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EPÍLOGO
Al llegar al término de estas reflexiones sobre el ser humano, sólo nos queda dar gracias al Padre Dios por el don de la vida, por la familia, por nuestra fe católica y por tantas gracias que nos ha concedido a cada uno a lo largo de nuestra vida. Gracias también por habernos llamado a la plenitud del amor y querer hacernos santos y felices. Gracias por el gran don de Jesús Eucaristía, el tesoro de los tesoros y la mayor fuente de amor del Universo. Poder asistir a la misa y comulgar es el mayor regalo que Dios puede dar a un hijo suyo para crecer en amor y santidad.
Dios es la meta de todas las aspiraciones más profundas del hombre y la aspiración suprema de nuestro ser humano. Vivir para Dios, amar a Dios, caminar hacia Él como un hijo que busca a su Padre, será la mejor manera de responder a su amor. Vive, pues, la maravilla de ser un verdadero hijo de Dios, en unión con María. Vive siempre con dignidad, porque llevas a Dios en tu corazón. Eres templo de Dios. Sé siempre honrado, sincero, limpio de corazón, responsable, en una palabra, sé un verdadero hombre, cuya vocación más profunda es la del amor. Que puedas decir como Sta. Teresita del Niño Jesús: Mi vocación es el amor.
Di a tu Padre Dios a cada instante de tu vida: Te amo. Ofrécele y conságrale cada latido, cada respiración... para que, a partir de ahora, cada latido sea un beso de amor y cada respiración un canto de alabanza. Que tu vida sea un camino lleno de amor y que el perfume de tu amor y de tu sonrisa llegue a todos los hombres... hasta la eternidad. Que llegues a la plenitud en el amor.
Éste es mi mejor deseo para ti.
Tu hermano y amigo para siempre.
Angel Peña (Agustino Recoleto).
Dios es la meta de todas las aspiraciones más profundas del hombre y la aspiración suprema de nuestro ser humano. Vivir para Dios, amar a Dios, caminar hacia Él como un hijo que busca a su Padre, será la mejor manera de responder a su amor. Vive, pues, la maravilla de ser un verdadero hijo de Dios, en unión con María. Vive siempre con dignidad, porque llevas a Dios en tu corazón. Eres templo de Dios. Sé siempre honrado, sincero, limpio de corazón, responsable, en una palabra, sé un verdadero hombre, cuya vocación más profunda es la del amor. Que puedas decir como Sta. Teresita del Niño Jesús: Mi vocación es el amor.
Di a tu Padre Dios a cada instante de tu vida: Te amo. Ofrécele y conságrale cada latido, cada respiración... para que, a partir de ahora, cada latido sea un beso de amor y cada respiración un canto de alabanza. Que tu vida sea un camino lleno de amor y que el perfume de tu amor y de tu sonrisa llegue a todos los hombres... hasta la eternidad. Que llegues a la plenitud en el amor.
Tu hermano y amigo para siempre.
Angel Peña (Agustino Recoleto).


