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Matrimonio espiritual. Por Cristo, con Él y en Él.
MATRIMONIO ESPIRITUAL

El matrimonio espiritual es el grado más alto de santidad a que se puede llegar en esta tierra. Es un estado en el que el alma y Dios se funden como en una sola esencia, como si fueran una misma cosa. Dice S. Juan de la Cruz que el matrimonio espiritual es “una transformación total en el Amado en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida... éste es el más alto grado a que en esta vida se puede llegar... consumado este matrimonio espiritual entre Dios y el alma, son dos naturalezas en un espíritu y amor” (C 22,3).

Algunos lo llaman unión transformante, porque es unión indisoluble, que transforma, en cierto modo, el alma en Dios. Es una especie de “deificación” del alma, una fusión espiritual, que eleva el alma hasta alturas jamás imaginadas. El alma se une a las divinas personas por medio de la humanidad de Jesús. Vive en el seno de la Trinidad, como si formara parte de ella. Vive su misma vida y recibe un torrente de luz divina que la inunda toda. Es un verdadero matrimonio del alma con Jesucristo, el hombre Dios, y por medio de Él con la Trinidad.

Frecuentemente, este matrimonio se realiza en un éxtasis de amor, en que se aparece la humanidad de Jesús y hay entrega de anillos, pero esto no siempre se da y no es necesario, ya que es un matrimonio con Cristo en los TRES o con los TRES por medio de Cristo. Es por esto que normalmente sucede después la comunión. Y, a partir de ese momento, la presencia de la humanidad de Jesús en el alma es permanente, no pasajera, como en la comunión; es como si el alma llevara siempre consigo a Jesús sacramentado. Entonces, el alma puede decir: “Yo y Él somos Una misma cosa” (Jn 10,10). S. Bernardo dice que “todos han sido llamados a estas bodas espirituales”. Y S. Juan de la Cruz afirma: “Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas ¿Qué hacéis? ¿En qué os entretenéis?” (C 39,7). Si llegas a ese estado, tu alma, toda llena de Dios, llena de amor, divinizada y cristificada, habrá llegado a la realización plena de todo su ser.

Una religiosa me escribía así: “Aquel día los TRES cayeron sobre mi alma y se me entregaron como en unión matrimonial en un inefable abrazo de amor. Una voz muy dulce me decía: Mis cosas son tuyas y tus cosas son mías. En el mismo centro de mi alma, las TRES personas divinas se me mostraron en una luz sobrenatural tan clara y distinta, en visión intelectual, que en lo sucesivo, no se ha apartado de mí esta vista amorosísima y suave de mis TRES. Con ellos vivo de continuo enamorada locamente, hasta en las ocupaciones que más atención requiere de mis hermanas. Lo que sentí fue algo sobrehumano, inefable. Es algo que no se puede describir ni valen comparaciones o explicaciones. Al entregárseme las divinas personas, sentí un algo en mi vida y en todo mi ser, como si grabasen en mí estas sublimes palabras: AMOR, SANTIDAD, DIVINIZACION”.

Vale la pena darlo todo por Dios y por su amor. Vale la pena aspirar a la santidad. Vale la pena amar a Dios con todo nuestro corazón y para siempre.


POR CRISTO, CON EL Y EN EL

Ya hemos dicho que para llegar a la plenitud del amor en el matrimonio espiritual es necesario llegar por Cristo. Y el medio mejor para hacerlo es ir creciendo cada día más en nuestra unión con Jesús a través de la comunión. Dice el Catecismo que “los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo” (Cat 1396). Como diría S. Agustín: “No solamente nos hacemos de Cristo, sino Cristo mismo” (In Io Ev tr 21,8). En el Congreso eucarístico de Bolonia (Italia) del 27 al 28 de Setiembre de 1997 se dice que “comulgar es formar una sola con Jesús. Por eso, no puede haber algo más bello, más sublime y más maravilloso sobre la tierra”.

S. Cirilo de Jerusalén decía que “cuando alguien recibe el cuerpo y la sangre del Señor, la unión es tal que Cristo pasa a él y él a Cristo, teniendo el mismo cuerpo y la misma sangre”. En ese momento, se establece una circulación de vida, una comunicación de bienes, una unidad total de amor, de modo que nuestra humanidad queda transfigurada por la humanidad de Jesucristo. Y así Cristo y el alma juntos, adoran, aman y dan gracias y lo hacen todo en común y se entregan unidos al Padre con la gracia del Espíritu divino que lo hace realidad.

La comunión lleva a la fusión de nuestro corazón en el Corazón de Jesús. Dice Jesús: “Quien me come vivirá por Mí” (Jn 6,58). Por eso, Sta. Catalina de Génova decía: “Yo no tengo alma ni corazón, mi corazón y mi alma son los de Jesucristo”. En ese momento de la comunión, la divinidad de Jesús, a través de su humanidad, empapa de amor el alma que lo recibe con fe. Oleadas de amor y ternura divina llenan el alma; aunque, a veces, no las sienta sensiblemente. En ese momento, es la fusión, ya no son dos, es UNO: Jesucristo. El alma queda absorbida en Él y por Él en la Trinidad. Es como un matrimonio espiritual pasajero. Y el alma queda sumergida en un océano de luz y se pierde en la infinitud del Corazón de Jesús.

Lamentablemente, cuando desaparecen las especies eucarísticas deja de estar en nosotros la humanidad de Jesús y sólo queda la divinidad, pues somos permanentemente templos de Dios, uno y trino. Por eso, debemos desear que esta unión con Jesús y con la Trinidad sea permanente por el matrimonio espiritual y que la comunión o común unión con Dios sea para siempre.

Esto lo podemos conseguir, de alguna manera, en la medida en que vivamos nuestra consagración al Corazón de Jesús y procuremos hacerlo todo: Por Cristo, con Él y en Él. Le decía Jesús a la Vble. Josefa Menéndez: “Hazlo todo en unión con mi Corazón... No hay que hacer cosas extraordinarias, sino pureza de intención y unión íntima con mi Corazón... No es la acción la que tiene valor en sí misma, sino la intención y el grado de unión conmigo. La perfección consiste en hacer en íntima unión conmigo las acciones comunes y ordinarias. Si comprenden esto, pueden divinizar sus obras y su vida”.

De esto se trata, de divinizar nuestra vida y darle un valor divino, porque Jesús será quien lo hará todo en nosotros. Y ¡cuánto vale un día de vida divina! Sería como vivir en una comunión permanente, como vivir de continuo en el Corazón de Jesús y hacer que Jesús ore y ame y viva en nosotros. Dice S. Agustín: “El cristiano, hecho Cristo, realiza sus obras en Cristo, ora en Cristo, ama en Cristo, sufre en Cristo y, a la vez, Cristo ama y sufre y trabaja y ora en el cristiano. Ambos son una sola cosa, una sola oración en el Cristo total” (En in ps). “Felicitémonos y seamos agradecidos, porque se nos ha hecho llegar a ser no sólo de Cristo, sino Cristo mismo” (in Io Ev tr. 21,8). Entonces, es el momento en que podremos decir de verdad: “Para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21). “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en Mí” (Gál 2,20). Nuestro corazón y el de Jesús serán UNO, como aquellos primeros cristianos que tenían “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32). Al llegar a ese estado, nuestro abandono en sus manos será total, le habremos entregado todo: voluntad, pensamientos, deseos, vida, salud, enfermedades... todo será de Jesús y nosotros seremos TODO de Jesús.

Una religiosa me escribía: “La misa y la comunión son mi mayor alegría. Jesucristo es el Amor de mi vida, por Él vivo y por Él muero. Él me dijo un día, después de comulgar: Yo y tú seremos UNO. Desde ese día, vivimos siempre unidos como en una misa permanente, ambos nos ofrecemos juntos al Padre, y ambos nos fundimos en UNO con el amor del Espíritu divino”. Esta unión y esta fusión será definitiva y total en el cielo.

El cielo será una comunión eterna con Dios por medio de Jesucristo. Será como una misa eterna de amor donde con Cristo nos ofreceremos permanentemente a Dios Trinidad. Será algo tan sublime y seremos tan inmensamente felices que “ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom 8,39). Allí será la plenitud de la felicidad en el amor. Allí llegaremos a la plena realización de nuestro ser como hijos de Dios. S. Agustín dice que “allí toda nuestra ocupación será amar y alabar a Dios” (En in ps 147,3). “La vida eterna será una vida bajo el señorío de Dios, una vida de intimidad con Dios, una vida recibida de Dios, una vida que será el mismo Dios” (Sermo 297,5). “Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos” (De Civ Dei XXII,30).

Será una felicidad tan grande que “ni el ojo vio ni el oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Co 2,9). Y todo será hecho realidad por medio de Jesús, ya que “Dios nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo” (1 Co 15,57). De esta mediación eterna de Jesús nos habla muy bien S. Agustín: “La mediación de Cristo alcanza a todo el Universo y a todo ser humano desde su concepción hasta su felicidad eterna. Sin Cristo no podemos ser felices ni aquí ni allᔠ(Cf De Civ Dei IX,15). E insiste en la misma idea: “Reconoce a Cristo y por el hombre sube a Dios, uniéndote a Él; ya que por tus propias fuerzas nunca lo conseguirás” (Sermo 82,6). Y afirma que ser cristiano es “seguir el camino que nos trazó Cristo con su humanidad” (De Trin IV 1). Cristo es “el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre” (EA 67). Él es el lugar de encuentro entre Dios y el hombre, es el puente, el mediador, el centro de convergencia de todo el Universo y el punto de unión entre el hombre y Dios. Por eso, es tan importante la misa y comunión, donde nos encontramos con Él, verdadero Dios y verdadero hombre, para hacernos otros “Cristo”.

Pues bien, sigue el camino de Cristo hombre, que te espera en la Eucaristía, haz de tu vida una misa continua, no te pierdas ninguna misa o comunión para unirte íntimamente a Él y hazlo todo con amor: Por Cristo, con Él y en Él. El Papa Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes (1-4-99), les decía que estas palabras de la doxología final del Canon “tienen una importancia fundamental en la celebración eucarística y expresan en cierto modo el culmen del Mysterium fidei y del núcleo central del sacrificio eucarístico, que se realiza en la consagración. Cuando la plegaria eucarística llega a su culmen, la Iglesia, en la persona del ministro ordenado, dirige al Padre estas palabras: Por Cristo, con Él y en Él...” Y añade el Papa: “Sacrificium laudis” (Sacrificio de alabanza), es decir, son como el resumen de la alabanza que, con Cristo, dirigimos al Padre en la misa y que también podrían expresar el culmen y el resumen de toda nuestra vida, que debe ser un canto de gloria y alabanza, o como dice S. Pablo: “Para alabanza de su gloria” (Ef 1,12).

Un sacerdote me contaba que una noche, tachonada de estrellas, estaba muy emocionado, mirando el cielo estrellado, pensando en la grandeza de Dios y en su debilidad humana. Y sintió deseos de llegar hasta Dios, siguiendo a las estrellas. Quiso abrazar a Dios y con Él a todo el Universo. Y, en ese momento, se puso de rodillas y se puso a cantar, como si estuviera celebrando la misa: “Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amen”. Y quiso que toda su vida, en unión con María, fuera un vivir como verdadero hijo de Dios: Por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre.
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