa no comer, cuando se tiene hambre, no beber, cuando atormenta la sed, y cargar al hombro a los compañeros heridos, cuando ya no quedan fuerzas para dar un paso adelante”. ¿Estás dispuesto a ser soldado de Cristo hasta el final? ¿Estás dispuesto a ser un valiente en la vida espiritual? Los santos son los héroes de la vida moral, que tuvieron fuerza de voluntad para vencerse a sí mismos. Ser santo no consiste en no tener defectos, sino en superarlos. Ser santo no es hacer grandes cosas a los ojos del mundo, sino hacer lo que hacemos con mucho amor. Decía Sta. Teresita: “La santidad consiste en una disposición del corazón, que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre” (UC). “Jesús no tiene necesidad alguna de nuestras obras, sino solamente de nuestro amor” (MB1). Y le decía Jesús a Sor Consolata Betrone: “La santidad es amor; cuanto más me ames, más santa serás y más feliz serás”.

Si quieres ser santo, necesitas amar. Por eso, cada día vete al sagrario, visita a Jesús, háblale y pídele ayuda, cuéntale tus luchas y derrotas, confiésate con frecuencia, vete a misa cada día y recíbelo en la comunión y busca momentos para estar a solas con Él y háblale con confianza. No olvides que “el corazón de la santidad es el amor” (EA 30) y “Jesucristo es el único camino que conduce a la santidad” (EA 31), porque es el único camino que nos conduce al amor de Dios. Ahora bien, para encontrarnos con Cristo el mejor lugar es la Eucaristía. “La Eucaristía es el lugar privilegiado para nuestro encuentro con Cristo vivo” (EA 35). Por eso, alégrate de ser católico y tener la inmensa gracia de tener a Jesús muy cerca de ti en el sacramento eucarístico. Canta, canta siempre tu amor a Jesús. Canta por la alegría de tener a Jesús como un amigo cercano, junto a Ti, que siempre te espera en el sagrario de nuestras Iglesias. Y dile con toda la fuerza de tu alma:

Jesús, quiero ser santo, ayúdame a ser santo, aliméntame con tu pan de vida y con tu Palabra. Quiero ser tu amigo ahora y para siempre. Amén.
Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!